Me enamoré de ti, sin remedio. Apenas sin conocerte. Tu voz enlatada en memoria, tus labios moviendo el aire de una lente, tu expresión emocionando la secuencia.
Tal vez el brillo de tu mirada fue la estrella que despertó mi interés. Pero lo que me hizo amarte no tuvo más que palabras. Recitadas en sonrisa asombrada, con el gesto exacto del acento preciso en cada verbo exhalado.
Y en cada sílaba partida, caricias de antiguas heridas que hoy endulzan el alma de aquellos que, como yo, te aman, lo saben y callan.
Las paredes acolchadas, de un blanco impoluto. El suelo también: blanco por fuera, blando por dentro. Por lo demás, nada. No había nada. Un catre roído por el paso del tiempo. Y una figura oscura, con una camisa blanca amarrada para impedirle el movimiento.
Fuera de la habitación, tras la puerta blindada, dos hombres se miraron. Se saludaron sin ganas y comenzaron a acercarse a la celda.
—Sé que te enteraste de mi ascenso. Teníamos igualdad de oportunidades. He tenido más suerte. ¿Sin rencores?
La mirada fue contenida, pero el odio chispeó un instante. Aun así respondió rápido, para no aparentar dudas.
—No. Ante todo, somos profesionales.
—Bien, ¿qué tenemos por aquí?
—Este paciente presenta una patología muy extraña. Es una variante del TLP, pero con una característica clara: solo reacciona de manera agresiva cuando observa en los demás muestras de alegría.
—Sí, he leído algo. Los llaman los asesinos de las celebraciones.
—Coloquialmente lo llamamos joputismo.
—Pero aquí no hay ningún motivo para la alegría… ¿No sería mejor…?
—No estará pensando en…
—Debemos quitarle esa camisa de fuerza.
—Pero no voy a ser yo quien lo haga. Aún no le hemos medicado.
—Venga, hombre. Ya lo hago yo.
El psiquiatra respiró hondo y entró en la habitación acolchada. El paciente giró la cabeza y le devolvió una mirada lejana. Desabrochó las correas de seguridad, dejando libres las manos.
Mientras tanto, el compañero que se había quedado fuera abrió la pequeña compuerta de observación. Sonrió levemente y dijo:
—Por cierto, felicidades por el nuevo cargo. Debe de ser una alegría disfrutar de un ascenso merecido.
Ella cuidaba bien de sus hijos. Con su vida, si hiciera falta.
Procuraba comida en los largos días de invierno y calor en las noches frías. No los abandonaba, por mucho que tuviera que enfrentarse a la más feroz criatura que pudiera rondar por allí.
Por eso no entendía qué quería aquella bestia de mirada iluminada y piel brillante. Estaba plantada frente a ella, amenazando con rugidos estridentes, dando embestidas al aire con sus patas curvas.
Ya las conocía bien. Horribles como el abismo negro de las cuevas. Grandes como un día sin grano. Invadían las calles sin pedir permiso, caminando a lo loco, sin destino.
No las vio jamás comer, pero en su interior se removían sus presas, que a veces vomitaban por esa boca fea que se les abría a los lados y dejaba escapar a sus víctimas mientras quedaban paradas.
No iba a permitir perder el grano del suelo ni el gusano que cruzaba su terreno porque aquella criatura se quedara allí, bramando.
Una bestia tan torpe como ese bichejo no merecía respeto.
El té ya estaba frío, como de costumbre. Las teclas de su VAIO último modelo no paraban de sonar. Había mucho trabajo y poco tiempo que perder. Tocaron a la puerta. Esperaba a alguien.
Entró un joven con traje y corbata, hizo una reverencia exagerada y comenzó a hablar:
—Buenos días, señor Kurosawa.
—Hola… ¿tú eres?
—Soy Sora Takahashi. Usted pidió verme —se notaba nervioso; el sudor brillaba en su frente—. Soy uno de los creativos de las series de animación.
—Ah, sí —dijo Kurosawa, haciéndose el despistado—. Me mandó una idea con un personaje nuevo, ¿verdad?
—Sí, Mokichi Sato y Kami. Conversaciones filosóficas y trascendentales. Imagine el primer episodio en el parque elevado de los trenes antiguos, un lugar emblemático en Tokio.
—Sí, me acuerdo de la conversación. Sobre los sueños de los trenes: sueñan con humo, velocidad y pasajeros que nunca llegarán a tiempo.
—Tengo más capítulos en mente, Kurosawa-san. Puedo desarrollarlos si quiere.
—No, lo que me interesa es qué dicen nuestros contactos en redes: fans y críticos.
—Según el sondeo, los fans están encantados. Dicen que es la mejor idea desde Nomoshira, el dragón sintético. Nuestros contactos en redes piden bocetos, guiones y una historia breve para poder comentar mejor. Les basta con un reel animado. —¿Y los críticos? —Piden filosofía clásica.
—¿Filosofía clásica?
—Sí. Sobre el Ikigai o el Shikata ga nai, quizás.
—Conozco los conceptos de nuestra filosofía. Lo que no entiendo es qué pinta un niño pequeño hablando de filosofía con un moco colgando de la nariz.
Ya lo había visto antes. Una mente capturada por las sombras. Una obra de Dante en el interior del subconsciente. Un cielo negro, iluminado por relámpagos y un suelo yelmo, agrietado. No quedaba nada de la selva imaginada, tan solo la casa-árbol se vislumbraba de lejos. Como una sombra retorcida llena de espectros demoníacos.
Por fuera, el aspecto tampoco era distinto. Unos padres sorprendidos permitieron la visita. Entre maquinas, en un Hospital de Oslo estaba ella. Un tanto distinta, no sé si por el contexto o simplemente porque no era Desyria, era Ingrid.
Le dijimos a sus padres que yo era el novio español. Por suerte, la idea les resultó tierna y pensaron que quizás era clave para la recuperación de su hija. Nos contaron que no había síntomas previos. Solo un día no despertó. Los médicos dijeron que estaba en un estado parecido al coma, pero que presentaba una fase rem anómala. No sabían lo que tenía. Nosotros sí. Inventamos que conocíamos a un médico importante. Que se pondría en contacto con el hospital. Algo que ya habíamos planeado.
– Ave Maria, piena di grazia, povera ragazza!
Incluso la retorcida mente de Ikeros no pudo más que lamentarse. Los padres de Ingrid estaban intrigados por la vida secreta de su hija. Hasta un cura italiano había venido a verla. ¿Sus viajes por España le había vuelto devota?
– Tendréis una puerta hacia el sueño de la ragazza. Solo he de dormir un rato. Cuando queráis comenzamos.
Quien lo hubiera dicho. La acción comenzaba al apagar la luz de la habitación del hotel. Inspiré profundo y me dejé llevar por la esencia de Morfeo. En el jardín de puertas volvía a estar la puerta verde que llevaba al sueño de mi amiga. Solo que había cambiado.
Ahora estaba agrietada, envejecida y oscura.
Oscura como las pesadillas.
Lucifer – Bring Me His Head
No todos luchan con los ojos cerrados. Y no todas las guerras se ganan soñando.
—Buenos días. Soy Piluco Motora y voy a ser su instructor de a bordo. ¿Es la primera vez que se enfrenta a este armatoste de metal?
—Bueno… salvo en el simulador.
—Bien. Salgamos de aquí. Compruebe sistemas. ¿Comunicaciones?
—Activas.
—¿Alarmas?
—Negativo.
—¿Luces?
—Funcionando.
—Perfecto. Solicite permiso de salida y vamos a probar la tracción.
—A la orden. Permiso concedido y tablero de mandos en orden.
—Si no hay tránsito ni obstáculos, suelte el freno.
—Frenos desactivados.
—Acelere suave hasta la curva. Luego mantenga velocidad y trácela.
—Perfecto.
—Habiendo superado los simuladores, entiendo que ya sabe manejar a la bestia. ¿No es así?
—Mayormente, sí.
—Entonces nos centraremos en lo complejo: seguridad, ética y emergencias.
—¿Ética?
—Sí, ética.
—¿Qué problema ético nos vamos a encontrar llevando un tren?
—Unos cuantos. Le pongo un ejemplo. Imagine que en un cambio de vías hay cinco personas. Puede salvarlas desviando el tren, pero en la vía muerta hay una persona durmiendo. ¿Qué haría?
—Mmm… Pasar por la vía donde solo hay una persona.
—Bien. Y si descubre que esa persona es un científico brillante, a punto de curar la leucemia infantil.
—¿Estamos hablando del dilema de Foot y Thomson?
—En la otra vía hay unos punkis de botellón.
—Vale. Salvamos al científico.
—Pero el científico adora a los niños. De una manera… peculiar. Eso sí, les ahorrará una enfermedad agónica.
—Entonces pasamos por encima del científico.
—El científico erradicará todas las enfermedades del mundo, arreglará la economía y acabará con el hambre y el déficit de vitamina C.
—Pasamos por encima de los punkis.
—Pero los punkis luchan contra la pobreza y la opresión. El científico es un depravado.
—Pues nos cargamos al científico.
—Además, el científico ha prometido que, si le salvamos, nos compra un piso en Móstoles.
—Me está saturando. Nos cargamos a los otros.
—Fíjese cómo se complica la cosa. Uno de los punkis ha contraído una enfermedad desconocida. Gracias a ella, el científico podría salvar al mundo de futuras pandemias… pero tiene que estar vivo para conservar el virus.
—Oiga, yo solo quiero ser maquinista. No quiero un trauma que me persiga de por vida.
—¡Lo sabía! Pare. Usted no está capacitado para llevar un tren.
Idles – NEVER FIGHT A MAN WITH A PERM
—¿Y quién sí esta preparado?
Piluco sonrió por primera vez.
—El tren.
*Dedicado a todos los que se juegan la vida entre vías. No son pocos los peligros a los que se enfrentan y siempre están a tela de juicio cuando ocurre algo.