El alba los expulsó a la orilla. El verano los arropó de arena y sal, de sabor a mar y presagio. Soñaron con el llanto de la pardela y descansaron su indomable espíritu en honor a la festividad que, en ciernes, se abría paso por la senda de los herederos de la lluvia. Había todavía un camino que recorrer y un presente que imponer.
La piedra vomitaba agua en la fuente de los siete caños. Allí, donde las guardianas del ritual ofrecían sus ojos al manantial, los recién llegados aguardaban sin saber que el destino ya los había convocado.
La fuente, en su silencio de siglos, esperaba el comienzo de la ceremonia. La prueba ardiente del reflejo decidiría si los visitantes eran dignos de permanecer o si debían regresar al abismo de donde vinieron.
Los rostros de quienes venían del fuego sorprendieron a todos: eran nítidos, sólidos como el azul de primavera en lo alto del cielo, como si el mar hubiese purificado sus almas en lugar de desgastarlas.Entonces, en un gesto de reciprocidad, los herederos de la lluvia quisieron mostrar también su voluntad de apertura. El ritual del espejo sería compartido. Y la corriente volvería a hablar.
Las prisas del día a día, la presión en el trabajo, aquella sensación de necesitar un respiro, hacía que, todas las mañanas, a la misma hora, ella se encerrara unos diez minutos en el baño de la oficina. Respirar profundo unos minutos y dedicar tiempo a imaginar algo bonito era suficiente para darle fuerzas para continuar. Aunque esta vez se encontró con algo extraordinario.
– Hola, soy Capuchina, tu hada madrina.
– ¡Aaaah! ¡Qué horror! ¡Una cucaracha!
– Rara reacción la de la humana, debería haberme quedado en la cama.
– Y encima habla. Es una cucaracha mutante, no solo es fea, además es contestona.
– Señora, por favor, que sigo aquí, y si vine por algo es por ti.
– ¿Eres una hada madrina? No sois como yo os imaginaba.
– Antes éramos como vosotros o parecidos, gráciles criaturas humanizadas, con alitas de libélulas y varitas de cedro, al vernos pasar gritaban, “¡mirad, hadas!”, concedíamos deseos a nuestros protegidos, llenábamos de ilusiones las moradas, hasta que vino un gracioso que deseo; “convertíos en cucarachas”
– ¿Qué fue de las varitas?
– Nos la cambió por antenitas.
– ¿Y no estáis traumatizadas?
– ¿Vas a pedir un deseo o te quedas con las ganas?
– ¿Solo tengo derecho a uno?
– Solo uno y más bien pequeño, además, la magia no es mucha desde que somos alimañas.
– ¿Cómo de pequeño?
-Puedes desear que tu planta no se muera, que la cena esa especial no se convierta en salmuera. Puedes pedirme que te salgan tres números en la primitiva, o que tu jefe no te despida, una cosa sencilla, de andar por casa.
– Pues vaya piltrafa.
– La culpa de todo la tenéis vosotros, que pedir deseos tan ausentes de sentido, no solo tiene resultados horrorosos, también resta en el cometido.
– Pues vaya mierda. En fin, deseo…
-Un momento, porque primero…
– Al final habrá hasta que pagar.
– No es eso humana falaz, para que pueda conceder una regla tendrás que acatar.
– Pues tú dirás.
– Como en un cumpleaños, pedirás en secreto, y cuando lo tengas decidido, emitirás un soplido.
-Como la firma del banco, vamos.
-En las antenas tendrás que soplar para que tú deseo se vuelva verdad.
En forma de beso dirigió el viento de sus pulmones al peculiar insecto, se escuchó la melodía del polvo de hadas en el escusado. Y con una sonrisa esperó el resultado.
– No pasa nada.
– Seguro que has pedido una chorrada.
– Pues no, listilla, ¿ya te lo puedo contar?
– Sí, por favor, la curiosidad me iba a matar.
– Pedí que volvierais a vuestra forma original, al menos así no me quedaré con las ganas de ver un hada.
– Vosotros, los humanos, o sois sordos o atontados, ¿qué no entendiste de deseo pequeño?
– Bueno, cómo eres pequeñita …
– En fin, a ver qué pasa, la magia es escasa.
Ocurrió como la canción, las patitas de atrás se cayeron como hojas secas un día de otoño. Pero no se quedó así la cosa, del hueco que dejaron crecieron dos piernas dignas de una vedette, con medias verdes de duende irlandés. Le apareció un traje de campanilla y en la terminación de las antenas, una estrella, como la de las varitas.
– ¡Joder! ¡Qué pintas!
– ¡En fin!, hoy la mejor canción es la resignación.
-Ese extraño tatuaje ese que tienes en la espalda. ¿Qué es?
-Es una maldición.
– Una maldición, ya. Si es una maldición, ¿por qué te lo hiciste?
– No me lo hice yo, fue el resultado de la maldición.
– ¿Cómo fue?
“Hace tiempo, cuando era muy joven, casi un crío, me enteré de la noticia que marcaría mi vida. Marta era el amor de mi vida, el ser más lindo que he visto jamás en este mundo, pero la desgracia había caído sobre ella en forma de enfermedad. Le diagnosticaron una terrible dolencia cardíaca y le dieron pocos meses de vida.”
“Yo la amaba tanto que revolví cielo y tierra por un método para salvarla. Cuando se me terminaron los recursos, empecé a buscar en el infierno. Investigar entre demonios me fue más fácil de lo que había pensado. Sabía que iba a tener un precio y encontré el mío.”
“Al saber de mi búsqueda, un día se me presentó un ser con un contrato. Bajo el contrato había un hechizo. Bajo ese hechizo, la perdición de mi alma. Me propuso la posibilidad de una curación milagrosa, pero toda muerte prevista tenía que tener una de cambio. Me propuso un sacrificio.”
“Decidido cómo estaba, aunque salvarla era la prioridad, decidí, ya que no me veía capaz de matar a nadie, ser yo mismo el sacrificio. Así que planifiqué mi muerte.”
– ¡Ah! Pero tú estás vivo, te lo aseguro.
– Déjame explicar la historia y sabrás qué ocurrió.
– Sí, claro.
“En mi búsqueda por salvar la vida de Marta, aprendí mucho, nada bueno. Descubrí que la magia tenía muchas caras, pero la más oscura trataba, sobre todo, de engañar a los demonios. Y eso quise hacer.”
«Preparé una trampa, un círculo hermético donde atrapar al demonio que me procuraba el pacto. Busqué el lugar ideal para recitar el conjuro y así convocar a mi mecenas. Busqué para ese asunto una profunda cueva, en el lugar más recóndito que tuve tiempo a encontrar. Para ese entonces, ella ya estaba muy enferma. La muerte fue fácil de imitar, solo necesitaba de una droga que detuviera mi corazón el suficiente tiempo para que me diera por muerto.»
“Te puedes sorprender la cantidad de tipos de porquerías que puedes comprar en el mercado negro, solo deseaba que no me hubieran engañado. Pero no tenía nada que perder. Encendí las velas, pinté el círculo con un aerosol que me prometieron imborrable y comencé a recitar el hechizo. Trece interminables minutos hasta que, delante de mi cansado rostro, se transfiguró la bruma del ambiente en una criatura detestable.”
“Se dirigió a mí con una sonrisa cruel y reclamó su trofeo. “Quiero la muerte prometida”, me dijo, escupiendo al hablar. Yo, ingerí el brebaje adquirido a dudosas personas anónimas y empecé a padecer el peor dolor imaginable. Mi mente se fundió a negro y ya no recordé nada más.”
“No sé cuánto tiempo pasó hasta que empecé a recuperar mis sentidos. No tenía tiempo, en el momento en que supe que era capaz de caminar, corrí, sin terminar de abrir los ojos, corrí. Sentí un grito de rabia a mis espaldas, también el roce de unas garras, calientes como el infierno, duras como el anuncio de la desgracia. Un golpe con la pared de la cueva me hizo suspirar, eso significaba que estaba a salvo.”
“Mire atrás y me encontré al demonio golpeando con fuerza el muro invisible que lo retenía. Volví a correr, todo lo que mis pocas fuerzas me permitían. Más de lo que yo podía creer. Cuando percibí que estaba muy lejos, me desplomé y volví a morir. Un día, quizá dos, y una debilidad inmensa que me devolvió a rastras a la civilización. Me recogieron algunos lugareños y les di la escusa de que me había perdido en el bosque…”
– Entonces, el tatuaje no es una maldición, es una prueba de que venciste.
– No, es el recordatorio de que si en algún momento el círculo se rompe, ese ser vendrá a por mí.
-¿Y la chica sobrevivió?
– Sí, se recuperó milagrosamente bajo la mirada estupefacta del personal médico. Acto seguido rompió conmigo por haberla abandonado en su enfermedad.
Frente a mi ventana, colgada del brillo de las luciérnagas, la pude ver. Tocando en el cristal con sus frías manos de muerto, sonriendo, preciosa, en hilos de los latidos de mi corazón.
– Déjame entrar.
Me dijo en un susurro.
– No puedo.
Le dije con lágrimas asomando.
Frente a mi ventana, respirando el vapor de mi espanto, la vi alejarse lentamente sobre la oscuridad de mi delirio.
Unos cien metros en picado le separaba del mar, un azul espectáculo rompiendo en blanco algodón, en la distancia no se percibía violencia, solo la calma del planear de las pardelas y el olor a sal que inundaba el firmamento. Él suspiraba el atardecer sentado en una roca, solicitando en silencio al cosmos la presencia de un amor esquivo.
– ¡Hola! ¿Qué haces? – Apareció de la nada esa voz cándida, de mujer muy joven, imaginó, pero no pudo ver a nadie.
– ¿Hola?
– Sí, eso dije, hola.
– ¿Quién eres? ¿Dónde estás?
– Coño, aquí, al lado tuyo.- Una gaviota blanca le observaba ladeando ligeramente la cabeza.
– Hostias, un loro.
– Oye, ¿tú ves plumas de colores? ¿Ves un pico curvado ávido de cacahuetes? ¿Escuchas un parloteo incesante con estridentes notas discordantes?
– No, pero no sabía que había más aves parlantes.
– Para tu información, los cuervos también hablan.
– Sí, pero traen la muerte.
– Qué sabrás tú de pájaros.
– Y… ¿Qué hace una gaviota por aquí?
– ¿Estás ligando conmigo?
– No, pero si no somos de la misma especie.
– Bueno, en verdad, soy una princesa encantada. Me hechizaron y ahora soy gaviota.
– ¿Pero eso no ocurría solo con ranas?
– Qué anticuado, ¿no? En ranas y orangutanes, además de gaviotas, claro. En contadas ocasiones en suricatas y comadrejas, que es el mismo animal con distinto número de serie.
– ¿Te sientes feliz siendo gaviota?
– Al principio sí, era libre volando sobre el mar eterno, chillando a los marineros, manchando a los que pasean por la orilla de la playa. Luego me dio hambre y sentí la necesidad de comer pescado muerto. Ahora me dan náuseas cuando me alimento, me dejó de gustar ser gaviota, prefería ser zarigüeya o solifugo.
– ¿Eso no es una araña?
– Sí, pero es tan mona…
– Da un poco de cringe.
– Bueno, ¿me vas a ayudar, o no?
– ¿Ayudarte? ¿A qué?
– A volver a convertirme en princesa.
– Claro, claro, ya me dirás cómo romper el conjuro.
– Joder con la juventud de hoy en día. ¿No has leído ningún cuento de hadas?
– No, yo solo leo las letras grandes que salen en Tik Tok.
– Para romper una maldición, besa al bicho con pasión.
– Pero ¿dónde, en el pico?
– Sí, sí. Bésame, machote.
La gaviota extendió sus alas en un peculiar intento de dar un abrazo al joven que, con un cuidado escrupuloso, propinó un beso en la ranfoteca del ave. El animal cambió de color y empezó a transmutar en un agónico canto. Poco después apareció en su lugar una anciana, vestida de túnicas de colores y una lujosa tiara entre los tirabuzones grises de su cabello.
– Antes de que proponga alguna situación de carácter sexual, milady, ya le digo yo que no.
– Pues qué conste que, en mi época, este tipo de beso constituye un matrimonio inmediato.
– Ande y corra a conquistar Terabithia.
Quedó solo, enfrascado en sus pensamientos, mientras el rojo morir del sol se fundía a mar en el ocaso. De pronto notó unas patas diminutas ascendiendo por su espalda, y una voz angelical le susurro al oído.
– Perdone, ¿Es usted el humano que se dedica a besar princesas encantadas?
La lagartija se quedó esperando respuesta en el último rayo de luz de un astro ya cansado.
El cielo se desplomaba en rabiosa desesperación, las agrietadas aceras de la ciudad, descoloridas por las oscuras nubes, no eran buen sitio para pasear aquella tarde de espanto mojado, como aquel niño. Al cruzar la esquina lo vio, estaba allí, empapado, en la entrada del callejón. Su rostro, descolorido por el triste paso del viento, expresaba lágrimas lavadas por el temporal. Tiritaba mirando al vacío suelo en una incomprensible plegaria.
– Pero… ¿Qué haces aquí solo?
No había palabras para su sufrimiento, su soledad se reflejaba en los descosidos de su calada ropa. Pensé que tiritaba de frío, pero era de miedo.
– Eh, niño, ¿tienes hambre?
Al acercarme, retrocedió unos pasos, y se adentró en el callejón.
– Espera, no te voy a hacer nada.
La bruma llegó de repente, inundando el suelo de misterio, perdiendo de vista a la figura del infante, que en su fuga formaba remolinos de su rastro.
– ¿Dónde estás? Solo quiero ayudarte.
El fin del callejón era una concentración de contenedores pegados a la pared, reino de gatos hambrientos y ratas huyendo ruidosas. Las paredes desconchadas enseñaban el ladrillo de la desolación del lugar. En un lateral una mancha roja pegada al muro. Se acercó curioso creyendo confirmar su temor.
– Qué coño… Sangre.
Un ruido le devolvió a la realidad. Detrás de él. La intuición le llevó por el camino del temor más profundo. Había algo raro entre la bruma, y en el asfalto se erguía la reconocida figura. Era él. El niño triste, de rostro frío. Parado esperando con una incógnita en la mirada.
Apresurando el paso, recorrió con la mirada los bancos de la iglesia, no encontró a nadie. Pensó sobre el declive del catolicismo y continuó su búsqueda, tampoco había nadie allí. Dio con una pequeña caseta de madera, supuso que era el confesionario y tocó en la puertecita del lateral.
– ¿Padre Anselmo? ¿Es usted?
– Sí señorita, por la ventanilla, por favor.
– OK, Padre Anselmo…
– Qué clase de educación es esa. Ave María purísima, ¿no?
– Vale, sí, ave María purísima. Es que…
– Sin pecado concebida. A ver, cuénteme…
– ¿Qué le cuente? ¿Qué le cuente qué?
– Madre del Amor Hermoso, pues ¿qué va a ser? Sus pecados.
-Bueno, pues le cuento. Esta noche me acosté con alguien que no era mi novio.
-Pero hija, ¿qué edad tienes?, si eres casi una niña.
– No, padre, tengo 23 años, ya tengo edad de pecar. ¿Le vale?
– Si, hija, ¿y qué más?
– No me va a decir que con lo deprisa que vienes va a ser el único pecado.
– Es verdad, padre, me ha pillado.
“Hace un año comencé una relación saludable, fue con mi primo, pero creo que eso no entra en pecado. Descubrimos el sexo juntos, al principio tímidamente. En poco tiempo quisimos experimentar más, diferentes posturas, diferentes juegos de identidad, ya sabe, la conejita con las orejas gachas y el granjero con la azada tiesa. Juegos de lo más inocente hoy en día. Pero no nos satisfacía, así que decidimos grabar videos y enviarlos a desconocidos, a veces por dinero, otras por pura pasión. O vicio, llamarlo como quiera.”
– Pero hija, eso es pecado mortal, vas a tener que rezar cinc…
– Perdone, Padre, pero todavía no he terminado.
-¿Todavía hay más?
– Si, padre, ¿no quería más? Pues ahí lo tiene, ha desatado a la bestia.
“ Pronto empezamos a juguetear con otras formas de placer, nos vestimos de cuero y látex, usábamos látigos y cadenas. Yo lo trataba como un perro, él me hablaba con respeto y eso lo volvía loco. Pero a mí no me gustaba, así que empecé a conocer a más gente. Ayer mismo, como ya sabe, quedé con uno de ellos. Que resultó ser su padre.
– ¿Mi padre?
-No, Padre, el de mi chico. ¿Quiere que le cuente los detalles?
– Válgame el señor. No.
– ¿Y hablando de Padres? ¿Sabe lo que realmente me hace hervir la sangre? Los señores con sotana. Me ponen mucho.
– Vale, hija, ya está bien. ¿Realmente has cometido tales atrocidades?, ¿Son ciertas las historias que me estás contando?
– No, Padre, soy de la empresa de paquetería que ha contratado la Diócesis.
– ¿Cómo?
– Que venía a entregarle este paquete, pero como insistió, le quise dar una ración de pecados. Firme aquí, por favor. Y rece tres Ave María, que le va a hacer falta.
La habitación tenía colores pastel, tonos sutiles de azul y amarillo en un fondo blanco tan pulcro como el olor al desinfectante médico que envolvía el aposento. En el centro una cama, rodeada de aparatos medidores de constantes y frecuencias, tubos de líquidos fluorescentes y monitores de temperatura, entre todos los instrumentos un cuerpo, azulado por el frío, inmóvil como una sombra congelada. En la pared un símbolo esotérico en forma de estrella, en el centro de este una imagen poco conocida de Mickey Mouse, la de su primera aparición en 1928.
Abrieron la transparente puerta de la habitación, quedó todo el pasillo cubierto de bruma blanca, espesa, que avanzaba lenta, al igual que los tres personajes con túnicas negras estaban entrando. Parecían flotar en el aire, parecían avanzar rodando. Llenaron el ambiente de un cántico sórdido, oscurecido por una entonación monótona y una vocalización pobre y arrítmica. Quedaron en el fondo de la sala con su particular exorcismo.
Entraron también señores con batas blancas y verdes, con estetoscopios y rinoscopios, ajustando parámetros y hundiendo agujas de suero. Entre botones y hechizos, descargas eléctricas y oraciones, el ser durmiente inspiró fuerte, abrió sus ojos despacio, el color volvió a sus mejillas y sus brazos impulsaron su cuerpo en un intento de incorporarse. Miró a su alrededor, se quedó un instante ordenando su mente y dijo.
– ¿En qué año estamos?
– En 2025, señor Walter, en breve comenzaremos con la regeneración. – Respondió el señor de la bata verde.
– Perfecto, quiero un informe de todo lo ocurrido en estos 59 años, en cuanto despierte lo quiero tener al lado.
– Comprendido, señor Walter, lo tendrá.
Pronto, el peso de los calmantes lo arrojaron al descanso. Soñó con criaturas deformes de colores estridentes que, en un decorado de cartón piedra, le perseguían frenéticamente para devorarlo vivo.
Despertó de un sobresalto cuando aún no había amanecido. No había dolor, ni sensación de pesadez en el cuerpo, su mente estaba clara como los medicamentos que goteaban hacia su cuerpo. Comenzó a leer el dosier que había en su mesita de noche, con tapas gruesas y una ilustración a todo color del ratón de los dibujos animados de los años 30. Estuvo toda la mañana entretenido en su lectura, por la tarde vinieron a visitarlo.
El primero en entrar, un señor con bata blanca y aspecto serio que manoseaba un block de notas, le comentó que la intervención había sido un éxito. El otro visitante era un elegante caballero con americana de marca cara y zapatos de cuero negro que, con expresión sonriente, se le veía el nerviosismo por el temblar de sus mejillas.
– Tú debes de ser mi familiar. – Afirmó recostándose en la cama, sin dejar de mirar el informe.
– Sí, soy su biznieto Walter, vicepresidente en cargo.
– Sí, ya me he dado cuenta de que habéis descuidado el buen funcionamiento de la empresa.
– Los tiempos han cambiado mucho y las multinacionales ahora son muy agresivas.
– Los abogados no han cambiado, ¿verdad? Vaya reclutando a los mejores que nos van a hacer falta.
– Hecho, señor Walter.
– Llámame Visa, es lo máximo que vas a ver de mi dinero si no te veo trabajar. Otra cosa.
– Dígame, Señ… esto, visa.
– ¿Qué puñetas es ese cuento de los horribles monstruos espaciales? Esos que salen del pecho de la gente, que se asoma a unos asquerosos huevos y que chorrean ácido por la boca. ¿Qué tipo de gustos tienen hoy en día los más jóvenes de la familia para que necesitemos contar historias de semejantes engendros?
– Todo el mundo habla de crear facilidades a la hora de trabajar, hay IAs que hacen de todo, calculan, programan, escriben obras literarias…
– ¿Y usted ha creado una que invente?
– ¡No, hombre! No voy a inventar algo que me quite el trabajo. La mía hace algo realmente útil, algo que nadie quiere hacer. Yo he inventado “La IA del Mocho”.
– ¿Es una máquina de fregar el suelo? Yo creo que ya hay varias.
– No, no, no. El concepto es otro, más amplio. Hace cualquier cosa que puedas necesitar en el hogar.
– ¿Te friega los platos?
– Claro que los friega, y limpia el polvo, plancha, arregla el enchufe, cambia la luz fundida del coche, te programa el móvil…
– Pero eso es maravilloso.
– Espera, que hay más. Te cuida el jardín, arregla la pata coja del mueble, te contesta el teléfono y le da excusas de que no puedes ponerte, echa a los vendedores de enciclopedias, le pone el supositorio al gato…
– A ver, si es un invento suyo, algo tiene que tener.
– Bueno, sí, una cosa. Que es demasiado perfecto.
– ¿Y eso se traduce en…?
– Termina siendo demasiado humano.
– Ya, se vuelve asesino en serie, ¿verdad?
– ¡No, hombre! ¡Qué bestia! ¡Qué falta de fe en la humanidad!
– ¿Entonces, qué es?
– Es cotilla
– ¿Te espía?
– Sí, es cotilla y chismoso, y empieza a contarle todo a los vecinos. Con quién entras en casa, si te sale mal el pollo al chilindrón, el extravagante gusto que tienes para la ropa interior, si tu hija se está viendo con el carnicero…
– Menudo problema, bueno, al menos hace de todo.
– Sí, hace de todo, pero cuando quiere.
– ¿Cómo?
– Verás, le gusta el fútbol, así que cuando hay partido no hace otra cosa que ver la televisión.
– ¿De primera división?
– todos, regionales y liga infantil incluidos.
– ¡Bufff!
– Y las telenovelas, no se pierde ninguna, sean turcas o venezolanas.
-Eres como Sherezade, siempre inventando historias.
Y de un portazo quiso desaparecer de mi vida. No la culpo, se cansó de mis mentiras, de mis diálogos con la luna, de mi distancia sin palabras. Pero no le podía dar más, excusa tras excusa, rumor de algo cierto que no quería oír y que también era mentira. Pero la verdad era demasiado terrible.
Corrió descalza por la playa, como cada vez que no puede más, algo muy cotidiano últimamente. Quizás tenga yo la culpa, y conmigo ella, y con ella su particular abismo que le precipita a creer lo que no debe y a adoptarlo como su particular delirio. Yo no podía hacer más que correr tras ella en su locura, puede que intentar calmarla, aunque no sé si en realidad era la peor idea. Tal vez solo debía esperar a dejarla volver sin aliento y sin nombre propio.
De un portazo volvió buscándome, como en cada crisis, gritándome perdón y odiándome al mismo tiempo. Aparecía raudo, con la palabra exacta y la sonrisa estudiada que le devolvía la paz. Ella intentaría el imposible acto de besarme, que yo respondería con agrado, pero sabía cuán imposible era. Ya que yo no tenía cuerpo. Yo tan solo era aquel ser imaginario que, en un intento en vano por proteger su cabeza, se quedó solo en el fantasma de una fantasía.