Categoría: Cuentos cortos

  • El cementerio

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Cuál es tu lugar favorito de tu ciudad?

    Ella bailaba con las ráfagas de viento, dejando ondular su vestido corto a los caprichos de la brisa. Indiferente a su alrededor, a compás de un ritmo imaginario, de luces de sueños turbios y tambores de gotas de lluvia sobre latas oxidadas y flores marchitas por el olvido.

    Él, marchito como las flores, envuelto en una fantasía de nubes negras y gruñidos celestiales que, a gritos de trueno, clamaban juicios sobre sus pedestales olímpicos. Su voz era sollozo, y con el trino apagado del alcaudón le preguntó a la bailarina.

     – ¿Por qué estás tan alegre, si estás muerta? 

    Ella, encogiéndose de hombros, le dedicó la más pura de sus sonrisas, le miró un instante a los ojos y siguió trenzando sus pies, desafiando a la parca desde su tumba, desde donde no paraba de bailar.

     – ¿Qué más da? Dejar de hacerlo no me va a devolver la vida.

    Ella bailaba con las ráfagas de viento.

    Él empezó a sentir placer al contemplarla.

    Ramones – Pet Semantary

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  • La paz olvidada.

    El sudor bajaba por su frente.

    Su corazón latía rápido.

    Su corazón, golpeando fuerte su pecho, estaba en otro lado, aunque en el centro de la plaza, donde los turistas se agolpaban para ver las murallas. Su corazón y su mente estaban en su hogar, con los suyos.

    Amira tiene ocho años, Abdel doce, y los cuidan sus abuelos. Su marido Daim murió en la frontera, en una operación militar invasora, que se descontroló y afectó a la población civil, dejando hogares vacíos, familias rotas y el cielo lleno de almas confusas pidiendo justicia. 

    Eso fue lo que querían ofrecer aquellos que le comunicaron la muerte de su esposo. Ella no creía en la justicia, tampoco en la divina. Creía en un futuro incierto para sus hijos, en los disparos desde la frontera, en el miedo del ruido de las balas cerca de los colegios. 

    Y en los hospitales llenos.

    También creía en el fervor de su alrededor y en la necesidad de los suyos. En que, si lo hacía, no les faltaría de nada. 

    Nunca más.

    En una oración.

    Apretó los dientes.

    Y explotó todo.

    En la terraza de la suite de un hotel cercano, arropados por la seguridad del recinto, la ostentosa decoración era testigo de la mano que movía el peón. 

    El caballo fue retirado.

    Alpha Blondy – Jerusalem

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  • Ven a mi.

    Me llamaban.

    No sé de dónde y para qué, pero conocía lo que iba a suceder.

    Yo flotaba en mi condena, la que yo mismo me impuse, creé mis muros y mis limitaciones, a saber cómo. Los acontecimientos como los que ocurrieron ahora me hacen sentir vivo, nunca mejor dicho.

    La llamada era como el tirón de un anzuelo, de una caña de pescar inmensa, desde el otro lado del agua. Me hacía cruzar puertas y caminos, hasta llegar al lugar correcto, siempre desconocido. Una vez hubiera llegado, era como rellenar una botella, me iba derramando poco a poco hasta completar mi entrada. Por último, sentía el cierre hermético en alguna parte de mi ser, que pronto descubriría como la cabeza.

    Ya solo quedaba abrir los ojos.

    Mi primera reacción sería gritar fuerte, o llorar de miedo, o gemir de desasosiego, pero siempre me siento sin control para poder hacerlo, como si fuera el capitán de una embarcación, de marineros extraños, que no conocieran mi lengua, ni yo la de ellos. Parecía tener un traje pequeño, o quizás grande, que me hacía daño en los pies al andar y en los ojos al mirar, pero que poco a poco tomaba el control y podía manejar.

    La mirada empezó a enfocar una forma que, según se iba aclarando, empezaba a tener significado. Los recuerdos inundaban mi mente, comenzaba a comprender y en un instante volví a ser parte de lo que en un momento fui.

    Frente a mí una joven, preciosa, con cara asustada y chispa en la mirada, esa chispa que hace que los hombres se vuelvan locos de atar por perecer en sus brazos.

     – ¿Rebeca?

     – No, soy Tiara, tu hija.

     – ¡Tiara! ¡Qué grande estás! ¡Cómo te pareces a tu madre! 

     – Ya hace 17 años de tu muerte, tengo ya casi los treinta.

     – ¿Por qué me has llamado después de tanto tiempo, Tiara?

     – Mamá no quería que lo hiciera, siempre ha pensado que no está bien perturbar a los… a los que no están vivos, pero siempre me ha atormentado… Necesito saber… ¿Por qué te suicidaste?

     – ¿Qué? ¿Qué me suicidé? No fue así, me falló el coche, no lo pude evitar. 

     – Todos creíamos que lo habías hecho, que te habías tirado a aquel acantilado queriendo.

     – No fue así, yo vivía feliz. Yo os quería. Os quería mucho a las dos para pensar en algo así.

    La joven se echó a llorar, sintió el peso del fantasma del remordimiento, del que tantos años había escuchado la cadena, arrastrando con ella una mísera adolescencia llena de conflictos y contradicciones.

     – Tiara, yo en vida te quería, y en muerte también. Esto es muy distinto, no es algo que sepa explicarte. – Quise ser comprendido, pero ya sentía al otro lado tirando de mí. – No te preocupes por mí, estoy bien, pero hazme el favor de ser feliz. ¿Me voy en paz contigo?

    Tiara asintió con la cabeza, sin poder dejar de llorar, expulsando su pesar en forma de lágrimas. Le dije adiós. Me quedé para mí el misterio del porqué, poco después de morir, fui llamado por su madre con la misma pregunta. Tal vez ella, en vez de buscar respuesta, quiso exorcizar remordimientos.

    Me desprendí del cuerpo prestado, fue como quitarme un guante estrecho, demasiado para estar cómodo. Al volver a mi cautiverio encontré algo distinto, más luz, rodeándome suave, paz que me envolvía, me invitaba a fundirme con ella, a formar parte del todo, a ser nosotros en uno, no necesitar ser, solo estar.

    Y fui final al principio del universo.

    The Jesus and Mary Chain – Happy When it Rains

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  • Manual de buena conducta en comunicación telemática.

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué libro estás leyendo ahora?

    Buenas tardes, señor Iván Gustiado. Bienvenido al chat de servicio técnico de  Podapohone, en este momento todos los técnicos están ocupados. En unos minutos le pasaremos con uno de ellos.

    >>Paco Nectado está en línea

     – Buenas tardes, soy Paco Nectado, su técnico online. ¿En qué puedo ayudarle?

     – Buenas tardes, mi teléfono no me sonríe.

     – ¿Su teléfono no le sonríe?

     – Sí

     – ¿Lo hacía antes?

     – Sí

     – Y ya no lo hace.

     – No, no lo hace.

     – ¿Ha intentado reiniciar el terminal?

     – Sí

     – Y sigue sin sonreírle.

     – Sí, ya no me sonríe.

     – Vale, señor Iván, ¿me puede explicar cómo le sonríe el móvil?

     – No, señor técnico, le he dicho que ya no me sonríe. 

     – Vale, pero, ¿cómo lo hacía?

     – De manera agradable y con musicalidad.

     – Pero ¿qué hacía usted para que le apareciese esa sonrisa?

     – Nada, lo hacía solo.

     – Pero, ¿al llamar? ¿Al encenderlo? ¿Se puede saber cuando ocurría la sonrisa?

     – Sí, eso.

     – Pero don Iván, ¿eso? ¿Eso qué? ¿De dónde venía la sonrisa esa?

     – ¡Yo qué sé! El técnico es usted.

     – Vale, sí, qué marca y modelo tiene.

     – SEAT 127.

     – Comprendo. Ahora, por favor, dígame qué marca y modelo tiene de móvil.

     – Samsung Galaxy.

     – Vale, entre en ajustes.

     – ¿Y qué es eso?

     – No se preocupe, ¿sabe apagar el móvil?

    – Sí.

     – Vale, apáguelo.

     – Ya está.

     – Ahora apriete el botón de bajar el volumen y de encender al mismo tiempo, déjelos apretados unos segundos.

     – Ahora se está encendiendo, me ha salido un marcianito verde.

     – Déjelo cargar, don Iván.

     – Vale.

     – ¿Cómo va?

     – ¡Oh! Mi teléfono, sí, ya me sonríe. Gracias, señor técnico.

     – Espere, don Iván, ¿dónde le aparece la sonrisa?

     – ¿Don Iván?

     – Por favor, no me deje sin saber de dónde sale la puñetera sonrisa.

    Putochinomaricón – No tengo Wifi

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  • Credo

    Detrás de la antigua iglesia, como cada noche, la vi. Con su túnica azul ondulada por el viento, caminando descalza tras el frío suelo del convento, suplicando un verso lascivo, un juramento furtivo en el umbral de lo permitido mientras iba a mi encuentro. 

    Concupiscente dádiva divina en impacto de miradas, ardiente la mía, su piel helada, su rostro cristal perlado de lluvia salpicada, mis manos buscan tu cuerpo, las suyas sin hallar nada. La luz de la luna que se vuelve espejo en el charco de la entrada. 

    Y ya no estaba, como cada noche, atravesó mi cuerpo buscando un deseo, se transformó en humo en el abrazo, dejando el anhelo en mis manos, que ahora junto en reclinatorio y de rodillas le rezo.

    Othala – Mardilaupäev

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  • Adiós, amigo.

    (Esta historia empieza aquí)

    A pesar de la tristeza de Vega, a sabiendas de que no era un «hasta nunca», más bien un «nos veremos pronto», ella sabía que la marcha de Willy, marcaría no solo una despedida de su amigo, sino un adiós a la niñez.

    Ella forjaba su futuro enfocada en sus estudios y, aun en el mejor de los sitios, prepararse para xenobiologa era duro y desconcertante. Su amigo Willy dio prueba de ello. Con la ayuda de otros estudiantes, lograron probar que el grado de inteligencia de este ser, nativo del planeta Kepler, era similar al de los humanos. Vivían en comunidades de iguales y formaban clases y estamentos sociales.

    Lo que más diferenciaba a nuestras dos especies era su reproducción. Los kcepalominidos u hombres calamar, como lo llamaban coloquialmente, no tenían sexo, o no de manera definida. Todos o casi todos podían procrear.

    En sus encuentros sexuales, que los tenían a pesar de no tener un género como tal, iban intercambiando material genético. Lo más sorprendente, elegían la cualidad que querían del contrario, intercambiaban genes hasta que, una vez completa la célula primaria, que era un gameto vacío de contenido genético. Una vez que existía un genotipo completo, se empezaban a dividir.

    Tener descendencia en esa especie era todo una aventura, hasta tal punto que ellos no formaban parejas, hacían una comunidad de varios individuos, que criaban y educaban a sus hijos en común. Formando aldeas, que intercambiaban material genético específico con otros aldeanos por necesidad.

    Willy sintió la llamada de su instinto esa primavera, y se lo comunicó a Vega, de aquella forma en que aprendieron a comunicarse después de tantos años, con pocas palabras y algunas miradas.

    Ella, mirando fijamente las estrellas de su mundo natal, que eran distintas a las que contemplaban sus padres a su edad, comprendió la importancia de la marcha de su amigo.

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  • Aquella Calle

    Sugerencia de escritura del día
    Si pudieras vivir en cualquier lugar del mundo, ¿dónde sería?

    Otra vez aquí, por la ventana asoma, el cojo atigrado que, a lo lejos gris, en la noche pardo, mendigando caricias, suplicando calma de olor a sardinas, como dice la canción, para resucitar de la desdicha y mitigar la calma. Mira callado, alargándose en arrumacos, hallándose encontrado por voluntad propia, queriéndose alejado para tener cómo escapar corriendo.

    De la mano atrapa, hambriento de escamas y de sueño atrasado, el sabor de un hogar que, por reinar en los tejados, por mantener la paz a arañazos cruzados, prefiere el barro del barrio que dormitar tras el vidrio, perezoso, sin ánimos del rugir de la batalla entre contenedores rotos, deseos de otros de entrar en tus tierras, que por negación afilada destierras, descontando vidas si hace falta.

    Ya se va, estómago lleno, caminado funambulista ciego, trepando muros rotos de hollín en la cara, cantando desafiante a la luna su llegada, amando su soledad de alfa y su omega, morir en combate, a pie de la calle cortada. 

    Björk – Hunter

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  • El tatuaje

    Esta Historia continua aquí

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Cuál es la primera impresión que quieres causar en los demás?

    Tras hora y media de intensos ejercicios, Andrés paró en la cafetería del gimnasio, dispuesto a tomar un sorbo del estímulo necesario para empezar la mañana con energía. Hacía poco que se había apuntado allí y quedó impresionado por lo elegante de las instalaciones y lo innovador de las máquinas de ejercicio.

     – Buenos días, café solo por favor.

     – Buenos días, ¿desea algún tipo de endulzante?

     – En verdad no soporto el café amargo, pero tras el gimnasio me da remordimientos.

     – Veo que usted lleva el tatuaje.

     – Sí, me preocupo mucho por la salud y creo que es el complemento perfecto.

     – Entonces, si me lo permite, le voy a poner el café perfecto. 

    El camarero, en un instante, volvió con una pequeña taza de diseño con el preciado líquido negro y un sobre con el logotipo del local. 

     – Pero yo no quiero tomar azúcar.

     – No es azúcar, pruébelo, no es nada que sea dañino para su salud.

     – No huele a nada.

     – Pruébelo, confíe en mí.

    Con recelo, se llevó a la boca la moderna taza. Al primer sorbo no sabía a nada, a agua caliente como mucho, pero al poco empezó a percibir el aroma y el sabor a la vez. Nada espectacular, solo café bueno de cafetería, con el dulzor típico de azúcar de caña en su justa medida. Él pensaba en un arábico con su tueste correcto hecho en esa cafetería italiana que tan de moda estuvo en su paso por la universidad.

     – Pero esto es genial, qué sabor tan increíble ¿De verdad que no lleva azúcar?

     – En verdad no tiene ni azúcar ni café, es más bien agua con un ligero espesante para conseguir la textura. Quien le da toda la magia es el dispositivo de su brazo. El tatuaje consigue lo que aquí llamamos sabor neuronal, le dice a su cerebro qué sensación debe tener al tomar el líquido.

     – Ah, entonces es de lo más inofensivo.

     – Inofensivo para su salud, pero algo adictivo.

    Massive Attack – Inertia Creeps

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  • Perderme en tu mirada.

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué parte de tu rutina intentas evitar siempre que puedes?

    Fue en ese momento cuando me volví a perder en su mirada, en ella había cansancio, de horas de pie, de la exigencia de quien está sentado, de los malos hábitos que se creen con derecho a exigir. Llegará a su casa tarde, sin ganas, con la necesidad de silencio de quien soporta el murmullo de gente riendo alto y gritando absurdas protestas de líquidos fríos y lágrimas dulces.

    Escuchabas, mientras fregabas los vasos que otros vaciaron, el lamento de un extraño, que con voz de alma rota y mirada de hambre de carne y besos, le sonreía en su triste historia de desengaños y se relamía al contemplar la línea que se vuelve turgente bajo su cuello, en la que yo también me perdía, a escondidas y en silencio.

    La miré en el intercambio de monedas por café cortado, ella me sonrió leve, casi por inercia, de muro erosionado por monólogos vacíos y tristes, de regaños injustos, antipatía alimentada por aroma de perfume fermentado en barril y alegría rancia derramada, fugada con un amante cualquiera.

    Sonreí a cambio, llevándome conmigo la promesa de un «te quiero ver alegre», de «me gusta tu voz cuando se ilumina tu mirada», sabiendo que nadie lo ha conseguido aquí, porque sus palabras están cansadas y su mirada se esconde del hambre ajena y del tacto de lija del uniforme negro y blanco. 

    Una vez más le dije adiós, sin mi confesión de querer ser yo el que le abrace primero, con miedo a traspasar el círculo de su misterio, por no perturbar su pesar, queriendo ser remero de su huida, canción del vals del coraje sostenido en los versos de mis labios cosidos a tus besos. Una vez más me fui contigo en la mente y con el pecho lleno de vacío.

    Maria Rodés – Oscuro Canto

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  • La estampita de la virgen de los remedios.

    Sugerencia de escritura del día
    Qué es lo más caro que te has comprado (sin incluir la casa o el coche).

     – ¡Mira, Smerk! Mira lo que he comprado.

     – ¿Qué es eso? Parece la foto de una señora con un niño en brazos haciendo el símbolo de la paz.

     – Según me dijo la señora, esto es una estampita milagrosa. Me dijo que si pones mucha fe, te concede lo que deseas.

     – Pues eso nos viene muy bien, estoy harto de vivir aquí, debajo del puente donde escondimos el ovni. Tendríamos que pedirle una casa. ¿Cómo funciona?

     – Pues eso, le pones fe y te da la casa.

     – Vale, vamos a pedirla. ¿Te dio también fe? ¿Dónde se pone?

     – No, no me dio nada más.

     – ¿Qué clase de negocio es ese? Al menos tendría que haberte dado un poco de fe para empezar. Ves a buscarla y pídele un poco.

     – Pero no tengo más que ofrecerle, ya le di el replicador de alimentos.

     – ¿Qué? ¿Te has comprado un artilugio que no sabes cómo funciona y le has dado la única forma que tenemos de alimentarnos?

     – Pensé que ya le pediríamos comida cuando nos hiciera falta, igual ya lleva cargado algo de fe.

     – Bueno, vamos a probar, a ver, ¿no hay botón? ¿Cómo funciona? ¿No te dio instrucciones?

     – Me dijo que se lo pidiera sin más.

     – Señora, por favor, quiero un bocadillo de esos que tenéis en la tierra que están tan ricos con olor a fritura y chorreante de salsa blanca.

     – ¿No tendrías que ser más específico? 

     – No ocurre nada. ¿De dónde debe salir?

     – Creo que no lo has pedido bien. Por favor, señora, ¿nos da un bocadillo de…mmm? Tenemos un problema, Smerk, no sabemos el nombre de las comidas terrícolas.

     – Eso tiene solución, hay un bar cerca ¡Vamos!

     – Mira, hay un cartel que describe la comida, vamos a probar. Sentémonos aquí y experimentemos.

     – Sí, vamos a pedir el primero de la lista. Por favor, señora, dame un bocadillo de jamón con coca cola.

     – Eso, por favor, señora, bocadillo de jamón con coca cola.

     – ¿Seguro que esto tiene suficiente fe cargada? ¡Por favor, bocadillo de jamón!

     – Ah, mira, este tipo de aquí nos trae el bocadillo y no sé qué fluido burbujeante.

     – Pues está muy rico, menudo trueque que has hecho, incomparable el sabor de la comida terrícola, nuestras barras de proteínas y minerales deshidratados se hacen asquerosos a su lado.

     – Smerk, el tipo que nos trajo el bocadillo nos está pidiendo dinero.

     – Claro, semejante manjar seguro que tenía algún tipo de comisión, vamos a pedirle ahora dinero a la señora para poder pagar esto.

    Iron Maiden – Stranger in a Strange Land

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