Categoría: Cuentos cortos

  • ¿Hay alguien ahí?

     – Mira Bob

     – ¿Qué es eso Beb?

     – Es un mensaje desde el Brazo de Orión. Desde un sector que no tiene mucha actividad.

     – ¿Y qué quieren?

     – No sé, es un lenguaje muy extraño. Te lo envío.

     – La verdad, qué raro, parece un lenguaje muy primitivo. ¿Qué soporte usan para la comunicación?

     – Ondas de radio.

     – ¿Estarán pidiendo auxilio? Usar ondas de radio parece un método desesperado, para que todo el mundo los vea. ¿Los has investigado?

     – Sí, claro. Estos tipos están en un sistema planetario de ocho planetas, muy estable. Viven en el tercer planeta. Que, aunque está un poco sucio, todavía no agoniza. No son capaces de expandirse a otros lugares, ni tienen rutas comerciales con otras especies.

     – ¿Cómo son? ¿Desagradables de ver? ¿Muy agresivos? 

     – Son homínidos, como la gran mayoría, su planeta está lleno de encanto, lugares paradisiacos y una temperatura ideal. Hay conflictos entre ellos, pero suelen mostrarse cordiales, son interesados y muy fáciles de manipular.

     – ¿Sabes para qué me parecen interesantes, Bob?

     – No Beb ¿para qué?

     – Sería un buen planeta para dedicarlo al turismo. Contacta con ellos antes de que lo hagan otros, averigua qué es lo que necesitan y vamos a convencerlos para convertir su planeta en un lugar de vacaciones low cost. 

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  • Te espero aquí

     – Venga, te compraré una chocolatina.

     – ¿De verdad?

     – Solo por hoy.

     – Mamá.

     – ¿Qué?

     – ¿Cuándo vendrás a por mí?

     – No te preocupes, el domingo por la noche estaré aquí esperándote con la chocolatina. Hala, sube, que te están esperando.

    Tras un beso esperó a que subiera las escaleras, un momento en cámara lenta que duraba la eternidad de dejar de ver sus zapatillas de deporte, que se escondían en el filo de los últimos escalones.

    Una lágrima rodó por su mejilla al darse la vuelta.

    Andres Calamaro – Cuando te Conocí

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  • Miedo

    Fue un rayo de sol quien la despertó. Inmersa en un mundo donde el grotesco ser que la perseguía, una sombra sin escrúpulo armado con un rifle y acompañado por fieros mastines, querían darle caza. Arañando la tierra a su paso, sorteando retorcidos árboles.

    Ella y su miedo eran uno, la sombra de la mirilla le hacía evitar el claro de luna llena, esconderse en la profundidad, en silencio, temblando. Pero el tronar cercano a sus pies descalzos la hizo correr, atravesar la arboleda, tropezar con las ramas, volar hacia el suelo y volver a trotar de nuevo, lamentándose en su huida.

    Serendipia de penumbra bajo los arbustos que ocultaron sus fatigados ojos, que atentos al movimiento, pudo con el peso de sus párpados y escapó en sueños.

    El sol acaricia su rostro, exorcizando las sombras, llenando de vida su mirada asustada. Su vestido roto le recordó una pesadilla en el filo del olvido.

    The Rasmus – In The Shadows

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  • Sombra

    “Pasos, se escuchaban pasos. ¿O era solo que mi imaginación me estaba torturando? También son ocurrencias ponerme a pasear a estas horas. En este pueblo, por la noche, la penumbra de las esquinas parece ocultar seres de otro mundo, las pesadillas de pequeño hechas realidad.”

    “¡Ay, Davinia! ¡Si estuvieras no pasaría esto! Ignacio, el psicólogo, que tiene tanta paciencia como tú, me dice que haga deporte, que para dormir bien necesito quemar energía, sí, Davi, como los niños, a mi edad quiere que corra. Yo le digo que no me pienso torcer un pie brincando por ahí. Pues entonces camina, me dice, caminar si puedes. Y eso es lo que hago, Davinia, caminando a las dos de la mañana por las huertas.”

    “El frío es terrible, andar por el borde de la carretera no es buena idea, pero no hay más sitio que transitar, Davi. Veo la maleza moverse, ruidos entre los arbustos y sombras que pasan de un lugar a otro que me mantienen alerta. Parecen espectros, que me persiguen, quizás me quieran llevar a tu lado. Davi, estoy aterrado. Pero en casa es peor, en casa me engulle la soledad y es más cruel que el miedo.”

    “Una cosa es mi fantasía y otra muy distinta es el sonido que transcurre tras la vegetación, Davi, no sé si me habré vuelto ya majareta, pero creo que hay alguien ahí atrás que me está persiguiendo.”

     – ¿Quién anda por ahí?

    “De pronto se hizo el silencio, Davinia. Sí, ya sé, se me está yendo la cabeza. Tendría que haber escuchado a Guillermo, que los paseos fueran a lo largo del día, que la oscuridad no es buena compañera. Pero ahí, en ese arbusto, se está moviendo algo.”

     – ¡No se acerque! ¡Tengo un bastón y no dudaré en usarlo!

    “¿Qué es eso que sale de las sombras? Es pequeño, Davi. Si es una amenaza pequeña, le podré hacer frente, creo yo. ¿Pero qué torbellino es ese? ¡Mira, Davi! ¡Es un gatito! Claro que no se ve, si es negro como la noche, solo se le ven los ojos, brillando de tristeza en la oscuridad.»

     – Ven acá, muchacho, ¿qué haces aquí solito? 

    “¿Has visto qué bonito es? Es pequeño y juguetón. ¿Me lo podré llevar? Por aquí no vive nadie, creo que está tan perdido como yo. A él le falta su mamá y a mí me faltas tú, Davinia. Creo que nos haremos compañía. Fíjate lo que me estaba atormentando esta noche. Lo llamaré Sombra.”

     – Ven conmigo, Sombra, que tendrás hambre.

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  • Te vi, vestida de domingo, en el ritual del domingo, mañana de chocolate con lazo rosa en el pelo. Crujiente sabor de caballo alado que viene a salvarte del tedio de la semana, mientras las sombras dominaban todavía en este soleado día que comenzaba.

    Pero sabes que veo tus sueños, de pantalones vaqueros a las caderas, de caballos galopando cortando el viento, donde la princesa perdida, entre dragones alados, escapa furiosa de sus cadenas, donde la triste espera a ser rescatada. 

    Alada en tu pensamiento, te elevas cruzando la frontera, escribiendo tu propia fábula, melodía de valquirias que blanden sus espadas, que gritan su himno en el acantilado para que el mundo se entere, qué libre es como te quieres.

    Ahí, sentando tu calma, mojando en chocolate la poesía de tus ganas de correr, manchaste la pasión de la correa en el cuello, de la intención de escapar de su querer, para inventar su propia batalla, aunque no encuentres con quien.

    Tool – Invincible

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  • Ritual

    A veces es aire, su suspiro mece las ramas evocando susurros, eco de palabras que pierden la forma y se disuelven en silencio.

    A veces es agua, derramada en gotas, desangrando las líneas de un pentagrama en corcheas de tinta y manchas de acuarela.

    A veces es tierra, pulida y grabada en signos oscuros, revelando misterios de tiempos pasados, que por desgaste quedan en polvo.

    Pero otras es un incendio, que arrasa en el crepitar de las llamas, ardiendo con todo antes de que las brasas no dejen más que humo.

    She Past Away & The Cure – Ritüel / The Upstairs Room

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  • Pájaros en la cabeza

    De los incontables pajaritos que tengo en la cabeza, que alimento todos los días con melodías confusas a media nota y promesas incumplidas para hacer mañana, el más soñador, me habla del color de tu mirada, cuando te asomas a tu ventana y te escondes al verme pasando.

    Yo le digo que es mentira, que la fantasía le aborda pronto y que los sueños son para las madrugadas, pero él insiste en que te salude, aunque no estés a la vista, a ver qué pasa. Sonrío, aunque no me lo crea, porque aunque no sea cierto, siempre espero el momento en el que bajo tu casa paso.

    Me imagino que los rayos del atardecer, al dejar atrás tu presencia, están hechos del calor de las ganas de verme en tus brazos, del aroma de tu pelo, que se enreda en el aire que llega a mi cuello. Pero de tanto inventar se hace eco en el camino y bajo tu oculta mirada, me fundo en el confín del ocaso.

    Smoke City – Underwater Love

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  • ¡Vete!

     – Venga, cariño, ya es tarde, tienes que irte.

    La luz se hizo tenue y el reloj urgente. Su ropa no ayudaba a escapar, demasiado desorden en la cabeza y en el dormitorio. 

    En el espejo una cana, en la cara una arruga. El tiempo pasa y no nos damos cuenta. Tal vez al reloj de arena no le importe la dirección del viento. 

     – Date prisa, te tienes que ir.

     – No quiero irme.

     -Tienes que hacerlo, es muy tarde.

     – Pero no quiero.

     – Ya lo hemos hablado, debe ser así. Vete.

    Agachó la cabeza y abrió la puerta. Los últimos rayos de sol escapaban del cielo mientras él, con la cabeza apoyada en la entrada, pensaba qué hacer con su noche. La luna llena apareció, llenando de luz la humedad del ambiente. Un gruñido gutural se escuchó al otro lado de la puerta. El miedo le explicó que era hora de irse.

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  • Saqueo

    Destrozando la única nube de humo que había entera en el cielo, entraron en el área de batalla Billy Joe y Roastbeef, su gorrino alado. Hicieron algunas cabriolas en el aire y aterrizaron en campo abierto, donde miles de cadáveres frescos aguardaban a ser saqueados. 

    Mientras el cerdo daba rienda suelta a su voraz apetito, desgarrando miembros de las fallecidas alimañas, Billy buscaba en las mochilas de sus destrozados jinetes. Palpando entre sus bolsillos, uno de los caídos abrió los ojos y clavó la mirada sobre su desvalijador. Con gran esfuerzo le dijo.

     -Ayúdame.

    Se trataba de una mujer joven, guapa, de no ser por la sangre que le cubría el rostro. El uniforme estaba hecho jirones y en la barriga se le veía una fea herida a punto de infectarse. Billy Joe sacó su daga instintivamente y se retiró amenazante.

     -No, no te voy a hacer daño, solo ayúdame a salir y te dejaré con tu saqueo.

    El joven, con el arma en la mano, analizó la situación, cortó las riendas y el arnés que ataban a la dama a su montura y se retiró para dejarla salir. Tambaleando por mantenerse de pie y con cara asustada, le dijo a Billy Joe.

     – Me siento rara, no me duele nada.

     Él, sin hacerle mucho caso, siguió revolviendo bolsas y desparramando su contenido por el suelo.

     – No siento nada. ¿Qué me está pasando? ¡Ayúdame!

    Con una mirada de desinterés, el saqueador, recogiendo los restos del botín y metiéndolos en las alforjas que portaba el cerdo, le dijo.

     – No puedo hacer nada, ya estás muerta.

    De un salto, montó a su gorrino alado que, con un feroz gruñido, alzó el vuelo, hizo un rizo en el aire y desapareció entre las brumas de la noche.

    Lacuna Coil – Swamped

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  • Miedo

    Le pesaban los párpados, las sabanas ardían en la penumbra, la oscuridad era el tramo de tiempo en el que la luna traía dentadas sonrisas alrededor de su cama. Así que, temblando su lóbrego calor, esperaba el rescate de la madrugada.

    En un suspiro de calma, antes de imaginar criaturas feroces con ansias de sangre y carne, su oído le llevó a un sollozo que le guio hasta la siniestra guarida del armario. De puntillas, envuelto en sábanas, cruzó en sigilo el abismo que separaba la cama y la temible entrada del ropero graznó al abrir. Salió un cuervo volando lento y en un lamento se arrojó por la ventana. El niño respiró profundo y se aventuró a entrar, tragándoselo la oscuridad sin compasión.

    Encendió una lámpara incandescente que ejercía de luna nueva, pasando a creciente. Entre los árboles formados por ropa amontonada, en un zapato gastado por el desuso, encontró al monstruo sentado, infeliz, llorando. De su mirada brillante salían brillantes lágrimas, como chispas de cables rotos pasados por agua. “Pobre ser malévolo, comido por la pena”, pensó el niño al verlo entristecer.

     – ¿Qué te pasa, horrorosa criatura?

     – Que no asusto a nadie.

     – No con ese llanto, pero a mí me tienes aterrado todos los días, tanto que ni duermo. 

     – ¿De verdad?

     – Horrorizado estaba.

     – ¿Ya no?

     – No, ahora ya te conozco.

    El niño, tras hacerse amigo de su pesadilla, empezó a amar la noche. Ella, convertida en sueño, le dejó dormir y se quedó con él.

    Eyes Of The Nightmare Jungle – Shadow Dance

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