Autor: DeOniros

  • Fermentación orbital

    Fermentación orbital

    Estaba hecha de chapa metálica, restos de contenedores viejos y sombrillas de playa.
    Él la miró, poco convencido, le sacó una foto con el móvil y la envió a su contacto.

    —¿Estás segura de que va a funcionar?
    —Ya verás que sí.
    —Pero… ¿y el vacío del espacio no va a destrozarla?
    —Para eso tienes el campo de fuerza.
    —Sí, hecho con un transistor viejo y un microondas oxidado.
    —Y contra más óxido, mejor.
    —¿Y el oxígeno?
    —Llevas la planta, ¿no? Además, estarás con nosotras en seis horas, puede que menos. Hiciste el motor de curvatura, ¿no?
    —Sí, con un lavavajillas y tres cacerolas.
    —¿Correctamente alineadas?
    —Sí, tal y como estaba en los planos.
    —Pues solo te falta la célula de energía. ¿Cómo va?
    —Fermentando.
    —Perfecto.
    —En un día ya empezará a burbujear.
    —Buenas noticias.
    —¿Estás segura de que el kéfir va a generar tanta energía?
    —Y más todavía. De sobra por si un día quieres volver.
    —Es que…
    —¿Qué te pasa?
    —Que veo este cacharro inseguro y me da miedo.
    —¿Te da miedo tu obra de arte interestelar?
    —La veo muy endeble.
    —¿No nos tendrás miedo a nosotras?
    —No, eso no.
    —Menos mal. Porque…
    —¿Porque qué?
    —Sabes que el futuro de mi especie depende de alguien como tú.
    —Lo sé, lo sé.
    —Y yo ya me había hecho ilusión contigo.
    —Tranquila, no te voy a fallar.
    —Las demás piensan como yo.
    —¿Sí?
    —Sí. Pero primero me fecundas a mí, ¿vale?
    —Claro que sí, mi amor.
    —Vale, fermenta eso rápido, que se nos va el celo.
    —Sí, cariño.

    —Pedro.
    —¿Qué?
    —¿Ya estás metiéndole cosas raras al vecino friki?
    —Mujer, solo es una broma inofensiva.
    —Pues creo que hackear su móvil para burlarte de él está mal.
    —Por cierto… ahí va, volando.

    Alondra Bentley – The Garden Room

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  • Informe preliminal – Parte II

    Informe preliminal – Parte II

    ¿Y si Dios se había olvidado de ellos? 

    Grbuk caminaba cabizbajo. 
    Deambulaba sin ganas por las colinas encarnadas, rumiando pensamientos débiles como su estómago. Pensaba, sin demasiada fe, en el páramo de los espasmos. La autocompasión se le volvió pregunta, y el hambre la hizo imposible de responder. 

    Los ancianos lo repetían desde siempre: 
    Dios provee. 

    Y así ocurría. 
    A menudo llegaba un torrente alimenticio que irrigaba campos y ciudades. Lo llamaban la tormenta del zampar. Sucedía en ciclos temporales más o menos inexactos, siempre distintos. A veces un aluvión de proteínas y grasas; otras, un manantial de hidratos de carbono. Azucarado, cuando había suerte. 

    El infierno era la ausencia. 
    El tiempo sin alimento. 

    Llevaban una temporada de caudal pobre: comidas monótonas, insípidas, excesivamente líquidas. Rezaron. Suplicaron. Ofrecieron sus mejores cultivos como sacrificio. Nada. 
    La fuente de su subsistencia se estaba secando. 

    —Dios no nos ve —dijo alguien en voz alta. 

    En el principio de los tiempos, el mundo fue oscuridad. 
    Quizá aquello era una prueba. Quizá Dios solo los reconocería si brillaban con su máximo esplendor. 

    Y así lo hicieron. 

    Prepararon los fuegos artificiales más potentes de su historia. 

    Poco antes de iniciar la ofrenda de luces y colores, los recolectores del sur dieron la alarma. Habían visto en las inmediaciones una criatura mítica. Gigantesca. Grbuk los interrogó. 

    —¿Cómo es esa criatura? 

    —Es brillante —respondieron—. Una luz intensa que termina en un ojo. Y nos observa. 

    Grbuk asintió, solemne. 

    —Amigos… ese es el ojo de Dios. Hay que adelantar la ofrenda. 

    Los peregrinos, cargados con el polvorín ceremonial, rastrearon las colinas hasta encontrarla: 
    una serpiente plateada, alargada, con una luz fija en uno de sus extremos. 

    —Explosivo. 

    Ben Salisbury & Geoff Barrow – The Alien

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  • Informe preliminar

    Informe preliminar

    —Tranquilo, no dolerá. 

    Ya no era solo el nerviosismo de pensar que podría tener algo grave; era la incomodidad de someterse a las pruebas necesarias. Antonio respiró hondo, pensó en su familia y accedió a entrar en la sala. Se desnudó completamente, se puso el ridículo delantal verde que no le cubría nada y el gorrito plastificado para recoger el pelo, y esperó. 

    Al poco tiempo entró una señora robusta. Le asustó un poco, pero ella lo tranquilizó enseguida. 

    —¿Está usted preparado? 

    —No mucho, pero… en fin. 

    —Tranquilo. Es un poco incómodo, pero no suele doler nada. Le pondremos un sedante. El proceso es algo complejo: introduciremos una sonda por el ano y, mediante una cámara, podremos ir viendo. Contamos con el colonoscopio más avanzado de la zona. 

    —Ya… qué bien —dijo Antonio, sin mucha convicción. 

    —Eso también lo hace más fino y cómodo. 

    Lo llevaron a una camilla y le pusieron una vía en la mano. Por ahí fluyó el sedante, que le indujo a una especie de duermevela. Después lo trasladaron al cuarto donde le harían la exploración. 

    —Señor Gómez, yo soy Fermín Spector. Seré quien le realice esta prueba. Relájese. No le va a doler nada. 

    Antonio estaba demasiado atontado para contestar. Movió ligeramente la cabeza. Eso bastó. Comenzaron con la introducción del aparato. Y era verdad: no dolía. Aunque embotado, permanecía atento a la conversación del personal sanitario. 

    —Avanzamos sin dificultad. 
    —¿Cómo lo ve, doctor? 
    —Limpio. Mucosa rosada. Textura correcta. Nada reseñable. 
    —¿Ni pólipos? 
    —Negativo. Esto está mejor que muchos intestinos jóvenes. 
    —Seguimos. 

    El sonido era extraño, pero la conversación resultaba calmada. 

    —Aquí también todo normal. Pliegues bien definidos. Irrigación perfecta. 
    —Da gusto cuando el cuerpo coopera. 
    —Sí… no siempre ocurre. 

    Hubo un breve silencio. 

    —Espere. 
    —¿Qué pasa? 
    —No es patológico. No exactamente. 
    —¿Entonces? 
    —Hay algo… distinto. 

    A duras penas alcanzaba a ver la pantalla con la que trabajaban. Un leve zumbido desplazó la imagen. Lo poco que distinguió lo sorprendió. 

    —Ahí está, pare. 

    —¿Qué es lo que…? Oh, Dios mío. 

    Intentó mover la cabeza. En la pantalla se veían luces. Luces de colores. Se movían. No estaban quietas. 

    —Déle zoom, por favor. 

    —¿Pero qué diablos es esto? 

    —No lo sé. Intente ampliar más. 

    Antonio empezó a ponerse nervioso. Trató de girarse, pero alguien lo sujetó con firmeza. 

    —Estése quieto, por favor. Ya estamos terminando. 

    —¿Pero qué pasa? 

    —Nada malo. Solo… extraño. Vamos a darle un poco más de sedación, ¿de acuerdo? 

    Antonio despertó en una camilla distinta. Más grande. Más cómoda. Frente a él estaba el médico que había realizado la prueba. 

    —Bien, señor Gómez, ya sabemos qué es lo que le aflige. 

    —¿Es grave? 

    —No lo sabemos con exactitud, pero grave no lo creo. No es cáncer, no se preocupe. 

    —Entonces… ¿qué eran esas cosas raras que se veían en el monitor? 

    —Usted sabe que tenemos una serie de organismos vivos en el intestino, ¿verdad? 

    —Sí, conozco algo sobre ese tema. 

    —Y sabe que, a veces, se descontrolan. 

    —¿Algo así como la candidiasis? 

    —En su caso es un poco más. 

    —¿A qué se refiere? 

    —En su caso han evolucionado hasta comenzar una civilización inteligente. 

    Queens of the Stone Age – I Appear Missing

    Antonio pensó que, al final, no estaba tan solo como creía.

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  • Cuento de Navidad moderno para dinosaurios antediluvianos

    Cuento de Navidad moderno para dinosaurios antediluvianos

    Feliz Navidad, amigos.

    Hoy, en el blog del Onironauta, rescatamos un clásico de siempre.
    Con la aparición estelar de Ebenezer Scrooge
    y la irrupción —tan accidental como inevitable—
    de un glitch kid que me crucé en la calle.

    Un Cuento de Navidad moderno
    para dinosaurios antediluvianos
    .

    Pasen, lean…
    y no apaguen el móvil todavía.


    Tras la aparición de los tres fantasmas, Ebenezer Scrooge se disponía a vestir de gala para asistir al nuevo día. 
    Pero se dio cuenta de que no estaba solo. 

    Un personaje le esperaba en relativo silencio tras la puerta. 

    —Hola, broh. 

    —¿Y tú… quién diablos eres ahora? 

    —Soy el fantasma de las Navidades del Futuro Imperfecto, broh. ¿Has visto este reel? 

    Era casi un niño y parecía vestido por el mismo rey de los bufones: pantalones que se caían, jersey enorme, extrañas esferas cubriéndole las orejas y una expresión de Mona Lisa cansada. Sostenía un objeto luminoso que toqueteaba sin parar. 

    Ebenezer lo interrumpió. 

    —¿No os parece que ya ha sido suficiente por hoy? 

    —Que no, broh. Ven conmigo y verás. 

    —¿Tengo que subir en ese artilugio? —dijo, señalando un patinete eléctrico descolorido. 

    —Que sí, weli, que no pasa nada. 

    Nuestro protagonista se encaramó al siniestro transporte detrás del fantasma. Este apretó el botón del manillar y salieron disparados hacia Dios sabe qué pliegue del tiempo. 

    Aparecieron frente a un pequeño edificio en las afueras de Móstoles. El fantasma aparcó el patinete junto a una farola, le puso tres candados distintos —forma, color y fe— y dijo: 

    —Venga, broh. Vamos al lío. 

    —¿Y eso qué es? 

    —Esto… tu negocio, welis —respondió, neutro. 

    Entraron en un despacho blanco. Mesa mínima. Pantalla extraplana. Teclado casi invisible. Y algo que parecía media pelota de rugby. 

    —Da cringe entrar aquí, broh. 

    —¿Y se supone que es todo esto? 

    —El despacho de tu sucesor. Mire bien: esta es la evolución de su negocio. 

    La pantalla mostraba una web roja, saturada de cuadrículas con rostros maquillados de mujeres sonrientes. El título decía: Live cams. El subtítulo: Amateurs calientes

    Ebenezer pulsó la pantalla. 

    —Estás out, broh. ¿Cuál quieres ver? 

    —Esta. 

    Señaló a una joven con orejas de gato y maquillaje extraño. El fantasma hizo clic con el mando en forma de pelota. 

    —Hola, papichuli —dijo ella—. ¿Quieres ver cómo me lo monto en cuatro? 

    —¡Por Dios, señorita, tápese el trasero! Pero… —los ojos de Ebenezer se desbordaron— ¿qué va a hacer con eso que tiene en la mano? 

    Miró al fantasma. 

    —A mí no me mires. Tú hiciste los bisnes. Yo solo enseño. 

    —¿Y si no tengo herederos, a quién demonios dejé mi empresa? 

    —Al pequeño Richard. 

    —¿Richard Johnson? 

    —El mismo. En la cena de esta noche, la que preparaste para los empleados. Te encariñaste con la criatura… Con los años le diste el control. Luego heredó todo. 

    —¿Tan mal fue? 

    —Mal no. Está ganando una pasta. 

    Ebenezer despertó sobresaltado. Había dormido vestido. Así salió. 

    Reservó mesa en el mejor restaurante para empleados y familias. Todos acudieron encantados. No entendían el cambio, pero lo celebraban. 

    Allí estaban: Suzanne, la secretaria; Müller, el contable; y, por supuesto, Richard. 

    —Señor Richard —lo llamó—, ¿tiene un momento? 

    —Claro, señor Scrooge. ¿Qué puedo hacer por usted? 

    —Poca cosa. Está usted despedido. 

    Nothing But Thieves – Futureproof

    🧬 Tribus urbanas implicadas en el desastre:

    • Glitch Kids / Digicore
      Hijos del error digital. Visten como si Internet se hubiera caído sobre ellos.
      Aman lo roto, lo saturado, lo que no carga bien.
      Para ellos, el futuro no se teme: se buguea.
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  • 3:33

    RAÚL: Hola, buen día, amor.

    Nada más despertar, pese a la neblina que envolvía su mente, pensaba en ella. Pasaba un rato en la cama. Girando. Evitando el frío de la mañana. Esperando una respuesta. Pero esa respuesta no llegaba.

    Antes de que el despertador sonara de nuevo, ya tenía un pie en el suelo. Estaba listo para salir antes de que el primer rayo de sol atravesara su ventana. Era entonces cuando volvía a pensar en ella.

    Raúl: No sabes el frío que hace. Pero bueno, las nubes dejan un bonito amanecer.

    Sus ocupaciones diarias eran muchas. No dejaba descansar su cabeza hasta el café de mediodía. Solo, con un poco de azúcar y un poco de tranquilidad. Buscaba en las redes sociales aquellos vídeos de gatos que tanto les hacían reír y le enviaba uno. El que más le hubiera gustado.
    No tenía respuesta.

    A mediodía se quejaba de la cantidad de vinagre de la ensalada. Sabía que a ella no le gustaba más que con un toque sutil. Fotografíaba el menú del día y se lo enviaba junto con un corazón. Suspiraba en el postre y se apresuraba a volver a trabajar.

    Raúl: Te hubiera encantado el tiramisú…

    Por la tarde, tras salir de trabajar, se cambiaba de ropa y salía a correr. La playa estaba desierta en invierno y aprovechaba los últimos rayos de sol para ejercitarse en soledad. Cuando no quedaba más que una franja rojiza en el horizonte, se sentaba en la arena y suspiraba.
    Enviaba una fotografía una vez más.
    Sin respuesta.

    Cenaba ligero y se iba pronto a la cama. Antes de apagar la luz miraba esa fotografía una vez más. Los dos reían. Él hacía una mueca y ella le miraba de reojo. Hubo muchos selfies ese día, pero ese era el que más le gustaba. Esta vez no volvió a mandarlo.
    Simplemente le envió un corazón.

    Siempre pensaba en ella justo antes de dormir.

    En sus sueños todo estaba oscuro. Sentía la lluvia en la cara, esperando un instante que ya conocía. Escuchaba el ruido de un coche al derrapar. Rojo. Blanco. Un cielo roto. Luego sangre, cristales y restos metálicos.

    Despertaba con el golpe a las 3:33. A veces se volvía a dormir, pero hoy no lo hizo. Recogió el teléfono del cargador. Apretó el botón de desbloqueo, se reflejó en la pantalla azul y escribió.

    Raúl: Zoe, te quiero mucho, pero no puedo seguir con esto.

    Raúl: Espero que allá donde estés seas feliz. Hoy te dejaré marchar.

    A continuación, borró su número de la agenda. Respiró hondo.
    Y se volvió a dormir.

    Vetusta Morla – La deriva

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  • Nada en un átomo

    Nada en un átomo

    Nada.

    En ese momento no había nada.
    Nada comprimido en un átomo
    que colapsó en una décima de segundo.

    Y estalló.

    Y se expandió.

    Y se quedó helado.

    Del frío salió el calor.
    El calor se transformó en materia.
    Y la materia comenzó a emitir un sonido constante.

    Tic tac.
    Tic tac.

    Las partículas giraban rápido y chocaban entre sí.
    Se agrupaban y se dividían,
    formando filamentos que se entrelazaban.

    Giraban y se expandían, formando nubes de materia energética,
    iluminando el espacio creciente.

    Espirales.
    Órbitas.
    Caos sincronizado.

    Cuerpos rocosos empujados al infinito,
    avanzando, expandiéndose
    en la oscuridad interminable.

    Hasta que no hubo cadencia.

    La inmensidad se volvió fría y dispersa.
    El tiempo se congeló.

    Las estrellas se apagaron
    en explosiones de hielo.

    La inercia se acabó.

    Y empezó a caer.

    A contar los segundos hacia atrás.

    La roca volvió sobre sus pasos,
    disgregándose en llamas,
    acumulándose de nuevo en el espacio.

    Cada vez más pequeño.

    Cada vez más caliente.

    Cada vez más denso.

    Colapsando en sí.

    Nada.

    Nada en un átomo.

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  • Bisonte de invierno

    Bisonte de invierno

    Irrumpió en el espacio con violencia.
    Se exhibió ante todos los habitantes de la cueva, mirándolos uno a uno con descaro furioso.
    Resopló vapor y desapareció por donde había entrado.

    Era un bisonte de invierno.
    Pelaje blanco como manto helado.
    Astas de negro azabache reluciente.

    Se fue, pero dejó la estela de su presencia.

    El sabio del pueblo abrazó el augurio y gritó:

    —Hay que salir a cazar. ¡Ya! Todos preparados.

    Los hombres partieron hacia el sueño de un mito.
    Algunos regresarán.
    Otros no.

    Heilung – Norupo

    El augurio fue claro.
    El precio, no.

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  • Milenaria

    Milenaria

    ¿Es tu pelo?
    O no sé qué es. Ese aroma.
    ¿No te ha pasado nunca? Que te transporta.
    Te lleva a una ciudad anciana, a azahar de marismas,
    mirando con rabia el futuro entre humos y risas.

    Fue entonces cuando te conocí.
    Desafié tu mirada y me dijiste que sí.
    Que sería eterno mientras sigamos queriendo.
    Y que, si no, pues nada:
    no habría nada que no se diluyera con el tiempo.

    Me seguirás esperando en el puerto.
    A ver si vuelvo.
    Con la mar en calma, brisa marina y labios de sal.

    Volveré con las gaviotas.
    Acariciando las arrugas de tu piel
    en cada pared,
    en cada esquina.

    Volveré siempre.

    Saurom – Amanecer 

    Si tu amor fuera una ciudad… ¿Cual sería? 

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  • Entrada sin título 6332

    Unas migas de pan fueron ofrecidas.
    Todo un regalo.
    Suficiente para bajar del trono
    y querer devorarlas.

    Él las amaba con locura.
    Las concebía como bailarinas ruidosas que acudían siempre en compañía,
    para estar un rato a solas,
    para agradecerle sus golosinas.

    Semillas, grano, legumbres.
    Sabía bien lo que les gustaba.

    Ellas quedaban danzando al compás de su soledad,
    alimentándolo de vida marchita,
    de esa que pronto se irá.

    Y en su fatigado respirar sentía la emoción de la danza:
    el vuelo cadente hacia sus manos,
    la elegancia de pasos erguidos,
    el vaivén atento de cuerpos asistiendo.

    Cánticos de arrullo
    tornados en despedida
    con la puesta del sol.

    Otro día más.

    Volverá
    con devoción.

    Marea – Nuestra fosa

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  • Equilibrio

    Equilibrio

    Le gustaba caminar descalza.
    Sobre un cable eléctrico.
    Abrazada por el viento, despacio.

    Allá en lo alto todo parecía más pequeño, menos importante, efímero:
    el tráfico denso de alegres colores y humos malolientes,
    las personas que gritaban a su paso,
    los tristes reflejos de las nubes
    dejándose caer en forma de charco.

    Todo era anecdótico
    a un hilo de aire,
    caminando lento.

    El sol se acercaba a verla, calentando sus pasos,
    meciéndola uno a uno.
    Avanzaba hacia el abismo
    con la alegría de una adolescente en fiesta,
    bañada por la luz de neón.

    Caminando, se hizo lejos.
    Y se volvió turbio.

    Un movimiento sísmico,
    ondas chocando contra sus dedos,
    la hizo tropezar en el último intento:
    rompió el equilibrio,
    derramó su atención en el horizonte,
    sacó su fragilidad de la línea
    y la lanzó al espacio.Y en mitad de la espiral del vacío
    voló.

    Apparant – Goodbye

    Unas migas de pan fueron ofrecidas.
    Todo un regalo.
    Suficiente para bajar del trono
    y querer devorarlas.

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