Eva pelaba pensativa los enormes y rojos tomates con los que estaba preparando la cena, mientras manipulaba ceremoniosa los ingredientes, pensaba en las mañanas de verano en su pueblo natal, jugando en la cocina mientras su abuela preparaba la comida. El aroma a azahar desde la ventana, de aceite de oliva y pan de mollete del desayuno. El sol, nuestro sol de La Tierra, iluminándolo todo, permitiendo a una niña jugar en el patio, a la sombra del alcornoque. Donde estaba el columpio en el que soñaba llegar hasta la luna y cruzar la galaxia.
En este mundo la cosecha se daba bien, no solo tomates, los olivos hicieron posible un primer prensado de oro verde, de calidad imposible y olor a serranía andaluza. Troceando el ajo le vino la imagen de su familia, todos juntos, reunidos en el salón entre risas y cantos de almuerzos interminables de Julio y siesta con sabor a vacaciones.
Una lágrima de recuerdo encontrado logró sazonar la cuchara en la que había probado el delicioso salmorejo que había preparado que hoy le sabía a antaño, a la niña que un día fue y a las expertas manos de su abuela que convertía el calor del verano en una perfecta cena.
Enrique Morente y Lagartija Nick – Pequeño Vals Vienes
A la hora más intempestiva de la madrugada, un flamante tesla, se incorpora al carril de la desierta autopista, dejando atrás la romántica ciudad de París. Sandra, lleva una animada conversación con Alfonso, que aunque lleve las manos en el volante, no es quien conduce, su querida inteligencia artificial consciente no le deja hacerlo.
– ¿A dónde dices que me llevas, Sandra?
– Es una sorpresa, duerme.
– Como me vean dormido nos van a multar.
– No se para qué queréis usar tecnología de conducción automática si no podéis dormir en el coche.
– No es necesario esa tecnología, a la gente le gusta conducir.
– Humanidad, misteriosa especie carente de lógica. ¿Por qué hacéis coches que conducen solos?
– Para fardar de tecnología.
– Tú sí que puedes fardar de tecnología, cariño.
– Si yo presumo de novia contigo me meten en un psiquiátrico, ¿A dónde vamos?
– ¡Ay! ¡Que es una sorpresa!
– Si estoy aquí metido necesitaré conducir un rato, O eso o me volveré loco con tantas horas de coche.
– Bueno, vale, no me acordaba de lo delicado que sois los humanos. Vamos a Moscú, hale, ya está, se esfumó la sorpresa como volutas de humo al viento.
Este relato forma parte del reto propuesto por Juli Ramos, pulsa en el nombre para acceder a su blog.
La palabra elegida es ergonómico.
El diseño de la máquina era tan simple que no entendía bien el porqué de unos asientos tan sofisticados. En sí era un cubo de color blanco y frío como la nieve, uno de sus lados hacía de puerta, dejaba ver un interior liso, sin mandos ni monitores. En el centro había un solo asiento, ergonómico como el de un deportivo de alta gama, con sus cinturones de seguridad incorporados.
-¿Hace falta tanta comodidad para un trayecto tan corto?
-Siéntese, ya lo comprobará.
La máquina había anunciado ya una cuenta atrás. Tomé asiento y me abroché, por inercia, al sistema de sujeción. Estaba absorto, acariciando el asiento, maravillado por el tacto de cuero del sillón cuando cerraron el artefacto y empezó a activarse.
La iluminación interior se hizo tan potente que no me dejaba ver nada. No había movimiento aparente, tan solo un sordo zumbido blanco como la máquina. Aunque no se estaba desplazando, sentí inercia en mi cuerpo. Todo daba vueltas a mi alrededor, tenía la sensación de caer desde lo alto de un edificio, una montaña rusa sin movimiento que me hacía agarrar con fuerzas al preciado sillón.
La luz se apagó y yo estaba rendido, en el sillón, sin fuerzas para levantarme. Contemplaba desganado la apertura del cubo, donde se asomó una mujer con la misma bata blanca de loa operarios que dirigían el experimento, allá, en el otro lado.
– Buenos días, señor Orellana, acaba de dar un salto a cuatrocientos sesenta y seis años luz de su origen. Tómese su tiempo para levantarse de su asiento, le será más cómodo aclimatarse a su nueva gravedad.
El despacho del líder del poblado era ostentoso, pulcro, muy ornamentado, con figuras tribales y cuadros de los personajes célebres. Arhs´im aguardaba paciente, un tanto desganado, a recibir una ya esperada noticia.
– Hermano Arhs´im, sabemos que en unos días va a cumplir noventa años, como usted sabrá, hemos de pensar en celebrar su día del plantado.
– Así es, ya lo tenía presente y he estado meditando sobre ello.
– Bien, ¿le queda algo pendiente de solucionar?
– No, mi vida está en paz, puedo aceptar cualquier fecha.
– Según nuestras leyes, usted puede elegir el sitio exacto donde ser plantado, es una ley sagrada y como tal preservaremos su integridad con nuestras vidas si es necesario.
Arhs´im se quedó pensativo, el proceso era muy sencillo, las personas que alcanzaba cierta edad eran depositados en un agujero excavado en el lugar elegido, donde ocurriría la transformación.
El ciclo de la vida de su especie era un tanto peculiar, nacían de las semillas recogidas de sus frutos, la asociación de madres cuidaban de los pequeños, según crecían debían ir a la institución, allí eran educados y orientados para desempeñar un trabajo.
Solo los que llegaban a viejo podrían transformarse en árbol, y, por tanto, solo ellos podían reproducirse, el lugar que elegían para plantarse y crecer era muy importante. Era imposible saber a quién ibas a lanzar tu polen y quién iba a fecundar tus flores, eso era misión del viento y los insectos de la zona, así que normalmente se agrupaban en bosques con los árboles de las personas más afines, a los que llamaban familia.
– Ya había pensado el sitio donde plantarme.
– ¿Lo tiene marcado en algún mapa?
– No, es muy fácil de ubicar, le puedo enseñar donde.
– ¿Está muy lejos? Esta mañana tengo muchos asuntos que atender.
– No le robaré más de cinco minutos.
Los dos, salieron del despacho y se dirigieron a la salida del edificio del concejo, justo al salir Arhs´im señaló al suelo.
– Quiero ser plantado aquí.
– Pero, no puede ser, esto es la entrada del concejo, no puede bloquearla.
– ¿Ah, no? ¿Qué ley me lo prohíbe?
– Ninguna, pero es de sentido común, nos dificultará mucho la entrada.
– Es mi decisión, y es sagrada, nadie se puede negar.
– Sí, pero ¿Por qué?
– ¿Recuerda que quise abrir mi propio negocio y no me lo dejaron iniciar? ¿Cuándo sentí la necesidad de viajar a otras aldeas y no se me permitió? ¿Cuándo quise cambiar de profesión y me puso tantas trabas?
– Sí.
– Bien, ahora soy yo quien os cerrará las puertas.
Abrazados, exhaustos, con el alma henchida y la piel erizada por el momento, los dos escuchaban la melodía que llenaba la habitación. El humo flotaba en la oscuridad, rota por el reflejo de la luna llena, que curiosa, se asomaba por la ventana.
Desde lo alto del acantilado, Tanausu y su hermano vigilaban la costa mientras cuidaban los animales, gracias a conducir su pequeño rebaño de escuálidas cabras, conocían los atajos de la zona, así que a poco estaría en la playa, algo extraño había en la orilla y quería ver que es.
– Vamos Adirán.
– Sí, pero espera.
– Date prisa gandul.
– Vale, pero no corras.
La pequeña cala de callaos, solitaria como siempre, tenía hoy la extrañeza de algo fuera de su lugar. Justo en medio, donde más rompían las olas, encima de un enorme tablón de madera, había una figura femenina de poco más de un metro, que sostenía un bebe en un brazo.
– ¿Qué es eso Tanausu? ¿Qué hace aquí?
– Yo qué sé, está hecha de madera. Es una mujer.
– Pero, ¿Quién es?
– Parece una diosa.
– Es Chaxiraxi seguro que es ella, Que viene a protegernos de Guayota.
– No sé, vamos a contárselo al Mencey, ¡Venga! ¡Corre!
Me encantaba ver chocar los copos de nieve sobre la ventana del comedor. De adolescente me podía pasar el día allí, frente a una chimenea crepitando leña, con olor a festivo cercano y a pereza por quitarse el pijama. Me quedaba quieto, expectante, hasta que la proximidad terminaba nublando de vapor la superficie acristalada y ya no podía ver nada.
Sucedió que al empañarse empezó a formarse figuras, al principio confusas y nebulosas. Con el tiempo esas manchas de vaho se fueron asemejando a un rostro, difuso, que se emborronaba al instante, dejando unos labios besados en el vidrio.
En las primeras ocasiones me asustaba, pero como un difunto felino, siempre volvía, a contemplar esa cara, cada vez más perfecta y cada vez más encantadora. Una figura femenina que me acompañaba en sueños despiertos mostrándome la humedad de sus labios, atrayendo con ganas a los míos.
Una tarde, en un impulso, cuando mejor se podía apreciar la forma que aparecía en la ventana, besé el cristal, sintiendo la fría condena del que quiere querer y no puede, porque hacía frontera un muro de impenetrable coraza, que separaba dos mundos opuestos.
Aquella fue la primera vez que besé a un fantasma.
– Sí, Jota Te, un año entero, de este mundo, claro, ¿Qué dices? ¿Cuatrocientos dieciséis días terrestres? Pues eso, un año y pico.
La idea de Jonás era no perder el tiempo, aunque, aparte de recoger muestras del suelo y de la insignificante vegetación que había, poco tenía que hacer. Su sueño fue su prisión y con él llegó la soledad de recorrer un inmenso mundo solo para él.
– ¿Te conté ya aquella vez que me vi perdido en mitad del Desierto Rojo Australiano? Sí, quizás peor que aquí. ¿Traes las muestras?
El pequeño androide de extracción le seguía, fiel a sus órdenes, como un perro labrador dispuesto a la caza. Aunque en esta ocasión parecía cansado y se quedaba atrás.
– Jota Te, ¿qué te pasa? ¿Por qué andas tan lento?
De la parte superior del robot empezó a salir humo, Jonás asustado corrió hacia él, agarrando fuerte de la parte lateral para soltar la tapa de mando, tras unas cuantas quemaduras logró extraer el módulo de memoria y salió corriendo hacia la base.
Una vez entró, corrió apresurado hacia el almacén y abrió con cuidado el embalaje de una unidad robótica de extracción de minerales del mismo modelo y le cambió el módulo de memoria. El sonido de arranque del sistema le tranquilizó
– Joder Jota Te, pensaba que te había perdido a ti también.
La máquina centelleaba activando el sistema transmisor, ruido sordo y vibraciones magnéticas, todo normal. Temblaba mientras me sumergía en aquel líquido iridiscente que protegería y conservaría mi cuerpo mientras yo no estuviera en él. La sangre salía ordenadamente por la red de tubos mientras el frío glacial paralizaba mi cuerpo. Mi mente, tenía urgencia por salir y se desprendió del resto de mí como un incisivo infantil escupido por la esperanza de un regalo.
Ya era una mancha en el espacio, un rayo de luz entrando en una ventana, aferrándome a la vida de un pequeño corazón que empezó a latir con mi presencia. Perdí la consciencia del tiempo flotando, creciendo, desarrollándome. Bailaba al son de mis reflejos, de los fluidos en los que flotaba, melodía de una voz amada que con su canto me abrazaba.
Dolor compartido, el de la presión de mi morada, grito de madre aterrada por mi urgencia por salir. Desgarro de mi cuerpo de su vientre entre jadeos y apretar de dientes. Urgencia compartida por terminar de salir y comer de ti, alimentarme entre tus brazos y de dormir la calma.
Presa de llanto y confusión, buscando incesante, sin saber qué, aquellas manos desconocidas que me guiaron y por fin la vi, entre ojos llorosos de preocupación, cansancio y el cariño eterno que brillaba en su mirada al ver mi cara, agarrándome suave entres sus brazos y meciéndome me dijo.
– Ya estás aquí, Yeshua, tranquilo, mamá está contigo.