– Por las noches, cuando me siento y me relajo, empiezo a ver colores. Salen de la sopa, humeantes y ondulantes, de la televisión, por medio del sonido, salen en mi piel cuando me rozo con el sofá. El azul me golpea como un mazo en la cabeza, dejándome el sonido de platillos, el amarillo me chilla fuerte en el oído, con su voz de trompeta barítona, el violeta se desparrama sobre mí, mojándome la ropa dejándome perdido de olor a frambuesa. Y el rosa, este es el peor, se sube por mis piernas como una hormiga, cientos de ellas subiendo queriendo devorarme el alma.
– Interesante, ¿y usted qué hace cuando le pasa eso?
– Lloro, con ganas además, pero en vez de lágrimas salen dos arcoíris, uno a cada lado, que se evaporan y se elevan, dejando nubes de colores en la sala que llueven confeti y serpentinas. No sé qué hacer, estoy desesperado ¿Me puede recetar algo, doctor?
– Pero ¿Se puede saber que ha tomado usted?
– Nada, yo solo ceno y me voy al sofá a ver la tele.
– ¿Nada de nada? ¿Toma alguna medicación?
– No, paracetamol si me duele la cabeza.
– ¿Bebe?
– Solo agua destilada.
– Vale, ¿qué es lo que come?
– Sopa de setas, unas pequeñitas con forma de paraguas que me consiguió un amigo, son caras, pero están muy ricas.
– Tómese estos antidepresivos isotónicos con agua de lluvia.
Había subido algo de peso y en su cabello se podía ver un adelanto del reflejo plateado que algún día cubrirá su cabeza. Aun así, era inconfundible ese porte marcial en la sala de espera del hotel que habíamos acordado, por supuesto, el primero en llegar. Tras el abrazo que tantas ganas tenía de darle, nos pusimos a charlar en la cafetería mientras esperábamos a los demás. Hacía muchos años que no veía a él y al resto del grupo. Por fin, después de meses planeándolo, habían conseguido hacer una reunión de amigos de la infancia.
– … Como adolescentes, y tú estarás de acuerdo conmigo, amigo mío, fuimos de lo más felices, el problema fue más adelante ¿Te acuerdas cuando nos juntamos con el grupo de Patri?
– Como no acordarme, tú estabas frito por Patri ¿Verdad?
– Lo confieso, me encantaba, pero a ella le gustaba Miguel.
– A Miguel le gustaba Ángeles, me lo dijo él. Pero no le hacía caso ninguno.
– Porque a Miguel quien realmente le gustaba era Fernando ¿Cómo te quedas?
– Pues no me extraña, siempre estaban juntos.
– A Fernando le gustaba Marta, pero también Miguel, la época no era para ir saliendo del armario, así que mantuvieron sus coqueteos en secreto. Los tíos se lo hacían en mi casa cuando los demás no estaban. Y Marta participó alguna vez.
– ¿Eran un trío poliamoroso?
– No, solo se liaban algunas veces, a Marta le gustabas tú.
– No jodas, nunca noté nada.
– Eso es porque Fernando alardeaba de que tu estabas detrás de el.
– A mí me gustaba Sonia.
– Y Lidia, y Clara, lo sabré yo. Bueno, a marta tampoco le hubieras hecho ascos.
– A Lidia le gustabas tú, a Clara no lo tengo tan claro.
– Lidia decía que le gustaba yo, pero en verdad le gustaba Clara, a Clara no le gustaba nadie, pero se acostó con todos, menos contigo, claro. Incluyendo a Lidia. Ella solo buscaba pasarlo bien.
– Joder, yo no estuve con nadie del grupo.
– Estuviste con Ángeles, bribón.
– ¿Pero tú cómo lo sabes?
– Yo lo sé todo ¿De quién era el apartamento? Mío, así que yo veía y sabía todo y si no, me lo contaban. A parte tenía una cámara en la entrada.
– Mira, ahí viene Marta.
– Pues ahora que sé todos los líos amorosos, no sé de qué manera mirarlos.
– ¿A Marta? Con cariño, que está recién divorciada.
Aquella tarde, como cualquier tarde detrás de un día de fiesta, tenía ruido en la mente. No un ruido fuerte, de motosierra, de camión de la basura a las tres de la mañana, mientras recoge cristales fragmentados en el contenedor de los suspiros rotos y yo soñando con ella mientras ignoro la consciencia. Mas bien, ruido de batería vacía, sonido sordo de televisión en silencio, donde escuchas los planos de tus pensamientos con gestos de otros, de ventrílocuo en conversación de lenguaje de signos con sombras chinescas.
Quise romper el silencio, por si eso acallaba mi pensar, subir el sonido de aquel tocadiscos viejo, que solo recordaba melodías de Pink Floyd viajando lejos, recreándose en universos de dibujos extraños. Pero solo conseguí martillos desfilando al redoble de cientos de palabras inconexas, que querían acompañar mi cabeza y aumentar la sinfonía de luces que latían dentro de mí, acompañándome cuando el silencio era lo que más necesitaba escuchar.
Decidí escapar de mis pensamientos, vagando por la vereda del paisaje campestre de un cuadro de Van Gogh, pero giraba constante, llenando el vacío de mi razón de largos trazos pastel, llenando de gritos el espacio sobrante y derramando gotas de pintura a modo de lágrimas profundas.
Acallar el ruido de mi mente sería más fácil si te tengo cerca y te derramas en mi sofá, y me tapas con tu piel, cuando el frío de la ausencia de pensamientos araña el compás de mi meditar, aquellas tardes de cansancio acumulado donde robar un beso de tus distraídos labios cuesta un milagro a cambio.
– Por fin es viernes. Ah, que no es viernes. Bueno, sábado. El primer día de descanso, después de una larga semana enredado, rezumando tinta de estampar sellos para alegrar esos documentos tóxicos, que vinculan tu alma a la prisión de la deuda, adornando con garabatos como presentación de mi nombre a la ley de la justificación. Concediendo el derecho, pero también sentenciando el deber. Arañazo de papel de tinta del diablo, con bic como escudo, entono la oración que invoco en tu nombre para poder ejecutar la gran danza de la firma, con membrete de diseño y copyright en vigor. Que exige su tributo entre cifras apretadas y su sacrificio de almas pías e impuras, sin importar su condición, piel o credo. Todo vale si la dádiva es efectuada sobre fondos legales y reglamentarios, por los siglos de los siglos…
– Sí, vale, lo que usted diga, ¿se va a tomar la última o qué? Cerramos en diez minutos.
Tras su sonrisa tan cordial, su mirada me decía que había algo más. Algo que no sabía explicar. Extraño como su forma de comportarse conmigo. Como todas las mañanas, me la crucé en la entrada de su casa.
– Hola cariño, que vaya bien en el colegio.
Y es que la vecina, estaba siempre en la puerta de su casa, la veía allí cuando iba al colegio, cuando volvía, cuando salía a la calle con mis amigos. Incluso aquella noche, cuando me llevaron corriendo a urgencias por aquella intoxicación de chocolate en mal estado, estaba en la puerta de su casa, con aquella sonrisa rara. Inmutable.
Ayer, al volver del colegio, me paró sonriendo, me ofreció las galletas que acostumbraba a hacer y me dijo.
– Niño, estoy ordenando el trastero, y me vendría bien dos brazos fuertes para mover unas cajas ¿Te gustaría ganar un dinerillo?
– No sé, señora, se lo preguntaré a mis padres.
– ¡Oh, cielo! Seguro que te dicen que sí. Vente esta tarde y te ganarás unos cuantos euros y te dejaré quedar con los trastos que ya no necesite.
Como quise ser buen vecino y la posibilidad de tener algo de dinero me resultaba atractiva, a las cuatro y media estaba tocando en su puerta. Fue la única vez que no estaba ahí con la sonrisa encendida, esperando a que pasara.
– Hola, niño, pasa, pasa. Te estaba esperando.
Nada más entrar me invadió el recuerdo de los días de Navidad, una casa ordenada y decorada, con aroma a cocina antigua, a cebolla refrita con pimientos y especias, para preparar el asado y tarta de manzana de postre.
– Hola señora, ¿Está esperando visita?
– Sí, niño, hoy van a visitarme mis antiguas compañeras de… de la facultad. –
La vecina me indicó que llevara unas cajas. Estaban amontonadas en la habitación, quería que las fuera llevando al trastero. Y eso hice. Fui llevando trastos de un lado a otro. En una ocasión me asomé a la cocina, muy extraña, con un horno enorme. ¿Querría asar un caballo?
– Oh, niño, estás trabajando mucho. Ven, descansa un rato, tómate esto. He hecho pastelitos, ¿quieres probarlos?
– Señora, ¿esto es vino?
– Vino dulce ¿Qué? En mi tiempo se le daba a los niños, con azúcar, para que crecieran fuertes.
– Si usted lo dice.
Yo ya había probado la cerveza y en alguna ocasión el champán en Navidad, además. Mi tío Enrique, a veces, también me daba a probar ese licor de cerezas que tanto le gustaba y tanto ardía al tragar, a escondida de mis padres, claro. Cada tres cajas tocaba uno de los ricos pastelitos de chocolate y una copita de vino dulce. A la hora, estaba tan mareado que me costaba pensar.
– Oh, niño, ¿estás cansado? No te preocupes, acuéstate un rato en esa habitación, luego continúas.
– No hace falta, puedo seguir.
– ¡Que entres, niño! No me discutas.
Aquí pasaba algo raro. Entré en la habitación y me acosté en la cama, me sentía mareado pero no tanto como para perder el control. Aunque hice un poco de película, tambaleándome y dejándome caer a peso sobre la cama. Me sorprendió cuando escuché que cerraba con llave, así que empecé a explorar alrededor.
Era una habitación pequeña de narices, con rejas en la ventana y un armario empotrado, que abrí encontrando libros escritos a mano, con tapa vieja y símbolos incomprensibles, raros y llenos de aristas. Intenté sin conseguirlo abrir la puerta, así que pensé en llamar la atención de alguna manera.
– ¡Señora! ¡Me estoy meando! ¡Me meo mucho! ¡Ábrame, por favor! ¡Me voy a mear aquí! –
– ¡Ay, niño! Espera, que ya voy.- Dijo mientras se escuchaba caminar por la casa. – Ni se te ocurra ensuciar el cuarto.
Salí de la habitación tambaleando y simulé querer vomitar por el camino. Me guió al cuarto de baño y me empujó dentro. Abrí el grifo del lavamanos y me dispuse a salir por el ventanuco que había justo al lado de la antigua cisterna del váter. Casi no cabía por allí, pero conseguí acceder al patio interior.
La señora preguntaba que si me faltaba mucho desde la puerta del baño, yo ya había recorrido todo el pasillo que daba a la cocina. Si era como la de casa, debía tener salida al exterior. El horno enorme estaba prendido y abierto, había cacerolas burbujeantes y un libro de recetas abierto por la página del centro, con un dibujo de una persona atada de pies y manos con una manzana en la boca. Fue entonces cuando empecé a tener miedo de verdad. Ya no pensaba que la vecina era una señora chiflada, ahora pensaba que era una bruja peligrosa.
La puerta de la cocina cerrada, como ya había pensado, era de cristal, pensé en usar algo para romperlo. Pero para ganar tiempo tenía que cerrar la cocina. Al aproximarme al pasillo vi un gato negro entrando, era enorme y tenía cara de pocos amigos. Me bufó y se abalanzó sobre mí con fiereza.
De los videojuegos conseguí reflejos de guepardo, conseguí esquivar al estúpido gato sin esfuerzo, que con el impulso entró en el horno de cabeza y yo cerré la puerta, dejando al felino cociendo dentro entre siniestros maullidos.
– ¡Niño maleducado!
La señora se había dado cuenta de que me había escapado y ahora venía corriendo por el pasillo, cerré la puerta de golpe y tranqué calzando una silla. La vecina golpeaba la puerta con rabia, se escuchaba sus uñas, arañar la madera. Desesperado por escapar, tiré uno de los calderos a la puerta de salida, se rompió el cristal en mil pedazos, sin mucho cuidado logré salir de una pieza y sin heridas graves. Tras de mí, la señora, gritaba como una poseída. Pero no se atrevió a perseguirme mucho trecho fuera de su casa, por suerte.
– Es por eso, Don Matías, por lo que no pude hacer ayer la tarea.
Con un suave chapoteo anunció su llegada, no hizo falta saludos, tome asiento, abone el pasaje y comenzó a remar. El ocaso nos invadió en silencio y así continuamos un buen rato, hasta que el aburrimiento me hizo buscar una conversación.
– ¿Mucho trabajo?
– Siempre lo hay.
– Ya, me imagino.
Llevaba un abrigo grueso que terminaba en capucha y con la oscuridad del lugar como ayuda no lograba distinguir la cara, pero sí su voz, muy ambigua, aun así, aunque le creía hombre por la fortaleza al remar, si me dicen que era una mujer tampoco me hubiera extrañado. Andaría también aburrido, pues empezó con una pregunta. La más obvia.
– ¿Qué te ocurrió? ¿Por qué estás aquí?
– Pues había conocido esa noche una chica maravillosa, tras unas copas y unos bailes empezamos a hablar, las palabras se convirtieron en besos y los besos en ganas de intimidad.
– Normalmente, la gente que pasa por aquí no lo hace por amor.
– Me imagino, pero la pasión a veces te lleva al abismo. Ella me dijo que podíamos ir a su casa, pero que no podía estar mucho tiempo, no podía amanecer allí. Y yo, que tras la última copa pasaba una etapa de todo me da igual, acepté la propuesta.
– Alcohol y carretera, mala combinación.
– Verdad es, pero su casa estaba a dos calles, fuimos andando. Una vez dentro nos desnudamos como dos desesperados y empezamos a probar la resistencia del sofá. Terminamos en la cama lo que habíamos empezado en el salón y al poco tiempo ocurrió lo que no tendría que haber pasado.
– ¿Qué fue?
– Que nos quedamos dormidos. Se escuchó la puerta de la entrada y ella me despertó a gritos de que era su marido y que iba a matar.
– ¿Fue muy violento?
– No, si creo que ni me vio. Me escondí en el balcón y pude salir porque él entró en el baño, salí corriendo, resbalé por las escaleras y quedé inconsciente.
– ¿Y no murió?
– Mi muerte ocurrió luego, en el hospital me inyectaron un calmante que al parecer me hizo reacción y bueno, todo lo demás ya lo conoces.
Huellas en la playa, es todo lo que pude saber de ella, se perdían en la orilla y eran barridas por la marea, que ahora subía, intrépida, asesinando los rastros.
Poco antes paseaba cabizbajo, con mi mente torturada por algo que no hubo y se fue.
El olor a mar invocaba el rubor de mis lágrimas. Y sin pensarlo demasiado, me deshice de mi ropa y me lancé con rabia a la mar. A luchar con la salada espuma en busca de exorcizar mis fantasmas, en un combate a muerte con los elementos, que allá donde el horizonte se volvió sangre, conseguí perder sin remedio. Muriendo. O creyéndome perecer.
Ella estaba allí, sentí sus labios, mientras despertaba sorprendido, calientes como el sol que golpeaba mi cara, delicados como el adiós de la luna en el ocaso. Desconcertado, la vi volver al mar, desnuda, sin miedo. Mientras me incorporaba confuso, amando el mar con todo mi ser, olvidando el motivo de mi tormento.
Tras las huellas ya no había nada.
Solo silencio.
Alguien cantó a lo lejos, algo triste, un lamento. Una voz dulce, como la miel que quedaba en mis labios.
Estaba sentada en el filo del acantilado cuando apareció él, majestuoso, imponente, de ojos brillantes como estrellas al alba, de pelaje espeso y oscuro como las noches de invierno. Se acercó a ella y al ver que no le temía se sentó a su lado.
– ¿Vienes a contemplar la luna? – Preguntó la niña
– Sí, cada luna llena me siento aquí, a agradecerle mi caza.
– ¿Qué tal ha sido hoy?
– Pobre, mi manada está hambrienta, pero ha habido suficiente para hoy.
– ¿Debo temer que me quieras cazar?
– A los lobos nos dan miedo los humanos, aunque sean cachorros. Uno solo no sois problema, os cazamos fácil. Pero siempre vienen más, con sus artilugios artificiales para matarnos. Sois criaturas terriblemente feroces y crueles.
– Vosotros también matáis.
– Lo hacemos para comer.
– Nosotros también.
– Nosotros lo hacemos por pura necesidad.
– Y nosotros. También necesitamos cazar para comer.
– ¿Vosotros? Los humanos domesticáis animales, los matáis con facilidad, sin peligro. Ademas os los coméis sin hambre, haciendo una fiesta de las matanzas. Y aun así, os dedicáis a cazar.
– Pero vosotros también disfrutáis cazando.
– Disfrutamos cazando, no cazamos para disfrutar.
– No todos somos así.
– No lo sé, solo te conozco a ti y a algún humano que se presenta en el bosque con sus perros amaestrados. Yo no te he visto cazar, pero huelo que te alimentas de carne. No te juzgo, pero permíteme desconfiar.
– Pero percibes que no puedo hacerte daño, ¿no?
– Sí, mas no conozco a tu manada.
– No te harán nada, no los traeré hasta aquí. ¿Volverás la próxima luna llena?
– Sí, y presiento que me alegraré de verte.
El gran lobo negro agachó la cabeza frente a la luna, en señal de respeto, y miró un instante a la joven, fijamente a los ojos, y los entrecerró en señal de amistad. Luego desapareció entre los arbustos. Sola se quedó la niña bajo el reflejo de Selene, pensando.
Los tres jóvenes se habían colado en el gimnasio del instituto, sentados con las piernas cruzadas, habían hecho un refugio entre las colchonetas, con un banco de ejercicios frente a ellos, se preparaban nerviosos para culminar sus planes.
– ¿Lo has conseguido, Rafa? Dime que sí.
El adolescente, con una leve sonrisa en la cara, depositó su pesada mochila sobre la improvisada mesa, sacó el portátil y lo conectó al enchufe más cercano. Momentos antes, había cogido prestado dicho aparato del aula de informática, aprovechando la falsa alarma de incendios que ellos mismos habían provocado, lo sustrajo mientras el profesor comprobaba la alarma y los niños entraban en pánico.
– ¡Genial! Ahora tú, Marcos, ¿tienes la contraseña de la WIFI?
En el revuelo formado por los alumnos, Marcos, había entrado en secretaría, y con su móvil, había fotografiado las últimas páginas de la libreta de claves que sabían que tenía allí.
– ¿Cuál es?
– ¡Yo qué sé! Una de ellas será. Prueba esta.
Se escuchó la cerradura de la puerta, en segundos, los tres amigos se cubrieron con la polvorienta funda usada para tapar los trastos de gimnasia. Se escucharon pasos alrededor, pero en breve cerraron la puerta. No salieron de su silencioso escondite hasta que escucharon el giro de la cerradura.
– ¡Joder! Pensaba que nos pillaban.
– Chicos, que estamos dentro.
– Ahora te toca a ti, Manu, a ver que sabes hacer.
– ¡Aprender nenas! – Dijo el joven sacando un viejo pendrive del bolsillo y lo insertó en la ranura del portátil. Abrió la carpeta y apareció un ejecutable con el símbolo pirata de una carabela. Al ejecutarla se abrió la consola de comandos y empezó a salir caracteres – ¿Rafa, te sabes la dirección?
– ¡Sí! De memoria.
– Escríbela aquí – El flujo de letras y números había parado, ahora el cursor esperaba.
– Ya está, ¿pulso enter?
– ¡Dale!
Abrió el navegador en una página con un conocido logotipo azul donde había una joven con unas orejas de gato en ropa interior, señalaba un video borroso con un candado en medio.
– Vale, de ahí no pasa, no se puede ver más.
Manu pulsó con el ratón en el video prohibido donde salió una casilla para depositar una contraseña.
– Ahora viene lo bueno.
La casilla empezó a rellenarse sola de asteriscos, se escribían y borraban constantemente hasta que de pronto se abrió un menú.
– ¡Joder, que entramos!
En el video, la chica de la portada se sentaba en una silla gamer y apartaba sus minúsculas braguitas dejando ver su sexo totalmente depilado.
– Esta tía estuvo en el instituto – Dijo Marco con la cara visiblemente colorada – Estaba con mi primo en su clase.
– ¡Es mi hermana, estúpido! – Aclaró Rafa.
– ¡Hostias! ¿Y tu padre le deja hacer estas cosas?
– No creo que lo sepa, atontado. Ya no vive en casa, se que se fue a Madrid a vivir con su novio. Mis padres piensan que está estudiando una filología asiática.
– Ah, por eso tiene ese estilo tan hentai.
– Sí, pero mientras ella menea el culo con desgano, cientos de desesperados como tú pagan una pasta por mirar. Que esto no salga de aquí, chicos.
– Tranquilo, que aquí respetamos a nuestros Bros.
– Y a sus hermanas, aunque aparezcan en OnlyFans metiéndose cacharros raros por ahí.
Aster no le dejó terminar la frase y la besó, primero en la boca, luego en el cuello, con suavidad, subiendo poco a poco de intensidad.
-… No. Para. Nos van a ver… – Dijo Yelena entrecerrando los ojos
– Tranquila, aquí no hay cámaras.
– ¿De verdad?
– Te lo aseguro, si fuera así yo tendría acceso a ellas.
Lena se dio la vuelta buscando sus labios una vez más, él recorría su cuerpo, acariciaba con sus grandes manos las curvas de sus caderas, ella apretaba su cuerpo en un abrazo, recorriendo su espalda, luchando por arrancarle la ropa con desesperación. Aster, con dulzura, se deshizo de la camiseta de Yelena, quedó flotando alrededor de ellos.
La ropa se mantenía suspendida en el aire, mientras ellos, ajenos al baile de la órbita de sus prendas de vestir, estaban más ocupados en intentar mantenerse pegados, sin colisionar con las paredes. Las risas de Lena contrastaba con el intento desesperado por mantener un ritmo constante entre el movimiento y evitar salir disparado hacia el lado contrario.
Lena agarró fuerte con sus piernas el cuerpo de Aster, haciendo golpear su espalda con la pared más próxima, se agarró con las manos de la escalerilla y cabalgó fuerte sobre él, o debajo de él, la falta de gravedad impedía saberlo claramente.
– ¿Lo habías hecho antes en la estación? – Preguntó Lena entre risas
– Nunca, pero lo estaba deseando.
En la pantalla de la sala de mandos del módulo, la imagen de cuerpos flotando llamó profundamente la atención al oficial de guardia.
– ¡Eh Martínez! ¡Ven a ver esto!
– ¡No! ¡Por dios! – Martínez se llevó la mano a la frente – Nosotros aquí de guardia y estos follando como locos en el almacén de residuos sólidos.
– ¡Calla y aprende envidioso! Me debes cincuenta pavos.
– Pues como toquen esa válvula van a nadar en mierda, literalmente.
– Te apuesto otros cincuenta a que terminan dándole.