Categoría: Ciencia Ficción

  • Viaje astral

    Viaje astral

    Ahí estaba ella: pálida, inmóvil, objeto dormido en el tiempo, esperando vida bajo un corazón que aún latía.

    Nadie nos prepara para esto. Pero es el único modo.

    Todo comienza con un disparo sin materia. La máquina arranca la mente de su envoltura carnal y la lanza al espacio. La canaliza por densos conductos invisibles, arrastrándola hacia su destino, lejos, cruzando el infinito.

    Arrastrarás el frío inmenso hacia el nuevo cuerpo que yace ignorando su destino. Y palpitarás con su sangre, llenándolo todo. Penetrando por la médula espinal hasta el cerebro. Allí se encenderá la noción del tiempo, y cortarás el vínculo antiguo que terminará pereciendo.

    Te sentirás viva de nuevo.
    Pero también habrás muerto.


    Proyecto Astral – Protocolo Nº 17

    Nivel de acceso: restringido. Difusión no autorizada.

    Objetivo:
    Desacoplar la conciencia de su huésped biológico y transferirla a un recipiente alternativo.

    Procedimiento:

    1. Estimulación neuroeléctrica inicial (0,7 segundos).
    2. Separación mente/materia: fase de vacío inducido.
    3. Canalización a través de túneles de tránsito cognitivo.
    4. Inserción en huésped secundario (preferible estado de inconsciencia).
    5. Corte definitivo del vínculo original: el cuerpo inicial deja de sostener la identidad.

    Efectos esperados:

    • Sensación de muerte parcial.
    • Reconexión gradual de noción temporal.
    • Activación autónoma del nuevo organismo.

    Efectos colaterales registrados:

    • Pérdida de memoria episódica.
    • Disociación emocional persistente.
    • Ansiedad existencial recurrente.

    Nota del operador:
    “Se confirma la dualidad: para que uno viva, otro debe morir. La máquina no crea, sólo transfiere.”

    Jon Hopkins – Emerald Rush

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  • Lejos…muy lejos

    Lejos…muy lejos

    Querida Soledad:

    Me sigue resultando extraño que volvamos a depender de un medio de comunicación tan lento, casi arcaico, pero es lo único que tenemos. La promesa oficial es que todo cambiará pronto, que estamos viviendo el inicio de una nueva era y que vendrán sorpresas agradables para quienes no teman al trabajo duro y al sacrificio. Quizá sea cierto, pero a veces la vida aquí es tan distinta que parece que nos hubieran arrancado de la tierra para injertarnos en otro sueño. Y cuesta. Cuesta mucho adaptarse.

    Sin embargo, no todo es desolación. Esta soledad compartida nos une. La mayoría hemos dejado un mundo por perseguir una ilusión, y en ese abandono hemos encontrado una hermandad inesperada. Haces amigos que parecen familia, y los superiores nos tratan con una humanidad que sorprende en un contexto tan duro. Echo de menos a los míos, claro, pero siento que los vínculos que aquí se tejen no se rompen jamás.

    La comida es otra revelación. La naturaleza es exuberante, y nos obliga a reinventar el paladar. Algunos cazan, otros pescan criaturas que jamás soñamos. Yo aún no me atrevo a esas aventuras, pero recolecto frutos para la comunidad. Es un espectáculo ver la abundancia: árboles cargados de pulpas luminosas, semillas dulces que parecen hechas para ser compartidas. Nunca pensé que un lugar tan lejano pudiera alimentarnos con tanta generosidad.

    Hay mucho trabajo, eso sí. Los pequeños poblados se multiplican como semillas al viento, y cada cual intenta levantar su aldea y dotarla de comodidades mínimas: agua, refugio, calor, comunicación. Estamos inventando un mundo desde cero, ladrillo a ladrillo, palabra a palabra. Y entre todos nos sostenemos.

    Se buscan manos, siempre faltan manos. Pero en ese vacío está mi esperanza: dicen que pronto las familias de los colonos serán las primeras en llegar. Sueño con ese día en que pueda solicitar tu traslado, y entonces este paraíso dejará de ser un exilio para convertirse en hogar.

    Quiero que lo veas con tus propios ojos. Las puestas de sol aquí son un incendio líquido que tiñe las montañas de púrpura. Pero es en la noche, cuando las dos lunas levantan su resplandor gemelo y el cielo se abre como un océano profundo, cuando me siento más cerca de ti. Pienso en ese punto azul perdido en la distancia, donde sigues existiendo, respirando, esperándome.

    Hoy consigo enviarte un par de imágenes. Apenas nos dejan más: el flujo de datos es escaso y vigilado. Pero pronto, con la apertura del portal, nos dicen que todo cambiará. La distancia se volverá más corta. La espera, más leve.

    Te echo de menos en cada aurora y en cada silencio.
    Tuyo siempre,
    Abel

    Glasvegas – Please, Come Back Home

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  • Portal resplandeciente.

    Portal resplandeciente.

    —Cálculos completados, profesor.
    —¿Coordenadas correctas?
    —Margen de error: 1,27 metros.
    —¿Y la unidad móvil inteligente?
    —Sobrevolando la zona.
    —¿Podemos comunicarnos con ella?
    —Sí, pero con un desfase de treinta y cuatro minutos y dieciocho segundos. ¿Desea establecer comunicación?
    —No. Abramos el portal.

    El resplandor cegó a todos los presentes. Una luz que lo profanaba todo: cuerpos, trajes, muros de aleación metálica. Pronto no sería más que un estallido; entonces podrían cruzar.

    El resplandor fue fiero como el Lebren al acecho. Pero no lo suficiente para traspasar los cascos de caparazón. La tribu rodeó el fenómeno: el cielo los había advertido y estaban preparados.

    —Padre Aldana, ¿serán peligrosos?
    —Estos no. No lo creo. Pero debemos ser precavidos. Mostrarnos capaces. Vendrán pronto. ¿Estás listo?
    —Sí, Padre, lo estoy.
    —Ya se apacigua la estrella. Ocupa tu puesto. Mueve tú la primera ficha.

    El resplandor se hizo agujero. Azul como el cielo del lugar al que llegarían. Vomitaba aire puro, restos de roca, hojas verdes de árboles heridos. La habitación equilibró la presión: ya solo era una puerta.

    —¡Rápido, todos a cruzar! No podemos perder ni un minuto.

    Entraron corriendo, sin pensar en las consecuencias. Los cinco exploradores cayeron al suelo, víctimas del cambio atmosférico. El profesor no. Avanzó erguido, empuñando su bastón, con una sonrisa de felicidad.

    Observó a su alrededor y comprendió con sorpresa que estaban rodeados. A pocos metros, un joven alto, vestido de cuero gris, habló:

    —Darak ek amun! Darak.

    El traductor tardó veintiocho segundos en asimilar el idioma. El viejo profesor ensayó una respuesta:
    —Mi gente y yo os saludamos también.

    —¿Qué les trae a nuestras tierras, forasteros?
    —Somos pacíficos. Venimos a aprender. Quizás a comerciar. Denos tiempo: nuestro traductor todavía está asimilando su lengua.

    Mientras los demás, confusos, luchaban por mantenerse en pie, el profesor ya estaba a la altura de su anfitrión. La formación de los indígenas se abrió. Un anciano, vestido con una bata blanca, se acercaba lentamente.

    —Drain, no seas descortés con nuestros invitados. Tendrán hambre después de un viaje tan largo.
    —En verdad no ha sido un gran esfuerzo —intentó explicar el profesor.
    —Claro. Comprendemos el uso de portales para trayectos extremadamente largos. Pero querrán probar nuestra cocina.

    El anciano dejó escapar una leve sonrisa. El terrícola, incrédulo, respondió:

    —Inaudito. Ya me parecía extraño hallar humanos a tantos años luz de mi hogar. Pero vuestra apariencia y vuestro conocimiento de la ciencia me superan.
    —Quizás lo que nos hace sabios —replicó el anciano— es saber gestionar lo que sabemos.

    Lindsey Stirling – Artemis

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  • Añorando océanos lejanos

    Añorando océanos lejanos

    El blanco reinaba en la estancia: suelo, paredes, luces, incluso la diminuta camilla flotante que transportaba el cuerpo inerte de una mujer. Solo un destello verde rompía la monotonía del lugar, situado al lado izquierdo de su cabeza. Explicaba que ella estaba viva.

    La pared se rasgó formando una boca abierta. Por ahí entraron dos seres grises, pequeños y en apariencia desnudos. Rodearon la camilla y pulsaron mandos invisibles tras la caída de su pelo negro.

    —Ya está preparada, ¿qué hacemos con ella?
    Esperar.
    —¿Vamos a inyectarle fluidos?
    No, los experimentos los prohibieron.
    —¿Nos la vamos a comer?
    ¿Para qué nos la vamos a comer?
    —Yo qué sé. Er’chupè dice que las criaturas de la Tierra están ricas.
    Er’chupè necesita proteínas, además, solo come ganado.
    —¿Y ella no es ganado?
    No, es de una especie pensante.
    —Ah, como Er’chupè. Entonces es para tener sexo. ¿Dónde están sus esporas de Gñum?
    Nada de sexo.
    —Uf, menos mal, qué asquito. Con esa piel tan lisa y ese pelo negro ahí… Entonces, ¿qué vamos a hacer con ella?

    La apertura de la pared volvió a abrirse hacia la oscuridad. De ella salió otro ser, exactamente igual a los anteriores, pero con una banda plateada de color morado. Tomando por sorpresa a los que estaban en la sala, dijo:

    Vamos a iniciar el protocolo de primer contacto.
    Ostias, L’idl, ¿en serio?
    Sí, vamos a empezar por este espécimen humano. ¡Despiértela ya!
    Sí, claro… ¿y qué le decimos?
    Pues no sé, es mi primer “primer contacto”. Que venimos en son de paz y eso.
    —Sí, claro… ¿y si nos pregunta por qué hicimos esas figuras en sus cosechas?
    Le decimos que eran mensajes… felicitándoles el Dih’ad’carnavahl.
    Ese día ya lo celebraste tú. Te dijimos que no tomaras agua salada, que sabes cómo nos ponemos.
    —Sí, L’idl, te pasaste la noche derrapando con la nave. Por los sembrados de los terrícolas.
    Bueno, fue sin querer.
    —Pero te gustó, L’idl, lo repetiste varias veces.
    Bueno, le echamos la culpa a Er’chupè.
    Sí, claro… Bueno, y a todo esto, ¿por qué un primer contacto? ¿Qué necesidad hay?
    Orden de Ehr’presidenth.
    ¿El mismo que nos hacía experimentar con los humanos?
    ¿Quién si no?
    —¿Y qué ha hecho ahora?
    ¿Sabes esas lucecitas que son muy bonitas, flotan en el aire y no hacen nada más?
    ¿Te refieres a la estafa de los Ragalianos?
    Exacto. Ha comprado millones de ellas.
    Ah, claro, se las quiere vender a los humanos.
    Sí, ese es el plan.
    Vale, será fácil. ¿Pero a cambio de qué?
    —Agua salada. Tienen mucha.

    The Interrupters – Alien

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  • Zona de Confusión

    Zona de Confusión

    En las barricadas, un militar con un walkie gritaba sin cesar. Estaba tumbado en el suelo, recostado sobre los sacos, aunque no tenía aspecto de herido. Un poco más alante, el mundo era un caos: humo negro que se enroscaba en espirales, disparos de ametralladora que resonaban como tambores, sirenas azules que cortaban la oscuridad y el chirrido de frenos que se mezclaba con gritos lejanos. Chispas de luz intermitente iluminaban rostros sudorosos y armas temblorosas mientras el reportero llegaba desde la zona segura, agachándose con cautela, cámara en mano, observando cada movimiento.

    —Seguimos en directo desde la zona segura frente al Congreso. Aquí lo hemos encontrado: es el comandante de la UME, ¿o me equivoco? ¿Es usted quien comanda la defensa?

    —Pero… ¿quién es usted? ¿Cómo cruzó el perímetro de seguridad? Está en grave peligro.

    —Sí, lo sé, tengo experiencia en conflictos bélicos. ¿A quién nos enfrentamos exactamente? ¿Terroristas islámicos?

    —Mire usted, tras este muro de defensa reina el caos. Las explosiones y el humo nos ciegan; no podemos abatirlos. Esto es un desastre absoluto. Cada minuto que pasa, más civiles quedan atrapados. ¿Y usted quiere entrar en la zona?

    —Señor, los ciudadanos tienen derecho a saber lo que ocurre; llevan dos días con la zona acordonada. ¿Qué está pasando?

    —Tienen bloqueada la entrada de la Moncloa. No puede entrar nadie.

    —Pero, ¿están secuestrados?

    —No lo sabemos. Lo único que sabemos con certeza es que nadie puede entrar ni salir.

    —Pero dentro está el presidente del gobierno y…

    —Y el de la oposición; están la mayoría de los diputados, muchos civiles, compañeros suyos…

    —Pero, ¿qué quieren? ¿Qué piden?

    —No tenemos idea, ni siquiera podemos comunicarnos con ellos.

    —¿Han intentado comunicarse con ellos? ¿Qué barrera hay? ¿Idiomas? Si les sirve de ayuda, conozco varios idiomas, incluyendo francés y árabe.

    —¿Sabe hablar con las cucarachas?

    —¿Qué?

    —Que sí sabe comunicarse con las cucarachas que bloquean el paso.

    —¿Qué tipo de jerga es esta? ¿A qué se refiere?

    —Me refiero a que quien está bloqueando el paso al Congreso son estos insectos.

    —¿A esos bichos que se pisan y ya está? ¿Han probado a fumigarlos?

    —Lo hemos intentado todo. Matamos a miles, a millones, pero siguen apareciendo. Emergen de alcantarillas y cañerías como un ejército interminable. Cada vez que disparas, otro surge, coordinados, impasibles. Es un horror.

    —Pero, ¿son lo suficientemente fuertes como para atacar?—No lo sé, pero alguien tuvo la brillante idea de darles AK-42 viejas, y ahora disparan a quien se aproxima. Sus ojos brillan como carbones encendidos, y cada movimiento parece calculado, como si supieran exactamente a quién apuntar.

    Skeng – The Bug

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  • Like for alien love

    Like for alien love

    —Hola, mi amol. 😘
    —¿Qué? ¿Quién eres? ¿Dónde estás?
    —Tranqui, mi amol. Estoy a años luz, pero contigo.
    —¿De qué me estás hablando? ¿Quién eres?
    —Mi nombre real es impronunciable. Nos pareció más estético que me llames Yesenia, nombre común de tu planeta.

    —¿Y por qué suenas en mi cabeza?
    —Usamos una proyección telepática, muy soft, sin lag. Felicidades, broh: estás en un primer contacto.

    —¿Primer contacto de qué? ¿Quién o qué eres?
    —Relájate, broh. Detectamos residuos de vuestra comunicación global. Dijimos: si esto es vuestra lengua oficial, pues respondemos.

    —¿Qué residuos? ¿De qué comunicación hablas? ¡Yo no me he comunicado con nadie!
    —¿No? ¿Eres algún tipo de filósofo desconectado, rollo ermitaño digital?
    —No, soy alguien normal que no entiende ni la mitad de esto.
    —¿Los normales no entienden?
    —Claro que sí. Pero no nos habla un alien cada mañana. Porque… eres una alien, ¿verdad?

    —Sí, una extraterrestre con ganas de conoceros. Vivo en Cdrëwfaesf, barrio oeste de la Nebulosa de Orión. Y traemos solo buen rollo: un intercambio cultural.
    —Ah, vale. ¿Y el intercambio empieza con susto? ¿Dónde está el regalo?
    —Es metafórico.
    —¿Como el metaverso?
    —Casi. Queremos obsequiaros con algo útil.
    —Yo quiero un coche.

    —¿Qué?
    —Que si vais a regalar cosas, que sea un coche.
    —¿Cómo puñetas íbamos a mandaros un coche a través de una señal mental?
    —¡No sé! ¡Fuiste tú quien ofreció algo!
    —Me refería a conocimiento útil.
    —Pues un coche sirve.

    —Te vamos a dar algo mejor: la fórmula química para generar energía a través de tubérculos, cariño.
    —¿De ver culos?
    —Tú no estás bien. TUBÉRCULOS. Malangas, en concreto.
    —Eso ya está en OnlyFans. ¿Quieres abrirte cuenta?
    —No, mi amor. Quiero darte la fórmula y cerrar este contacto en plan elegante.
    —Bueno, pues dame la dichosa fórmula.

    —Apunta:
    C₆H₁₀O₅(n) + δ(enz-A₃) → ΔΨ + vapor de raíz + 1,2 mol de jugo conductivo (Jₙ)

    —¿¡Qué coño es esto!?
    —Una fórmula, ¿qué va a ser?
    —No entiendo nada. Ni sé cómo se escribe ese delta-pene-ene cosa rara.
    —Nos dijeron que eras una eminencia en comunicación. Uno de los humanos más representativos. ¿Cómo es posible que no sepas ni transcribir un símbolo griego?

    —Hombre, es verdad que soy uno de los más vistos en TikTok… pero yo hago lipsync, edits de anime y bug exploits de Minecraft. Fórmulas, ni una.

    Die Antwoord – Pitbull Terrier

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  • En el fulgor de antiguos sueños…

    En el fulgor de antiguos sueños…

    Buscando una excusa para encontrarnos a solas,
    me di cuenta de que ya no estabas.
    Te habías ido lejos,
    a aquel país que un día mencionaste,
    y que ya jamás sabría cuál es.
    Pero seguí buscando aquel momento.
    No sé por qué.

    Los primeros días fueron de lluvia y río,
    de recuerdos inauditos:
    algunos falsos, otros fingidos,
    fantasías de un fracaso —
    de un tipo roto que se miente un poco para salir del paso.

    Después llegó la calma,
    y supe míos aquellos instantes
    soñando despierto el sabor de tus besos.

    Pasaron de caricias a palabras,
    y de palabras a hechos.
    Y cuando me di cuenta,
    mi fantasía ya tenía temas inciertos,
    y tú
    ya no estabas en ellos.

    Fue entonces cuando entendí el secreto:
    no eras tú la protagonista de mis sueños.
    Fueron ellos quienes te acogieron unos días,
    solo para darle sabor a las palabras que escribo.

    Ismael Serrano – Sucede que a veces

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  • Informe final del Proyecto TeoNauta

    Informe final del Proyecto TeoNauta

    —¿Tiene ya el informe de la búsqueda de Dios?

    —Sí, Señor Supremo, lo tengo.

    —Bien… ¿Y qué hemos encontrado? Con todo el dineral que nos donaron los fieles, tiene que haber noticias claras, ¿no?

    —Lo cierto es que sí, Señor Supremo. Tenemos algo muy claro.

    —Vale, ¿qué hemos descubierto?

    —Es que… no le va a gustar.

    —Vamos, vamos. No será tan terrible. No creo que haya nada que desajuste mucho nuestra fe.

    —Mejor se lo resumo. Mandamos las balizas a lo largo del universo, como sabe, y llegaron hasta confines insospechados…

    —Exacto, buscando cualquier prueba tangible de la existencia de Dios.

    —Con la información recogida, nuestro superordenador cuántico —enlazado en tiempo real a través del ansible con los sensores remotos— procesó todos los datos.

    —Eso ya lo sabemos. ¿Qué hemos encontrado?

    —Verá… nuestro universo, tal y como sospechábamos, tiene forma de esfera perfecta. Pero no está solo. Existen multitud de universos similares.

    —Sí, y también creíamos que la unión de todos ellos formaría la figura de Dios.

    —Pues… ampliando el conjunto, vemos una especie de órgano.

    —¿Dios es un ser vivo?

    —Sí. Ampliando aún más… tiene forma de animal.

    —¿Un cordero? ¿Una paloma?

    —No exactamente. Se parece más a un caballo. Aunque… distorsionado.

    —¡Ah! Entonces es algo así como Hayagriva.

    —Bueno… da carreritas. Y pasta. Por lo que parece un prado. Aunque no relincha: más bien… grita.

    —¿Grita?

    —Sí. Grita mucho.

    —¿Y nosotros? ¿En qué parte de ese buen animal habitamos? ¿En la cabeza? ¿En el corazón?

    —Créame si le digo que no le va a gustar nada saber en la punta de qué parte estamos nosotros.

    —En fin… si llega la prensa, dígales que fracasamos. Que no conseguimos ver nada más allá del Horizonte Cosmológico.

    Otoboke Beaver – Don’t Light My Fire

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  • Del otro lado del punto final.

    Te ofrezco la palabra: armonía escrita que alimenta tu espíritu, salpicada de matices, forjada por infinidad de mentes girando al son del ocaso; luchando con pluma y tinta para desafiar tu entendimiento y concederte el placer de la confusión, de mostrar el arcano para descubrir el enigma.

    Te ofrezco el lienzo: plasma con tu voz en óleo, recorre la rugosa superficie saboreando la eufonía del pincel tallado. Rasga la materia inerte y dale el brillo de la sombra y la luz de la penumbra. Exprésate en líneas curvas de tiempo ganado al trazar tus sentidos.

    Te ofrezco sintonías de vida alegre, banda sonora de aventuras indómitas en el exilio del sonido: compás que repica en tambores hambrientos de camino por andar, balada que acaricia el alma con acordes de golpes de pecho y lamentos que acompañan el anhelo.

    Te ofrezco acatar tus deseos sin emitir juicios sobre la esencia del resultado, sin importar la dignidad ni el valor del título cerrado del producto. Prometo crearlo a tu imagen y semejanza, darle el soplo de vida y dejarlo a tu lado, esperando la inscripción de tu sello.

    Pero antes, necesito una firma en la línea de puntos de este documento.

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  • The amazing Lagartijoman

    Nuestro personal investigativo ha llegado al fondo del asunto, del hasta hoy llamado «El misterioso reptiloide». El cual ha sido visualizado un par de veces, saliendo del bar Las mejores Croquetas junto con algunos parroquianos de buen nombre, a los cuales, según testimonios de los mismos, los ha salvado en varias ocasiones. Nuestro equipo investigativo y de redacción, nos tiene una reseña exacta del misterioso superhéroe.

    A continuación la historia completa.

    Cada uno de los habitantes de la ciudad lo había visto por lo menos alguna vez, sin percatarse de su existencia. Su nombre no llama la atención, su apariencia corriente: un metro setenta y cinco, desgarbado, casi siempre con jeans y con gafas graduadas. Cada mañana circula por las calles de la ciudad, con su SEAT 127 dirección a la oficina donde trabaja.

    Estuvimos atentos el pasado miércoles, 6 de marzo. Desde su coche y con la ventanilla baja, Felipe Sierra mira al pasar el espectáculo cotidiano. Unos jóvenes empujaban a un anciano para robarle la cartera, todos los viandantes miraban para otro lado, mientras el señor acaba golpeado.

    En este momento, Felipe aparca su antiguo utilitario cerca, fijándose en el altercado, sin perder de vista al grupo de delincuentes que empezaban a propinar una paliza al abuelo. Felipe guardaba un secreto, y sin darse cuenta de que lo seguíamos, siguió caminando dirigiéndose al callejón. Pudimos ver que algo empezaba a cambiar en su cuerpo. Sus ojos marrones se tornaron verdes, su cara empezó a alargarse, escamas en la piel y sus dedos se modificaron en garras. Estábamos estupefactos sin hacer ruido, y en seguida escuchamos un grito.

    – ¡Hostias! ¡Un dinosaurio!

    El delincuente juvenil no sabía que era sentir el látigo de la cola de nuestro héroe, que se abalanzó encima de la pandilla de malhechores, con dentelladas y puñetazos hasta hacer huir a los agresores del desvalido anciano que, arrodillado en el asfalto, le agradecía a nuestro protagonista su rescate con estas palabras.

    – Por favor, no me coma, no me coma.

    – Señor, ¿qué le voy a comer? Yo solo me comería ahora unas croquetas de jamón.

    – ¿Entonces no viene a devorarme?

    – No, los humanos me sientan mal, sabéis a cordero degollado.

    – Entonces permítame invitarle a unas croquetas, en ese bar las hacen muy ricas.

    – Hombre, empezamos bien, encantado.

    – Perdóneme la inscripción, pero es usted muy raro. ¿Es un alienígena de las series de televisión de los años ochenta?

    – No

    – ¿Un velocirator tal vez?

    – No, esos se extinguieron todos en Parque Jurásico.

    – ¿Entonces?

    – ¡¡¡SOY LAGARTIJOMAN!!! El inimitable Hombre Lagartija. Bueno, ya lo he dicho, que a gusto me he quedado, vamos a por las croquetas.- Dijo Felipe haciendo pose de superhéroe, consciente de que, como cualquier persona de este país, va a llegar tarde a trabajar por andar de vinos y tapas con la persona que ha salvado la vida.

    Esta ha sido una historia de Juan Pedro, para el periódico «Particulares visitas a los bares de la ciudad».

    Esta historia fue escrita en colaboración entre DeOniros (El descanso del Onironauta) y Paola (Primavera en Barcelona, Otoño en Bogotá), tras una intensa sesión de investigación, croquetas y debates sobre si Lagartijoman debería tener o no capa. (Decidimos que no. Por ahora.)

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