Categoría: Cuentos cortos

  • La receta oculta de la mayonesa.

    Con una cerveza en la mano y la sensación de estar en el sitio equivocado, ese era yo ahora, en mitad de una fiesta de pueblo de borrachos ridículos y rechinar de orquesta típica de más abajo que el sur. La alegría brillaba en todos, menos en mí, claro. Yo, rebuscando en mis recuerdos, quería conseguir la excusa para entender por qué había venido. Lo que encontré me hizo sonreír y sin evitarlo terminé con la misma expresión de aquellos que me estaban rodeando.

    En mis recuerdos estaba igual, la misma cerveza, la misma pose, la misma cara de haberme equivocado de lugar, solo que veinte años más joven y quince más espabilados. Enseguida vi al grupo de chicas ideal para soñar, alegres divas de brillante armadura que, riéndose de todo y bebiéndose la verbena a tragos de ron, buscaban víctimas para alimentar su diversión.

    Una de ellas me miró, mi feroz reflejo de lince de veintipocos años hizo que le sacase la lengua burlón, ella puso cara de tragedia griega y yo terminé riendo. Dos cervezas más tarde seguía con la misma pose, me entretenía mirando las fechorías del grupito de pajaritas en venta e intercambiando muecas con la que se hizo mi amiga de caras torcidas.

     – ¿Y tú por qué no bailas? – Para mi sorpresa, se atrevió a venir a perturbar mis sonrisas.

     – Tengo un defecto en un pie que me obliga a pisar a aquellos con los que bailo.

     – Venga, anda, ven a bailar. – Me obligó tirando con fuerza de mi brazo.

     – Vale – Le respondí con resignación. – Pero que no sea que no te advertí del peligro.

    Entre broma y chistes nos posicionamos en el centro de la plaza, con gran algarabía por su parte, al observar cómo me debatía entre la vida y la muerte, al intentar hacer rizos y bucles. Ella hacía piruetas imposibles con su cuerpo a mi alrededor, y yo luchaba por mantener el equilibrio agarrado a su cintura.

     – Tampoco lo haces tan mal, no sé por qué no querías bailar.

     – ¡Puff! No sale de mi.

     – Venga, si solo tienes que dejarte llevar por la música.

     – Será que esta música no me lleva a ninguna parte.

     – Porque tú y tu camiseta de rockero, no aceptáis más que lo que te dé esa música infernal de guitarras, peleando como si fueran gatos.

     – Acepto que es lo que más me gusta, pero no es lo único. Me sentiría más a gusto con canciones más profundas, con letras más complejas que “el venao, el venao” le dije en modo burlón.

     – Vale, a mi también me gusta Manolo García, aun así, estas canciones también están bien, están hechas para disfrutar. Algunas son tan profundas como para dejarte pensando, como las de esos cantautores manidos a los que te estás refiriendo.

    La noche fue avanzando entre abrazos y giros, llenándonos de un delicioso agotamiento. Con el cansancio vino el hambre, y con el hambre la necesidad de intimidad. Un par de “salchipapas” y el refresco de la sonrisa fue suficiente para desencadenar una conversación entre sombras a orillas de la playa.  

    Hablamos del amor que ella ganó, con alguno del pueblo, supuse, y el que yo perdí viéndola partir lejos. De mis gustos por las rimas y los suyos por la guaracha. Mentimos a medias en describirnos, para gustarnos más a nosotros mismos. Pero sobre todo de música y de ritmos. Hablamos hasta que se nos secó la boca y decidimos hidratarlas a besos. Con el pecado de no querer llegar más allá, pues a ella le esperaban en casa.

    En un momento de cordura, sin importar qué parte de su cuerpo intentaba tocar, salté al ataque de la música de pueblo. No me pude controlar, no sé si por hacer el chiste, o por el eslogan de “Heavy Metal al poder”, pero me retiré de su boca y le dije para buscarle la lengua:

     – Esta que está sonando ahora es que me puede. No la aguanto. 

     – ¿Por qué? Si es muy divertida.

     – Si es que con esa letra “Mayonesa, ella me bate como haciendo mayonesa…”

     – Pues tiene mucho sentido en una fiesta de pueblo.

     – ¿Sí? Pues para mi es incomprensible.

     – ¿De verdad? ¿Quieres saber lo que significa?

     – Si eres capaz de hacérmelo comprender…

    – Vale, tratándose de ser una forma de defender la música de mi tierra, la que a mi me gusta, te demostraré su significado. – Me contestó mientras me desabrochaba el botón de mis vaqueros.

    Su defensa fue muy efectiva. Por mucha rabia que le tenga, nunca olvidaré esa canción.

    Chocolate – Mayonesa

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  • Colección de cicatrices II

     -… Quince puntos en total y seguí jugando el partido con la herida todavía abierta.

     – Eres un chulo, Miguel, que poco has cambiado ¿Y esa otra?

     – Eso fue un rasguño nada más.

     – Pues pequeña no es.

     – Fue con la moto, calculé mal la curva y me estrellé contra el árbol. 

     – ¿Con la moto vieja esa que tenías? ¿Esa que parecía que se podía desmontar en cualquier momento?  

     – Sí, esa, esa misma. La Kabrasaki murió en ese accidente, sufrí más por ella que por el golpe.

     – Sí, supe lo del accidente. De milagro no te mataste con ella, con lo destrozada que la tenías. O, mejor dicho, nos matamos, la de veces que estuve en ese asiento de atrás.

     – Sí, como aquellas veces en la playa al final del paseo.

     – Sí, la vez que nos pilló la guardia civil en plena faena y casi nos arrestan por escándalo público.

     – Pero por allí ya no pasaba nadie, a esa hora era un desierto.

     – Sí que pasaban, ellos.

     – ¿Y tú? ¿No tienes cicatrices? ¿A ver?

     – No seas tonto, Miguel.

     – Anda, si a ti te gusta.

     – Claro que me gusta, pero sin la cursilería estúpida de adolescente eterno que tienes a veces.

     – Oye, esto de aquí sí es una cicatriz.

     – Y me dolió mucho. Todavía me duele cuando lo pienso.

     – Pero, yo no sabía que habías tenido un crío. Eso es la cicatriz de una cesárea, ¿no?

     – Lo tuve, pero no llegó bien. Bueno, hace mucho tiempo ya de eso.

     – ¿Cuándo? Hace como siete años que no nos vemos. 

     – Pues mira, calculo que tiene un poco menos de tiempo que cuando te hiciste tú la cicatriz de la moto.

     – Esa fue la época que nos dejamos de ver. No sabía que andabas con más chicos entonces.

     – Y no lo hacía, no.

    Los Secretos – Desde que No Nos Vemos

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  • Esperando

    La sala era tan blanca que casi no se distinguía entre pared, suelo y techo. Había bancos de madera dispuestos en fila en los que unos pocos esperaban, todos parecían cansados, abatidos y tristes. Un señor con gafas de pasta y traje pasado de moda miraba al frente, el joven nervioso que había a su lado interrumpió sus pensamientos. 

     – Tardan mucho en atender aquí, ¿verdad?

     – Total, hay tiempo de sobra.

     – No sé usted, pero yo tengo asuntos que atender, en casa me esperan.

     – Yo, por suerte, lo dejé todo atado.

     – Qué suerte, coordinar a mi familia es difícil, los niños, el colegio, el trabajo. En fin, ya sabe, siempre hay prisa.

     – En mi caso, mis hijos son ya independientes, como imaginará. Se portan muy bien conmigo y son atentos, hasta ahora, que no les valgo para nada, me siguen visitando a menudo.

     – Venga, hombre, seguro que a veces les echa una mano y entretiene a sus nietos.

     – Lo intento, pero me tienen miedo.

     – ¿Son muy pequeños?

     – Sara tiene tres años y Andrew tiene siete, son verdaderos torbellinos los dos.

     – ¿Y el de siete le tiene miedo?

     – Pues sí, más que la de tres. No le culpo.

     – La mía tiene diez y tampoco para quieta.

     – ¿Y no se asusta de usted?

     – ¿Qué si se asusta? ¿Por qué tendría que asustarse?

     – Ya veo. Usted no sabe por qué está aquí, ¿verdad?

     – Pues ahora que lo dice, no lo sé.

     – ¿Qué es lo último que recuerda?

     – Pues… A ver… Salí de casa con prisas, dejé a la niña en la puerta del colegio y salí disparado. Llegaba tarde al trabajo y aceleré a fondo, recuerdo recibir una llamada de mi jefe y de pronto…

    – ¡Oh! 

     – Siento ser yo el que le dé la mala noticia.

     -… Era un camión, no me di cuenta… ¡Paso tan rapido! ¡Y yo…! yo estaba.

     – Lo sé, es difícil de aceptar.

     – ¿Dónde estamos?

     – Estamos en el lugar que nos conecta con el mundo de los vivos.

    Diary of Dreams – Dream of a Ghost

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  • Hechizo

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué piensas del frío?

    El camino se hizo largo, enrevesado de espinas y árboles atormentados, de cuestas escarpadas y lamentos en el viento que, pegando fuerte en la cara, congelando sus lágrimas en la senda. El esfuerzo mereció la pena al ver que era cierto. Entre los dos árboles cruzados estaba el altar, en un círculo de runas de piedras, antiguo como el propio bosque.

    Sin darse ni un respiro y con mucho cuidado, se descolgó el objeto que portaba en la espalda y lo puso encima de la mesa de piedra. Era un conjunto de mantas de piel de cabra con un respaldo rígido y una serie de correas para permitir su carga. Al extenderla, entre medio de un nido de telas más suaves, había un bebe protegido. Lo depositó justo en el centro del altar y comenzó su rezo.

    El niño estaba casi inmovil, lloraba suave, ajeno a lo que ocurría. La fiebre era demasiado alta como para distinguir la realidad. Ella cantaba entre lágrimas una plegaria, invocó al viento, que se arremolinaba alrededor. 

    Invocó al fuego y ardió en círculo. 

    Invocó al agua y comenzó a llover dejando un claro en la posición de ellos.

    Por último, invocó a la tierra y esta tembló.

    La luna salió de su escondite de nubes y derramó su luz en la criatura, que empezó a elevarse en el aire. Quedó suspendido a la altura de la mirada de la mujer, que seguía con su oración, con los ojos entrecerrados y cara de angustia.

     – El niño está muy enfermo, bruja. – Dijo una voz de procedencia desconocida. Parecía salir del bosque, pero a su vez del cielo, de la copa de los árboles y del suelo que pisaba la dama.

     – Pero, ¿podrás salvarlo?

     – Sí, pero voy a necesitar tu energía.

     – ¿Eso me matará a mí?

     – No, pero estarás muy débil, no podrás alimentar ni proteger a tu vástago, morirá sin remedio.

     – Pero, tiene que haber una forma.

     – Solo puedo hacer algo.

     – Lo que sea necesario.

     – Puedo encomenderos a la luna.

    En ese momento, ella empezó a temblar, sus ojos se volvieron grises y sus piernas quedaron quebradas, su cuerpo se cubrió de pelo oscuro y su canto se volvió aullido de dolor que la dejó agotada y tumbada de lado frente al altar.


    El lobezno, con esfuerzo, saltó del altar y se refugió en el pecho de su madre, ansioso por alimentarse después de mucho tiempo sin lactar.

    Megadeth – She-Wolf

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  • Diferente

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué sacrificios has hecho en tu vida?

    Entró precipitando el portazo, con la furia ciega del que no entiende y con dolor. Dolor de palabras ignoradas, pero que llevan la verdad en la espalda. Una verdad absurda, pero tan real como las lágrimas que asomaban lentas en su mirada.

     – ¡Me llaman bicho raro! 

     – ¿Quién te llama, bicho raro, Nerea?

     – ¡Todos! Los niños del patio, los del colegio, hasta la vecina, esa que se esconde tras su ventana, sé que me llama bicho raro.

     –  No les hagas caso.

     – Mamá, ¿por qué soy distinta a los demás?

     – Pues yo no te veo tan distinta.

     – Mamá, que mi piel es mucho más clara que la tuya.

     – Vale, tenemos la piel distinta.

     – Y las orejas tuyas acaban en punta, las mías son redondeadas.

     – Bueno, eso no nos hace muy distintos. 

     – ¿Qué no? Soy un bicho raro.

     – Nerea, que tengamos diferencias físicas, no nos hace mejores o peores. 

     – Sí, pero se meten conmigo.

     – Hablaré con sus madres, a ver si les parece gracioso.

    Todavía mirando al suelo, limpiándose con las mangas la cara, consiguió un brillo de coraje entre lágrimas que le permitió saltar de una preocupación a otra.

     – ¿Volverán mis padres algún día? Los de verdad, digo.

     – Me prometieron que volverían. ¿Te he contado la historia de cuándo vinieron?

     – Sí, pero cuéntamela otra vez.

    “Cayeron del cielo como una estrella fugaz, formando una bola de fuego que se estrelló en la montaña. Creíamos que eran los dioses, que querían castigarnos por nuestros pecados, pero resultó que necesitaban nuestra ayuda. El aparato que usaban para viajar entre mundos quedó averiado, quedando en un lugar desconocido para ellos.

    Nuestro pueblo es hospitalario por naturaleza, no fue difícil enseñarles que no somos una amenaza para ellos, así que comenzamos a ayudarles. Los instalamos en nuestros hogares y les enseñamos el entorno. En pocos meses ya eran capaces de desenvolverse.  Pasaron años y compartimos muchos momentos. Creamos una comunidad que nos beneficiaba a ambas especies, ellos nos enseñaron tecnología desconocida y nosotros le guiábamos en el entorno, les descubrimos una naturaleza que, para ellos, era desconocida.”

     – Pero se marcharon. 

     – Tu madre era piloto. Descubrieron la forma de hacer funcionar una pequeña parte de la nave. Creían que eso era suficiente como para lograr llegar al sitio que conectaban con su mundo natal.

     – ¿Y por qué no me llevaron?

     – Era peligroso para los niños. Además, no había espacio ni recursos para que pudieran sobrevivir todos. 

     – Mamá, ¿es verdad que aquí hay gente como yo?

     – Sí, un pueblo entero. Pero tu madre me pidió que fuera yo quien te cuidara.

     – ¿Pero, por qué? ¿Por qué no me dejo con los que son iguales que yo?

     – Para protegerte del rencor de los que no se pudieron ir.

    VNV Nation – Illusion

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  • Camino

    Sugerencia de escritura del día
    Explica una historia sobre alguien que haya tenido un impacto positivo en tu vida.

    Sentí que era el final cuando te cortaste el pelo, prescindiste de tus rizos negros para aligerar tus pasos, y que te llevaran lejos. Me hablaste de la magia del destino, de los senderos perdidos que descubriste navegando, de tu pasión por lo desconocido y el sabor de la aventura en tus labios. Me dijiste, ven conmigo, pero el café quedó frío y el asiento caliente de estar esperando.

    Pero los cambios me agotan pronto, suspirar por un hueco vacío en mi corazón me parece enturbiar el aire puro y volverlo marchitó. Así que recordando tus últimas palabras, de cadenas rotas oxidadas por el mar y las prisas por salir corriendo a respirar, te hice caso y comencé a andar.

    El camino era raro, embarrado de lodo al principio, regado de almas rotas, gimiendo, pegando con tiritas sus promesas rotas, pidiendo perdón por lo que no hicieron y les pesa el recuerdo de besos caídos de un árbol muerto. Sin querer manchar mis zapatos de lástima, me abrí paso a zancadas, esquivando sombras tristes de aquellos infelices que antes eran osados.

    En las calles de colores, aquellas de focos brillantes y ráfagas de tambor, me entretuve un poco más, al ver a la gente bailar, quise mezclarme con ellos, en la seducción del neón, en los delirios de licor de menta y ron. Supe de caricias blindadas de compasión, que buscaban la pasión alada para decirte adiós, en un todo y nada constante, de unos y otros amontonados en sudor. Me deslicé en la oscuridad y nadie supo de mi recuerdo.

    Fue en el parque donde la encontré, cabizbaja de suelo errante. Agarraba en su pecho un corazón con grietas que, sangrando a borbotones, se resistía a pararse en seco. Me senté con ella, en silencio, pues también necesitaba un descanso. Ella sintió mi deseo, pero no le hizo caso. Pero esperé paciente a que recuperara el aliento y nos fuimos, juntos, caminando lento.

    Fue el viento quien nos juntó las manos.

    Janis Joplin – Kozmic Blues

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  • Evolución

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué pequeña mejora puedes hacer en tu vida?

    – Hola, buenas noches a todos, todas, todes, bienvenidos a este programa llamado «La Luna brilla y no lleva enchufe». Gracias, gracias. Como ya sabéis ustedes la noticia más actual del momento es que, por fin, se ha descubierto vida fuera de nuestro planeta. Nosotros, en exclusiva, contamos con el invitado más espectacular del momento. Un fuerte aplauso a Jose Luis, la vida extraterrestre.

     – Hola, buenas noches.

     – Para quienes nos escuchan desde la radio, les describiré a nuestro invitado. José Luis es un señor bajito, con un pequeño bigote y está vestido con esmoquin y bombín. La única peculiaridad que le hace distinguirse de nosotros es que su piel es un tanto transparente. Aunque se asemeje a nuestra raza, les aseguro que no tiene nada que ver, ¿verdad?

     – Efectivamente, yo soy una ameba.

     – Aquí conocemos a las amebas como seres unicelulares, un protozoo para ser más exacto.

     – Sí, pero en mi caso llevo milenios de evolución.

     – Según los científicos, le encontraron durante la primera visita tripulada al planeta Marte. 

     – Sí, pero estaba de visita. 

     – Si estaba de visita, ¿En qué parte del universo suele residir?

     – Oh, yo voy cambiando constantemente de lugar. Una parte del universo que me gusta mucho es Andrómeda, una galaxia muy interesante, pero también frecuento mucho la Nebulosa de Orión. Por lo general voy por las distintas galaxias desparramando vida.

     – ¿Me está explicando que usted crea vida en otros lugares?

     – Claro, visito un planeta, me reproduzco y dejo que la evolución haga su proceso.

     – ¿Y cómo se reproduce usted?

     – Pues como todas las amebas, por fisión binaria. Una división celular completa y ya soy dos amebas con los mismos recuerdos y capacidades.

     – O sea, que si usted se reproduce aquí, ¿tendríamos dos señores como usted?

     – Pero, ¿qué me está pidiendo?, por favor, qué pudor.

     – Del resultante, ¿cuál sería José Luis?

     – Los dos. Aunque según la evolución nos convertimos en otros, pues generalmente cada uno seguimos nuestro camino. El mío es viajar de galaxia en galaxia.

     – Y que le trajo a este sistema. ¿Se quería reproducir en Marte?

     – No, vine de visita, quería ver qué tal le fue a mí yo de aquí. Hace unos cuatro mil millones de años vine por primera vez. Entonces había un océano inmenso y unas playas preciosas. 

     – Pero, no hay señores con bigote paseando por el planeta, ¿qué les pasó?

     – Pues, no tengo ni idea, aunque tengo mi teoría. Verá, en esa época yo era un ser distinto, más pequeño y moldeable. Mi otro yo se debió haber adaptado al medio, se tuvo que haber dividido infinidad de veces y cada uno de sus dobles se habrá desarrollado en seres distintos. No sé en qué punto hubo una biodiversidad considerable, ni en qué punto migraron, pero no es la primera vez que la vida pasa de un planeta cercano a otro. Así que creo que ustedes y yo somos parientes lejanos.

     – Pues qué alegría ver a mi primo ameba. ¿Vuelve entonces por cariño a su descendencia?

     – No, no, vengo a alimentarme. 

     – ¿Qué? ¿Viene a comerse a sus hijos como Júpiter?

     – No sé de Júpiter, vengo a fagocitar a algunos de los organismos nuevos que han resultado de mi visita. ¿Qué si no?

     – Bien, señores, a partir de ahora empiezan mis vacaciones, no me busquen que no estaré. Y con esto damos fin al episodio de hoy de… “La luna brilla y no lleva enchufe”

    Babylon Zoo – Spaceman

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  • Cuervo

    El cuervo picoteó la tumba, lo hizo con sarna, como si le molestara el tacto de la losa fúnebre. Ella se asustó un poco del aleteo del animal, pero algo en su mirada le resultó familiar. 

    Trescientas cuarenta y seis lágrimas derramó, una por cada flor, una por cada día de visita. Ya casi había el ramo de un año. De rosas blancas y lilas, negras también, algunas rojas de amor roto, como la de hoy.

    El cuervo graznó su negrura, asustando a la viuda de nuevo. Pero había una idea en su cabeza que, nublada desde hace mucho, no terminaba de iluminarse. Quizás era mejor preguntar.

     -¿Eres tú, Rafael?

    El cuervo graznó dos veces. Cualquiera que entiende del canto de dolor de las aves, sabe de buena tinta, que dos graznidos significa “no”. Ella lo entendió y guardó silencio. El pájaro negro, con voz ronca, le contestó.

     -Yo no soy él. Solo soy el recipiente de su alma, pero puedo contestar por él. ¿Qué quieres saber?

     -Quiero saber por qué, ¿por qué lo hizo? ¿Por qué se fue?

     -Se fue porque su misión no podía continuar aquí. Es más útil en otro lugar.

     -¿Qué es más importante? Yo… Lo necesito.

     -No, tú no lo necesitas a él, te necesitas a ti.

     -Pero yo le quiero.

     -Y él a ti. 

     -Entonces, ¿A qué vienes, Rafael?

     -A dejarte marchar.

    La última rosa manchó de perfume la tumba, aroma de adiós, de principios de lluvia de octubre.

     -¿Te volveré a ver?

     -Sí, pero cuando lo hagas ya no seré yo.

    El cuervo voló hasta perderse en el firmamento. La noche cubrió de paz los últimos rayos de sol, paz con el triste sabor a ramos de flores marchitas y a cenizas que han de buscar su candela para renacer en ella.

    Diary Of Dreams – She and Her Darknes

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  • La generosidad incomprendida.

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué pequeña mejora puedes hacer en tu vida?

    El suelo era rojo, arenoso, con pequeños guijarros color arcilla. Había una huella bien impresa con la forma de la suela de una bota. Destrozando el centro de la forma impresa en el suelo, justo donde se leía claramente, NASA, apareció un apéndice que transportaba un ojo. Pestañeando a ratos, hizo un giro completo y miró hacia abajo. 

    A su lado comenzó a salir otro ojo, imitando a su congénere, aunque de una manera más lenta. Siguió con la mirada el camino de huellas que se perdía en las dunas rojizas del paisaje y entonces se permitió pestañear.

     – ¿Otra vez están aquí? – Le dijo un ojo al otro.

     – Ya ves, la última vez, el individuo metálico estuvo dando vueltas por toda la superficie.Vaya ser más extraño. Recogía rocas, yo supongo que se las comería. En una ocasión hizo un agujero en la tierra con un apéndice giratorio, que casi le dio en la cabeza a Pgñor.

     – ¿Sabes lo que quieren? ¿Alguien ha hablado con ellos?

     – No, el individuo hacía ruiditos incomprensibles, parecía muy poco inteligente. A veces le daba por chocar constantemente con la misma piedra, otras se pasaba horas caminando en círculo. Ni idea de qué estarán buscando por aquí. Igual tienen hambre, aquí hay muchas rocas.

     – Será que de donde vienen no hay.

     – ¿Qué no hay rocas? ¿Qué lugar conoces que no las haya?

     – ¿Será que las que hay aquí son más sabrosas? Quizás deberíamos ofrecerles algunas como acto de buena fe. Aunque los que han venido ahora son algo distintos, tienen dos patitas, dos bracitos y un cabezón monumental. Quizás coman otras cosas.

     – Les podemos ofrecer unas raíces de Kgbrauna.

     – Muy sabrosas las del tío Rñ Fauro, ¿cómo lo hacemos?

     – Mejor se las tiramos, por eso de mantener las distancias.

     – ¡Vale!


    Era muy distinto ver el paisaje desolado desde la comodidad de la base que caminar por aquí. El cielo, enrojecido por el reflejo del propio planeta, daba el aspecto fantasmagórico de una película de John Carter al paisaje. Eric Moore sentía el calor del orgullo de ser el primer humano en pisar estas tierras, seguido de su compañero Vladímir Ivanov y RAI el primer autómata dotado de inteligencia artificial expresamente ensamblado para esta misión. 

    Habían recorrido casi dos kilómetros, con una visibilidad mínima por la suspensión de polvo del ambiente, haciendo el trayecto monótono.  Las dunas de arena le recordaban los pasajes que recorría Paul Muab´dib en las novelas de Frank Herbert. En una pausa para recuperar aliento, sintió un golpe en la parte trasera del casco. Se dio la vuelta con preocupación, pero no pudo divisar nada.

     – Vladímir, ¿me copias?

     – Afirmativo, Eric, estoy pendiente.

     – He notado algo en la parte posterior de la escafandra, ¿has visto algo extraño?

     – Nada, ningún sensor me ha señalado algo anormal. 


     – Parece que el extraño no ha visto la raíz de Kgbrauna. – Le dijo el ojo que sobresalía de la huella al otro que estaba a su lado.

     – Tírale una más grande.


    El golpe esta vez fue tremendo, tanto que le hizo caer quedando postrado a gatas. Al mirar atrás, no podía creer lo que vio.

     – Vladímir, me acaban de lanzar un objeto. ¿Habéis captado algo?

     – Esta vez sí, un objeto redondo, como un balón de baloncesto, ha salido de debajo de la tierra. ¿Ves el proyectil?

     – Sí, parece un nabo, una zanahoria redonda de color granate, vamos, una hortaliza.

     – Cuidado, agáchate, que viene otra. 

     – ¡Coño, Vladímir! ¡Avisa a Houston! ¡No atacan los marcianos!

    The Ghost Aura – In Machine

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  • La señal de la Cruz

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Cuáles son tus marcas favoritas? ¿Por qué?

     – La ciruela es la forma que tiene Dios de comunicarnos placer.  -Dijo metiéndose la fruta de golpe en la boca.

     – Hermana Valentina, algún día, con sus impertinencias, se va a atragantar y morirá sin remedio

     – Mejor, así conoceré por fin a Dios, me han dicho que es mi marido.

     – Si no vas directamente al infierno, por blasfemar tan a menudo.

     – Igual, en el infierno incluso me tratan mejor, porque mi marido no es capaz de tener un detalle conmigo. ¿Será guapo el diablo, hermana María?

    La monja, que fingió no haberla escuchado, pero no pudo evitar que le enrojeciera el rostro dejándole las mejillas color cereza, agachó con espanto la cabeza.

     – Hermana Valentina, deja de meterte con la hermana María, ¿no ves que anda ocupada con sus labores? 

     – Bueno, ¿qué mal hay en una conversación agradable mientras se trabaja? ¿O es que hay también que guardar silencio al remendar o barrer? Que yo sepa la penitencia del silencio es voluntaria.

     – Lo que no puedes hacer, hermana, es incordiar a todas tus compañeras todo el tiempo. Ya podías echar una mano en vez de andar siempre de acá para allá deambulando.

     – Ya, si me dejarais salir de vez en cuando, yo no me aburriría tanto. 

     – Ya hemos hablado de eso, las normas son las normas. Pienso que el castigo es una solución bastante efectiva para evitar caprichos innecesarios.

     – Y ¿quién me va a castigar, Dios? Pues la Madre superiora aprecia mucho la cantidad de dinero que le da mi padre, el duque, para que yo no moleste en sus asuntos y pase desapercibida. 

    La joven novicia cerró de un portazo la sala y desapareció por el laberinto de pasillos.

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