Acaricié la pantalla en busca de una frase. Blanco. Hubo un instante blanco con parpadeo en el inicio.
Aguanté la respiración con impaciencia. Comenzó a moverse solo. El sonido fue al compás: menudas pisadas que golpeaban el lienzo antes de haber nacido.
Y ahí estaba. Un huevo.
Era de colores sintéticos, con un resplandor latente. Aumentó de tamaño en dos pulsaciones y se agrietó.
Parecía un dinosaurio. Parecía un lagarto. Parecía algo nuevo. Sin clasificar. Sin intención de seguir creciendo si yo no lo alentaba a hacerlo.
Quiso llamarse kayiriku o terikame. Pero yo no quise ponerle un nombre. Lo quería libre, que solo viniera cuando quisiera, no cuando lo llamo.
La magia del verbo reventó el huevo. Lo hizo lento, como el marchitar del otoño. Pestañeó al verme pidiendo alimento. Y lo alimenté con adjetivos.
Fue patoso, simpático, extraño de narices. De camino lento y mirada cálida. Lloraba sin descanso por una sonrisa tuya. Con ganas de aventura.
De tanto saltar le salieron alas. Y voló con ganas, surcando el cielo estrellado. Se confundió un instante con una estrella fugaz y desapareció. Buscaba el planeta perfecto para llamarlo hogar y crecer contento.
Aquel día, mi suerte se esfumó entre monedas de céntimo. Se agrietó la tarde cuando te fuiste, y por la noche morí entre las sábanas, congelado. Me velaron en primavera, pero resucité en verano.
Y me marché con lo puesto hacia un horizonte olvidado.
El destino me encontró trazando círculos sobre un lienzo salado. Espuma de mar frente a mí; a mi lado… un misterio.
—¿Estás escribiendo una novela? —No. Solo pensamientos. —A mí también me gusta escribir. —¿También lo haces aquí? Frente a la costa. —A veces. Quizás en cualquier sitio. —A mí me inspira un paisaje bonito.
El rumor de una ola nos envolvió en el aroma del mar. Hablamos. Quedamos para desayunar. Y nos despedimos en la oscuridad que nos había atrapado.
Al alba, nos encontramos de nuevo, atraídos por el aroma de un café humeante. La vi sentada.
—Pensé que no ibas a venir. —Perdón… hacía noches que no dormía bien, y esta mañana no quiso soltarme. —Todo sea por un sueño. —Y por que persista despierto.
El ruido de las tazas nos desterró a la bahía. Quisimos sentirnos extraños en el oleaje, pero sentí que ya la conocía. Ironías: quise estar solo y el mundo me mandó compañía.
Perseguimos gaviotas con la mirada. Reímos por heridas absurdas. Recitamos párrafos prohibidos. Deliramos con la idea de habernos encontrado en páginas pasadas.
Quisimos caricias, pero quedaron en verso. En el filo del tiempo se nos atragantó el deber.
—Me tengo que ir mañana. —¿A dónde? —Lejos. Tengo que volver a casa. —¿Volverás? —Quizás… pero no pronto. —Llévame. —¿Qué? —Que si tú quieres, yo me voy contigo. —Pero si no nos conocemos. —No. Pero si es la única manera de hacerlo… estoy dispuesto a correr el riesgo. —Vas un poco rápido. —Tal vez, pero no hay tiempo. Y no quiero quedarme con el “qué hubiera pasado”. —Te propongo un trato: pasemos una noche inolvidable. Y al amanecer, ya veremos.
Y en la orilla del mar, nos atrapó la luna.
Travis Birds – Peligro
si la luna nos atrapó aquella noche, que sea el alba quien decida lo demás.
El invierno se precipitó entre luces parpadeantes. No fue bien recibido: fue inevitablemente aceptado. El dolor de tripa hizo el resto y lo arrastró hasta ese lugar tan frío, donde cosían con hilo negro la agonía que trae el destino. Era hora de dormir para despertar nuevo. O tal vez, para no hacerlo.
Suspiró lento. Se aferró al sonido que lo mantenía vivo. Imaginó agarrarse a la tierra, al aire, a la raíz de un árbol… pero se desvaneció pronto y comenzó el sueño.
—Todo va a ir bien —decía alguien, blandiendo una aguja. —No pasa nada —susurraban las máquinas. —Tranquilo… —dijo su corazón, agotado de galopar.
El olor a desinfectante y el silbar de los aspiradores se fueron apagando. Se volvieron calor. Calor de manos en la frente. Abrasos que te devuelven al cielo de la infancia. Aroma de clavos y miel, de anís y fuego. La textura de la harina en las manos hábiles, arrugadas por el tiempo.
Se vio niño, en aquella casa.
—Hola, mi niño. —¿Abuela? ¿Eres tú? —¿Quién voy a ser si no? —¿Estoy muerto? —Oh, no. —Entornó la mirada y sonrió—. Siempre tan dramático. —Entonces… ¿por qué estoy aquí? —No estás aquí. Yo solo quería que comprendieras que no estás solo. Que la vida fluye, y que lo malo casi siempre tiene remedio. —¿Entonces…? —Despertarás. Y sanarás. —Y me perderé tus roscones de vino… —Y ganarás una sonrisa cuando abras los ojos.
La figura de la anciana empezó a desvanecerse.
—Espera, abuela… dime qué pasa luego. ¿Qué hay cuando ya no estemos? —¿Y perder la sorpresa? —rió—. Mejor espera. No pienses en eso.
La voz se alejó hasta volverse un murmullo. Se confundió con el ruido de las máquinas, las luces intensas y el zumbido del aire fresco.
Una dama de bata blanca se acercó. En una sonrisa radiante le dijo:
—Ya pasó lo malo. Todo fue bien. Ahora toca reposo. —¿Qué pasará ahora? —Tranquilo. Yo cuidaré de ti.
Popol Vuh – Kyrie
Sonrió. Todo estaba bien. O al menos, eso quiso creer cuando el silencio volvió a quedarse a su lado.
—¿Recuerdas las acampadas en el lago? —dijo Pedro sonriendo a Laura.
—Parece una canción de Melendi —observó Marta, con el ceño ligeramente fruncido—.
—Éramos muy críos —puntualizó Laura, sacándole la lengua a Marta—. Hacíamos locuras como bañarnos desnudos en primavera.
—Pues allí debía hacer frío —comentó Marta en voz alta—. En pleno Somiedo.
—Salíamos encogidos, pero el frío se quitaba jugando —dijo Pedro, sosteniendo la mirada de Laura.
—El juego iba antes del baño —aclaró Laura—. Era un juego de dados. ¿Te enseñó Pedro a jugar al Kinito?
—No.
—Espera, que creo que guardo algo. —Laura sonrió, mientras Pedro abría el armario bajo la escalera. Entre estanterías recién ordenadas encontró un cubilete de cuero bordado y un par de dados blancos. Lo agitó con cuidado y, de un golpe, los dejó sobre la mesa.
Las dos lo miraron. Los dados hablaban por sí mismos.
—Ha salido doble seis. ¿Quién bebe?
—¿Te acuerdas de las reglas, Pedro?
—Con la de veces que las cambiábamos ya ni me acuerdo. Pero un doble seis es imbatible.
—Sí, pero no lo podías destapar y podías mentir —recordó Laura.
—Esperad, voy a preparar kalimotxo —dijo Pedro, levantándose.
Ambas se miraron. No estaban seguras de que beber ahora fuera buena idea; había secretos que el alcohol podía sacar a la luz. Pedro regresó con la jarra de la bebida morada y tres vasos de chupito, que tendió con una sonrisa. Marta agitó el cubilete con desgana.
—Empiezas tú, que eres la novata —le indicó Laura.
Golpeó la mesa y destapó.
—¡Ostias, 5 y 6! —dijo Laura.
—¿Y qué pasa?
—Bebe quien tú quieras.
—Pues hala, tú, por hablar.
Durante un rato, dispararon dados, bebieron el elixir de sus recuerdos e intercambiaron miradas cómplices. Quisieron hacer beber a Marta, pero ella se alió con el destino y fue la que menos alzó el codo. Cuando la jarra quedó vacía, Pedro tuvo una idea:
—Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos de fiesta?
—Yo no conduzco ahora —dijo Marta.
—Hay una discoteca a diez minutos andando —apuntó Laura.
—La de música electrónica, ¿no? —preguntó Marta.
—Sí, fuimos el otro día y nos lo pasamos bien —sonrió Laura—. Venga, un ratito.
—¿Llamo un taxi?
—Mejor caminamos —dijo Pedro—. Así aprovechamos la noche.
Avanzaron hacia la diversión. Cantando viejas glorias callejeras, ofrendas al espíritu del vino y al calor de la barra del bar. En un instante, se reflejaron los tres en el escaparate de La Casa de Los Espejos. Se sorprendieron de la sincronía de sus manos, dejando un halo de misterio kármico, de sentimientos alados que pasaban de aliento a aliento.
Una copa más, un salto a la pista, luces de colores que vibraban en las paredes. Entre el rugir de los tambores se abrazaron al ritmo. Mezclaron sudor y licores, y salieron casi al amanecer, queriendo prolongar la noche.
—¿La última en casa?
—Mientras no juguemos de nuevo al Kinito ese, ya sabéis que os gano.
Subieron las escaleras con el cansancio de buscar calma y el fuego en los ojos, ocultando las ganas. Pedro miraba a Laura, Laura a Marta, Marta a ambos. Entrando en la casa quisieron fundirse entre ellos, hacer uno solo de sus tres cuerpos. El sereno les pidió calor. No se conformaron con un beso.
Un beso a tres los sorprendió en la cama. Entre mentes heridas por el licor y manos inquietas, crearon un sueño confuso, sin reconocer quiénes eran. No importaba nada, solo descargar lo que su instinto dictaba.
Despertó desnudo entre las dos damas. Quiso pensar, pero le dolía la cabeza. Dejó que el sol del mediodía le dijera qué pasaba. Salió de casa sin hacer ruido y se despidió con una mirada confusa.
Extremoduro – Al Día Siguiente
«Y mientras la noche se apagaba, una chispa quedó encendida entre ellos… ¿quién se atreverá a soplarla primero?»
Por si a alguien le interesa el funcionamiento del juego, el Kinito crea historias por el simple hecho de participar. En el blog de mariacabados lo explican con mucho cariño. Beban con moderación, por favor.
Era solo huesos. Una sonrisa triste, una mueca de dolor en media risa y unos ojos azules que miraban sin mirar. Lo demás era piel arrugada y huesos. Garabateaba figuras imprecisas en una libreta mientras contestaba el teléfono. Ella lo creía grande, y se quedó solo con eso: polvo en su chaqueta de cuero y un gesto desconsiderado.
—Otra vez frío, niña. Tráeme otro nuevo.
Cuando, después de tanta pelea, le ofrecieron aquel trabajo, no podía creerlo. De niña lo escuchaba su hermana, y ella aprendió a escucharlo también. Aquel cantautor de mirada gris y sangre en sus palabras. Aquel que le arrancó más de una lágrima, que la rescató del abismo. Y ahora él necesitaba de sus manos. Alguien que le consiguiera lo que hiciera falta en plena gira por el mundo.
Viajar, conocer lugares, personas, historias. Ese era su placer secreto. Pero conocer, cara a cara, al hombre que tanto había sentido en sus versos… ese era un sueño. Aunque ahora se le hacía denso. Pesado. Aguantar los caprichos de un genio era más duro que admirar su talento.
Una palabra de más, escapada como un cuchillo silencioso, quebró su paciencia.
—Inútil.
Le dolió más en el intelecto que en el orgullo. En la capacidad para descifrar la luz dentro de un lamento. Se quedó inmóvil, pensando. Hasta que no pudo evitar hablar.
—Ahora lo entiendo.
—¿Qué entiendes? ¿Tus errores en tu trabajo?
—No. Entiendo tu pena. Entiendo que cantes al amor perdido. Que supliques que vuelva. Que te sientas desolado.
—No sé qué tiene que ver eso con que me des lo que te pido.
—Nada. Tiene que ver con tu condena. Con tu destino.
—¿Ah, sí? ¿Cuál es mi destino, lista?
—Estar solo.
Ella desaparecería de su vida. Nunca supo el motivo. No quiso mirar más allá de sus versos heridos.
Y él siguió escribiendo su verdad en soledad. Sólo huesos, sí… pero la música seguía sonando para aquel amor fugado.
El mañana me dejó sin verso, sin nada que decir. Me robó la voz mientras mi alma quería vivir. En la melodía del pretérito imperfecto me quedé varado, esperando. Sin una sílaba adornada que ofrecer, sin la defensa propuesta en la prisa, sin el sentido que sienta al verbo en su trono, en el abandono del esfuerzo olvidado.
Coleccionaba palabras. Las buscaba en la orilla de mi razón, seleccionando las erres errantes y las que ardían de corazón. Las ordenaba por semblante, cadencia y plumaje. A las que rugían salvajes las escondía del reproche del contexto; a las que rimaban candentes les inventaba vocales con vuelo, y las hacía desfilar lento, trazando la respiración como si fuera un suspiro.
Pero, aun así— sin retar al aliento restado, esquivando el fracaso escondido— me quedé sin licor en el vaso y con el tiempo perdido. Solo espero que, resistiendo el deseo del desespero, mis lágrimas se vuelvan relato y mi memoria, hoy, me regale un soneto.
Urge Overkill – Dropout
“Y si mañana vuelve en blanco… ¿será silencio, o será el principio de otro verso que aún no sé recordar?”
La pared era un tanto rugosa, pero a él no le importaba. La acarició dándole forma: curvas alargadas, una pasada larga para asegurar el contorno. Se alejó un poco y respiró complacido. Ya estaba adoptando una forma concreta. Cerró los ojos y lo vio: primero una lanza en movimiento; después, la urgencia de sus patas. Aspiró el aroma de paz y comprendió de inmediato lo que faltaba.
Miedo.
Faltaba miedo en la pared.
El miedo que mueve las figuras. La rabia de los brazos lanzando sus armas. El coraje de arriesgar vidas en el intento. Eso era lo que él deseaba, y no le dejaban hacerlo. Agarró cenizas y grasa con rabia, dispuesto a destruir su obra. Pero, al llegar a la pared, solo pudo acariciarla. Rellenó formas, construyó objetos.
Se apartó de nuevo.
Escuchó el murmullo del viento. El calor del fuego. El aroma de paz que da el alimento. Respiró hondo y comprendió que aún faltaba algo.
Sed, frío y cansancio.
El rugir de tripas que impulsa a correr. La agonía de la herida. El latido de un corazón descalzo, sintiendo el río helado hasta las rodillas. Agarró el carbón aún ardiendo y lo precipitó sobre su lienzo, con la calma que da la rabia en un lugar tan seguro.
Se alejó otra vez, y lo supo completo.
Tan completo como podía hacerlo.
No podía de otro modo.
El niño entonces se sentó en el suelo y se deshizo en llanto.
El padre gruñó a lo lejos.
La madre se acercó y dijo:
—¿Qué haces aquí, lamentando lo que no has vivido? Deberías correr, trepar árboles, hacerte fuerte para cazar con ellos. Deja de manchar las paredes con experiencias que no te pertenecen.
El abuelo llegó cojeando. Descansó las piernas junto al niño y observó la obra que lo había tenido tan ocupado.
Se quedó sorprendido.
En la pared había un bisonte siendo cazado. Había calculado sus heridas, su sufrimiento. El arrojo de los hombres hambrientos que esquivaban sus cuernos. El respeto a los pequeños bovinos que huían. El temor por las heridas de los suyos y las ganas de volver a verlos. Pronto.
—¿Hiciste esa ilustración sin haber cazado nunca? —preguntó el abuelo, mirando al muchacho que aún tenía los párpados húmedos.
—Ojalá hubiera ido.
—Mujer —dijo a la madre—. Tu hijo será buen cazador. Probablemente llegue a ser tan viejo como yo. Cuidará de los suyos y llevará alimento a esta comunidad. Déjale hacer. No solo está aprendiendo: está enseñando cómo se hace.
El niño, satisfecho con su obra, buscó refugio junto al fuego.
Tras el zarpazo del gato había un misterio. El gato sonrió sin demostrarlo. Se acercó al humano para susurrarle al oído un conjuro de ánimo.
—¿Ves a esa chica con la que acabas de cruzarte? —Sí. —Felicidades, ha sonreído. Y esta vez ha sido a ti.
Javier, variando el ritmo, dio una sutil vuelta a su recorrido y, jadeando un poco, fue en dirección a la dama mencionada. Su guía felino le propinó otro zarpazo.
—¿Se puede saber a dónde vas, grumete sin rumbo? —Me ha sonreído. Iba a ver si lo hacía de nuevo. —No lo quieras todo a la vez, joven padawan. —Pero ¿por qué no? —A ver… ¿sabes imaginar? —Creo que sí. —Visualiza en tu mente. Yo tengo una sardina. —Vale, tienes una sardina. —¿La ves? ¿Ves la sardina? —Bueno, imagino la sardina. —¡No! Tienes que sentir la sardina, ser la sardina, oler como la sardina. —Qué asco, ¿no? —¡No! A ti te encantan las sardinas. —Vale, soy una sardina y me encantan las sardinas.
El gato, impaciente, le dio otro zarpazo.
—Pon que, en un momento, yo, que tengo una sardina, te la doy. —Vale, qué rico —dijo con una sutil cara de desagrado. —Ahora ves que yo estoy esperando a que te la comas. —Pero si acabo de desayunar. —Cómetela. —Que no. —Que te la comas, coño. —Ufff… me está empezando a oler mal esa sardina. —Pues a la chica de la sonrisa le va a pasar lo mismo. Se va a hartar de sonreírte si la fuerzas. —¿Y qué debo hacer? —Esperar y… —¿Esperar y qué? —Debes ser paciente, Javi-san. Solo tienes que esperar y tener aroma a sonrisa. —Pues es buen nombre. Creo que te voy a llamar Sonrisitas. —Hazlo y morirás joven.
Niña Polaca – Joaquin Phoenix
“Fin del capítulo. O eso parece… porque el gato ya me observa como quien prepara un plan. Y cuando ese felino planea… siempre acabamos en la pescadería.”