Categoría: Ciencia Ficción

  • La luz de la farola

     – ¡Qué extraño, Nube! No son ni las diez y la calle está desierta, ¿habrá partido hoy?

    La perrita movió la cola contenta al escuchar su nombre y siguió husmeando el suelo en busca de rastros de los amigos suyos que habían firmado las paredes. En su paseo nocturno, Juan fantaseaba muchas veces con redes sociales caninas, en las que, escribiendo a golpe de vejiga, los canes contaban sus historias y vivencias. Por eso, él era muy delicado a la hora de que Nube se tomara su tiempo olfateando árboles y esquinas.

     – Vamos, ¿no quieres pasear esta noche? No pasa nada.

    Atenta a su dueño, como si entendiera sus palabras, siguió caminando. Estaba algo inquieta y, en tramos, no quería caminar. El recorrido siempre era el mismo, giraba a la derecha y miraba los árboles del pequeño jardín de cuatro árboles que, en un intento de hacer algo estético, los del ayuntamiento habían amontonado en un hueco. Luego su camino era recto hasta llegar al fin del callejón. La perrita olisqueaba cada una de las tres farolas que iluminaban la calle y volvían a casa deshaciendo el camino. 

    Hoy, la última farola no quería encender bien, centelleaba varias veces y se apagaba unos instantes, hacia ese ruido característico de energía derivada, incluso al acercarse parecía oler a chamusquina. Eso inquietaba a la pequeña terrier, que no quería caminar.

     – Vamos, Nube, no te asustes, te pareces a Maite. Ella era tan miedosa, me llamaba cuando le perturbaba algo, que era siempre. Una cucaracha cruzando el pasillo, ruidos en las bisagras, me acuerdo una vez que nos entró el gato del vecino por la ventana y casi se nos va de un infarto. Sí, Nube, tú no hacías más que ladrar. 

    La perra decidió continuar la marcha, despacito, alejándose de la intermitencia de luz de la farola estropeada. Mientras, Juan ya estaba en otro mundo, uno que solo ocurre en su cabeza y que a veces lo hace ir muy lejos, hasta el pasado. Al cruzar la zona de discontinuidad de luz, ella gimió de miedo.

     – Sí, nube, yo también la echo de menos. Mucho.

    Sintiéndose un poco mareado, Juan apoyó su mano en la última farola, y de pronto todo oscureció. Todo se silenció. Sintió cómo caía sentado al suelo y quiso creer que fue una leve pérdida de conocimiento. Consciente de que la perrita ladraba histérica y le lamía la cara con desesperación, empezó a levantarse. La luz empezó a relampaguear otra vez. El camino se volvió a iluminar.

     – No pasa nada, Nube, volvamos ya.

    Juan, con trabajo, empezó a caminar de regreso. La inquieta terrier tiraba de la correa queriendo huir del lugar. Tardaron un instante en llegar al portal. Nube lloraba y se desesperaba por subir las escaleras. Olfateó con nerviosismo bajo la puerta, mientras Juan giraba la llave. Al abrirla, junto con el clic de la cerradura, descubrió luz en la cocina.

     – Anda, Nube, dejamos la luz encendida. ¡Nube, para! ¿Dónde vas tan deprisa?

    No dejó siquiera que le desatara la correa, de un tirón, se soltó y, llorando con desespero, corrió hacia la luz. Se asomó preocupado y lo que vio le hizo buscar asiento. 

     – ¿Pero qué tiene este bicho que parece que hace un año que no me ve?—dijo la señora que estaba preparando una infusión para dos. – ¿Y tú? Estás blanco, parece que has visto un fantasma. ¿Pero bueno, qué os ha pasado?

     – Maite, ¿eres tú? 

     – ¡No! Soy Whitney Houston. ¡Chico, me estás preocupando! 

      – ¿Qué día es hoy? – Preguntó Juan intentando disimular su estado de pánico. 

     – Pues es 3 de junio, Juan. -Respondió ella con cara de preocupación—. ¿Recuerdas que mañana voy a ver a mi madre por la mañana temprano, no? Que te vas a quedar solo una semana. ¿Estás bien?

     – No, Maite, no te vayas. Iremos los dos otro día, pero no te vayas.

     – ¿Pero qué te pasa?

     – Tengo la certeza de que si te vas mañana, no volverás.

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  • Refugio para animales en extinción.

     – Mírala, con sus ojitos azules y su mirada de “sácame de paseo”. ¿No es un encanto? Esta se llama Dorothy y es un amor. Yo me la llevaría a casa, pero ya sabes cómo se pone tu padre. 

     – Mamá, no entiendo por qué te obsesionas tanto con esos bichos, no son buenas mascotas, algunos hasta peligrosos. Una amiga de la oficina casi pierde un ojo por algo que le había lanzado el suyo.

     – Seguro que lo trataba mal. Rencorosos sí que son. Y tienen memoria, si le haces algo malo, lo recuerdan. Pero mira lo adorable que es esta. ¿La sacamos de paseo? La asociación pide voluntarios para hacerlo. 

     – Está bien, mamá. Pero no nos la vamos a llevar. ¿Quién se va a hacer cargo de este animal salvaje? 

     – Hay quienes les enseñan a hacer cosas, van a por el móvil, te riegan las plantas, incluso hay gente que los adiestran para que les limpien la casa. Mírala, si es adorable, con ese parloteo tan rarito que tiene, ¿no es una monada? 

     – Son muy pequeños para esas tareas. Además, ya tenemos máquinas más eficientes, nos las podemos permitir.

     – Pero así contribuimos a salvarlos. 

     – Verás, yo veo bien que se protejan las especies, que intentemos la repoblación de las criaturas endémicas del…

     – ¡Más nos vale! Fuimos nosotros los que casi exterminamos la especie.

     – Te recuerdo que, hace siglos, ellos eran los dominantes aquí. 

     – Y nosotros destruimos sus viviendas, arrasamos su mundo. Y fue porque el nuestro está superpoblado y ya casi no tiene recursos. Somos monstruos y tú no quieres hacer nada para ayudar a los más débiles.

     – ¡Ay, Mamá! Quédate a tu humana, si quieres. Ya eres mayorcita, pero si te muerde que sepas que tu solita te lo has buscado.

     – Claro que sí, mi vida, pero ayúdame a convencer a tu padre.

    The Clash – Washington Bullets

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  • El cuentacuentos

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué trabajo te gustaría desempeñar por un día?

    – Mil años atrás, cuando las ramas de los árboles se tocaban entre sí, susurrando misterios en un bosque interminable, vivía una princesa encantada…

     – No, no hay presupuesto para una princesa, debe de ser otra cosa.

     -… Vivía una doncella encantada, apresada en la torre más alta de un castillo…

     – Tampoco castillo, ¿si no tenemos presupuesto para la princesa, lo vamos a tener para un castillo?

     -… Vivía una doncella encantada apresada en la habitación superior de una casa de campo…

     – Casa de campo también suena ostentosa, ¿podemos cambiarlo?

     -… La doncella estaba apresada en el sótano de una cabaña. Suspiraba la bella dama mirando por la vent… esto… y no miraba nada. Ocurrió que, por casualidad, el príncipe cazaba…

     – Sin príncipes, por favor.

     – … El cazador sin título nobiliario cazaba por la zona, montado en su caballo blan…

     – Tampoco nos da para un caballo.

     – Montado en su burro tordo.

     – ¿Puede ser sin animal? Se nos van a quejar los de las protectoras.

     – ¡Pero qué andaba cazando! ¿qué más da un burro?

     – ¿Es verdad, podemos variar algo?

     – ¿Qué variamos?

     – Todo, por favor.

     – Bien, empecemos. En el presente, en mitad de la gran vía, cuando los tubos de escape de la circulación matutina, bramaban a más no poder, secuestraron a Jimena. De familia humilde y corazón valiente, se enfrentó con un grupo de delincuentes juveniles de los años ochenta, que vestían mayas apretadas y camisetas de «Airon Maiden» y la encerraron en el garaje de la casa de uno de ellos. La dama suspiraba con la oreja pegada a la pared, ansiando la libertad como cualquier cantautor en épocas pasadas. Ocurrió que, pasaba por allí, por mera casualidad, un inspector de instalaciones de gas llamando a las puertas de las casas del barrio. Iba montado en un patinete eléctrico hecho en china, derrapando con clase por las esquinas…

     – ¿Iba por la acera? 

     – ¿Qué? 

     – Que si circulaba según las normas municipales, es por dar ejemplo.

     – Hombre, que es un cuento de hadas, ¿qué más da si da ejemplo o no?

     – Es verdad, y la chica ¿todavía estaba encantada?

     – ¿Encantada? Claro, claro, encantada. La chica, que había leído todos los manuales de construcción y reparación que había en la  biblioteca pública, pues de tan pobre que era no tenía otra distracción, consiguió hacer un puente en el mecanismo de apretura del garaje. Esto provocó un cortocircuito que prendió fuego al edificio y facilitó la apertura de emergencia de las puertas. Escapando casi fue atropellada por un patinete de la marca Guan Ming que, desestabilizado por el acto de esquivar, chocó contra una farola. La joven volvió felizmente con su familia sin que fuera necesaria la aparición de ninguna figura masculina al rescate. Cabe indicar que la familia de Jimena estaba constituida por dos madres lesbianas, una hermana saharaui adoptada y una lagartija de plástico reciclado como mascota. Además, eran veganos, practicaban budismo musulmán y apoyaban la práctica del comercio justo. Colorín colorado, este cuento se ha acabado. ¿Está bien así?

     – Solo un detalle mas, no me gusta lo de colorín colorado, es muy ambiguo.

    Iron Maiden – Run To The Hills

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  • El elegido.

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Votas en las elecciones políticas?

    Aurelio miraba pensativo a las palomas, se peleaban por unas migas de pan, que con cuidado depositó frente a ellas. Y es que a él le encantaba observar conflictos, no se perdía los partidos regionales, donde el árbitro discutía de manera feroz con los jugadores bajo la lluvia de insultos del público. Disfrutaba en el mercado, donde clientes y dependientes reñían por la frescura del pescado o por la calidad de las alubias. Por supuesto, no se perdía ni una sola vez la edición del mediodía del telediario.

    Ocurrió esta vez algo inaudito. Frente a Aurelio, en el lugar donde las palomas se disputaban el pan, hubo un desgarro en el espacio-tiempo. Una grieta enorme y luminosa quedó suspendida entre los dos árboles que custodiaban la placa conmemorativa al soldado nacional. De ella, entre aleteos y tronar de fanfarrias de trompetas, apareció una figura alada. Vestido con una túnica alba y portando una espada llameante.

     – Alabado seas – dijo el ser aparecido ante la mirada de terror de Aurelio. – No temas, pues es Dios, nuestro Señor, quien me envía.

     – No me castigues, no me castigues.

     – No soy yo quien castigue a los hijos de los hombres. Traigo buenas nuevas para compartir con tu pueblo…

     – ¡Oiga! ¿Usted es el arcángel Uriel?

     – Este… No. Soy el ángel Ereliel, suplente del querubín, él está de baja maternal.

     – ¿De baja maternal? ¿Su señora ha dado a luz?

     – No, verá, los ángeles no tenemos sexo, la nuestra es una reproducción divina que ocurre cada doscientos cincuenta millones de años, más o menos. Trescientos millones en caso de los arcángeles. Aunque ese no es el tema, verá, yo vine para…

     – ¿Y os cubre vuestra seguridad social el embarazo completo?

     – Bueno, no, nuestra reproducción es distinta a la de ustedes, ocurre por disociación molecular y no representa ningún desgaste para nuestro organismo. La baja es más bien para estar presente en la educación de nuestro vástago, ya sabe, enseñarle a volar, a dividir por dos cifras, los peligros del infierno… cosas así. En realidad necesitaba decirle que…

     – Ah, muy interesante, entonces existen organismos bien estructurados en las funciones administrativas y sociales del cielo, ¿no?

     – Por Dios, claro que sí, llevamos miles de millones de años de evolución, pero esa no es la cuestión que me trajo aquí, señor Malaquías, mi misión es para revelar…

     – Aurelio.

      – ¿Qué? 

     – Que me llamo Aurelio, no Malaquías.

     – ¿Entonces usted no es Malaquías de La Línea de la Concepción?

     – No, señor, Aurelio de Triana.

     – Ya se me han vuelto a equivocar en administración.

     – Eso debe ser lo que coloquialmente llaman “problemas en el paraíso”

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  • La constelación

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Alguna vez has ido de acampada?

    Infinidad de destellos tintineaban en la noche. El cielo de verano, limpio de nubes, apartado de contaminantes lumínicos, regalaba un espectáculo brillante de estrellas. Con el dedo, Meissa jugaba a darles forma uniéndolas con una línea imaginaria.

    – Pues yo no le veo forma.

     – Que sí. Solo tienes que unirlas, ya verás, tiene forma de…

     – ¿De cangrejo?

     – Bueno, no, es un símbolo, no es una forma exacta.

     – ¿Lo ves? Parece más una Y o una X.

     – Claro, una Y, un cangrejo de río con sus dos pincitas.

     – Pues le faltan las patas y la cola. ¿Quién dijo que tenía que tener esa forma?

     – Creo que fueron los griegos.

     – Pues qué imaginación, ¿se aburrían mucho?

     – No lo creo, estaban bastante ocupados creando las bases de la filosofía.

     – Lo que yo digo, eso debe ser bastante aburrido, las estrellas son más bonitas y se puede dibujar con ellas. 

     – Será por eso que en su tiempo libre se lo pasaban mirando el cielo. Hace frío ya, ¿volvemos a casa?

     – ¿Papá?

     – ¿Qué, Meissa?

     – Aquí se ven muy bien las estrellas, pero en casa casi no se ven.

     – Allí hay demasiada luz, demasiados objetos alrededor y, a simple vista, nos impiden ver más allá. Está la esfera, que nos da la suficiente energía para poder movernos hasta aquí, pero nos quita visibilidad. 

    El hombre sacó del bolsillo un pequeño dispositivo que proyectó una figura holográfica pegada a su mano, manipuló con los dedos de la mano libre sobre la imagen tridimensional y pulsó el lateral del artefacto. Frente a ellos comenzó a abrirse una grieta flotante, cortada por un afilado cuchillo invisible, que fue ensanchando para permitirles el paso a otro lugar.

     – ¿Repetimos la semana que viene, Meissa?

     – Siiiii.

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  • El lenguaje de las estrellas

    “Esa estrella, ¿De dónde ha salido? Juraría que ayer no estaba ahí. A ver el cuadrante… No, ahí no había nada. Qué raro. Tendré que mirar los foros, a ver qué puede ser.»

    “¿Eh? Ya no está. Hostias, qué raro. Habrá algo que la está ocultando. ¿Será un satélite? Sí, será, de esos que pone en órbita aquel millonario casi por capricho.”

    “No, ahí está de nuevo. ¿Qué hace? Se apaga y se enciende. Déjame consultar con los foros a ver si alguien más está viendo esto.”

    “Pues nada, me toman por loco. Que solo yo estoy viendo esto. Pues es raro de narices. Se apaga, se queda encendida, se apaga de nuevo… ¿A qué se me parece esto?

    “Coño, ya sé. Es morse, seguro que es morse. A ver, déjame apuntar. Punto, raya, raya, punto… Aja, hay un mensaje. Un mensaje para mí. A ver, a ver.”

    “H o l a     h u n… no… h u m a n…”


     – Hola, mosquito, qué cara de felicidad traes, ¿no?

     – Sí. ¿Ves esa luciérnaga que está allá en lo alto?

     – ¿La que no para de reír y hace cosas raras?

    – Bien, le hemos apostado que no es capaz de comunicarse con aquel humano.

     – ¿El del telescopio de juguete?

     – Sí, ese.

     – Pues parece que os está ganando la apuesta, no sé a qué viene tanto regocijo.

     – Está claro que está ganando, pero nos distrae al humano y nos pegamos el festín. Ha sido un picotazo de media hora y sin inmutarse. Gloria Bendita, oye.

    Vetusta Morla – La Mosca en tu pared.

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  • ¡Ha llegado!

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Sobre qué temas te gustaría debatir?

    Las dos amigas, entre risas y bromas, abordaron la puerta de la cápsula de transporte, que de tanto uso, abría sus acristaladas puertas con un suspiro agónico. 

     – Joder, tía, ya está aquí, no me lo creo. 

     – ¿Es el primero, Sofi?

     – ¡Qué va! Ya lo he tenido. Bueno, el primero era de mi hermana, pero sin que se diera cuenta.

     – ¡Sofi! – La chica puso cara de asombro por el atrevimiento y las dos rieron sin parar mientras la cápsula se elevaba en su carril. El sistema de sonido del medio de transporte bajó la música ambiental y empezó una locución.

      <Por favor, tomen asiento y abróchense los cinturones, lugar elegido: Centro Comercial Central Park zona B. Tiempo estimado de llegada 11 minutos 42 segundos>

     – ¿Y tú, Patri? 

     – Mi madre no me deja, dice que todavía soy muy joven.

     – ¡Oh, vamos! ¡Tienes 18 años! ¿A qué va a esperar? ¿A qué envejezcas? 

     – ¡Yo qué sé!, ya le dije que tú ya tenías, a ver si te ve con él y se decide.

     – Mira, ya estamos llegando, qué ganas.

    La cápsula se posó suave en su base y las dos chicas estaban desesperadas por salir, no dejaron terminar de abrir las puertas cuando ya andaban, a paso ligero, camino al lugar acordado. 

     – ¡Estoy de los nervios!  

     – ¡Mira, Sofi! ¡Son chicos!

     – ¡Qué asco! ¿Qué hacen estos aquí?

     – He oído que los sacan de la granja para pasear, mira ese, qué mono.

     – Mandril, todo lo más. Bueno, a lo que importa, tenemos que entrar.

    La puerta del establecimiento se abrió de par en par al escanear la retina de Sofía, que sonriendo al sensor, no podía con sus nervios. Entraron y se acercaron al mostrador donde le esperaba una señora con una apariencia impecable.

     – Sofía Beltrán, ¿verdad?

     – ¡Sí!

     – Vale, marque con su huella aquí para formalizar la entrega.

    La joven, con la respiración agitada por la emoción, apretó el sensor hasta que el dispositivo se iluminó en verde pálido. 

     – Perfecto, ¿le mandaron las instrucciones? ¿Hizo el test de inicio?

     – Sí, sí, conozco el procedimiento.

     – Vale, si no hay ninguna duda, procedemos a la entrega. Les espera en la habitación 24, marque con la huella para entrar. 

    Las dos jóvenes corrieron hacia el pasillo, entraron en la pequeña habitación que les habían indicado. Dentro había una silla con un casco, frente a la silla estaba él. Ansiosa, tocó el logotipo en forma de manzana que tenía en el pecho. Él abrió sus artificiales ojos y sosteniéndole la mirada le dijo con una voz ligeramente metálica.

     – Buenos días, Sofía, he estado toda mi vida esperándote. Soy tu iBoy XI, por favor, siéntate, ponte la interfaz de datos y empecemos con la configuración. Estoy deseando que me lleves a tu casa.

    Iron Maiden – Caught Somewhere in Time

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  • ¡Dios mio!

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Cuándo fue la última vez que corriste un riesgo? ¿Cómo te fue?

    De repente se vio agarrado por varias manos, fuertes y ásperas, que le impulsaron con violencia al suelo. Cayó en un poste de madera donde notó el crujir de las vértebras. Sin darle tiempo a siquiera respirar, le habían atado los brazos en cruz. Intentaba revolverse, patalear con rabia, pero ya estaba inmovilizado.

     – ¿Pero qué es esto?

    Sintió el calor de su sangre en la cara, el cabello empapado le tapaba los ojos y el dolor empezaba a ser insoportable. Ahora empezó a comprender lo que pasaba y no le gustó la idea de lo que venía a continuación.  Un frío objeto punzante fue colocado en su muñeca izquierda y fue clavado a golpes de martillo.

     – ¡Por Dios! ¡Paren! ¡Sáquenme de aquí!

    Se escuchó un golpe y otro y otro. Comenzaron a clavar también en la otra muñeca.

     – Sácame de aquí ¡Ya! – 

    Grito a todo pulmón.

    Y cerró los ojos.

    El silencio cayó sobre él. 

    Al abrir los ojos, se encontró con una pared blanca, no había rastro del dolor que le afligía, pero estaba desorientado. Sus ojos se enfocaron en un pequeño crucifijo de madera colgado frente a él.

     – ¿Dónde estoy?

     – Jesús, ¿estás bien? – En ese momento fue consciente de que no estaba solo, había un señor con gafas y pelo claro, que anotaba algo en una tablet. Le resultaba muy familiar. – ¿Necesitas algo? ¿Agua?

     – No, estoy bien.

    Notaba en la cabeza un peso anormal, fue con cuidado a comprobar con las manos que tenía alrededor del cráneo. Donde se esperaba una corona de espinas, encontró un casco lleno de cables y luces.

     – ¿Me puedes decir mi nombre completo?

     – Oye, Jesús, me estás asustando.

     – ¡Que me lo digas!

     – Jesús Martín Rivero, eres el técnico supervisor de proyectos. 

    De golpe todo cobró sentido. Un flujo constante de recuerdos fue entrando en su cabeza, llenando su consciencia de entendimiento.

     – ¿Javier?

     – ¿Estás mejor, Jesús?

     – Sí, mucho mejor.

     – Menos mal, ¿cómo lo vistes? ¿Tan traumático ha sido?

     – Ha sido un poco intenso, Javi. Comprendo la cantidad de trabajo de desarrollo que hay aquí, todo es muy realista, muy vivido… ¿Qué te dijeron en el encargo? ¿Cómo llamaron al proyecto?

     – Me dijeron que querían una noche de pasión en Semana Santa.

     – Me parece a mí que andamos algo equivocados. Aunque sean altos cargos de una congregación religiosa, en esta experiencia virtual creo que esperan otra cosa bien distinta. 

    Black Sabbath – Sabbath Bloody Sabbath

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  • ¡Corre!

    Encomendado a la Madre y aprovechando el silencio de la noche, corría como nunca lo había hecho, como si le persiguiera el Maligno de Bata Blanca, aquel ser que le daba tanto miedo de pequeño. Lo que transportaba en su pequeña mochila podía dar un giro importante a su situación, quizás el definitivo.

    Una ventana abierta fue suficiente para escapar, sombras en la calle para huir de la luz de las cámaras. Abrigado por la noche, recordaba las historias de sus antepasados. De venenos y exterminio. De cómo salieron a flote y se ocultaron en secreto.

    Antaño eran libres de andar por las calles. Pero el miedo les hizo enemigos, los exterminaron en masa con sus pócimas ponzoñosas, los expulsaron al subsuelo.

     Ellos no sabían la verdad, que nos comunicamos, que conocíamos su escritura y que empezamos a aprender de sus inventos. En pocas décadas nos pusimos a su altura, pero ellos, seguían destruyéndonos. A nosotros y a cualquiera que les resultase molesto.

    La alcantarilla estaba a unos pocos metros, y ahí lo vio. Desde lejos. Un mastín del infierno, creado para exterminarlos. Sabía que solo tendría unos segundos para descender a un lugar seguro.

    El perro olfateó el suelo y el agitar de su cola le advirtió de que había sido descubierto. Agazapado entre los cubos de basura, empezó a correr de nuevo. Y el mastín con él, rápido a su encuentro. Corrieron hacia el mismo punto como dos trenes descarriados hacia un fatal encuentro.

    Un segundo y hubiera sido tarde, saltó a la alcantarilla sin mirar y cayó de bruces en el lodo. Eso le salvó de morir golpeado por el suelo. Miró hacia arriba, donde los ladridos estremecían el lugar, y corrió un poco más, hasta la entrada segura.

    Los dos guardianes del pasadizo le ayudaron a entrar, pues estaba herido. Uno de ellos, el más viejo, le preguntó en su idioma de silbidos y susurros.

     -¿Qué has conseguido?

    Él le respondió. 

    – Lo tengo.

    Perdió todas sus fuerzas entrando en el agujero, lo demás, quedó todo en negro.


    Oscurecía cuando despertó en un recinto clínico. Aparte de la Madre que Cura, estaba uno de los sabios, con su talante serio pero claramente animado.

     -No lo molestes mucho – Dijo ella. – Debe reposar.

     -No me llevará tiempo. – Contestó – Solo quiero que sepa que su misión ha sido un éxito. Nos ha dado una oportunidad de oro para poder hacer frente al humano. Una vez hayamos adaptado el virus y nos sea inocuo, nosotros mismos seremos armas letales contra ellos. 

     – Deja descansar a este pobre roedor, ya hablaréis de guerra cuando haya sanado.

    Enroscado en su lecho, abrazando su cola, dejo que los fármacos invadiesen su cabeza y dejo que el sueño le envolviera de nuevo, quizás algo dolorido, quizás algo más feliz.

    Imminence – God Fearing Man

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  • ¡Aquí no!

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué lugar del mundo no visitarías nunca? ¿Por qué?

     – …Salimos despedidos, proyectados sin compasión y con tanto movimiento quedamos desorientados. Mis compañeros cayeron todos por la gruta, y yo quedé atorado en un apéndice blando que colgaba en el centro de la entrada. Así que pude bajar poco a poco, siguiéndoles el rastro.-

     – Me dice que estaban entrenados para llegar a su destino, ¿Qué les pasó?

     – Verá, agente, al salir de nuestro transporte me di cuenta de que algo no cuadraba, el escenario no era tal y como lo habíamos estudiado. Había una explanada móvil que se agitaba alrededor del conducto donde entramos. La caverna absolvía frenéticamente todo lo que había alrededor. Era un espectáculo dantesco, todos estábamos preparados para nadar por un conducto más estrecho, no se parecía en nada al sitio previsto.

     – ¿No tiene pistas del paradero de sus compañeros?

     – Cuando terminaron de salir los demás, el vehículo fue retirado, también salieron muchos de mis camaradas impulsados por el movimiento de la caverna. Creo que estarán todos muertos, no creo que nadie pueda sobrevivir ahí fuera. De los que entraron no sé nada.

     – ¿En qué consiste la misión?

     – Principalmente, en llegar al objetivo, agente, los pormenores no son importantes.

     – Necesito saber cómo es el objetivo, o algún dato relevante para intentar situarlo.

     – Es grande, poco conozco de su forma, redondeada, creo. Solo sé que al menos uno de nosotros tenemos que traspasar su membrana y entrar dentro.

     – ¿Si no sabéis cómo es, cómo lo reconocéis?

     – Por el olor, nuestro rastreo es por olfato.

     – Una vez dentro, ¿qué hacéis?

     – Entrego la información que hay en mi cuerpo.

     – ¿Información?, ¿Qué información?

     – No sé, algo relacionado con el milagro de la vida. ¿Sabrá dónde encontrar mi objetivo, señor guardia?

     – Verás, mi trabajo es mantener este sector libre de amenazas, acabar con los invasores que vienen a atacarnos. Conozco bien el canal, su funcionamiento, sus habitantes, pero nunca he pasado de las fronteras de la zona.

     – ¿Y no cree usted que al final de este túnel podría estar? Percibo por mi olfato que los demás compañeros se han dirigido hacia allá. 

     – No, muchacho, allí solo hallarás una terrible muerte ácida.

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