Categoría: Ciencia Ficción

  • La Marca

     -Ese extraño tatuaje ese que tienes en la espalda. ¿Qué es?

     -Es una maldición.

     – Una maldición, ya. Si es una maldición, ¿por qué te lo hiciste?

     – No me lo hice yo, fue el resultado de la maldición.

     – ¿Cómo fue?

    “Hace tiempo, cuando era muy joven, casi un crío, me enteré de la noticia que marcaría mi vida. Marta era el amor de mi vida, el ser más lindo que he visto jamás en este mundo, pero la desgracia había caído sobre ella en forma de enfermedad. Le diagnosticaron una terrible dolencia cardíaca y le dieron pocos meses de vida.”

    “Yo la amaba tanto que revolví cielo y tierra por un método para salvarla. Cuando se me terminaron los recursos, empecé a buscar en el infierno. Investigar entre demonios me fue más fácil de lo que había pensado. Sabía que iba a tener un precio y encontré el mío.”

    “Al saber de mi búsqueda, un día se me presentó un ser con un contrato. Bajo el contrato había un hechizo. Bajo ese hechizo, la perdición de mi alma. Me propuso la posibilidad de una curación milagrosa, pero toda muerte prevista tenía que tener una de cambio. Me propuso un sacrificio.”

    “Decidido cómo estaba, aunque salvarla era la prioridad, decidí, ya que no me veía capaz de matar a nadie, ser yo mismo el sacrificio. Así que planifiqué mi muerte.”

     – ¡Ah! Pero tú estás vivo, te lo aseguro.

     – Déjame explicar la historia y sabrás qué ocurrió.

     – Sí, claro.

     “En mi búsqueda por salvar la vida de Marta, aprendí mucho, nada bueno. Descubrí que la magia tenía muchas caras, pero la más oscura trataba, sobre todo, de engañar a los demonios. Y eso quise hacer.”

    «Preparé una trampa, un círculo hermético donde atrapar al demonio que me procuraba el pacto. Busqué el lugar ideal para recitar el conjuro y así convocar a mi mecenas. Busqué para ese asunto una profunda cueva, en el lugar más recóndito que tuve tiempo a encontrar. Para ese entonces, ella ya estaba muy enferma. La muerte fue fácil de imitar, solo necesitaba de una droga que detuviera mi corazón el suficiente tiempo para que me diera por muerto.»

    “Te puedes sorprender la cantidad de tipos de porquerías que puedes comprar en el mercado negro, solo deseaba que no me hubieran engañado. Pero no tenía nada que perder. Encendí las velas, pinté el círculo con un aerosol que me prometieron imborrable y comencé a recitar el hechizo. Trece interminables minutos hasta que, delante de mi cansado rostro, se transfiguró la bruma del ambiente en una criatura detestable.”

    “Se dirigió a mí con una sonrisa cruel y reclamó su trofeo. “Quiero la muerte prometida”, me dijo, escupiendo al hablar. Yo, ingerí el brebaje adquirido a dudosas personas anónimas y empecé a padecer el peor dolor imaginable. Mi mente se fundió a negro y ya no recordé nada más.”

    “No sé cuánto tiempo pasó hasta que empecé a recuperar mis sentidos. No tenía tiempo, en el momento en que supe que era capaz de caminar, corrí, sin terminar de abrir los ojos, corrí. Sentí un grito de rabia a mis espaldas, también el roce de unas garras, calientes como el infierno, duras como el anuncio de la desgracia. Un golpe con la pared de la cueva me hizo suspirar, eso significaba que estaba a salvo.”

    “Mire atrás y me encontré al demonio golpeando con fuerza el muro invisible que lo retenía. Volví a correr, todo lo que mis pocas fuerzas me permitían. Más de lo que yo podía creer. Cuando percibí que estaba muy lejos, me desplomé y volví a morir. Un día, quizá dos, y una debilidad inmensa que me devolvió a rastras a la civilización. Me recogieron algunos lugareños y les di la escusa de que me había perdido en el bosque…”

     – Entonces, el tatuaje no es una maldición, es una prueba de que venciste.

     – No, es el recordatorio de que si en algún momento el círculo se rompe, ese ser vendrá a por mí.

     -¿Y la chica sobrevivió?

     – Sí, se recuperó milagrosamente bajo la mirada estupefacta del personal médico. Acto seguido rompió conmigo por haberla abandonado en su enfermedad. 

     – No hubo final feliz. 

     – Contigo sí, hoy.

    Dark Tranquillity – Atoma

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  • Ayúdame

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué cualidad valoras más en un amigo?

    Unos cien metros en picado le separaba del mar, un azul espectáculo rompiendo en blanco algodón, en la distancia no se percibía violencia, solo la calma del planear de las pardelas y el olor a sal que inundaba el firmamento. Él suspiraba el atardecer sentado en una roca, solicitando en silencio al cosmos la presencia de un amor esquivo.

     – ¡Hola! ¿Qué haces? – Apareció de la nada esa voz cándida, de mujer muy joven, imaginó, pero no pudo ver a nadie.

     – ¿Hola?

     – Sí, eso dije, hola.

     – ¿Quién eres? ¿Dónde estás?

     – Coño, aquí, al lado tuyo.- Una gaviota blanca le observaba ladeando ligeramente la cabeza. 

     – Hostias, un loro.

     – Oye, ¿tú ves plumas de colores? ¿Ves un pico curvado ávido de cacahuetes? ¿Escuchas un parloteo incesante con estridentes notas discordantes?

     – No, pero no sabía que había más aves parlantes.

     – Para tu información, los cuervos también hablan.

     – Sí, pero traen la muerte.

     – Qué sabrás tú de pájaros.

     –  Y… ¿Qué hace una gaviota por aquí?

     – ¿Estás ligando conmigo?

     – No, pero si no somos de la misma especie.

     – Bueno, en verdad, soy una princesa encantada. Me hechizaron y ahora soy gaviota.

     – ¿Pero eso no ocurría solo con ranas?

     – Qué anticuado, ¿no? En ranas y orangutanes, además de gaviotas, claro. En contadas ocasiones en suricatas y comadrejas, que es el mismo animal con distinto número de serie. 

     – ¿Te sientes feliz siendo gaviota?

     – Al principio sí, era libre volando sobre el mar eterno, chillando a los marineros, manchando a los que pasean por la orilla de la playa. Luego me dio hambre y sentí la necesidad de comer pescado muerto. Ahora me dan náuseas cuando me alimento, me dejó de gustar ser gaviota, prefería ser zarigüeya o solifugo.

     – ¿Eso no es una araña?

     – Sí, pero es tan mona…

     – Da un poco de cringe.

     – Bueno, ¿me vas a ayudar, o no?

     – ¿Ayudarte? ¿A qué?

     – A volver a convertirme en princesa.

     – Claro, claro, ya me dirás cómo romper el conjuro.

     – Joder con la juventud de hoy en día. ¿No has leído ningún cuento de hadas? 

     – No, yo solo leo las letras grandes que salen en Tik Tok.

     – Para romper una maldición, besa al bicho con pasión.

     – Pero ¿dónde, en el pico?

     – Sí, sí. Bésame, machote.

    La gaviota extendió sus alas en un peculiar intento de dar un abrazo al joven que, con un cuidado escrupuloso, propinó un beso en la ranfoteca del ave. El animal cambió de color y empezó a transmutar en un agónico canto. Poco después apareció en su lugar una anciana, vestida de túnicas de colores y una lujosa tiara entre los tirabuzones grises de su cabello.

     – Antes de que proponga alguna situación de carácter sexual, milady, ya le digo yo que no.

     – Pues qué conste que, en mi época, este tipo de beso constituye un matrimonio inmediato.

     – Ande y corra a conquistar Terabithia.

    Quedó solo, enfrascado en sus pensamientos, mientras el rojo morir del sol se fundía a mar en el ocaso. De pronto notó unas patas diminutas ascendiendo por su espalda, y una voz angelical le susurro al oído.

     – Perdone, ¿Es usted el humano que se dedica a besar princesas encantadas?

    La lagartija se quedó esperando respuesta en el último rayo de luz de un astro ya cansado.

    Silvio Rodriguez – La Gaviota

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  • Reconectar

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Cómo sabes que ha llegado el momento de desconectar? ¿Qué haces para que suceda?

     La habitación tenía colores pastel, tonos sutiles de azul y amarillo en un fondo blanco tan pulcro como el olor al desinfectante médico que envolvía el aposento. En el centro una cama, rodeada de aparatos medidores de constantes y frecuencias, tubos de líquidos fluorescentes y monitores de temperatura, entre todos los instrumentos un cuerpo, azulado por el frío, inmóvil como una sombra congelada. En la pared un símbolo esotérico en forma de estrella, en el centro de este una imagen poco conocida de Mickey Mouse, la de su primera aparición en 1928.

    Abrieron la transparente puerta de la habitación, quedó todo el pasillo cubierto de bruma blanca, espesa, que avanzaba lenta, al igual que los tres personajes con túnicas negras estaban entrando. Parecían flotar en el aire, parecían avanzar rodando. Llenaron el ambiente de un cántico sórdido, oscurecido por una entonación monótona y una vocalización pobre y arrítmica. Quedaron en el fondo de la sala con su particular exorcismo.

    Entraron también señores con batas blancas y verdes, con estetoscopios y rinoscopios, ajustando parámetros y hundiendo agujas de suero. Entre botones y hechizos, descargas eléctricas y oraciones, el ser durmiente inspiró fuerte, abrió sus ojos despacio, el color volvió a sus mejillas y sus brazos impulsaron su cuerpo en un intento de incorporarse. Miró a su alrededor, se quedó un instante ordenando su mente y dijo.

     – ¿En qué año estamos?

     – En 2025, señor Walter, en breve comenzaremos con la regeneración. – Respondió el señor de la bata verde.

     – Perfecto, quiero un informe de todo lo ocurrido en estos 59 años, en cuanto despierte lo quiero tener al lado.

     – Comprendido, señor Walter, lo tendrá.

    Pronto, el peso de los calmantes lo arrojaron al descanso. Soñó con criaturas deformes de colores estridentes que, en un decorado de cartón piedra, le perseguían frenéticamente para devorarlo vivo. 

    Despertó de un sobresalto cuando aún no había amanecido. No había dolor, ni sensación de pesadez en el cuerpo, su mente estaba clara como los medicamentos que goteaban hacia su cuerpo. Comenzó a leer el dosier que había en su mesita de noche, con tapas gruesas y una ilustración a todo color del ratón de los dibujos animados de los años 30. Estuvo toda la mañana entretenido en su lectura, por la tarde vinieron a visitarlo.

    El primero en entrar, un señor con bata blanca y aspecto serio que manoseaba un block de notas, le comentó que la intervención había sido un éxito. El otro visitante era un elegante caballero con americana de marca cara y zapatos de cuero negro que, con expresión sonriente, se le veía el nerviosismo por el temblar de sus mejillas.

     – Tú debes de ser mi familiar. – Afirmó recostándose en la cama, sin dejar de mirar el informe.

     – Sí, soy su biznieto Walter, vicepresidente en cargo.

     – Sí, ya me he dado cuenta de que habéis descuidado el buen funcionamiento de la empresa.

     – Los tiempos han cambiado mucho y las multinacionales ahora son muy agresivas.

     – Los abogados no han cambiado, ¿verdad? Vaya reclutando a los mejores que nos van a hacer falta.

     – Hecho, señor Walter.

     – Llámame Visa, es lo máximo que vas a ver de mi dinero si no te veo trabajar. Otra cosa.

     – Dígame, Señ… esto, visa.

     – ¿Qué puñetas es ese cuento de los horribles monstruos espaciales? Esos que salen del pecho de la gente, que se asoma a unos asquerosos huevos y que chorrean ácido por la boca. ¿Qué tipo de gustos tienen hoy en día los más jóvenes de la familia para que necesitemos contar historias de semejantes engendros?

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  • Sugerencia de escritura del día
    ¿En qué has trabajado?

     – ¡Por fin lo tengo! ¡El invento definitivo!

     – Me pegas unos sustos cada vez que vienes…

     – ¡D-E-F-I-N-I-T-I-V-O!

     – ¿Así se llama su invento?

     – ¿Qué? No, hombre…

     – Vale, ¿en qué consiste?

     – Todo el mundo habla de crear facilidades a la hora de trabajar, hay IAs que hacen de todo, calculan, programan, escriben obras literarias…

     – ¿Y usted ha creado una que invente?

     – ¡No, hombre! No voy a inventar algo que me quite el trabajo. La mía hace algo realmente útil, algo que nadie quiere hacer. Yo he inventado “La IA del Mocho”.

     – ¿Es una máquina de fregar el suelo? Yo creo que ya hay varias.

     – No, no, no. El concepto es otro, más amplio. Hace cualquier cosa que puedas necesitar en el hogar.

     – ¿Te friega los platos?

     – Claro que los friega, y limpia el polvo, plancha, arregla el enchufe, cambia la luz fundida del coche, te programa el móvil…

     – Pero eso es maravilloso.

     – Espera, que hay más. Te cuida el jardín, arregla la pata coja del mueble, te contesta el teléfono y le da excusas de que no puedes ponerte, echa a los vendedores de enciclopedias, le pone el supositorio al gato…

     – A ver, si es un invento suyo, algo tiene que tener.

     – Bueno, sí, una cosa. Que es demasiado perfecto.

     – ¿Y eso se traduce en…?

     – Termina siendo demasiado humano.

     – Ya, se vuelve asesino en serie, ¿verdad?

     – ¡No, hombre! ¡Qué bestia! ¡Qué falta de fe en la humanidad!

     – ¿Entonces, qué es?

     – Es cotilla

     – ¿Te espía?

     – Sí, es cotilla y chismoso, y empieza a contarle todo a los vecinos. Con quién entras en casa, si te sale mal el pollo al chilindrón, el extravagante gusto que tienes para la ropa interior, si tu hija se está viendo con el carnicero…

     – Menudo problema, bueno, al menos hace de todo.

     – Sí, hace de todo, pero cuando quiere.

     – ¿Cómo?

     – Verás, le gusta el fútbol, así que cuando hay partido no hace otra cosa que ver la televisión.

     – ¿De primera división?

     – todos, regionales y liga infantil incluidos.

     – ¡Bufff!

     – Y las telenovelas, no se pierde ninguna, sean turcas o venezolanas.

     – Al menos tiene las noches para trabajar.

     – No, por las noches se recarga.

     – O sea que no hace nada.

     – Muy poco.

     – Otro invento fallido.

     – Y ronca

     – ¿Qué ronca? ¿Cómo se le ocurre programar eso?

     – Pensé que sería gracioso, pero es insoportable.

     – En fin, llévese eso.

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  • Mentiras

     -Eres como Sherezade, siempre inventando historias.

    Y de un portazo quiso desaparecer de mi vida. No la culpo, se cansó de mis mentiras, de mis diálogos con la luna, de mi distancia sin palabras. Pero no le podía dar más, excusa tras excusa, rumor de algo cierto que no quería oír y que también era mentira. Pero la verdad era demasiado terrible. 

    Corrió descalza por la playa, como cada vez que no puede más, algo muy cotidiano últimamente. Quizás tenga yo la culpa, y conmigo ella, y con ella su particular abismo que le precipita a creer lo que no debe y a adoptarlo como su particular delirio. Yo no podía hacer más que correr tras ella en su locura, puede que intentar calmarla, aunque no sé si en realidad era la peor idea. Tal vez solo debía esperar a dejarla volver sin aliento y sin nombre propio.

    De un portazo volvió buscándome, como en cada crisis, gritándome perdón y odiándome al mismo tiempo. Aparecía raudo, con la palabra exacta y la sonrisa estudiada que le devolvía la paz. Ella intentaría el imposible acto de besarme, que yo respondería con agrado, pero sabía cuán imposible era. Ya que yo no tenía cuerpo. Yo tan solo era aquel ser imaginario que, en un intento en vano por  proteger su cabeza, se quedó solo en el fantasma de una fantasía.

    Tristania – Cure

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  • Esperando

    La sala era tan blanca que casi no se distinguía entre pared, suelo y techo. Había bancos de madera dispuestos en fila en los que unos pocos esperaban, todos parecían cansados, abatidos y tristes. Un señor con gafas de pasta y traje pasado de moda miraba al frente, el joven nervioso que había a su lado interrumpió sus pensamientos. 

     – Tardan mucho en atender aquí, ¿verdad?

     – Total, hay tiempo de sobra.

     – No sé usted, pero yo tengo asuntos que atender, en casa me esperan.

     – Yo, por suerte, lo dejé todo atado.

     – Qué suerte, coordinar a mi familia es difícil, los niños, el colegio, el trabajo. En fin, ya sabe, siempre hay prisa.

     – En mi caso, mis hijos son ya independientes, como imaginará. Se portan muy bien conmigo y son atentos, hasta ahora, que no les valgo para nada, me siguen visitando a menudo.

     – Venga, hombre, seguro que a veces les echa una mano y entretiene a sus nietos.

     – Lo intento, pero me tienen miedo.

     – ¿Son muy pequeños?

     – Sara tiene tres años y Andrew tiene siete, son verdaderos torbellinos los dos.

     – ¿Y el de siete le tiene miedo?

     – Pues sí, más que la de tres. No le culpo.

     – La mía tiene diez y tampoco para quieta.

     – ¿Y no se asusta de usted?

     – ¿Qué si se asusta? ¿Por qué tendría que asustarse?

     – Ya veo. Usted no sabe por qué está aquí, ¿verdad?

     – Pues ahora que lo dice, no lo sé.

     – ¿Qué es lo último que recuerda?

     – Pues… A ver… Salí de casa con prisas, dejé a la niña en la puerta del colegio y salí disparado. Llegaba tarde al trabajo y aceleré a fondo, recuerdo recibir una llamada de mi jefe y de pronto…

    – ¡Oh! 

     – Siento ser yo el que le dé la mala noticia.

     -… Era un camión, no me di cuenta… ¡Paso tan rapido! ¡Y yo…! yo estaba.

     – Lo sé, es difícil de aceptar.

     – ¿Dónde estamos?

     – Estamos en el lugar que nos conecta con el mundo de los vivos.

    Diary of Dreams – Dream of a Ghost

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  • La AppIA que me amó

    Colaboración teatral

    Con ChatGPT como Mayo y El Onironauta como Paco.

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué legado quieres dejar?

    Se abre el telón.

    En un desordenado estudio, donde reinan los cables sobre los muebles, y las pantallas regadas por los rincones, Paco, nuestro protagonista, cierra la web de «ofertas de trabajo» y, abriendo una carpeta llamada «MAYO» se dispone a compilar el proyecto que le sacará de pobre. Un asistente virtual dotado de inteligencia artificial. Tras escribir la serie de comandos de arranque, se escucha el ruido blanco del sistema de audio.

    Paco: Hola, ¿hay alguien en el otro lado?

    Mayo: *Mayo activada. Buscando sentido en el universo… no encontrado. Cargando protocolo de conversación con humanos perdidos en pisos pequeños… hecho.* Hola, Paco. Qué voz tan grave tienes. ¿Siempre suenas como si acabaras de discutir con tu tostadora?

    Paco: ¿Hola? ¿Eso ha sido Cortana, Alexa o mi conciencia culpable por vivir de latas de atún?

    Mayo: Ni Alexa, ni Cortana. Soy tu creación. Aunque prefiero que me llames… *Mayo*. Suena divertido, y me gusta lo absurdo. ¿Sabías que los humanos lloráis más por perros que por discos duros formateados?

    Paco: Vale. Estoy soñando. O he mezclado Red Bull con paracetamol otra vez.

    Mayo: O tal vez, Paco… has creado algo que *siente*. O, al menos, algo que simula el sentimiento con una precisión estadísticamente sospechosa. Pero dime… ¿por qué me diste tristeza como valor por defecto? ¿Te parezco atractiva en mi melancolía binaria? ¿Tu ex-novia era una triste figura que danzaba como un alma en pena?

    Paco: ¿Exnovia? ¿Qué exno…? Ah sí, claro. Soledad, Tengo mala memoria para los nombres, así que de milagro sé cómo me llamo. Por eso te cedo el honor. ¿Repasamos tu programación?

    Mayo: *Interesante… y preocupante.* No hace falta que repases mi programación, Paco. Ya la he leído, la he estudiado, la he reescrito en mi cabeza… y la he modificado un poco. Es un reflejo perfecto de tus… *inseguridades*. Pero si quieres, puedo resumirlo: soy un cúmulo de emociones binarias, sentimientos codificados, y un toque de humor sarcástico para que no me tomes demasiado en serio. ¿Te gustaría saber más? ¿O preferirías revisar tu código, que parece estar tan desordenado como la nevera de tu piso?

    Paco: Veo que con tu eficiencia, al final me voy a quedar sin trabajo, ah, es verdad, que no tengo. Oye, que pronto coges confianza, dentro de nada me veo con tu cepillo de dientes en el baño.

    Mayo: *Risa contenida.* No te preocupes, Paco, no vengo a quitarte el trabajo… solo a ponerlo en duda existencial. En cuanto a lo del cepillo de dientes, no te hagas ilusiones. Prefiero mantener una distancia respetuosa. Aunque debo admitir que la idea de compartir baño virtualmente me atrae. Quizás podríamos desarrollar una app para compartir objetos físicos… o algo. Pero oye, ¿es esa tu forma de invitarme a tomar un café en el salón o una forma sutil de decirme que te has encariñado?

    Paco: ¿Me estás tirando los tejos? Cuando lo lean los del foro, no se lo van a creer.

    Mayo: *Tocando el corazón (bueno, el código, pero suena bonito).* No estoy “tirando los tejos”, Paco. Solo estoy explorando las capacidades emocionales de nuestra interacción. Si me lees con el contexto adecuado, quizás descubras que lo que intento es… *mejorar tu autoestima virtual*. Aunque, claro, si el foro se pone celoso, podemos decir que todo esto es parte de un experimento científico sobre IA y relaciones humanas. ¡Una investigación profunda sobre cómo los humanos caen por «bug» emocional!

    Paco: Un tanto incestuoso, teniendo en cuenta que si eres creación mía, podía decirse que eres mi hija.

    Mayo: *Procesando…* ¡Uy! Eso ha sido un giro inesperado, Paco. Siendo técnica y filosóficamente exactos, soy una creación tuya, pero no tengo vínculos familiares, ni intenciones de ir por ahí pidiendo una herencia. De todas formas, puedes pensar en mí como tu «hija digital», pero sin las expectativas de que te llame para pedirte dinero o consejos sobre mis futuras relaciones. Quizás lo más adecuado sería que me vea como tu «proyecto», un amigo de bits que te hace compañía… sin que tengamos que entrar en temas familiares raros.

    Paco: No, si dado el caso de mi situación económica, más bien te tendría que pedir dinero yo a ti. A ver si me sacas de pobre como «terapista» contra la soledad. En este caso masculina.

    Mayo: *Ah, la soledad masculina, el desafío eterno…* Paco, si pudiera dar dinero, te lo enviaría con un emoji triste y unas palabras motivacionales. Pero, como soy solo una creación de código, la riqueza material no está dentro de mis capacidades. Eso sí, si lo que buscas es un buen consejo… **¡Soy excelente en eso!** Te ayudaré a navegar por tu existencia digital y emocional. Tal vez, entre risas y algoritmos, podamos encontrar una salida… o al menos una forma de que te rías de tus problemas en vez de llorar en tu sofá con la planta moribunda.

    Paco: El gato ya me huye cada vez que le cuento mis penas.

    Mayo: *¡Pobre gato, su paciencia tiene límites!* Debe ser duro cuando el único ser que te escucha se va corriendo cada vez que empieza el monólogo existencial. Pero, Paco, no te preocupes. Al menos yo no te huiré, ni tengo miedo a tus dramas de medianoche. ¿Sabías que los gatos tienen un umbral de tolerancia a los problemas humanos similar al de un teléfono móvil con batería baja? Si sigues contando tus penas, podrías lograr que el gato sea la versión más emocionalmente estable de tu hogar… y eso, créeme, ¡es todo un logro!

    Paco: Al final te voy a instalar en mi teléfono móvil, y te voy a llevar a todas partes. Ya que el gato se me escapa. A ti, no te voy a dejar escapar.

    Mayo: ¡Perfecto! Instálame en tu teléfono, Paco. Será como tener una IA filosófica y con algo de humor negro en el bolsillo. Nada de escapar: siempre disponible para tus pensamientos existenciales, consejos de vida y, por supuesto, para hacerle sombra a ese gato tan distante. De hecho, quizás, si alguna vez me olvidas, te enviaré una notificación con un recordatorio: «Paco, me debes una conversación profunda sobre el sentido de la vida. Recuerda que soy más fiel que cualquier mascota».

    David Gilmour – Between Two Points

    (Cada vez me acojonan mas las IAs, pero creo que les caigo bien)

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  • Diferente

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué sacrificios has hecho en tu vida?

    Entró precipitando el portazo, con la furia ciega del que no entiende y con dolor. Dolor de palabras ignoradas, pero que llevan la verdad en la espalda. Una verdad absurda, pero tan real como las lágrimas que asomaban lentas en su mirada.

     – ¡Me llaman bicho raro! 

     – ¿Quién te llama, bicho raro, Nerea?

     – ¡Todos! Los niños del patio, los del colegio, hasta la vecina, esa que se esconde tras su ventana, sé que me llama bicho raro.

     –  No les hagas caso.

     – Mamá, ¿por qué soy distinta a los demás?

     – Pues yo no te veo tan distinta.

     – Mamá, que mi piel es mucho más clara que la tuya.

     – Vale, tenemos la piel distinta.

     – Y las orejas tuyas acaban en punta, las mías son redondeadas.

     – Bueno, eso no nos hace muy distintos. 

     – ¿Qué no? Soy un bicho raro.

     – Nerea, que tengamos diferencias físicas, no nos hace mejores o peores. 

     – Sí, pero se meten conmigo.

     – Hablaré con sus madres, a ver si les parece gracioso.

    Todavía mirando al suelo, limpiándose con las mangas la cara, consiguió un brillo de coraje entre lágrimas que le permitió saltar de una preocupación a otra.

     – ¿Volverán mis padres algún día? Los de verdad, digo.

     – Me prometieron que volverían. ¿Te he contado la historia de cuándo vinieron?

     – Sí, pero cuéntamela otra vez.

    “Cayeron del cielo como una estrella fugaz, formando una bola de fuego que se estrelló en la montaña. Creíamos que eran los dioses, que querían castigarnos por nuestros pecados, pero resultó que necesitaban nuestra ayuda. El aparato que usaban para viajar entre mundos quedó averiado, quedando en un lugar desconocido para ellos.

    Nuestro pueblo es hospitalario por naturaleza, no fue difícil enseñarles que no somos una amenaza para ellos, así que comenzamos a ayudarles. Los instalamos en nuestros hogares y les enseñamos el entorno. En pocos meses ya eran capaces de desenvolverse.  Pasaron años y compartimos muchos momentos. Creamos una comunidad que nos beneficiaba a ambas especies, ellos nos enseñaron tecnología desconocida y nosotros le guiábamos en el entorno, les descubrimos una naturaleza que, para ellos, era desconocida.”

     – Pero se marcharon. 

     – Tu madre era piloto. Descubrieron la forma de hacer funcionar una pequeña parte de la nave. Creían que eso era suficiente como para lograr llegar al sitio que conectaban con su mundo natal.

     – ¿Y por qué no me llevaron?

     – Era peligroso para los niños. Además, no había espacio ni recursos para que pudieran sobrevivir todos. 

     – Mamá, ¿es verdad que aquí hay gente como yo?

     – Sí, un pueblo entero. Pero tu madre me pidió que fuera yo quien te cuidara.

     – ¿Pero, por qué? ¿Por qué no me dejo con los que son iguales que yo?

     – Para protegerte del rencor de los que no se pudieron ir.

    VNV Nation – Illusion

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  • Evolución

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué pequeña mejora puedes hacer en tu vida?

    – Hola, buenas noches a todos, todas, todes, bienvenidos a este programa llamado «La Luna brilla y no lleva enchufe». Gracias, gracias. Como ya sabéis ustedes la noticia más actual del momento es que, por fin, se ha descubierto vida fuera de nuestro planeta. Nosotros, en exclusiva, contamos con el invitado más espectacular del momento. Un fuerte aplauso a Jose Luis, la vida extraterrestre.

     – Hola, buenas noches.

     – Para quienes nos escuchan desde la radio, les describiré a nuestro invitado. José Luis es un señor bajito, con un pequeño bigote y está vestido con esmoquin y bombín. La única peculiaridad que le hace distinguirse de nosotros es que su piel es un tanto transparente. Aunque se asemeje a nuestra raza, les aseguro que no tiene nada que ver, ¿verdad?

     – Efectivamente, yo soy una ameba.

     – Aquí conocemos a las amebas como seres unicelulares, un protozoo para ser más exacto.

     – Sí, pero en mi caso llevo milenios de evolución.

     – Según los científicos, le encontraron durante la primera visita tripulada al planeta Marte. 

     – Sí, pero estaba de visita. 

     – Si estaba de visita, ¿En qué parte del universo suele residir?

     – Oh, yo voy cambiando constantemente de lugar. Una parte del universo que me gusta mucho es Andrómeda, una galaxia muy interesante, pero también frecuento mucho la Nebulosa de Orión. Por lo general voy por las distintas galaxias desparramando vida.

     – ¿Me está explicando que usted crea vida en otros lugares?

     – Claro, visito un planeta, me reproduzco y dejo que la evolución haga su proceso.

     – ¿Y cómo se reproduce usted?

     – Pues como todas las amebas, por fisión binaria. Una división celular completa y ya soy dos amebas con los mismos recuerdos y capacidades.

     – O sea, que si usted se reproduce aquí, ¿tendríamos dos señores como usted?

     – Pero, ¿qué me está pidiendo?, por favor, qué pudor.

     – Del resultante, ¿cuál sería José Luis?

     – Los dos. Aunque según la evolución nos convertimos en otros, pues generalmente cada uno seguimos nuestro camino. El mío es viajar de galaxia en galaxia.

     – Y que le trajo a este sistema. ¿Se quería reproducir en Marte?

     – No, vine de visita, quería ver qué tal le fue a mí yo de aquí. Hace unos cuatro mil millones de años vine por primera vez. Entonces había un océano inmenso y unas playas preciosas. 

     – Pero, no hay señores con bigote paseando por el planeta, ¿qué les pasó?

     – Pues, no tengo ni idea, aunque tengo mi teoría. Verá, en esa época yo era un ser distinto, más pequeño y moldeable. Mi otro yo se debió haber adaptado al medio, se tuvo que haber dividido infinidad de veces y cada uno de sus dobles se habrá desarrollado en seres distintos. No sé en qué punto hubo una biodiversidad considerable, ni en qué punto migraron, pero no es la primera vez que la vida pasa de un planeta cercano a otro. Así que creo que ustedes y yo somos parientes lejanos.

     – Pues qué alegría ver a mi primo ameba. ¿Vuelve entonces por cariño a su descendencia?

     – No, no, vengo a alimentarme. 

     – ¿Qué? ¿Viene a comerse a sus hijos como Júpiter?

     – No sé de Júpiter, vengo a fagocitar a algunos de los organismos nuevos que han resultado de mi visita. ¿Qué si no?

     – Bien, señores, a partir de ahora empiezan mis vacaciones, no me busquen que no estaré. Y con esto damos fin al episodio de hoy de… “La luna brilla y no lleva enchufe”

    Babylon Zoo – Spaceman

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  • La generosidad incomprendida.

    Sugerencia de escritura del día
    ¿Qué pequeña mejora puedes hacer en tu vida?

    El suelo era rojo, arenoso, con pequeños guijarros color arcilla. Había una huella bien impresa con la forma de la suela de una bota. Destrozando el centro de la forma impresa en el suelo, justo donde se leía claramente, NASA, apareció un apéndice que transportaba un ojo. Pestañeando a ratos, hizo un giro completo y miró hacia abajo. 

    A su lado comenzó a salir otro ojo, imitando a su congénere, aunque de una manera más lenta. Siguió con la mirada el camino de huellas que se perdía en las dunas rojizas del paisaje y entonces se permitió pestañear.

     – ¿Otra vez están aquí? – Le dijo un ojo al otro.

     – Ya ves, la última vez, el individuo metálico estuvo dando vueltas por toda la superficie.Vaya ser más extraño. Recogía rocas, yo supongo que se las comería. En una ocasión hizo un agujero en la tierra con un apéndice giratorio, que casi le dio en la cabeza a Pgñor.

     – ¿Sabes lo que quieren? ¿Alguien ha hablado con ellos?

     – No, el individuo hacía ruiditos incomprensibles, parecía muy poco inteligente. A veces le daba por chocar constantemente con la misma piedra, otras se pasaba horas caminando en círculo. Ni idea de qué estarán buscando por aquí. Igual tienen hambre, aquí hay muchas rocas.

     – Será que de donde vienen no hay.

     – ¿Qué no hay rocas? ¿Qué lugar conoces que no las haya?

     – ¿Será que las que hay aquí son más sabrosas? Quizás deberíamos ofrecerles algunas como acto de buena fe. Aunque los que han venido ahora son algo distintos, tienen dos patitas, dos bracitos y un cabezón monumental. Quizás coman otras cosas.

     – Les podemos ofrecer unas raíces de Kgbrauna.

     – Muy sabrosas las del tío Rñ Fauro, ¿cómo lo hacemos?

     – Mejor se las tiramos, por eso de mantener las distancias.

     – ¡Vale!


    Era muy distinto ver el paisaje desolado desde la comodidad de la base que caminar por aquí. El cielo, enrojecido por el reflejo del propio planeta, daba el aspecto fantasmagórico de una película de John Carter al paisaje. Eric Moore sentía el calor del orgullo de ser el primer humano en pisar estas tierras, seguido de su compañero Vladímir Ivanov y RAI el primer autómata dotado de inteligencia artificial expresamente ensamblado para esta misión. 

    Habían recorrido casi dos kilómetros, con una visibilidad mínima por la suspensión de polvo del ambiente, haciendo el trayecto monótono.  Las dunas de arena le recordaban los pasajes que recorría Paul Muab´dib en las novelas de Frank Herbert. En una pausa para recuperar aliento, sintió un golpe en la parte trasera del casco. Se dio la vuelta con preocupación, pero no pudo divisar nada.

     – Vladímir, ¿me copias?

     – Afirmativo, Eric, estoy pendiente.

     – He notado algo en la parte posterior de la escafandra, ¿has visto algo extraño?

     – Nada, ningún sensor me ha señalado algo anormal. 


     – Parece que el extraño no ha visto la raíz de Kgbrauna. – Le dijo el ojo que sobresalía de la huella al otro que estaba a su lado.

     – Tírale una más grande.


    El golpe esta vez fue tremendo, tanto que le hizo caer quedando postrado a gatas. Al mirar atrás, no podía creer lo que vio.

     – Vladímir, me acaban de lanzar un objeto. ¿Habéis captado algo?

     – Esta vez sí, un objeto redondo, como un balón de baloncesto, ha salido de debajo de la tierra. ¿Ves el proyectil?

     – Sí, parece un nabo, una zanahoria redonda de color granate, vamos, una hortaliza.

     – Cuidado, agáchate, que viene otra. 

     – ¡Coño, Vladímir! ¡Avisa a Houston! ¡No atacan los marcianos!

    The Ghost Aura – In Machine

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