Fue un rayo de sol quien la despertó. Inmersa en un mundo donde el grotesco ser que la perseguía, una sombra sin escrúpulo armado con un rifle y acompañado por fieros mastines, querían darle caza. Arañando la tierra a su paso, sorteando retorcidos árboles.
Ella y su miedo eran uno, la sombra de la mirilla le hacía evitar el claro de luna llena, esconderse en la profundidad, en silencio, temblando. Pero el tronar cercano a sus pies descalzos la hizo correr, atravesar la arboleda, tropezar con las ramas, volar hacia el suelo y volver a trotar de nuevo, lamentándose en su huida.
Serendipia de penumbra bajo los arbustos que ocultaron sus fatigados ojos, que atentos al movimiento, pudo con el peso de sus párpados y escapó en sueños.
El sol acaricia su rostro, exorcizando las sombras, llenando de vida su mirada asustada. Su vestido roto le recordó una pesadilla en el filo del olvido.
“Pasos, se escuchaban pasos. ¿O era solo que mi imaginación me estaba torturando? También son ocurrencias ponerme a pasear a estas horas. En este pueblo, por la noche, la penumbra de las esquinas parece ocultar seres de otro mundo, las pesadillas de pequeño hechas realidad.”
“¡Ay, Davinia! ¡Si estuvieras no pasaría esto! Ignacio, el psicólogo, que tiene tanta paciencia como tú, me dice que haga deporte, que para dormir bien necesito quemar energía, sí, Davi, como los niños, a mi edad quiere que corra. Yo le digo que no me pienso torcer un pie brincando por ahí. Pues entonces camina, me dice, caminar si puedes. Y eso es lo que hago, Davinia, caminando a las dos de la mañana por las huertas.”
“El frío es terrible, andar por el borde de la carretera no es buena idea, pero no hay más sitio que transitar, Davi. Veo la maleza moverse, ruidos entre los arbustos y sombras que pasan de un lugar a otro que me mantienen alerta. Parecen espectros, que me persiguen, quizás me quieran llevar a tu lado. Davi, estoy aterrado. Pero en casa es peor, en casa me engulle la soledad y es más cruel que el miedo.”
“Una cosa es mi fantasía y otra muy distinta es el sonido que transcurre tras la vegetación, Davi, no sé si me habré vuelto ya majareta, pero creo que hay alguien ahí atrás que me está persiguiendo.”
– ¿Quién anda por ahí?
“De pronto se hizo el silencio, Davinia. Sí, ya sé, se me está yendo la cabeza. Tendría que haber escuchado a Guillermo, que los paseos fueran a lo largo del día, que la oscuridad no es buena compañera. Pero ahí, en ese arbusto, se está moviendo algo.”
– ¡No se acerque! ¡Tengo un bastón y no dudaré en usarlo!
“¿Qué es eso que sale de las sombras? Es pequeño, Davi. Si es una amenaza pequeña, le podré hacer frente, creo yo. ¿Pero qué torbellino es ese? ¡Mira, Davi! ¡Es un gatito! Claro que no se ve, si es negro como la noche, solo se le ven los ojos, brillando de tristeza en la oscuridad.»
– Ven acá, muchacho, ¿qué haces aquí solito?
“¿Has visto qué bonito es? Es pequeño y juguetón. ¿Me lo podré llevar? Por aquí no vive nadie, creo que está tan perdido como yo. A él le falta su mamá y a mí me faltas tú, Davinia. Creo que nos haremos compañía. Fíjate lo que me estaba atormentando esta noche. Lo llamaré Sombra.”
La luz se hizo tenue y el reloj urgente. Su ropa no ayudaba a escapar, demasiado desorden en la cabeza y en el dormitorio.
En el espejo una cana, en la cara una arruga. El tiempo pasa y no nos damos cuenta. Tal vez al reloj de arena no le importe la dirección del viento.
– Date prisa, te tienes que ir.
– No quiero irme.
-Tienes que hacerlo, es muy tarde.
– Pero no quiero.
– Ya lo hemos hablado, debe ser así. Vete.
Agachó la cabeza y abrió la puerta. Los últimos rayos de sol escapaban del cielo mientras él, con la cabeza apoyada en la entrada, pensaba qué hacer con su noche. La luna llena apareció, llenando de luz la humedad del ambiente. Un gruñido gutural se escuchó al otro lado de la puerta. El miedo le explicó que era hora de irse.
De madrugada, Marta sonrió, y escapó de la brillante aglomeración de risas enlatadas en cuartos menguantes. Recorrió solitaria el sendero verde que llevaba al parque, los pajarillos la seguían y se posaban cansados en su pelo. Eran colibríes de colores, los había verdes, amarillos y azul eléctrico. Todos entonaban esa canción.
-Chalalala chalalala.
Tras recorrer parte de la senda, se encontró con un búho enorme, que le miraba con sus enormes ojos, atento, contemplando, extasiado al son de la brisa, recreándose con el lento movimiento de la joven al pasar. Un cuervo negro, de pico amarillo y sombrero de copa viejo, abrió su pico torcido y le dijo.
-Marta, qué buena estás.
– Chalalala.
Un perezoso con alas de libélula que, revoloteando a su alrededor mientras hablaba en francés, fue quien le sacó de dudas. Aquella pastilla azul no aliviaba la migraña, más bien desordenaba la realidad.
– Excusez-moi, mademoiselle, que faites-vous ici ?
– Chalalala, chalalala.
Marta corrió sin saber bien de qué escapar. Corrió hacia el río de peces de color rojo intenso, que sonaban como el claxon de un Ford viejo, esquivó una manada de pandas vestidos con camisetas de propaganda y le gruñían en mandarín. Saltó sobre un tronco de un árbol viejo derrumbado para no toparse con una pareja de bulldogs con destellos azules, que le miraban de reojo sin inmutar la pose.
– Chalalala.
Sus pasos pensaban, su ritmo se calmó y su cuerpo quiso posarse, descubrió que en el camino también había bancos a los lados, eligió uno y desfalleció en él sin remedio. Una grulla se acercó, con discreción, en movimientos lentos y largos, llevaba gabardina marrón y le dijo.
– Marta, ¿Qué haces aquí? –
– Chalalala, chalalala.
– ¿Lourdes? ¿Eres tú?
La grulla tenía la cara de Lourdes, con un pico recto que se fue disolviendo en boca. El bosque latía en su cabeza, pronto empezó a ver personas pasar. Los colibríes revoloteaban entre ellos.
– Chalalala.
– Marta, ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?
– No, Lourdes, no sé que me pasa, estoy muy mareada.
– Ven, que te llevo a casa.
Los colibríes se quedaron ahí, en el banco, volando alrededor, convirtiéndose en moscas y luego en fragmentos de las luces de los locales cercanos, que derramaban su música festiva alrededor de la zona y se veía en reflejos. Marta los vio irse lejos, mientras la realidad se la llevaba en coche hasta un lugar seguro.
Destrozando la única nube de humo que había entera en el cielo, entraron en el área de batalla Billy Joe y Roastbeef, su gorrino alado. Hicieron algunas cabriolas en el aire y aterrizaron en campo abierto, donde miles de cadáveres frescos aguardaban a ser saqueados.
Mientras el cerdo daba rienda suelta a su voraz apetito, desgarrando miembros de las fallecidas alimañas, Billy buscaba en las mochilas de sus destrozados jinetes. Palpando entre sus bolsillos, uno de los caídos abrió los ojos y clavó la mirada sobre su desvalijador. Con gran esfuerzo le dijo.
-Ayúdame.
Se trataba de una mujer joven, guapa, de no ser por la sangre que le cubría el rostro. El uniforme estaba hecho jirones y en la barriga se le veía una fea herida a punto de infectarse. Billy Joe sacó su daga instintivamente y se retiró amenazante.
-No, no te voy a hacer daño, solo ayúdame a salir y te dejaré con tu saqueo.
El joven, con el arma en la mano, analizó la situación, cortó las riendas y el arnés que ataban a la dama a su montura y se retiró para dejarla salir. Tambaleando por mantenerse de pie y con cara asustada, le dijo a Billy Joe.
– Me siento rara, no me duele nada.
Él, sin hacerle mucho caso, siguió revolviendo bolsas y desparramando su contenido por el suelo.
– No siento nada. ¿Qué me está pasando? ¡Ayúdame!
Con una mirada de desinterés, el saqueador, recogiendo los restos del botín y metiéndolos en las alforjas que portaba el cerdo, le dijo.
– No puedo hacer nada, ya estás muerta.
De un salto, montó a su gorrino alado que, con un feroz gruñido, alzó el vuelo, hizo un rizo en el aire y desapareció entre las brumas de la noche.
El velero navegaba con brío sobre el viento de una estrella, surcando un sistema planetario, en busca de algún tesoro a la deriva de alguna civilización extinta.
En su puesto, el vigía, sobre su tonel de pantallas fluoradas en un verde brillante, le inquietó una mancha que se movía sobre la marea de señales. Hizo su medición de rigor y gritó a pleno pulmón.
– ¡Atención, Kraken!
El capitán saltó de su sillón en el puente de mando y comunicó presto sus instrucciones.
-Paren las máquinas, rápido, apaguen energía, tenemos que quedarnos a oscuras.
– A la orden, mi capitán.
El monstruo, una bestia negra de varios kilómetros de longitud, chispeaba energía oscura allá a lo lejos. Algo le llamó la atención, abrió sus enormes ojos amarillos y empezó a ondular sus tentáculos. Tomando la dirección adecuada expulsó un chorro de antimateria que le hizo avanzar veloz por el espacio.
– ¿Nos ha visto? – preguntó el comandante de la nave al vigía.
– Sí, mi capitán.
– Timonel, vire a babor, aproveche la inercia y prepárese para una maniobra evasiva.
– Comprendido, mi capitán.
La criatura estaba a poca distancia de la embarcación. Sus tentáculos se estremecían mientras coordinaba su velocidad con la del velero. Su impulso constante hizo rozar la popa de la embarcación. Un enorme y brillante ojo, que abarcaba todo el campo visual, apareció en la escotilla del capitán.
– Rápido, desplieguen las velas.
– Pero capitán, nos va a destrozar, nos va a ver.
– Despliegue las velas, marinero, es una orden.
– Sí, mi capitán.
El trapo se abrió rápidamente y, enojado, se hinchó haciendo galopar al navío de repente. El calamar gigantesco, que esperaba un sutil movimiento, reaccionó acercándose aún más a la rápida embarcación.
– ¡Corten la vela!
– ¿Qué?
– Qué despegues esa vela de esta nave, si no queréis morir devorados por ese bicho, capullos ¿Qué no entendéis?
De un chasquido, la vela salió disparada rumbo al espacio profundo. El Kraken, agitando sus tentáculos velozmente, fue tras su presa, dejando residuos de materia oscura centelleante tras de sí.
– Bien, timonel, diríjase a la estela, recojan toda la materia oscura que pueda. Preparen motores de curvatura antes de que esa criatura se dé cuenta del engaño y vuelva a por nosotros.
Ella, por encima de la suciedad lumínica que tapa la bóveda celeste, sobre el filo de las escarpadas montañas, contemplaba incansable el infinito. Su dedo apuntaba a Cor Leonis, su mirada perdida en un sueño, se elevó al sonar el teléfono.
-¿Lo has visto?
-Hola, Marcos, ¿estás de guardia?
-Sí, en la Constelación del León, dime qué no lo has visto.
-Sí, hay un pulso, algo raro.
-¡Lo sabía! Pásame tu perspectiva.
-Te la envío, ¿has hecho algún contraste?
-Sí, los rusos ven lo mismo. Es un pulso. Tiene un patrón lógico, hay algo que nos está hablando.
-Espera, ¿estás seguro? Un pulsar podría estar enviando una señal. Parece un faro en el espacio.
-Ahí no, no hay ninguno. Además, tiene un patrón.
-¿Tienes una secuencia?
-Sí, te la paso.
Ella buscó en su correo electrónico, ahí estaba, señalado con líneas y puntos. Un párrafo enorme lleno de un código lleno de líneas y puntos.
– ¡Dios mío!
-¿Lo ves? No para de emitir esa señal, yo diría que es binario.
En un cósmico estruendo, entre saliva de lava y ardiente deseo de libertad, el espíritu del fuego se derramó por la ladera del volcán, y a su paso iba arrasando lo que encontraba.
Una niña, con expresión enfadada y manos en la cintura, esperaba al monstruo bajo la falda de la montaña que, preso de la curiosidad, paró ante ella.
-Eres una criatura bruta y desconsiderada, estás destrozando el monte.- Le replicó la pequeña enojada.
-Quita de en medio, criatura de agua, o te terminaré quemando.
-Ni lo sueñes, si me quito, arderá mi pueblo.
Su signo era tórrido, pero su corazón ardía de pasión, no de maldad. Al escuchar a la niña se dividió en dos y rodeó la aldea donde habitaba ella. Siguió su camino sin dejar de abrasar todo lo que tocaba.
El viento trajo a la lluvia y esta fue enfriando al incendiario ser, que sufría inmensamente por cada gota que evaporada. Se vio en la agonía de dejar de existir si no dejaba de dilucidar y crepitó mientras se apagaba.
La niña, rociando de aceite el extremo de un leño, y alimentó con él las brasas de lo que quedaba del espíritu del fuego, llevándolo cobijo de su poblado. El pirómano ser se convirtió en hoguera y con expresión afligida le dijo a la niña.
-Yo he destruido tu monte y tú me salvas la vida.
-Salvaste mi pueblo, y nos volverás a salvar.
-Pero yo lo único que sé hacer es incinerar y chamuscar.
-¿Sabes dar calor?
-Sí.
-Entonces, nos protegerás del invierno.
Caía la nieve envolviendo el paisaje en un blanco manto helado, convirtiendo en cristal la furia del río, haciendo tiritar a los árboles, que quedaron desnudos e inmaculados. Pero en la aldea reinaba la alegría, de ambiente festivo, de estar sentados todos alrededor del fuego, comiendo y brindando por el calor del invierno.
La niña, cerca de las brasas, comprendió que la tierra amaba al viento y al agua, pero también al fuego.
-Hola, hola, hola, humano, ¡cuánto tiempo! ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué, por qué? Te he echado de menos.
-Hola, Willi, ¿qué tal?
-Qué bien que hayas vuelto. Ven, que te lama la cara, quiero saber qué has comido.
-No, Willi, no.
-¿Por qué? Déjame anda, una lamidita nada más. ¿Me das de comer?
-Sí, claro. Comida. Bien.
Martes 14 de enero
Día dos tras la implantación.
-Hola, hola, hola, humano, ¡cuánto tiempo! ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué, por qué, por qué? Te he echado de menos.
-¿Qué tal Willi?
-Bien, oye apestas, ¿dónde te has revolcado?
-Es colonia.
-Pues apesta mucho. ¿Me traes comida?
Miércoles 12 de febrero
Día treinta y tres tras la implantación.
-Hola, hola, hola, humano, cuánto tiempo, ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué, por qué, por qué? Te he echado de menos.
-Hola, Willi, hola.
-Oye, humano, te veo cansado, déjame que te lama la cara.
-Te sentará bien. Oye, ¿trajiste comida?
Viernes 10 de octubre
Día doscientos setenta y tres tras la implantación
-Hola, hola, hola, humano, cuánto tiempo, ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué, por qué, por qué? Te he echado de menos.
-Hola.
-Oye, humano, ¿qué te pasa?
-No sé, Willi, no estoy de ánimos.
-Venga, humano, cuéntamelo, soy tu amigo.
– Tal vez veo que el experimento no esté funcionando.
-¿Qué experimento?
-¿No lo sabes? Si tú eres parte del experimento.
-¿Yo?
-Si, te implantamos un traductor de lenguaje para probar que tienes cierta inteligencia, pero no avanza.
-Ah, ¿El cacharro que tengo en la cabeza? Es verdad, desde que lo tengo te entiendo mejor.
-Pero no has evolucionado nada, repites lo mismo desde aquel día, no veo que aprendas.
– Joder, humano, claro que aprendo. Te escucho y recuerdo lo que dices, pero es que tus conversaciones son muy aburridas. Ni quieres jugar, ni quieres pasear, yo creo que casi no comes. No veo que deba aprender mucho de ti.
-Pero el hecho de entenderme te tendría que abrir más la mente, tendrías que interesarte por más cosas.
-No sé, humano, yo aprendí tu idioma antes de que me pusieran el chisme este, puede que tú no. No necesitaba este casco para entenderte. Pero es que, además, nosotros, los perros, no tenemos grandes necesidades. Tú me das tu amistad, me das comida y me permites pasear un buen rato. Sintiéndome seguro en el sitio en el que vivo, ¿qué más necesito? Anda, dame de comer humano y vuelve con tus preocupaciones luego si quieres.