Tuve un sueño en el que volví a caer en esa extraña madriguera, persiguiendo a aquel apresurado conejo. El descenso duró un inmenso instante que terminó en un lento declive hasta encontrar el firme suelo del cubil.
Frente a mí una conocida y pequeña puerta, aunque no lo suficiente como para necesitar bebedizo alguno que me encogiera. Entré y me vi en mi propia habitación. Ahí me esperaba el conejo, con su reloj de bolsillo, impaciente de tiempo, olvidado en la chistera de algún loco cómplice.
Me enseñó aquel querido espejo, desgastado de ver a mi imagen luchar con el tiempo, algunas veces por mi prisa por creerme verano, otras veces por querer conservar las flores de abril.
En el reflejo estaba yo, con primaveras de menos e interrogante la mirada, que miraba atenta unos labios con tinta de sangre de ausente beso aguardado con ansia. Con la misma ansia que miraba el conejo el reloj mientras me decía.
– No puede oírte, ¡dile algo!
Con el vapor de mi aliento y usando la pluma de mi dedo a forma de misiva, le apunté una sola frase.
De pronto me di cuenta de que mis padres, cuando yo era adolescente, me gritaban exactamente lo mismo. Pero… ¿por qué no soporto la música de mis hijos si escucho Slayer o Sepultura?
Mis padres escuchaban música, creo que más por inercia que por gusto. Antonio Machín sonaba a todas horas: Dos gardenias para ti, eternas gardenias que retumbaban en mi cabeza una y otra vez.
Luego llegaron los cuarenta principales. Al principio me satisfizo: Bob Dylan como número uno, bueno, no estaba mal… habrá que estudiar inglés, eso sí. Rocío Jurado me parecía un misterio; letras incomprensibles para un niño de 8 años, una pena tan profunda que parecía pesar sobre sus hombros.
Cuando descubrí a los Beatles, fue gloria para mis oídos. Disfrutaba con Paul y John tanto que terminé rayando los discos preciados de mi tío.
En la escuela me llamaban “carroza” por escuchar música antigua, así que busqué algo moderno: Ozzy Osbourne en Back at the Moon. No confundir con Bertín, que también pertenecía a la época.
Tras varias búsquedas frustrantes, y siguiendo ciertas pistas entre los surcos de los vinilos, invocé al mismísimo diablo. Claro que no estaba dispuesto a venderle mi alma por tan poco:
—¿Y qué me puedes ofrecer si no es mi alma? —Todo mi apoyo incondicional a la música que te represente. —¿Acceso a discos? —Tres al mes y entradas a conciertos cada dos años, pero tendrás que predicar el camino de la bestia. —¿Dónde firmo? —Hágase un corte por aquí.
Después de eso, empecé a recibir visitas de mi azufrado amigo con material inédito y espectacular, y mi colección creció. Yo me convertí en un fiel divulgador de su palabra y obra.
Pero a mediados de los 90, algo cambió. El Rock Gótico perdió popularidad y comenzó a llegar música que no me llenaba igual: ritmos electrónicos simples, voces alteradas, melodías que recordaban vagamente a mi aborrecido señor Antonio Machín. Y más tarde… reggaetón.
Curioso, pregunté a mi amigo con cuernos:
—¿Qué cambio es este? —le dije, enseñándole un CD de Don Omar. —Bueno —respondió—, es la música que me representa ahora. —Pero no habla de ti, no ensalza tu filosofía. —Los tiempos han cambiado. Ahora la gente joven prefiere divertirse. Esta música habla de enfrentamientos, celos y engaños. —Pero el rock y sus variantes tienen solera de culto. —Sí, y siguen representándome… solo que mi público ahora pide más variedad.
Fue entonces cuando rompí mi contrato con el diablo y decidí buscar mi propia música. Desde entonces prefiero grupos independientes, como Love of Lesbian. ¿Entiendes, hija?
—Papá, déjame de comerme el coco y ábrete una cuenta de TikTok.
Iron Maiden – The number of the Beast
“Entre vinilos y TikToks, siempre habrá un diablo dispuesto a darte pistas.”
En las Bodegas Nueva Tierra, situadas en el Valle de la Nueva Tierra, en el Planeta Kepler, nace el inmejorable vino azul de bayas. Fruto de años de investigación y trabajo de la familia Newman, consiguiendo una adaptación al medio y una producción funcional con una calidad inimaginable en tan poco tiempo.
Elaborado con las más selectas bayas, el producto estrella de las Bodegas Nueva Tierra, y de nombre Azul, como su color, es elaborado en barricas de baobab kerpliano, con el que se consigue una madera parecida a la del castaño. Su mosto tiene una fermentación alcohólica con levaduras seleccionadas procedentes de la tierra, su maceración carbónica dura 15 días, Una vez en la barrica, es envejecido durante tres años kerplianos (un año terrestre).
De aspecto terso y sin brillo y un intenso color azul, deja un suave aroma cítrico y azahar nada más llenar la copa. Sorprende el carácter y la complejidad digna de cualquier caldo clásico y un cuerpo sutil y delicado. Ideal para largas charlas después de cenar en buena compañía.
Disponible por primera vez en La Tierra desde hace pocos días, se convertirá en uno de los vinos exclusivos más codiciados del momento.
Era la estación más colorida del año en Kepler, en esa fecha tan señalada, invadía el valle un torrente de flores con tan alegre semblante que Vega no podía evitar pasar las tardes paseando, arrebatada por tan deslumbrante paisaje. Allí tirada, entre el embriagador aroma silvestre, en la hierba que crecía a pies de aquel bosque, observaba los retorcidos árboles que lo formaban, sus padres no querían que entrase en él, Pero la niña, más que valiente, era atrevida.
– Vamos Willy, que no nos va a pasar nada.-
Willy que andaba olfateando unas plantas en busca de insectos, corrió raudo y alegre tras la niña, que ya se adentraba entre los extraños árboles que formaban el bosque. Parecidos a los baobabs, aunque de troncos curvos y hojas carnosas que llegaban al suelo. El crepitar de la maleza y el aullar de las criaturas empezó a asustar a Vega.
– Willy, vamos, nos volvemos ya –
La mascota de la niña estaba quieto, señalando con sus tentáculos a un poblado matorral lleno de espinas. Ululaba como un gato enfadado y retrocedía sin dar la espalda a la maleza. Entre ramas, una horrible criatura empezó a salir del matorral, de ojos brillantes y colmillos afilados .
– ¡Corre Willy!-
La niña, presa del pánico, quiso volverse y correr, pero otro monstruoso animal le cortaba el paso, un mustélido enorme con sucia pelambrera que arrastraba por el suelo, un morro canino con afilados dientes y una mirada incandescente daba forma a esa pesadilla, que con un sonido gutural amenazaba con darle caza. Tras ella apareció Willy, valiente y feroz protector, saltando con sus ondulantes tentáculos al cuello de la criatura. Hubo el reflejo azulado y el sonido chispeante de corriente electrostática. El ya no tan espeluznante monstruo, huyó despavorido y chamuscado tras el ataque del animal de compañía de Vega.
– Willy, no sabía que podías hacer eso –
La niña cogió a su amigo de uno de sus tentáculos y caminaron a la salida del bosque, dejando atrás una humeante criatura aturdida y asustada, escondida tras el matorral.
Mis gastadas botas, manchadas de polvo y de nube, caminan hasta el horizonte en su lento arrastre de envejecidas suelas. Perdiendo el cemento, procrastinando el paso del tiempo, camino para nunca llegar despierto. Cruzando cordilleras y valles en las eternas tierras que forman la piel de Hipnos.
El paisaje me contempla, avezado de crear sendas en el viento, de navegar en el canto del mirlo mientras caza un lamento. Recreando en mi mente instantes y momentos que la pluma perdida de algún ave con prisa dejó olvidada en su vuelo, en algún momento dibujará grafemas de tinta sobre lienzo de pliego.
Mis cansadas botas escriben secretos, bordados con la fina hebra que hilan tus sueños.
Ahí estaba ella, hablando sinsentidos al espejo. Escándalo de curvas en un filtro multicolor, que capturaba automático con su nuevo iPhone, el regalo perfecto de unos padres ausentes.
En la desnudez de su escote, se enmarañaba su negra cabellera, en el solitario silencio de una luna de inexistente sol de medianoche.
– ¿Dónde vas, Caperucita?—preguntó la siniestra voz del otro lado del reflejo. Ella, enamorada de su sombra, fingió iluminar su rostro con el rojo carmín de su imagen retratada.
Ahí estaba ella, rota, como el cristal del espejo. Percibiendo al lobo en la oscura lente de su voz congelada. Pero ese es el precio del abandono, y ella con placer lo pagaba.
Los movimientos comerciales intergalácticos comenzaron con una promesa de prosperidad y una divisa electrónica de la antigua tierra, el Ctelarium. El CTM fue el primer impulsor gracias a la gigantesca campaña activista de inversores gestionada por los creadores de la criptomoneda.
En Kepler gracias a su aislamiento inicial crearon su propia economía y la acuñaron con oro kerpliano, un mineral con propiedades para construir depósitos de antimateria. A partir de él crearon una moneda llamada «aurum”.
Ahí estaba Alberto, en la barra de la cantina, jugando a hacer malabares con los nudillos con su aurum de la suerte. Miraba sonriente a Triana que, bajo la enorme pantalla de la sala, montaba las mesas para el servicio del almuerzo.
La economía trajo prosperidad y desarrollo. A Alberto le trajo el amor perdido en el espacio-tiempo. Una sonrisa desde el comedor era su mejor pago.
Circunloquio circuncidado circunscrito en sosa prosa. Sincretismo de tránsito a la sinarquía crónica sinfónica de un sinvergüenza repatriado. Sonrojados rugidos sonorizados que sinterizaríamos sonetizando sin sentimientos certeros. Cercenando cabezas celebérrimas certeramente cerciorándose la simetría del tajo asestado. Asiendo viento asegurando hacer envalentonados versos travestidos de truhanes trueques trashumantes. Acertando acechando cetrinas zarigüeyas aceleradas hastiadas de ser hasaníes.
Cerrando el circunloquio, me ducho diestro en zozobró de dicha desmayado arte, ante una muerte súbita dialéctica.
Soy el oscuro tremor, y en la noche sacudo tu lecho, rasgando la cortina del más plácido y profundo deliquio, ponzoña silenciosa en busca del grito de espesa turba. Desparramando tu exaltado aliento, hacia el abismo tenebroso, te expulso de la esfera de Hipnos a caer a mi cruel deseo de relámpagos exaltados que debilitan tu aliento.
Soy el que perturbo tu descanso arañando con mis garras todas las leyes de Morfeo. Creando delirio a mi paso, soy quien secuestro la paz, sin descanso, en tu descanso maltrecho, por la huella de mi envenenado beso, tu alma suplicará por los pecados que inducen a tu conciencia, mi presencia, envenenando el efímero momento de sosiego, hasta que supliques al ocaso que te mantenga despierto.
Phobetor es mi nombre, en la pesadilla habito, mi placer es tu tormento.
El Onironomicón es un libro probablemente escrito por Howard Phillips Lovecraft, narra las peripecias de un soñador que, de manera lúcida, investiga el mundo de los sueños. Además de numerosos relatos, contiene valiosa información de como lograr un reparador sueño consciente.
Esta obra no está a la venta, ya que se encuentra en paradero desconocido. Se ha contratado un tenaz equipo de búsqueda encabezado por el enano Bufor que, de manera heroica y un tanto temeraria, en una incansable pesquisa, no descansará hasta hallar el preciado ejemplar.
Esperemos que, en breve, esté en todas las librerías.
Para más información, por favor, contacte con el autor.