A la hora más intempestiva de la madrugada, un flamante tesla, se incorpora al carril de la desierta autopista, dejando atrás la romántica ciudad de París. Sandra, lleva una animada conversación con Alfonso, que aunque lleve las manos en el volante, no es quien conduce, su querida inteligencia artificial consciente no le deja hacerlo.
– ¿A dónde dices que me llevas, Sandra?
– Es una sorpresa, duerme.
– Como me vean dormido nos van a multar.
– No se para qué queréis usar tecnología de conducción automática si no podéis dormir en el coche.
– No es necesario esa tecnología, a la gente le gusta conducir.
– Humanidad, misteriosa especie carente de lógica. ¿Por qué hacéis coches que conducen solos?
– Para fardar de tecnología.
– Tú sí que puedes fardar de tecnología, cariño.
– Si yo presumo de novia contigo me meten en un psiquiátrico, ¿A dónde vamos?
– ¡Ay! ¡Que es una sorpresa!
– Si estoy aquí metido necesitaré conducir un rato, O eso o me volveré loco con tantas horas de coche.
– Bueno, vale, no me acordaba de lo delicado que sois los humanos. Vamos a Moscú, hale, ya está, se esfumó la sorpresa como volutas de humo al viento.
Ella me dijo, a la luz de la sombra que dejaba la luna en una farola, que el primero es el que más te marca, que con ese beso vas a medir todos los demás. Tras fundir mis labios con los suyos y alimentarme de su pasión hasta asesinar la noche, le dije que estaba equivocada, que desde ahora, el sabor que quería paladear toda mi vida es el de ella, y que si no fuera posible, en cada aliento que me perdiera, en cada caricia que me quede atrapado iba a estar impreso su nombre.
Y así fue, nuestro beso terminó en un suspiro, en un pestañear de ojos cerrados de tanto deseo, en lágrimas de varios días y soledad en los portales. De rabia de recuerdo ajeno midiendo los bancos del parque. Del alcohol de mis venas, ojos cerrados y todo girando a su vera.
En mi soledad encontré caricias en las luces de neón, en el ruido de la oscuridad y en la tristeza de otros ángeles, que, varados en la arena, agitaban sus alas llenas de alquitrán intentando remontar su vuelo. Pero mis labios estaban secuestrados por aquellas palabras, y cada perfume que aspiraba, tenía el sabor del recuerdo, de que a la sombra de aquella farola nunca supiste que tu beso era el primero.
Sentado en el resquicio de una gruesa nube gris, de truenos ardientes y lamentos de alegría, sobrevuelo el espacio que separa lo real de lo insólito, donde tu luz no se apaga, donde no hay perecen las normas. Desde allí, minúsculo universo, correteo de insectos, ulular de pequeñas aves de presa errantes. Contemplo el recorrido de las agujas del reloj y con la mirada puesta en el infinito, sueño.
Este relato forma parte del reto propuesto por Juli Ramos, pulsa en el nombre para acceder a su blog.
La palabra elegida es ergonómico.
El diseño de la máquina era tan simple que no entendía bien el porqué de unos asientos tan sofisticados. En sí era un cubo de color blanco y frío como la nieve, uno de sus lados hacía de puerta, dejaba ver un interior liso, sin mandos ni monitores. En el centro había un solo asiento, ergonómico como el de un deportivo de alta gama, con sus cinturones de seguridad incorporados.
-¿Hace falta tanta comodidad para un trayecto tan corto?
-Siéntese, ya lo comprobará.
La máquina había anunciado ya una cuenta atrás. Tomé asiento y me abroché, por inercia, al sistema de sujeción. Estaba absorto, acariciando el asiento, maravillado por el tacto de cuero del sillón cuando cerraron el artefacto y empezó a activarse.
La iluminación interior se hizo tan potente que no me dejaba ver nada. No había movimiento aparente, tan solo un sordo zumbido blanco como la máquina. Aunque no se estaba desplazando, sentí inercia en mi cuerpo. Todo daba vueltas a mi alrededor, tenía la sensación de caer desde lo alto de un edificio, una montaña rusa sin movimiento que me hacía agarrar con fuerzas al preciado sillón.
La luz se apagó y yo estaba rendido, en el sillón, sin fuerzas para levantarme. Contemplaba desganado la apertura del cubo, donde se asomó una mujer con la misma bata blanca de loa operarios que dirigían el experimento, allá, en el otro lado.
– Buenos días, señor Orellana, acaba de dar un salto a cuatrocientos sesenta y seis años luz de su origen. Tómese su tiempo para levantarse de su asiento, le será más cómodo aclimatarse a su nueva gravedad.
El despacho del líder del poblado era ostentoso, pulcro, muy ornamentado, con figuras tribales y cuadros de los personajes célebres. Arhs´im aguardaba paciente, un tanto desganado, a recibir una ya esperada noticia.
– Hermano Arhs´im, sabemos que en unos días va a cumplir noventa años, como usted sabrá, hemos de pensar en celebrar su día del plantado.
– Así es, ya lo tenía presente y he estado meditando sobre ello.
– Bien, ¿le queda algo pendiente de solucionar?
– No, mi vida está en paz, puedo aceptar cualquier fecha.
– Según nuestras leyes, usted puede elegir el sitio exacto donde ser plantado, es una ley sagrada y como tal preservaremos su integridad con nuestras vidas si es necesario.
Arhs´im se quedó pensativo, el proceso era muy sencillo, las personas que alcanzaba cierta edad eran depositados en un agujero excavado en el lugar elegido, donde ocurriría la transformación.
El ciclo de la vida de su especie era un tanto peculiar, nacían de las semillas recogidas de sus frutos, la asociación de madres cuidaban de los pequeños, según crecían debían ir a la institución, allí eran educados y orientados para desempeñar un trabajo.
Solo los que llegaban a viejo podrían transformarse en árbol, y, por tanto, solo ellos podían reproducirse, el lugar que elegían para plantarse y crecer era muy importante. Era imposible saber a quién ibas a lanzar tu polen y quién iba a fecundar tus flores, eso era misión del viento y los insectos de la zona, así que normalmente se agrupaban en bosques con los árboles de las personas más afines, a los que llamaban familia.
– Ya había pensado el sitio donde plantarme.
– ¿Lo tiene marcado en algún mapa?
– No, es muy fácil de ubicar, le puedo enseñar donde.
– ¿Está muy lejos? Esta mañana tengo muchos asuntos que atender.
– No le robaré más de cinco minutos.
Los dos, salieron del despacho y se dirigieron a la salida del edificio del concejo, justo al salir Arhs´im señaló al suelo.
– Quiero ser plantado aquí.
– Pero, no puede ser, esto es la entrada del concejo, no puede bloquearla.
– ¿Ah, no? ¿Qué ley me lo prohíbe?
– Ninguna, pero es de sentido común, nos dificultará mucho la entrada.
– Es mi decisión, y es sagrada, nadie se puede negar.
– Sí, pero ¿Por qué?
– ¿Recuerda que quise abrir mi propio negocio y no me lo dejaron iniciar? ¿Cuándo sentí la necesidad de viajar a otras aldeas y no se me permitió? ¿Cuándo quise cambiar de profesión y me puso tantas trabas?
– Sí.
– Bien, ahora soy yo quien os cerrará las puertas.
Abrazados, exhaustos, con el alma henchida y la piel erizada por el momento, los dos escuchaban la melodía que llenaba la habitación. El humo flotaba en la oscuridad, rota por el reflejo de la luna llena, que curiosa, se asomaba por la ventana.
El silencioso brillo de la pantalla, lluvia eléctrica, vísperas a festivo de cansancio acumulado, hace que mis parpados pesen, tanto, que me rindo y abandono, que sean otras manos las que me gobiernen, hoy, en mi descanso. Es un buen momento cuando yo lo consiento.
Luz de tu mano en mi deseo, calor de tu piel refrescada por la brisa, que trae sabor a mis labios, que desordenas mis recuerdos. Mil veces soñé contigo y nunca vi tu rostro. Hoy me visitas de nuevo, esencia de ruborizadas mejillas que se adentra en caricias y me pide salobre bocado de pomácea prohibida, denso respirar que pretende que gimas, ritmo melódico de danza tribal que acelera el movimiento de mis dedos resbalando, sin freno, con el descontrolado control que iza tu espalda convirtiéndola en puente.
Intensa ofrenda que se revela, dulce licor derramado saboreado en ritual, devorándote lento, en la espiral imperfecta que hace que cierres tus ojos y tenses tu cuello. Delirio de encontrarme dentro, profundo, latiendo rápido en movimientos lentos de enredo de tu cuerpo y en mi mirada, tu pelo.
Muerte brusca de ardiente anhelo, el resucitar de brillante tarde de aburrido verano, agonizando en la luz monótona del parpadeo televisado, mientras en un suspiro pienso y te olvido.
Desde lo alto del acantilado, Tanausu y su hermano vigilaban la costa mientras cuidaban los animales, gracias a conducir su pequeño rebaño de escuálidas cabras, conocían los atajos de la zona, así que a poco estaría en la playa, algo extraño había en la orilla y quería ver que es.
– Vamos Adirán.
– Sí, pero espera.
– Date prisa gandul.
– Vale, pero no corras.
La pequeña cala de callaos, solitaria como siempre, tenía hoy la extrañeza de algo fuera de su lugar. Justo en medio, donde más rompían las olas, encima de un enorme tablón de madera, había una figura femenina de poco más de un metro, que sostenía un bebe en un brazo.
– ¿Qué es eso Tanausu? ¿Qué hace aquí?
– Yo qué sé, está hecha de madera. Es una mujer.
– Pero, ¿Quién es?
– Parece una diosa.
– Es Chaxiraxi seguro que es ella, Que viene a protegernos de Guayota.
– No sé, vamos a contárselo al Mencey, ¡Venga! ¡Corre!
Me dijo que era de la luna y del sol, navegante de océanos, vendaval de la orilla que hincha sus velas a suspiros, llevándola a la deriva, donde no llega la primavera. Era del aire y del cielo, donde volar de noche, cuál pardela, donde sus cantos se escuchan y se pierden, en la senda del viento. Siguiendo la luz de las estrellas, siguiendo el rumor del firmamento.
Ella me dijo que era de la brisa en calma, de la lluvia, de las oscuras nubes que descargan su frío, deshaciendo la tierra con sus lágrimas, derramándose incontroladas en río. En la plenitud del delirio de la arena formando limo, donde nacerán las flores de colorido prado cuando el mal tiempo se haya ido.
Me dijo que era libre y que si yo quería podía quedarse conmigo. Yo me quedé mudo, pero ella, que sabía de mí, devorando ideas varadas, arremolinando la cadencia de mi pensamiento, se quedó allí, junto a mí, contemplando cómo me desbarataba en verso.
Me encantaba ver chocar los copos de nieve sobre la ventana del comedor. De adolescente me podía pasar el día allí, frente a una chimenea crepitando leña, con olor a festivo cercano y a pereza por quitarse el pijama. Me quedaba quieto, expectante, hasta que la proximidad terminaba nublando de vapor la superficie acristalada y ya no podía ver nada.
Sucedió que al empañarse empezó a formarse figuras, al principio confusas y nebulosas. Con el tiempo esas manchas de vaho se fueron asemejando a un rostro, difuso, que se emborronaba al instante, dejando unos labios besados en el vidrio.
En las primeras ocasiones me asustaba, pero como un difunto felino, siempre volvía, a contemplar esa cara, cada vez más perfecta y cada vez más encantadora. Una figura femenina que me acompañaba en sueños despiertos mostrándome la humedad de sus labios, atrayendo con ganas a los míos.
Una tarde, en un impulso, cuando mejor se podía apreciar la forma que aparecía en la ventana, besé el cristal, sintiendo la fría condena del que quiere querer y no puede, porque hacía frontera un muro de impenetrable coraza, que separaba dos mundos opuestos.
Aquella fue la primera vez que besé a un fantasma.