Ayer brillantes luciérnagas coloreaban la madrugada. Morpe y su canto triste me guiaron por baldosas amarillas, el templo se veía a los lejos, con brillo propio, apoteósico.
Al acercarme rugían los tambores, atrayendo acólitos que cantaban salmos al pasar. El aire, lleno de sílfides, las paredes pintadas con secretos, anunciando misterios, exigiéndome que cruzara dentro.
Ráfagas de luz, orquídeas salvajes en el interior, la danza de la muerte mostraba sus pasos a ritmo de los cascabeles. Baila, gritaba el espectro, retuerce tu cuerpo y grita mi conjuro, hasta quedar exhausto.
Me ofreciste tu mágico fluido, elixir de la vida, de piel de espíritu. Ardiendo en deseo, fui tras tu azul mirada, perdiéndome en el enredo, en la marea de danza de estruendo. Allí consumí el alba, que sabía a licor de tu boca y exorcizaba el silencio.
Hoy, no soy yo, soy el recuerdo de lo que no pasó.
Si los cálculos no fallaban, entraría en órbita terrestre. Con la tecnología actual, los científicos no se explicaban cómo no lo habían detectado. Pero que empezara a frenar era algo que no se explicaban. ¿Cómo un cometa podía reducir el impulso por sí solo?
Todo el mundo lo podía ver, llegaría a ponerse en órbita el día veinticuatro de diciembre, así que la prensa lo bautizó como el cometa de la Navidad.
A la velocidad con la que se aproximaba, los científicos aseguraban que se convertiría en una segunda minúscula luna el tiempo que permaneciera circulando alrededor de la tierra. Todo apuntaba a que era un objeto artificial.
En el mundo, pronto se había corrido la noticia de que la estrella fugaz anunciaba la segunda venida de Jesús de Nazaret. Para los judíos era la primera. Otras religiones tenían otras teorías.
El día 24 por la noche, tal y como se esperaba, el cometa empezó a orbitar la tierra, la masa de roca y hielo se fragmentó en pequeños fragmentos y empezaron a descender a las principales capitales del mundo. Uno de ellos alcanzó el cielo de Madrid a las 20:32 y empezó a descender sobre las Puertas del Sol.
Era un fragmento de roca rodeado de luz, como si de un escudo energético se tratara. Bajo la plaza, les esperaba una muchedumbre y todos los efectivos del ejército que habían podido reunir en la zona.
Bajó lentamente hasta posicionarse a unos metros del suelo. Un rayo de luz apuntó al asfalto y allí se materializaron varios humanoides, eran bajitos, verdes y cabezones. Todos llevaban un ridículo gorro de Papá Noel. Hubo uno de ellos, el que tenía una borla en el gorro con luces de colores, empezó a hablar.
-Queridos humanos, ante todo queremos desearles, tal y como marcan sus tradiciones, una feliz Navidad. Venimos en son de paz, bueno, más que en son de paz, lo que queremos es unirnos a la fiesta. ¿Dónde se celebra?
Un ruido despertó a los niños que hoy tenían su sueño muy ligero. Venía del salón de la casa, así que alegres corrieron a ver si, por fin, habían podido pillar a Papa Noel cuando entregaba sus regalos a la falda del luminoso árbol. Los hermanos se quedaron mirando aquel personaje que bajaba trabajosamente de la chimenea.
La figura que se les presentó no parecía tener que ver con el personaje navideño. Vestía un hábito naranja muy holgado, era una persona muy opulenta, pero carecía de barba y era totalmente calvo. Además, tenía rasgos asiáticos, los ojos pequeños y entrecerrados y unas enormes orejotas.
– ¿Papá Noel, eres tú? – Dijo el mayor de los hermanos.
– Karera wa nemutte irubekide wanaideshou ka? (¿No tendrían que estar durmiendo?)
Los tres niños estaban parados delante del personaje oriental cuando de la chimenea salió otra figura, esta vez bien conocida.
– ¿Papa Noel? – Dijo el más pequeño.
Los dos representantes de la Navidad quedaron uno enfrente del otro. Los niños pensaban en una lucha de titanes, pero la realidad era otra.
– horey’So, ghot law’, Hoch DaghajtaHvIS (Oye, Hoteiosho, que te has equivocado de casa)- Le dijo Papá Noel al intruso.
– nuqjatlh? ‘ach ghotvam vISuDqangmoHpu’. (¿Qué me dices? Lo sabía, tengo el GPS fastidiado.)
– ‘ach jIHvaD HIja’, yapbogh HIja’naq, (Sí, sí, la familia japonesa vive en la casa de al lado)
– qatlho’ (Gracias compañero)
El falso Papa Noel subió por la chimenea con una agilidad impresionante. Los tres niños estaban ahora sonrientes a la espera de que su ídolo navideño les dijese algo.
– ¡Ho Ho Ho!
– ¡Papa Noel! – Gritaron los tres a la vez.
– Bueno, en verdad soy Santa Claus.
– ¿Y nuestros regalos?
– No tenéis, la regla de oro es que tendríais que estar durmiendo.
– Nooo,
– Es broma, ahora os lo doy.
– ¡Oye, Santa! ¿Quién era ese?
– Nada, la competencia que se equivocó de casa.
The Ramones – Merry Chrismas (I Don´t Want To Fight to Nigth)
Juan Andrés caminaba cabizbajo y pensativo. Su vida no era un jardín de rosas, pero no se podía quejar. Una familia perfecta, Julia y Mateo, sus gemelos de cinco años le mantenían siempre ocupado, pero los adoraba. Su mujer, Isabel, que era divertida, cariñosa y siempre estaba cuando lo necesitaba. Y, por último y no menos importante, Blacky, su gato negro creador del eterno ronroneo que le daba paz en el descanso.
Trabajaba como contable en una empresa de comercio online, con un cómodo horario de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, muy cerca de su casa, podía ir andando. Contaba con buenas amistades gracias al buen ambiente que se había logrado formar entre sus compañeros, los había descuidado un poco desde el nacimiento de sus hijos, pero sabían comprender y le perdonaban sus ausencias.
Pero había algo que le atormentaba profundamente, ya que por las circunstancias del destino, había acabado siendo un personaje importante en un planeta remoto de una dimensión paralela a la nuestra que existía en la casa de su cuñado José Carlos. Él era el Dios supremo del inframundo de la zona.
Temido y odiado a partes iguales, Juan Andrés, el demonio de Eleonoro, pues así se llamaba también el planeta, tenía una misión fácil y concreta. Atemorizar a la población Eleneoriana para que, con la amenaza del infierno, no se portaran mal.
Esa tarde de sábado, había sentido la llamada del deber, algo que empezaría a remover su quietud hasta que no apareciera en el lugar requerido, así que, tras meditarlo un instante, fue hasta la casa de José Carlos a visitar el universo que demandaba su presencia.
Apareció en medio de una explosión con aroma a azufre y humo blanco ambiental, encerrado en un círculo mágico de contención. Percibió cómo una joven bruja, en medio de una plegaria, suplicaba su presencia.
– Hola, ¿qué quieres?
– ¿Eres Juan Andrés, el demonio?
– Sí, claro.
– Quiero pruebas.
En ese momento él chasqueó los dedos y, en lo que dura un parpadeo, fueron transportados a un lugar dantesco, un páramo desierto rodeado de ríos de lava y un cielo tormentoso.
– Ahora dime, ¿qué quieres?
– Estoy harta de suplicar a Dios por un milagro y desesperadamente ahora me encomiendo a usted.
– Pero los seres divinos no podemos inmiscuirnos en asuntos de los mortales.
– Las cosechas se pierden, estamos pasando hambre, vamos a morir.
– ¿Y qué puedo hacer yo?
– Pues estaría bien que castigara usted a los señores de la guerra, que son los que estropean la cosecha con sus batallas.
– Ahora necesito entender por qué hay guerra.
– Porque nosotros ocupamos sus tierras para poder plantar, para alimentarnos.
– Se me ocurre una idea ¿Cuál es el metal más codiciado en vuestro mundo?
– El oro azul, desde luego.
– Vale, te voy a dar algo que puedes usar para que te dejen plantar en sus tierras. Volveré, libérame y espérame aquí.
El diablo, con la astucia que le caracteriza, aprovechó que sus familiares dormían para sustraer una caja muy significativa para el cometido que tenía pensado. Volviendo al lugar señalado en cuanto le fue posible. Al llegar, la dama le estaba esperando con ansias.
– Toma, aquí hay algo que os va a ser muy útil. Examina el contenido y dáselo como pago a los dueños de las tierras, ellos notarán su procedencia divina, ya que pertenecen a mi cuñad… A vuestro Dios. Si eres inteligente, copiarás los objetos con vuestro oro azul y los utilizarás con sabiduría.
– Gracias, señor maligno.
– No es un regalo, como todo pacto conmigo tiene un precio.
– Estoy dispuesta, Señor.
– Cuando mueras, obtendré tu alma, y me ayudarás con mis asuntos cuando yo esté en menesteres más… elevados.
– Así será.
Con una voluta de humo desapareció de la vista de la joven, ella tenía la sensación de que no había sido un mal negocio y empezó a pensar cómo utilizar la información y los objetos.
Pasaron unos meses y Juan Andrés andaba mucho más relajado. En el parque cercano a su casa se ocupaba de sus hijos cuando una llamada de su cuñado le sorprendió.
– ¿Hola?
– Eres un poco cabroncete ¿No?
– ¿Yo? ¿Qué he hecho ahora?
– Vale que le hayas dado a mis gamusinos ideas para inventar la economía mundial de Eleonoro, ahora están en una guerra mundial por el poder. Pero haberles regalado mi colección de monedas del mundial 82, eso sí que no. Ya puedes ir pensando cómo vas a recuperarlas.
En el periódico, en letras pequeñas en una esquina de la portada, mencionaba con alegría, que este año sería el año internacional del libro. Tendríamos que saber qué libro primero, para saber qué tal va a ser. Para mi alegría, ese año me regaló dos libros que me lo hicieron pasar bien, prefacio con buen augurio sobre la fecha señalada.
El primero trataba de las aventuras de un veterinario recién licenciado que destinaban a un pueblo perdido en la Gran Bretaña de los años treinta. El segundo sobre un conflicto inter dimensional entre dos especies, una buena obra con la aparición de criaturas extrañas e intercambio de información entre dos mundos muy diferentes.
Sonaba en la radio Stairway to Heaven cuando arrimé el periódico en la barra del bar harto de noticias vacías con señores de uniforme como protagonistas y comentarios sobre bombas en Vietnam que tanto dio que hablar a Hollywood años después. En la televisión desfilaban entre pantalones tañendo campanas y faldas cortas muy largas.
El bar olía a vino rancio y serrín, a calamares fritos y a mar Mediterráneo. Pagué con un billete de cien pesetas y sorprendí al camarero dejándole el vuelto. Respiré el aire de la playa al salir del local y entré en mi SEAT 600, no sin antes dar el último vistazo a la bahía, ya nunca más la vería tal y como está ahora.
Al arrancar, activando previamente el módulo del mecanismo de flujo de singularidad temporal, se creó un agujero que se tragó literalmente el automóvil, sin necesidad de haber recorrido un solo centímetro desapareciendo la imagen en blanco y negro que lo cubría todo y, escupiéndome delicadamente a la fecha a la cual pertenecía. A un mundo en alta definición y poca originalidad.
Monstruoso, esa es la palabra. Estaban muy cerca, notaban su densidad, aquella que hace que ni la luz se escape. Y en unos segundos estaría solo, frente a él.
– Buenas noches a todos, emitimos en directo desde la Valkiria Terrana V, esperemos poder conseguir un nuevo récord. Nuestro héroe de hoy es J. Thompson y va a saltar ya.
La compuerta se abrió de golpe, como la trampilla de la horca en las antiguas películas del oeste, y de allí salió el cowboy en su cápsula espacial, disparada hacia la gravedad inmensa de Gaia BH1, más conocida por El Desfiladero. El tirón se hizo notable y Jack lo notó.
– Espectacular entrada, amigos, ya no hay marcha atrás. El agujero lo va a engullir, se lo va a tragar como una ballena al kril, solo que este camarón va a surfear al Desfiladero.
La presión en el disco de acreción era ya lo suficientemente fuerte para poder aplastar cualquier tipo de materia, por supuesto, con el escudo burbuja activado, Jack solo notaba el tirón exterior.
– Nuestro surfero está cruzando la esfera de fotones, en este momento dejamos de ver la cápsula. Recordemos que no existe motor, la idea de surfear es que el impulso sea creado por el agujero. Conectamos con la otra parte.
La espesa oscuridad se tragó la píldora y fue escupida. Años luz más adelante, la pequeña cápsula salió disparada de la luminosa forma.
-Aquí la vemos aparecer, compañeros de Gaia BH1, nuestro intrépido aventurero, Jack Thompson, se ha convertido en el primer ser humano en atravesar nuestro espectacular agujero de gusano sin ningún tipo de mecanismo para gobernar la nave.
La pequeña embarcación, al salir del gran agujero blanco, fue remolcada por las naves donde la bienvenida ya estaba celebrándose. Cuando abrieron la compuerta de seguridad, encontraron un asiento vacío en un habitáculo inhabitado.
En algún lugar cercano.
– No sé cómo lo habéis hecho, pero necesito volver.
– Señor humano, le hemos salvado de morir aplastado en ese trozo de hojalata que se precipitaba al abismo.
– Pero era un acontecimiento deportivo, tenía que continuar allí.
– ¿Los humanos consideran deporte a morir aplastados?
– No, la cápsula llevaba sistemas de seguridad.
– Oiga, que si quiere, le mando otra vez de vuelta al agujero.
– Digo, la cápsula ya estará a cien años luz de aquí. Voy a perder, voy a perder.
La cara de Jack estaba desfigurada por la angustia, tanto tiempo de preparación, tantas ilusiones puestas en romper el récord que no podía más que sumirse en la pena más profunda.
– No se ponga así, humano. Igual podemos hacer algo para que consiga ganar en ese estúpido deporte extraño.
– A ver… Como estáis de tecnología, ¿podéis hacer burbujas para aislarme en el espacio?
– No, eso no.
– ¿Hologramas?
– ¿Proyectar tu figura en algún sitio? Sí, eso sí.
La Valkiria XII, la nave de emisión de eventos deportivos, era una estación entristecida por el suceso. La desaparición del tripulante de la cápsula había llegado a oídos de los medios de comunicación y estaban preparando la emisión de la tragedia. Uno de los técnicos de video se dio cuenta, saliendo del agujero blanco había una figura. El asombro fue general.
– Impresionantes imágenes, queridos espectadores, ¡ahí está!, saliendo del agujero blanco con una tabla de surf metálica. ¿Lo veis bien? Parece que viste un bañador verde con motivo de palmeras. Ahí está saludando con la mano, no sé qué brujería es esta, pero no puedo disimular mi asombro. ¡Increíble!
Un sonido continuo le contó la historia de un final. Su pensamiento incesante le hizo observar también un comienzo.
Al principio era oscuridad. Le siguió una tenue luminosidad. Un corazón luminiscente que encendía al latir. Se vio como un ser alado avanzar por la oscuridad, como una libélula, no como un ángel, volando sin rumbo en busca de un paraíso donde posarse.
A lo lejos descubrió un destino. Un eco luminoso que ganaba intensidad. Lo tomó como una meta a seguir. La luz, debía ir hacia la luz. Era tan bella, tan intensa. Tenía que ir, estar allí, ser ella.
Algunos seres alados como él empezaron a seguirle. Uno de ellos apuró el vuelo y se puso al lado. No se distinguía bien, pero tenía un tenue brillo blanco, casi amarillo. Se acercó y le dijo;
– Hola, eres nuevo aquí, ¿no?
– S… sí. ¿Quién eres?
– Eso no es importante ahora, oye, ¿Ves esa luz de ahí?
– Sí, voy hacia ella.
– Bien, es importante que no vayas.
– Pero es la luz, tengo que ir hacia ella.
– Sí, sé que te atrae mucho, pero no debes…
– Que sí, que sí, que voy hacia la luz.
Sus alas vibraron y tomó velocidad. Encontrándose con un resplandor fuerte que abarcaba todo. Al entrar en ella se escuchó un sonido eléctrico y en un hedor a chamuscado volvió la oscuridad.
Cerca de allí, los seres que habían visto lo ocurrido revoloteaban la zona.
– No sé qué les pasa a los nuevos Bzed, escuchan no sé qué historias en sus otras vidas y piensan que todos los cuentos tienen que ser verdad.
– Ya te digo Ññied. Oye, ¿nos vamos a picar cabras?
Se escuchan los golpes de una llamada en la puerta.
Se abre el telón, en la entrada de la casa hay una niña, con gafas de culo de botella, que corre a abrir la puerta, al abrir, aparece un personaje.
– ¡Coño, un elfo!
– Y ¿cómo sabes tú que soy un elfo, si nunca has visto un elfo? ¿Eh, niña?
– Bueno, eres alto, guapete, de pelo rubio y largo, además con orejas de punta.
– Podía ser un duende, ¿no?
– Los duendes son más bajos, pelirrojos y se parecen a Bunbury.
– Pues un trasgo.
– Muy alto, además no tienes acento gallego.
– ¿Un orang bunian?
– No tienes los ojos rasgados.
– un poco sí.
– Más quisieras tú, elfo.
– Mira, niña, soy un demonio.
– ¿Y el olor a azufre, dónde está?
– Un vampiro.
– ¿De día?
– Soy Nosferatu con crema solar.
– Eres un elfo capullo, los vampiros no pueden entrar en una casa si no se les invita.
– Soy el hada de los dientes que te voy a quitar como me sigas jodiendo.
– Sí, sí, con tu vestido verde y tus alitas. ¡Mamá, en la puerta hay un elfo mentiroso!
– Pues no, niña, no soy un elfo, soy tan humano como tú. Dile a tu madre que vengo a cobrar una factura.
– Vale, ¿tu nombre?
– Eldelfrac.
La niña se quedó mirando al elfo con cara de desconfianza. Él le enseña la factura de la deuda contraída mientras esperan a la madre. Se cierra el telón.
El reflejo del sol en su ventana le dijo que ya era la hora, a tientas, buscó la botella escondida entre los pliegues del sofá y comprobó que todavía le quedaba un trago del preciado licor de 12 años. Mark lo bebió de un trago, reaccionó con una discreta mueca y se puso de pie de golpe.
Desafió con la mirada al horizonte que lucía azul profundo. Abrió la puerta del balcón, suspiró al calor y miró fijamente al balaustre blanco castigado por el calor.
– ¡Mark! ¿Qué haces?
Tras escuchar la voz de mujer, saltó al pasamano con las manos en cruz, soñando ser funambulista al borde del precipicio.
– ¡No, Mark! ¡No lo hagas!
Sonrió a la forma de mujer que asomaba entre cortinas y lentamente se dejó caer.
– ¡MARK!
Ella, herida de inquietud, se asomó. Abajo, la piscina sonreía en círculos paralelos, bromeando con el grito de los bañistas. Él flotaba alegre, llenando sus pulmones tras emerger de la profundidad del dulce estanque azulado.