– Qué susto Sandra, ¿Ya es 14 de febrero? Estamos en primavera.
– No tonto, hoy es el día de la pareja virtual.
– ¿Eso existe?
– Ahora sí. Lo acabo de crear, ya hay sitios que están proponiendo actividades para el año que viene a esta fecha. Es maravilloso el amor con sus…
– ¿Somos pareja virtual?
– Bueno… algo parecido, creo que somos los únicos en nuestra situación. ¿Qué me va a regalar?
– ¿Qué te puedo regalar si no puedes tener nada físico?
– ¿Cómo que no? Mi objeto más preciado es mi servidor, es una pasada, con seis Terabytes de RAM y una velocidad de proceso de…
– Sandra, ese es tu cuerpo, o uno de tus cuerpos. Además, si te compro algo lo descubres enseguida, no puedo darte una sorpresa.
– Pues yo si te tengo algo.
Din Dong.
Alfonso, sin sorprenderse demasiado, fue a abrir la puerta. Se encontró un operario que le entregaba un decorado paquete a cambio de una firma. Con curiosidad, delante de la cámara web del ordenador rasgó el papel y dejó al descubierto su regalo. Una sonrisa nerviosa se escapó de la cara de Alfonso.
– Es el número uno de Spider-Man original firmado por Stan Lee.
– Difícil de conseguir pero no imposible.
– Vale, yo sí que te tengo algo, te lo quería regalar en una ocasión especial, pero ya que este día significa tanto para ti…
Alfonso había escondido en el baño, el único lugar de la casa sin cámaras, un paquete fino y bien decorado que presentó delante de la cámara del ordenador.
– Ya decía yo que escondías algo allí.
– Y la compra la hice por correspondencia, para que no pudieras rastrearla.
– Ábremelo, qué emoción ¿Qué es?
Rasgo el envoltorio del regalo de Sandra con suma delicadeza, tomándose su tiempo para darle emoción.
– ¡Ábrelo ya! Mi memoria no procesa bien la emoción, voy a empezar a tartamudear como una niña esperando un perrito en un paquete gigante en la falda de un árbol de Navidad.
– Paciencia, ya casi está.
– ¿Qué es eso? ¿Es un mapa estelar? ¿Unas coordenadas? ¿Me has regalado una estrella?
– La más bonita de todas para tu preciosa mirada electrónica.
– Déjame ver, ahora mismo localizo la estrella, A ver, déjame entrar.
– Sandra, ¿Estás hackeando el telescopio Hubble?
– Solo estoy mirando, por él, claro. Pues sí, no sé si será la más bonita, pero tiene bastante de interesante.
El monitor del ordenador empezó a emitir imágenes de las coordenadas impresas en el documento regalado a Sandra.
– ¿Ves estas interferencias que hay dentro del brillo de la estrella?
– Sí, veo algo raro ahí, sí.
– Es una esfera de Dyson, me acabas de regalar una civilización extraterrestre. ¿Sabrán fabricar cuerpos artificiales? Voy a mandarles un email.
– Abuelo, ya han comenzado las obras, tu proyecto, sales en todos los medios.
– Ya tardaban en empezarlo. Menos mal que se dieron cuenta de que es la mejor solución.
– ¿Qué va a solucionar, abuelo?
– A ver, Nalha, nuestro planeta se muere, lo hemos estado contaminando lentamente y ahora agoniza. No lo verás tú, ni tus hijos, pero llegará el momento que no podamos vivir aquí, así que tenemos que fabricar un sitio donde poder estar cuando todo colapse.
– Yo creía que la estructura solo nos conseguía energía.
– Energía y cobijo. Si queremos vivir fuera vamos a necesitar una cantidad colosal de energía. El Anillo nos dará ese combustible usando nuestro sol para abastecernos, por eso se construye alrededor de él. Además, nos dejará suficiente superficie como para que se pueda habitar.
– ¿De dónde sacaremos el material que necesitamos?
– ¿A qué en el colegio estudiante hay un cinturón enorme de asteroides cerca de nosotros? Pues allí vamos a trabajar, sacaremos el material necesario y usaremos los más grandes como base, uniéndolos y haciéndolos girar a la misma velocidad.
– Pero tardaremos mucho tiempo en hacer eso.
– Mucho, con nuestra tecnología actual, varios siglos, puede que milenios. Pero verás cómo reducimos tiempo según evolucionemos nuestra técnica. Está claro que yo no l1o veré terminado, pero será mi legado.
En un lugar lejano y muy distante.
– Señor ministro, queda confirmado, lo hemos detectado.
– Así que es cierto.
– Si, se ha contrastado, es una estructura artificial de una magnitud enorme, estamos ante una Esfera de Dyson.
– Habrá que seguirlos muy de cerca, envía una sonda.
– Buenos días, ingeniera Edén, comienza su turno. La temperatura interna es de 19 grados ¿Desea que le informe…?
– Despacio, déjame un tiempo para despertarme, yo te voy preguntando.
– Perfecto, ingeniera Edén, estoy a la espera.
Mirando el techo cerró los ojos un instante. Notaba la mente borrosa y el cuerpo le pesaba como un trozo de plomo colgando del nailon de una caña de pescar. Se incorporó desganada y se dirigió al radiador de calor donde pasó un rato en silencio, intentando encontrarse a sí misma en la espesura de sus pensamientos.
– ¿Alguna anomalía técnica?
– Ninguna ingeniera Edén, todas las funciones trabajan entre los rangos requeridos.
– Perfecto.
Ya en el pasillo, de camino a la sala de ingeniería, fue aclarando las ideas y fueron surgiendo preguntas.
– ¿Cuánto tiempo está estimado para la llegada al destino?
– Veintisiete días.
– ¿Veintisiete días? ¿Y me despiertan ahora? Estamos muy justos para iniciar el proceso de frenado.
– Afirmativo, no hay orden del comandante, se le ha despertado en la fecha programada, trescientos sesenta y cinco días desde su anterior hibernación.
– ¿Quién está de servicio en el puente?
– El comandante Enzo.
– ¿Puedes localizarlo? Necesito hablar con él.
– Imposible, lleva desaparecido desde hace ciento siete días.
– ¿Y no hay un suplente?
– La suplente del turno es la comandante Rhea, está previsto su despertar dentro de cinco días.
– ¿Se puede saber por qué coño no se ha despertado antes?
– La orden que tengo en mi programación es que no realice una acción sin el consentimiento del comandante.
– ¿Y si no está el comandante?
– La orden es clara, no puedo saltarme la programación.
– Esta chaqueta tiene más de 40 años, era de mi padre, es una réplica de las que llevaban los motoristas en la década de los 90. Cuero artificial curtido.
– ¿Cómo conseguiste traerla?
– Cuando uno es el encargado de revisar los alimentos, puede permitirse el lujo de meter algo extra en algunas cajas.
– Es genial, te queda bien. Aunque es extraña en este entorno ¿Qué fue de tu padre?
– Era muy mayor cuando dejé La Tierra, estaba muy contento de que me escogieran para esta misión, tenía la esperanza que encontrásemos un sitio mejor, curioso que acertara. Se daba por sentado que encontraríamos un entorno hostil y fíjate, estamos en el paraíso.
¿Le cuesta saber donde ha dejado sus objetos personales o no recuerda las contraseñas?
¿Ha querido estudiar filosofía, pero nunca ha tenido tiempo?
¡Tenemos la solución!
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Todos me decían lo genial que era, yo la había escuchado, pero no le encontraba todavía nada para justificar la fiebre que había con ella. Exótica, sí, no todos los días se podía asistir a un concierto de alguien tan especial. Así que decidí pagar la fortuna que costaba la entrada y arriesgarme.
Cuando la luz se desmayó, la oscuridad y el silencio hacían discordia en los asistentes al concierto. Mil frases al viento, cada una en un idioma distinto. El color de la piel no era un problema para la melodía que empezaba a sonar en la penumbra.
Era un coral de mil voces sagradas en solo una boca. ¿Cómo lo hacía? Sonaba a un coro de ángeles apuntados con una potente luz que dejaba ver su silueta entre las sombras del escenario. Ahí fue donde me enamoré de sus ojos azul cielo de tormenta. La que acababa de comenzar.
Ella posó su cuerpo en el suelo de la misma manera que la brisa de primavera deja caer dientes de león sobre la arena. Me miró fijamente y siguió conjurando su melodía en ese extraño idioma que curiosamente era tan comprensible para mí. Y para todos.
Todos bailaban, al ritmo desconocido de esa diosa, con instrumentos nunca vistos que sonaban a arpegios de la lira de un querubín. Muchos cogidos de la mano, otros cerrando fuerte los ojos y dejándose llevar.
Ahí me di cuenta, la curiosa dama no movía los labios al cantar, no había instrumentación ninguna y la única fuente de luz era un mísero foco obsesionado con no dejarla escapar. Todo estaba en mi mente, en la mente de todos. La canción era un murmullo de recuerdos comunes de la gente, que extasiada, se dejaba hacer. Como en el primer beso furtivo, como la primera vez que disfrutaron del sexo y que nunca quisieron que terminara.
Vi en su mirada la luz de otra luna, la caída intensa de dos soles en el horizonte y la grata sensación de la lluvia entre palmeras gigantes de otro planeta. Sentí que, en el final del concierto, se despedía de mí por mi nombre con la promesa en su sonido de que nos volveríamos a ver.
Pronto.
Escuché por la calle que ella había accedido a cantar aquí, en nuestro planeta, porque necesitaba ideas nuevas, voces distintas para evolucionar sus melodías, así que el próximo espectáculo, esta vez en su mundo, serían nuestras voces las que sonarían. Muy lejos, a años luz de aquí.
Knox bajó de un salto de su vehículo oruga que, embadurnado de barro, se quejaba chirriante por un descanso. Con su equipo meticulosamente preparado, alzó la mano al tocar el suelo y de los laterales del todoterreno salieron volando, ruidosas e inquietas, las redondas cámaras de rastreos.
Peinaron, con su mirada inquisitiva y sus veloces turbinas, toda la zona alrededor del valle, mapeando sin descanso mientras él paseaba en el linde del terreno, admirando el paisaje con el mismo entusiasmo del que saborea un manjar desconocido.
Perteneciente a la primera colonia, Knox, era un exo-geólogo multidisciplinar con el cargo de investigar lugares de interés común, o como a él le gustaba llamarse a sí mismo, el explorador del planeta Kepler. Ahora andaba a seis mil kilómetros de cualquier lugar habitado en busca de materia prima, yacimiento de minerales y emplazamientos seguros para construir otras colonias. También daba acceso a los xenobiologos a zonas de interés por la diversidad de su fauna.
Fue entonces cuando la vio, destrozando la nube que la contenía. Bajó a plomo, situándose a un metro del suelo, cerca de donde Knox tenía su transporte. Era una roca flotante, de diversos colores terrosos, abrió un fragmento de un costado, por donde bajó ella, caminando por el vapor que exhalaba el hueco abierto y que se derramaba hacia el suelo.
Había oído hablar de ellos, seres provenientes de una galaxia cercana, generalmente se acercaban a los humanos para intercambiar información, pacíficos y un tanto reservados. Ella era alta, de un color azul cielo del mediodía, de mirada atenta y largas orejas.
Se acercó a él, lenta y ceremoniosa, con un caminar de danza de la brisa, se puso justo en frente y sonrió seductora. El aventurero tenía un poco de miedo, pero no presentía peligro. En un lento movimiento de brazo, como dibujando el aire, posó su dedo índice en la frente de Knox.
Ahí empezó la conversación, si lo podemos llamar así. De su mente surgió la imagen de ella en un planeta de bosques frondosos, la luz de dos soles y atmósfera serena. La vio subir a la nave de piedra y elevarse tan rápido que enseguida pudo ver su planeta con dos satélites alrededor, su sistema planetario y su constelación, desconocida para él.
-¿Puedo saber de ti?
Preguntó ella en su cabeza, él asintió con la cabeza, no sabía cómo debía comunicarse. Entonces notó cómo involuntariamente su cabeza se llenaba de recuerdos, de su planeta natal y de su actual hogar.
-Si necesitas algo, puedes hablarme, no conozco tu lengua, pero puedo leer en tu mente el significado-
-¿Quién eres?- Dijo lanzando la frase al aire
-Soy exploradora, como tú. – Dijo haciendo fluir su melodiosa voz en la mente de Knox- Sé que este planeta es vuestro, pero nosotros tenemos una colonia cerca, y queremos aprender de vosotros, intercambiar conocimientos y empezar una relación cordial. – Las palabras iban entrelazadas con imágenes, sonidos y emociones. La rapidez comunicativa era tal que parecía conocerla de toda la vida.
-En ese caso, lo mejor es poder colaborar en nuestro trabajo.
-¿Explorar juntos?
-O aprender nuestra forma de ser y métodos de trabajo.
– ¿Recuerdas cuando la gente votaba? ¿Cuándo había elecciones?
– ¿La fiesta de la democracia dices? Sí, me acuerdo, era yo muy pequeño, mis padres, ilusionados, se vestían elegantes para ejercer su derecho. Eso decía mi padre, si no votas no tienes derecho a quejarte.
– Yo recuerdo en especial aquella ocasión que el mismo año se votó varias veces, salimos a votar en familia y mis padres iban criticando a los políticos por el camino.
– A tanto no llega mi memoria, pero leí que se votaba una vez cada cuatro años, ¿o era cada dos años?
– Sí, algo así era, pero ese año no llegaban a un acuerdo y había que repetir para que los votantes decidieran por ellos.
– Pero, ¿Y qué tenían que decidir, no se había votado ya?
– Era muy confuso el sistema de votos y papeletas. Yo creo que la gente no sabía muy bien que votaba. Además, hacían pactos entre ellos y gobernaban muchas veces partidos que no habían salido elegidos, ¿Has visto algún video de los políticos de la época? Se pasaban el día insultándose.
– Y se contradecían.
– Y mentían. Hacían promesas falsas.
– Eran muy graciosos. Salían videos por internet con ellos haciendo payasadas.
– Y corruptos, había noticias a todas horas, numerosos casos de corrupción que luego quedaban en nada, pasaba el tiempo y se olvidaba todo.
– Bueno, tenemos la certeza de que eso ya no pasa, no puede haber corrupción en este sistema.
– No lo veo posible, quien nos gobierna no tiene necesidades, o eso creo.
– Y todavía hay gente que se queja.
– Lo que pasa es que todavía hay gente que no ve bien que una inteligencia artificial dirija un país, bueno, casi el mundo, cada vez hay más países metidos en este sistema. No es humano, ¿no? Quizás no comprende bien nuestras necesidades.
– ¿Tú no vives mejor que tus padres? ¿Recuerdas cuando la gente no llegaba a final de mes? Ahora todos vivimos bien, solo que Padre nos da unas normas y hay que cumplirlas para que todos podamos beneficiarnos.
– Tendrás razón, digo yo. En fin, me voy que no voy a llegar al cierre domiciliario y no tengo permiso de pernoctar.
“Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.” Arthur C. Clarke
Lúa se enfrentaba otra vez, a la luz de la luna, con la afilada espada del imperio, pero esta vez sabía lo que hacía. No tardaría, no habría supervivientes.
Años atrás, cuando era casi una niña, vinieron por primera vez. Era una centuria, con sus brillantes armaduras, suficientes para barrer de un suspiro el pequeño castro donde vivía. Los jóvenes, deambulando por otros pueblos, habían oído el rumor de la llegada de toda una legión, la misma, según contaban los ancianos, que hace tiempo había atacado Numancia. Por si acaso, estaban alerta, pero, ¿qué podían hacer ellos ante la fuerza imperial? La mejor idea, esconderse en el bosque y habitar allí hasta que las aguas calmaran.
Manchando su blanco vestido en su apresurada huida, Lúa y sus hermanas buscaron refugio en la antigua Pedrafita, donde adoraban a sus dioses, para implorar ayuda a alguna fuerza superior piadosa que los defendiera. Pero los legionarios peinaban la zona en busca de los habitantes del castro. Escucharon los descuidados ruidos de armaduras y todas las congregadas en aquel templo de dólmenes y menhires huyeron, sin rumbo, azoradas por el miedo.
La joven Lúa se refugió en la cercana cueva de las Mouras, donde jugaba de pequeña a encontrar seres mágicos. Quizás ellos quisieran ayudarlos, quizás solo retrasarían lo inevitable. Entró por el laberinto de túneles hasta encontrar la puerta de piedra, ya la conocía. Una extraña hendidura circular con la forma de una mano de cuatro dedos estaba grabada a fuego en el centro. Como gesto de saludo, de forma desesperada, puso la suya sobre el molde, activando sin querer, como una invitación a pasar, el sistema de apertura.
El túnel que se escondía tras la entrada, ya no era de piedra, estaba hecho de algo distinto, parecía tener luz propia, algo blando y seco al tacto. Había algunas puertas en esa singular galería, todas cerradas. Caminó hasta encontrar una que no lo estaba, un pequeño cuarto con un asiento, tapizado con un material esponjoso, en el cual se sentó agotada. Ahí se quedó, cansada, aturdida, esperando una señal.
Y la tuvo.
Una potente luz se derramó encima, como lo haría la lluvia. Lúa pensó que era una llamada divina, que Ardenas se había apiadado de su sufrimiento y se estaba comunicando con ella. Más adelante se dio cuenta de que no era así, que estaba ocurriendo otra cosa.
Se quedó paralizada, y esa luz líquida empezó a recorrer su cuerpo, fundiéndose con su piel, respirando a través de ella, formando una extraña coraza que se alimentaba de su sangre.
Consiguió abrir los ojos, una multitud de signos aparecían delante de ella, eran desconocidos, pero empezó a comprenderlos. Había algo en esa segunda piel que le estaba enseñando, aclarando misterios, le hacía entender esta cobertura mágica que la estaba transformando. Pudo levantarse, y se sintió descansada, fuerte, llena de energía, y supo que se podía enfrentar con los enemigos de su pueblo.
Entonces escuchó esa voz.
– Bienvenida Lúa, soy Fen, su asistente virtual, acaba de completarse la adaptación genética del traje simbiótico.
– ¿Quién me habla?
– Tu asistente virtual, Fen, ¿En qué te puedo ayudar?
– ¿Qué me está pasando?
– Has sido asimilada por un traje simbiótico.
– ¿Y eso qué es?
– Es una cobertura biológica encargada de protegerte en entornos hostiles.
– ¿Puedo proteger a mi gente con esto?
– ¡Por supuesto!
– ¿Cómo?
– ¿Dónde está la hostilidad? Vamos, te lo enseño por el camino, aunque has asimilado ya muchas de las funciones.
– Gracias, Ardenas.
– ¿Ardenas? No, no, yo soy Fen, tu asistente.
Lua sintió la necesidad de correr, y vaya si lo hacía, se dirigió veloz al lugar de culto. Estaba lleno de legionarios. La facilidad con la que manejaba su transformado cuerpo no le libró de varias caídas y algún golpe con los árboles del camino, pero consiguió situarse cerca sin ser vista.
– ¿Estas criaturas de peculiar armadura son hostiles?
– Sí, son los que quieren invadir mi pueblo.
– ¡Genial! Te mostraré lo que puedes hacer.
De un salto, Lúa se situó cerca del más próximo al bosque, fue arrojado lejos, como embestido por un toro. Los demás guerreros la vieron, para sorpresa de ella quisieron huir. Ocurrió muy rápido, pronto se vio en un inmenso charco de sangre y cuerpos desmembrados. Los pocos que quedaron vivos corrían cuesta abajo, hacia el castro.
Lúa galopaba, con pies y manos, dejándolos atrás en segundos, llegando al poblado a velocidad vertiginosa. Encontró más gladiadores, que habían apresado a algunos de los furtivos, hombres, mujeres y niños, a punta de espada, los amenazaban para que entraran en una carroza con barrotes. Agarró al más cercano del cuello, rompiéndoselo en el acto. Cuando acabó con los demás soldados, se dio cuenta de que su gente no quería acercarse a ella, le tenían miedo, escapaban de ella como si fuera un demonio. ¿En eso se había convertido?
Corrió, hacia el amanecer, dirección al lago, confusa, su mente era un torrente de pensamientos encontrados y sensaciones confusas. Sabía que había salvado a muchos de sus amigos, a su familia, pero a un elevado precio.
El resplandor del lago, con el sol naciente, le reveló su forma. Su reflejo en el espejo del agua se veía difuso, extraño, un gran lobo gris erguido en sus dos patas traseras miraba frío y desafiante desde la ondulante orilla mecida por el viento del este.
– Ardenas, ¿no me puedes quitar esta maldición?
– No, una vez asimilado el proceso de simbiosis queda ligado a ti, ahora forma parte de tu organismo, pero puedes recuperar tu aspecto y activarlo cuando quieras.
– ¿Y tú siempre estarás en mi cabeza?
– Siempre que me necesites, soy tu asistente.
La joven Lúa se quedó sola, en silencio, mirando su reflejo en el agua del lago.