Parecía triste. La mirada al suelo, sentado en silencio en aquel sillón que le venía grande. Parecía perderse en él, en sus sueños. En sus heridas infantiles: tan fáciles de curar y tan dolorosas al mismo tiempo.
¿Es que los adultos no se dan cuenta?
pensó el soldadito de plomo.
Vio caer una lágrima por su mejilla. Silenciosa como el mar en calma. Melancólica como el olvido.
Al acercarse un poco más, el juguete de metal rompió su silencio.
—¿Qué te pasa, niño?
—Mi mamá no quiere que hable con desconocidos.
—Pero yo no soy un desconocido. Soy un juguete.
—Mi mamá no quiere que juegue con juguetes armados.
—Pero soy de latón. No puedo disparar.
—Mi mamá no quiere que tenga juguetes violentos.
—¿Y qué quiere tu mamá?
—No lo sé. No quiere que haga nada.
—Claro… por eso estás triste, ¿no?
—Estoy triste porque no tengo con quién jugar. Mis padres no quieren. No tienen tiempo para mí.
—Pero estoy yo aquí. ¿Qué quieres hacer?
—No puedo jugar si llevas un arma.
—Entonces dibuja una flor en su lugar. Verás cómo lo cambia todo.
El niño empezó a pintar colores sobre su uniforme de cobre. Disimuló con pétalos pequeños la bayoneta que llevaba en el brazo.
Se entretuvo toda la tarde dibujando y hablando.
Descubrió que, al pasar las páginas de aquel libro, podía convertir en cuento las palabras que solo escuchaba en sus sueños. Que, aunque a veces fueran mentira, eran lo más cierto.
Un resplandor arañó el cielo nocturno del desierto. Dejó una estela dorada que fue perdiendo intensidad hasta detenerse. Quedó una estrella colgada en un lugar en el que nunca antes hubo nada. Y allí esperó.
A los pocos días aparecieron. Eran tres. Cada uno montado en un camello. Avanzaban lentamente hacia el punto donde la estrella se había detenido. Iban buscando respuestas; bajo ella tan solo encontraron una pregunta.
La estrella estaba suspendida sobre una cueva, poco antes de la pequeña aldea que ponía fin a las penurias del desierto. Según se aproximaban, vieron que el astro no era tal. Era una esfera brillante que flotaba de manera imposible. De ella colgaban hilos dorados que iluminaban el refugio.
De los tres, el de túnica negra bajó de su montura y entró en la cueva.
Dentro había un anciano con gesto preocupado. A su lado, una joven vestida con una bata verde descansaba en un sillón flotante. De su cuerpo salían varios de aquellos cables luminosos, que parecían alimentarla. El pecho subía y bajaba con una calma artificial, como si el tiempo no fuera exactamente el mismo a su alrededor.
—¿Pero qué pasa aquí? —dijo el hombre negro, asustado.
—No temas, caballero de Oriente —respondió el anciano—. Dios es el artífice.
—Vengo por respuestas para mi pueblo.
—Diles que ha nacido el Niño Dios.
Entonces lo vio. Tras la penumbra, un niño dormía en una cuna. Alrededor de su cabeza flotaba un aro dorado, repleto de pequeñas luces parpadeantes. El forastero se acercó. El bebé abrió los ojos y le regaló una sonrisa sin dientes.
El hombre salió apresurado para avisar a sus compañeros. Les contó lo que había visto. Los otros dos desmontaron de inmediato; querían comprobarlo con sus propios ojos.
La esfera emitió un zumbido grave. Cambió ligeramente de tonalidad y dejó ver una abertura. De ella saltó un ser que quedó suspendido en el aire. De su espalda surgían alas metálicas que lo impulsaban con precisión. Descendió haciendo filigranas, dejando rastros de luz a su paso, hasta aterrizar frente a los tres viajeros.
Ellos retrocedieron. Decidieron que aquello debía de ser un ángel.
La criatura llevaba una armadura plateada cubierta de luces de distintos colores. Se quitó el casco y reveló su rostro: alto, de facciones suaves, con una espesa cabellera rubia. No supieron decir si era hombre o mujer. Tampoco por su voz.
—¿Sois los tres magos de Oriente?
Se miraron entre ellos. El ser alado sonreía con una felicidad difícil de ocultar, como un niño a punto de estrenar un juguete.
El de la barba blanca rompió el silencio:
—Podemos decir que sí. Estudiamos la magia de las estrellas y venimos del Oriente.
—No temáis —dijo el ángel—. Es tiempo de dicha. Pero para que mi jef… esto… para que Mi Señor tenga constancia de vuestra presencia, necesito que os vea.
—¿Y cómo va a vernos? —preguntó el de barba castaña.
—Con este artilugio.
Sacó un objeto rectangular con varias lentes.
—¿Es como un catalejo?
—Algo así.
Lo dejó sobre una roca y, entusiasmado, corrió a abrazarlos.
—Ahora juntaos y sonreíd.
Tras el destello, desapareció en un vuelo acrobático.
Los tres viajeros, confundidos, comenzaron a aceptar el carácter divino de todo cuanto allí estaba ocurriendo.
Desde el interior de la esfera, todo parecía más pequeño. Más irreal.
El panel de control marcó negativo en patógenos y autorizó la entrada del individuo disfrazado de ángel. Tras inspeccionar el traje, uno de los técnicos le dio una palmada en el hombro a su compañero, puso los ojos en blanco y dijo:
—No te podías resistir a hacerte un selfie con ellos, ¿verdad?
El otro sonrió, todavía eufórico.
—Para ti no sé —respondió—, pero para mis hijos, que su padre tenga una foto con los tres Reyes Magos… eso vale oro.
grandes peligros que acechan en las calles de una ciudad moderna. Yo, precavido por naturaleza, no dejo descansar a mis sentidos cuando paseo por ellas.
Mis oídos prestan atención a las sombras de las esquinas. Mi ojos están siempre acariciando la senda. Mi olfato interroga al dueño de las pisadas que me persiguen en los callejones.
Pues nadie sabe que terrible criatura se esconde tras la penumbra. Existen rayas del tamaño de un mastín. Grandes criaturas de mirada incandescente que cruzan su camino por la noche, en manada. Fieros felinos de orejas cortadas y delgada figura y horribles mastodontes que absorben toda vida del suelo con sus mandíbulas circulares.
Pero el peor de todos es aquel que sale los días de. Engalanados de perversos colores en un acto de guerra con escudo heráldico. Caen del cielo cuál rapaz, transformándose en el acto en otro animal, si cabe, aún más feroz.
Los verás arremolinados en las plazas, agarrados en las paredes con saña. Embistiendo a los que pasan al lado. Aplastados devorando el asfalto. En los días que el aire es recio no verás peor engendro.
—¿Y qué problema hay? Dijimos que tendríamos que aprender a manejar la tolerancia.
—No es falta de respeto, es que… somos tan distintos.
—Tampoco tanto.
—¿Ah, no? Veamos. ¿Cuántos ojos tiene nuestro hijo?
—Dos, ¿cuántos quieres que tenga?
—Vale, y ella… ¿cuántos tiene?
—Pues…
—Ni lo sabes.
—Mirándolo así…
—Paco, me parece bien que los pongan en el mismo colegio, que hablen y se lleven bien. Pero por muy tolerante que sea… me niego a que nuestro hijo quiera salir con la chica reptiliana del colegio.
Stereolab – Metronomic Underground
¿Y si la invasión no fuera venir… sino quedarse y enamorarse de nuestros hijos?
Este texto surge como parte del reto Escribir Jugando del mes de Enero, una invitación a leer la carta del cuarzo rosa desde la emoción y la resistencia al amor. Animaos y participad.
Esta vez, el amor se le presentó en forma de gato siamés, ronroneando entre caricias y agasajos.
En el pasado fue distinto. Tomó forma de caniche ladrador y poco mordedor, de serpiente escurridiza, lengua bífida, incluso de un león feroz que caminaba siempre cansado y miraba distante, ajeno.
Pero ahora era otra cosa. Tenía un color translúcido, como el cuarzo rosa, y llevaba el perfume leve de una flor de beech recién abierta.
Acarició la idea como un sueño sin sentido y, a la primera oportunidad, huyó sin remedio: no fuera a despertarse el león y acabara con todo.
En la pantalla del auto apareció un aviso. El habitáculo estaba en silencio, ese silencio limpio que solo tienen las máquinas nuevas. Venía sobre un escudo oficial de la Dirección General de Tráfico. En él había contenido interactivo bajo petición verbal. Él lo activó con el comando pertinente.
—Buenos días, Usuario F53824931X. Su vehículo matriculado MX3314RVT ha sido sancionado. ¿Se identifica como actual conductor?
—¿Motivo?
—Ha rebasado una línea prohibida. Habiendo condiciones de tráfico correctas, esta sanción tiene un cargo administrativo de 800 créditos. ¿Desea realizar un traspaso de fondos?
—Un momento. El vehículo está funcionando en modo automático. Al no ser yo el conductor, deben reclamarle la sanción a la marca del auto.
—Negativo. Hay notificada una actualización del software de su vehículo hace 4 días.
—Y yo tengo cita para esta operación en dos días. Ellos no pueden hacerlo antes.
—Entiendo, Usuario F53824931X, pero la ley de tráfico prevalece sobre los inconvenientes que pueda tener con la empresa que ejecuta la actualización.
—¿Y qué hago si no me dejan hacerla antes?
—Conducir en modo manual.
—Vale. Activar modo manual.
En la pantalla apareció otro aviso. El mismo escudo gubernamental. La misma intención de recaudar créditos.
—¿Y ahora qué?
—Usuario F53824931X, tiene una sanción por conducción manual con el carnet de conducir caducado.
Las doce campanadas me supieron a poco. Aún con las burbujas cosquilleando el paladar, busqué unos labios que saborear.
Volé escaleras abajo, sentí el relente en la nuca y saludé a la luna, que me miraba enamorada. Me fundí entre la gente, donde todos éramos todos: un mismo cuerpo castigado por los tambores. Y ahí te encontré, entre las miradas de miles, derramando el perfume de tu pelo al deseo de un mito.
— Bonjour, beau garçon.
Me dijiste en tu francés olvidado.
—Hola, Juliette. Qué raro verte sola.
Fui directo a la yugular.
—Espero a mi novio. Va a llegar tarde.
—Si quieres, te acompaño en la espera.
—No sé si es buena idea. La última vez fuiste tú quien perdió a la chica.
—Esta vez manos quietas. Solo… quizá un beso.
Compartimos vaso, licor y recuerdos. Un poco de saliva en un baile. Un adiós y un te quiero. Seguí mi camino con los ojos cerrados y los labios ardiendo.
La primera campanada dio a luz entre el estruendo. La máquina gritaba, sedienta de dolor, y quise calmarla con la pócima de un espíritu oscuro que acechaba buscando verbo, invocando futuros recuerdos.
Con los acordes venideros comenzó el ritual del celo. Mis ojos en su pelo. El viento nos envolvía y yo temblaba. El roce de mis manos, el rojo de sus labios, mi mente en su cuerpo. Me acerqué despacio para descubrirme peón en su juego. Ella cazaba sueños solo para exhibir su trofeo.
Escapé de la espada a tiempo y, en la huida, me sentí herido. Me aparté del ruido y descansé a orillas del mar. Contemplé el infinito y me sentí pequeño. Mientras lloraba en seco, una silueta en sombras se me aproximó.
—Que fais-tu ici tout seul, mon amour ?
—¿Juliette?
—Je te cherchais.
—Pero… ¿no estabas con tu novio?
—Sí, vale. Ellos se van, pero el amor queda.
—¿Qué amor es el que queda?
—El que no nos hace coincidir.
Javier Álvarez – 00
Feliz año. Que las campanadas no se os queden cortas. Que encontréis labios cuando el ruido termine, una silueta que vuelva cuando creáis estar solos, y un amor —aunque llegue tarde— que se atreva a ir hacia vosotros.
—Venga, que van a dar las campanadas. Yo sé que no comes uvas, pero te he traído atún.
—Verás, es que yo…
—Una… ñom.
Las campanadas, como tantos otros años atrás, hicieron repicar la ilusión de las personas. Hubo risas, brindis y algún atraganto. Cada alma tenía una esperanza distinta. Solo coincidían en una cosa: querían un año nuevo mejor, lleno de ilusiones por construir.
En un rincón de la plaza, Javier y su gato brindaban en secreto. No por su futuro éxito, sino porque juntos ya no estaban solos.
Un rayo de luz ensombreció la mirada del gato. El cielo reventó en colores. Cerró los ojos con fuerza y se desplomó en los brazos de su amigo.
—¿Gato? ¿Qué te pasa?
El felino yacía inmóvil, con la respiración débil y el pulso acelerado.
—Gato, responde… ¿qué te está pasando?
Entre la muchedumbre apareció ella. Vestido corto, gafas de marca y ese paso rápido y decidido de las heroínas de los telefilmes de Marvel. Se agachó junto a ellos y, con voz calmada, dijo:
—Soy veterinaria. Déjeme verlo.
—Estaba bien… ha sido de repente.
—¿Coincidió con los fuegos artificiales?
—Sí. Justo cuando empezaron.
—Vale. Tengo la clínica a dos calles de aquí. ¿Vamos y le echamos un vistazo?
—Sí, por favor.
Tardaron unos minutos en llegar, pero durante el camino el gato empezó a reaccionar. Ya en la clínica fue reconocido, auscultado y tratado. Ella le inyectó una sustancia transparente y se lo devolvió a su amigo. El gato temblaba. Javier lo apretó con cuidado contra su pecho.
—No se preocupe. Solo ha sido un susto.
—Menos mal… estaba muy preocupado.
—Debe de tener miedo a los fuegos artificiales. A veces, tras un susto muy fuerte, pueden desmayarse. El corazón está bien.
—Es un alivio. No sé qué haría sin él.
—Les he visto pasear por el parque estos días. Es conmovedor ver a alguien llevar a su mascota a todas partes, pero no es buena idea traer a un gato a una fiesta de fin de año. No le voy a cobrar la consulta… pero me debes una copa.
—Las que quieras.
—Y sería bueno que lo trajeras para un chequeo completo. Cuanto antes, mejor.
—Sin falta.
—El día dos, a las tres y media.
—Perfecto.
—¿Cómo te llamas?
—Javier.
—No, el gato.
—Eh… Bigotitos.
—Ni de coña me vas a llamar así —dijo el gato, saliendo de su letargo.
Ella se quedó paralizada.
—¿O eres ventrílocuo… o tu gato está hablando?
El gato levantó una ceja. Solo una.
LA CASA AZUL – La Revolución Sexual
Hay años que empiezan con propósitos. Otros empiezan con un gato que decide hablar.
Desciende del cielo, apresurada. Buscando alivio en su cansancio. Paralizada de miedo en su propio movimiento. Es una chispa de vida en pausa que, al no poder respirar, busca abrigo en un suspiro.