Escuchándote hablar, entre ese galimatías de frases incomprensibles, de lenguajes de otro mundo, me di cuenta de que más allá de tus palabras, se me hacía una aventura tu tono, la cadencia de tus vocablos, la veracidad del movimiento de tu pelo y la expresión de afecto en cada sílaba.
Te entiendo, por qué amas cada pausa, cada silencio, el acento del verbo y la voz de tus palabras, que recorren el mar cuando las sueltas, aunque tú no te des ni cuenta.
-Hola, hola, hola, humano, ¡cuánto tiempo! ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué, por qué? Te he echado de menos.
-Hola, Willi, ¿qué tal?
-Qué bien que hayas vuelto. Ven, que te lama la cara, quiero saber qué has comido.
-No, Willi, no.
-¿Por qué? Déjame anda, una lamidita nada más. ¿Me das de comer?
-Sí, claro. Comida. Bien.
Martes 14 de enero
Día dos tras la implantación.
-Hola, hola, hola, humano, ¡cuánto tiempo! ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué, por qué, por qué? Te he echado de menos.
-¿Qué tal Willi?
-Bien, oye apestas, ¿dónde te has revolcado?
-Es colonia.
-Pues apesta mucho. ¿Me traes comida?
Miércoles 12 de febrero
Día treinta y tres tras la implantación.
-Hola, hola, hola, humano, cuánto tiempo, ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué, por qué, por qué? Te he echado de menos.
-Hola, Willi, hola.
-Oye, humano, te veo cansado, déjame que te lama la cara.
-Te sentará bien. Oye, ¿trajiste comida?
Viernes 10 de octubre
Día doscientos setenta y tres tras la implantación
-Hola, hola, hola, humano, cuánto tiempo, ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué, por qué, por qué? Te he echado de menos.
-Hola.
-Oye, humano, ¿qué te pasa?
-No sé, Willi, no estoy de ánimos.
-Venga, humano, cuéntamelo, soy tu amigo.
– Tal vez veo que el experimento no esté funcionando.
-¿Qué experimento?
-¿No lo sabes? Si tú eres parte del experimento.
-¿Yo?
-Si, te implantamos un traductor de lenguaje para probar que tienes cierta inteligencia, pero no avanza.
-Ah, ¿El cacharro que tengo en la cabeza? Es verdad, desde que lo tengo te entiendo mejor.
-Pero no has evolucionado nada, repites lo mismo desde aquel día, no veo que aprendas.
– Joder, humano, claro que aprendo. Te escucho y recuerdo lo que dices, pero es que tus conversaciones son muy aburridas. Ni quieres jugar, ni quieres pasear, yo creo que casi no comes. No veo que deba aprender mucho de ti.
-Pero el hecho de entenderme te tendría que abrir más la mente, tendrías que interesarte por más cosas.
-No sé, humano, yo aprendí tu idioma antes de que me pusieran el chisme este, puede que tú no. No necesitaba este casco para entenderte. Pero es que, además, nosotros, los perros, no tenemos grandes necesidades. Tú me das tu amistad, me das comida y me permites pasear un buen rato. Sintiéndome seguro en el sitio en el que vivo, ¿qué más necesito? Anda, dame de comer humano y vuelve con tus preocupaciones luego si quieres.
Dame tu aliento para saciar mi sed, encarnada luz de noche en tus orillas, dame suspiro salado, el mar de tu deseo en tu tez, sándalo y romero y tal vez tu piel.
Descalzo, de puntillas me escondo, en la vera de tu nombre, para volar a cielo abierto antes de que el sol estorbe.
Mírala pasar, con su espléndido canido asustado, pidiendo exilio. Exhibiendo pelaje, ostentando encajes, firmado en Gabbana Dolche y embutido en piel de noche y sábana de triste raso. Que mientras su traje brille y las monedas no traicionen, paseara su artificial sonrisa en el mercado de la escena.
Ayer, revisando palabras escritas guardadas en dígitos binarios, me di cuenta de los días pasados, de semanas tachadas en un mundo imaginario, de que, girando entre letras, acabé viajando en la traslación completa.
Aun sabiendo que a narrar se aprende contando y que el circunloquio es el pasatiempo del que intenta entretener, he de confesar que he mutado el trazo, he atormentado diéresis y condenado acentos a la soledad de un apóstrofe. Disfruto errando en mis misterios heráldicos, equivocando palabras de lugar y extraviando signos ortográficos que atentan a la sinfonía del texto orquestado.
No tengo dudas, he disfrutado mintiendo al mundo con la fábula de los reflejos, vomitando reflejos proyectados de la nebulosa de mi esencia, arañando garabatos de recuerdos oxidados, la parte más verídica de mis versos inventados. Confundiendo parábolas flotantes con la caricia del viento alisio.
Si debo pensar en futuro, seguiré pintando a crayón, creyéndome sueño profundo, arrullando ríos de tinta con fantasía alada, que despierte de las sombras el claro del bosque y aullando a la luna despertaremos a un sol dormilón que, de tan ardiente, convierta en polvo las estaciones y el agua del mar se derrame a mi espalda.
De la intensidad de quererte a mi vera, esperando a que pasaras distraída bajo mi ventana, buscando casualidades para cruzar tu camino, disimulando con un silbido el frenesí, conseguí algo inexplicable, que se empezaran a fijar en mí.
Ocurrió que alguien se interesó por mí, pero no eras tú, ni ella, ni tan siquiera era una persona. Sentí una presencia extraña de una figura borrosa, que me perseguía cuando paseaba, me observaba al asomarme por las mañanas, y por la noche, me acompañaba a mi casa, silenciosa.
Al principio quise creer que era el engaño, por mi facilidad de imaginar postales en las sombras, por creerme las mentiras bonitas de un vendedor de enciclopedias o de tratar de jugar con recuerdos perdidos del amanecer, cuando estaba anocheciendo. Pensé en dejarlo correr hacia el mar de los misterios inventados y recuperar tu rostro en mi mente, que empezaba a verse desenfocado.
Esa tarde noté que iba a más cuando, al repasar mis ideas, le noté hurgar en mis recuerdos de cuando era un niño enamorado de la luna llena, ardiendo de rabia por no poder salir y aullarla, o de cuando pisaba descalzo la arena de la playa y sorteaba las olas buscando mojarme las rodillas.
En la cama, mientras mi mirada cansada luchaba por apagar el día, en un acto de reverencia onírica, se presentó a mí en su mundo oculto. Mi mano rozó su rostro, perdida entre los lamentos del tiempo, se enredó alrededor de su pelo, mientras su vestido volando se precipitó al suelo. Fue su sonrisa lejana la que se quedó ardiendo en mi aliento, hasta morir en un despertar que disipó la realidad de mi lado.
Ahora ya no te sigo buscando, ansío la sombra de un sueño, que se presentó sin pedirlo y me enamoré de lo extraño, de sus largas noches de deseo, de mis ansias por querer domarlo, del ímpetu de su mirada que era profunda pese a no ser cierto.
El ente alzó su esencia a las partículas primigenias que en alguna ocasión habían formado parte de él. Se completó en un individuo y apaciguó con cordura su largo encierro.
La bruja, desnuda y sin pudor, se encontraba frente a él esperando su recompensa. Tenía miedo, sin duda nunca se había enfrentado con un poder como el suyo, pero la necesitaba, solo ella podía liberarlo.
Salutaciones poderosa hechicera, en vos encomiendo mi poder, decidme qué deseáis y os lo concederé.
-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
-Tengo muchos nombres, pero ninguno es importante. Vos me habéis llamado así que sabréis por qué lo habéis hecho.
-No estaba llamando a nadie, estaba en otros asuntos cuando de pronto apareciste entre luz y humo.
-¿No pretendía invitarme entonces?
-¡No! Yo estaba… Hacía otra cosa. No sé cómo invocarte.
-Es fácil, frotando el objeto donde se capturó mi mente.
-Ah, pues puede que sí que haya frotado algo, pero no sabía que tú estabas allí.
-Entonces te propondré un trato. Haré realidad cualquier deseo de quien me quiera liberar, pero para eso debe destruir el objeto que me hace prisionero.
-¿Te refieres a esto?
La dama le enseñó un pene tallado en caoba, de color oscuro y con símbolos extraños grabados alrededor de la forma cilíndrica.
-Me temo que no era consciente de la figura que me contenía. Si la destruyes quemándola, nuestro pacto se hará realidad. Pero, ¿se puede saber de qué forma andaba frotando esa representación fálica?
-Mejor nos preocupamos por concretar nuestro pacto y dejamos esta anécdota para otra ocasión.
Sin darme cuenta, pasé a su lado, mesura de prisa, entre la preocupación por llegar y el cansancio recorrido. Al cruzar sentí su mirada azul cielo de verano. Con un soplo de brisa, al dejarla atrás, noté la presencia de su aroma, que tatuado en el aire persistía suspendido.
En un fundido al blanco de mi mente, mi cordura se hizo pequeña y preguntó por su cabello brillante que, de tan lejos, quedó ausente.
Si alguna vez en tus sueños entro, crearé aliento de brumas de risa, raíces de felicidad en barbecho y cálida seguridad para fortalecer tus alas y que se abran al viento.
Que así cruces el firmamento, enlazando besos de espero en la cama, tachando el tiempo, esperando tu llamada, con un libro abierto entre ligeras sábanas saladas.
Sabrán a días de calma, a inocencia prestada, a las historias de duendes y de lobos mansos que yo te contaba. Volverás a casa llena de aventuras nuevas y tendrás a quien relatarlas.