Autor: DeOniros

  • Carta 10: El objeto transformado

    Carta 10: El objeto transformado

    Querido diario.

    Salí de la cama en pijama y con un gorro de dormir, al estilo de los dibujos animados antiguos: un poco ridículo, un tanto inútil. Salí por la ventana sin pensarlo y comencé a subir por peldaños de nubes grises, que crujían truenos al pisar. Por supuesto, ya sabía que estaba soñando.

    En mis experimentos en el reino de Oniros había ido creando terreno para refugiarme, por si llueve mucho en sueños húmedos. Construí una isla flotante en un mar de nubes, y levanté una posada por si algún día vienen amigos. Tras ella hay una explanada verde, de hierba cortada y flores silvestres con aroma a lavanda.

    Al dirigirme hacia allí, vi aparecer una puerta de madera oscura y remaches dorados. El resplandor me sorprendió al entrar: una fuerte iluminación blanca, paredes acolchadas manchadas de rojo carmín y una puerta metálica con ventanilla enrejada. En la esquina estaba ella, con triste mirada y camisa de fuerza. Me dijo:

    —Vete, van a venir a verme.
    —¿Quién? ¿Quién te va a visitar?
    —El doctor. Me tienen que dar el alta. Yo… yo estoy bien.

    La puerta se abrió de golpe, con un sonido apagado. Entró un señor con bata blanca y un artilugio raro sobre una mesita con ruedas.

    —Señorita, tenemos que hacerle pruebas, no ponga resistencia para que no le duela.

    El facultativo empuñó el extraño instrumento: estaba hecho de cuchillas de afeitar que giraban a derecha e izquierda, formando una terrorífica batidora. Sonrió complacido ante la expresión de terror de la joven. Se aproximó a ella, riendo bajo. De la mesita con ruedas tomé un bisturí y, sin pensarlo mucho, se lo clavé en la espalda al médico insano.

    Sin dejar de lado su hilarante aspecto, giró la cabeza pero no el cuerpo. Me miró a los ojos y me dijo:

    —¿Crees que eso puede detenerme, extraño?
    —No, yo no puedo… pero ella sí.

    Rápidamente me dirigí a ella, me agaché para mirarla a los ojos y ayudarla a levantarse, mientras le decía:

    —No temas, es solo una pesadilla. Tú tienes poder sobre tus sueños. No dejes que tus miedos te hagan sufrir.
    —Pero es mi doctor, me dice que estoy loca.
    —Pero tú no lo crees.
    —Pero yo no lo creo.

    El temible médico empezó a volverse transparente, pero siguió avanzando con su mirada siniestra y su arma cercenadora.

    —En ti está el poder, en él no. Quítaselo todo.

    Ya estaba encima, pero no era más que una sombra.

    —Hazlo desaparecer, no tengas miedo; no hay nada cierto si tú no quieres que lo sea.

    El doctor se hizo humo y se disolvió en el ambiente. El arma cortante cayó justo a mis pies: se había transformado en una inofensiva pistola de plástico, de aspecto futurista, como las que usaban los niños en el pasado. Disparé a la pared y abrí una brecha con el rayo que lanzaba.

    Por el corte entró arena de playa y aroma a Mediterráneo. La cogí de la mano —ya se había liberado de la camisa de fuerza— y la saqué de la habitación sombría.

    Pasamos un buen rato hablando y riendo, sentados en la playa, muy cerca de la orilla. Le conté mis aventuras entre mundos oníricos; ella sonreía complacida, sorprendida de estar en mi mundo. Pero ya era tarde y había que despertar. Así que antes de despedirme, le pedí algo:

    —Esto estaba en tu sueño —le enseñé el arma de juguete—, pero creo que me podría ser útil. ¿Me la puedo llevar?
    —Tómalo como un recuerdo de esta tarde de playa en mi sueño.

    Así lo hice y regresé al mío, apresurando mis pasos. Al llegar me di cuenta de que ya no era una pistola de plástico: ahora era una ballesta de madera de tejo, oscurecida por las sombras de las pesadillas. El gatillo y los remaches eran de plata, color de luna llena reflejada en el lago. Y tenía una sola flecha, eterna, que me defendería en mis peripecias.

    Ozzy Osbourne – Diary of a madman

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  • Gallo viejo no teme al pollito

    Gallo viejo no teme al pollito

    La sala estaba reluciente. El eco de los primeros pasos retumbaba en el vacío y, con un encender de luces, el reportero más intrépido de la radio nacional comenzaba su emisión:

    —Bienvenidos, señores, a esta edición de la habitual pelea de gallos para octogenarios que, como todos los años, se celebra en la sala El Corralón. Ya saben que esta edición ha sido retrasada dos años. El motivo está claro: la pandemia mundial del “colon-a-virus”, ese virus que se agarraba del colon y que nos ha costado tantas bajas… pero al que, por fin, hemos puesto remedio con una vacuna que ha producido más muertes que la propia pandemia.

    —Por ahí asoma el primer participante: MC Mula, que viene a trote ligero con su bastón chapado en oro. ¡Vamos, MC Mula, que es para hoy! ¿Qué? ¿Me dicen desde la organización que nos da tiempo a entrevistarlo? ¡Claro! Esperando que llegue antes del comienzo… porque ni con tres patas la mula llega al río.

    —¡Atjo, atjo, atjo!

    —Uy, esa tos tan fea… Venga acá, abuelo… esto… MC Mula. ¿Qué le parece que por fin hayamos podido tener una pelea de gallos?

    —Pues… atjo, atjo, estoy muy animado… atjo, atjo, me hace mucha ilusión… atjo, atjo.

    —Ya le vemos, MC Mula. Si es que está hecho un chaval.

    Atjo.

    —Pero… ¿qué vemos? Empieza a entrar el público, ¡qué emocionante! Vienen arrastrados por sus taca-tacas. ¿No le parece fantástico, MC Mula?

    Atjo.

    —Me imaginaba que diría eso. Fíjese: por ahí bajan por los pasillos. ¿No le recuerda a algo esta escena?

    —Sí… atjo. Recuerdo una escena de The Walking Dead que… atjo, atjo.

    —Acojonante, sí señor. Por aquí me dicen que ya está en la puerta otro de los participantes… ¿Qué? ¿Que no hay más? ¿Que los que no han muerto en la pandemia lo han hecho de viejos? En fin… Ya está aquí. Lo vemos cruzar por la puerta: MC Trueno Sordo. ¡Trueno Sordo corre al escenario! Increíble para sus 89 años… Oiga, pero… este no es Trueno. ¿Quién eres, niño?

    —Soy el nieto. Truenito Bífido.

    —Pero… esto es una pelea de gallos para octogenarios, y tú no tienes ni diez años.

    —Nueve y medio.

    —No es posible… ¿Qué le ha pasado a tu abuelo?

    —Está malo, en casa, viéndonos por la red. Vengo en representación de él.

    —Pero niño…

    —Truenito, por favor. Mi yayo me llama así.

    —Eso, Truenito, pero eso no está permitido.

    —En las condiciones del concurso dicen que, en caso de indisposición, el participante tiene derecho a designar un sustituto.

    —Sí, pero del mismo rango de edad.

    —Eso no lo pone en ningún sitio. Y si no consta, es legal.

    —Resabido el niño… Bien. Me dicen que vamos a comenzar ya. ¡Todos al escenario! Cuidado, abuelete… esto… MC Mula, no tropiece con el escalón.

    Atjo.

    El público ruge —o eso parece, porque algunos solo roncan—. Las luces parpadean, no por efecto dramático, sino porque el técnico tiene Parkinson. El escenario tiembla bajo el peso combinado de dos competidores y media docena de marcapasos.

    —¡Señoras y señores! —brama el reportero, con la voz ya un poco ronca—. ¡Empieza la batalla! A mi izquierda, el mito, la leyenda, la mula con más achaques que rimas: ¡MC Mula!

    Atjo.

    —Y a mi derecha… un sustituto inesperado, mitad niño, mitad trampa legal: ¡Truenito Bífido!

    🎤 MC Mula da un paso al frente. Bueno, más que un paso, un desliz lento con pausa para respirar.

    —Yo soy MC Mula, y vengo cabreado, me ha dicho el doctor, que estoy bien jodido…

    —¡Alto, alto! Que pare la música.

    Atjo, ¿qué pasa?

    —Que según la ley de ocio y eventos culturales, no se pueden decir palabras malsonantes si compites con un menor de edad.

    —Pero… ¿Qué puñetas he dicho? ¡No he dicho ninguna palabra malsonante!

    —Sí, ha dicho “jodido”.

    —¡Me cago… atjo, atjo, arjo…!

    —Lo dicho, nada de palabrotas ni alusiones sexuales delante de los niños. Violencia, sí; esa batalla la ganaron los abogados de las empresas de videojuegos. Continúe, MC Mula.

    —Yo soy MC Mula, el del bastón dorado,
    no corro ni andando, pero nunca me han ganado.
    Vine desde el asilo, esquivando a la enfermera,
    si me quitan el café, ¡les declaro la tercera!
    Atjo.

    El público estalla en aplausos… o en ataques de tos, no queda claro.

    🎤 Truenito Bífido agarra el micro como si fuera una espada láser:

    —Me llamo Truenito, nieto del trueno caído,
    pero traigo más punch que un abuelo resentido.
    Tú rimas con polvo, yo con videojuegos,
    mientras tú buscas las llaves, yo hackeo tus juegos.

    La gente grita “¡ooooh!”… aunque visto el panorama parece una revisión de Amanecer Zombie.

    —¡Qué nivel, señores! —anuncia el reportero—. En un lado, la sabiduría de mil arrugas; en el otro, la frescura de quien aún confunde la realidad con Minecraft. Esto promete…

    Las luces suben. El público se inclina hacia adelante… aunque algunos es porque el asiento se les ha plegado solo. El ambiente huele a linimento, sudor y palomitas sin sal.

    🎤 MC Mula carraspea… El carraspeo dura lo suficiente como para que Truenito se ponga a beber Acquaviva, la nueva bebida energética con menos calorías y más cafeína. Luego, con voz de ultratumba, dispara:

    —Escucha, chaval, no me vengas con consolas,
    que yo ya rimaba cuando Franco hacía olas.
    Mis rimas son puras, de la vieja escuela,
    tú solo sabes hacer TikToks con abuela.
    Atjo, atjo… (se seca la frente).
    Y si pierdo hoy, que me entierren con honores,
    ¡y que pongan en mi lápida “Me ganó el mocoso de los cojones”!

    —¡¡¡MC Mula, las palabrotas…!!!

    La multitud explota en risas, y un señor del público lanza un audífono al escenario en señal de respeto.

    🎤 Truenito Bífido no se achica:

    —Abuelo, tranquilo, no te suba la tensión,
    que esto es rap, no una maratón.
    Tú tienes bastón, yo tengo talento,
    y lo que no tengo en años lo tengo en movimiento.
    Cuando quieras, te enseño Fortnite y Roblox,
    te apuesto tus pastillas, que mientras te gano, rapeo.

    El público grita “¡Duro, duro!”, y una señora desde la primera fila grita: “¡A ese niño lo adopto yo!”.

    🎤 El reportero interviene, tosiendo un poco:

    —Esto está que arde, señores… literalmente, que el aire acondicionado murió en 2003 y nadie lo ha sustituido. MC Mula… ¿está usted bien?

    MC Mula levanta el dedo, jadea, y empieza una última rima… pero a mitad, se le corta el aire:

    —Yo… atjo… vengo… atjo… con más fu… cof cof cof.

    El micro cae al suelo. El público contiene la respiración. Una señora del fondo grita:

    —¡Dale el Ventolín, que se nos va!

    Los organizadores corren al escenario, uno tropieza con un taca-taca y provoca un efecto dominó de abuelos que caen como fichas de dominó. En el caos, Truenito levanta las manos como campeón no oficial… mientras MC Mula, entre sorbo y sorbo de oxígeno, murmura:

    —Esto… no… ha… terminado, mocoso… atjo.

    —Lo que sí ha terminado es la función de hoy. Señores, levántense despacito y diríjanse a la puerta que las ambulancias ya les están esperando. Yo diría que es un empate técnico, pero entre el público se murmura que, en esta ocasión, la juventud ha ganado. Devolvemos la conexión a radio nacional… Atjo, atjo. Hostias, abuelo, me ha pegado el resfriado.

    VKR – La Puta Poesia

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  • Cortando el cielo.

    Cortando el cielo.

     —¡Ahí estás, maldita!

    El insecto, posado en una flor artificial, se desesperaba intentando conseguir el imposible néctar. Maelun aprovechó la situación. Sabía que insistiría un rato. Silencioso, con la técnica que lo caracterizaba, se acercó deprisa, como un zorro acechando a su presa, rodeándola, ocultándose de su campo de visión. Se miró las envejecidas botas, aprovechó la irregularidad del terreno. Gritó un improperio y saltó sobre ella.

    —¡Te tengo, piojosa, ya eres mía!

    Cayó sobre el tórax de la mariposa, se agarró con fuerza y le pasó la correa por la cabeza. El insecto reaccionó al instante, impulsando sus alas con violencia. Alzó el vuelo en segundos, pero Maelun ya se había acomodado bien; sus botas no iban a despegarse del cuerpo de la lepidóptera. Resistió el impulso, y se dispuso a surcar el aire.

    —¡Cálmate, bonita, que no tienes nada que hacer!

    Al ganar altura, fuera del alcance de los obstáculos, tomó las riendas e intentó dirigir el vuelo. La mariposa batió sus alas azules… y cayó en picado.

    —¡No, bruta, que nos vamos a matar!

    Temiendo un impacto, tiró de las riendas con todas sus fuerzas. Cayeron en espiral hasta casi rozar el suelo, pero al tirar de nuevo, reaccionó a tiempo y remontaron. Suspiró aliviado y aflojó un poco la tensión para no hacerle daño.

    —Casi nos matamos, condenada.

    Empezó a tirar hacia la izquierda, luego hacia la derecha. El alado insecto, de manera casi inconsciente, obedecía sus órdenes. Probó un giro más cerrado, una parada en el aire… y descendieron hasta posarse en una flor amarilla y negra.

    —Buen trabajo, fiera. Aliméntate un poco y nos vamos.

    La mariposa desplegó su trompa sobre el nectario. Succionaba lentamente mientras él, recostado sobre su abdomen, se dejaba arrastrar por el sueño. Un zumbido feroz lo despertó de golpe. Asustado, gritó:

    —¡Joder, una libélula!

    Tirando fuerte de las riendas, obligó a la mariposa a alzar el vuelo.

    —¡Corre, joder, que te quieren comer!

    Revoloteó bajo las hojas de los árboles cercanos, muy pegado a ellas.

    —¡Más abajo, maldita, que no te vea!

    El zumbido vibraba tan cerca que parecía temblar el aire.

    —Ese bicho vuela más rápido que tú… A ver cómo te portas ahora, condenada.

    Bajaron en picado por un túnel formado por las hojas, esquivando ramas y rodeando el tronco. Rápidamente llegaron al suelo cubierto de maleza. Maelun saltó, agarró una enorme hoja seca y la usó para cubrirla al instante.

    —¡Quietecita ahí!

    El anisóptero pasó cerca, pero su zumbido fue alejándose. El peligro había pasado. Destapó a la asustada mariposa, saltó sobre su lomo y juntos remontaron el vuelo. A lo lejos ya se divisaba la granja de polen: una enorme edificación en el hueco de un tronco gigantesco. Cada mariposa tenía su flor asignada, donde se posaban al caer la noche. Hizo que la suya aterrizara justo frente a la puerta de la cantina. Allí lo esperaban.

    —Aquí la tienes: nueva, dócil y obediente como un cachorro. Si la tratas bien, te dará pocos problemas. ¿Dónde está mi dinero?

    El tipo que lo esperaba observó con atención la envergadura de las alas, palmeó su abdomen y le lanzó una bolsa de monedas. Maelun la atrapó al vuelo y respondió con un gesto de agradecimiento.

    —Pórtate bien, fiera. Que no me entere yo de que no eres la mejor recolectora.

    El domador de mariposas se adentró en la cantina, dispuesto a gastar parte de su recompensa en un fragmento de diversión.

    Johnny Cash – Ain’t No Grave

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  • Haiku de noche y frio.

    Haiku de noche y frio.

    Mientras la luna se adueña del cielo y la brisa mece las ramas de árboles antiguos, nos reunimos junto a la hoguera. Esperamos en silencio a que llegue el yūrei, y comience la sobremesa.

    Envuelta en sábanas rotas por el errar, desgastadas por noches sin descanso, arrastra su cadena con la parsimonia de los muertos. Es una dama helada, con la piel de porcelana y el alma en ruinas. La luz del fuego resbala por su rostro pálido, pero no lo calienta. Amó demasiado. Y por eso aún vaga.

    Surge desde la bruma. Su suspiro es alimento para el miedo, y su risa, un eco de cadenas rotas.

    Da igual el idioma o el país: las historias de fantasmas siempre encuentran oído.

    Noche eterna,

    luna de fría escama

    sobre mi nuca.

    Coldplay – Ghost Story

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  • Letra de una canción sin dueño

    Letra de una canción sin dueño

    Hoy he vuelto a escucharla,
    aquella melodía espontánea
    que hacía bailar a esa chica,
    tarareando descalza.

    Suena bajando el sendero,
    fluye por la montaña,
    suena a caderas girando
    y pasos sobre la arena.

    Suena a versos antiguos,
    danza con las palabras,
    tarareando descalza,
    con tus pies en la montaña.


    P.D.
    Lo empecé a escribir ayer, al pasear con la perrita.
    Un hombre se sentó a lo lejos a tocar el saxofón. Hacía jazz, y el jazz es mi asignatura pendiente. No lo entiendo del todo: se me escapan las notas, se me difuminan los acentos.
    Y sin embargo, lo disfruté.
    Pero al escribir, el sonido cambió: ya no eran vientos suaves, sino gaitas al borde de un acantilado, sal en las pestañas, gaviotas planeando sobre costas frías.
    La canción no era mía.
    Pero se me regaló una tarde de verano.
    Y la convertí en un sueño.

    Mercedes Peón – Arjú

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  • El despertar de la sed

    Era muy joven cuando ocurrió. Por mera casualidad cayó en mis manos un libro. Era de bolsillo, de tapa blanda, y una horrible portada que no hacía justicia a su contenido. Aun así, decidí leerlo.

    3 de mayo. Salí de Múnich a las 8:35 de la noche, llegando a Viena a la mañana siguiente a las 6:46. Debía tomar el tren de las 8:00 para Klausenburg.

    Así empezó. Y así comenzó mi pubertad: de la mano de Mina y de la maldición de su amante. Recreando pasiones, oscuros misterios, despertando en mí sensaciones que me costaban describir.

    Fue el primer vampiro. El primer pecado siniestro que, sediento de sangre, me acompañaba en sueños. En pesadillas. Pero no fue el único.

    Fui al infierno que se desató en Salem’s Lot, prohibiéndome dormir días después. Conocí una nueva generación de vampiros ancestrales en una peculiar entrevista, donde la carne mandaba a la sangre, y la sabiduría centenaria se disolvía en despertares eléctricos.

    Pasé noches de insomnio en la carretera, en un romance imposible donde un campesino se enamora de su inmortal. Donde el mal es solo supervivencia. Donde no existe más que el hambre, y la vida ya no es vida.

    Hoy pulsé el botón del play, ojeé nuevas entelequias escritas en el declive de la luna. Para jóvenes de hoy, con el dedo firme en la pantalla. Domaron la rabia, encadenaron a la bestia, la vistieron de Prada y la pusieron a la venta. Un triste cuerpo muerto en un escaparate rojo, de frenesí de plástico y sangre vegana.

    Pero seguirá existiendo el misterio en la penumbra. La necesidad morbosa de besar a quien acecha. Historias que volverán a la hoguera de una noche de acampada. Porque aunque queramos proteger a la presa, ella quiere ser cazada.

    Porque en la naturaleza, el bien y el mal no significan nada.
    Ya volverá a salir el lobo. Y morderá de nuevo, aunque a algunos les duela.

    Bauhaus – Bela Lugosi´s Dead

    🎧 PLAYLIST: El despertar de la sed

    Una banda sonora para los que amaron a su primer vampiro,
    para los que no durmieron tras la mordida,
    para los que aún desean con colmillos.

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  • Uno de nosotros

    Uno de nosotros

    El asiento estaba helado. El frío le recorrió la columna vertebral. El olor a desinfectante y el miedo no ayudaban mucho. No debía haber aceptado, pero necesitaba el dinero. Su familia lo necesitaba. Se lo debía.
    Así que no había más remedio: tenía que seguir con el experimento.

    Hubo una preparación previa. Le habían asistido psicológicamente. Le aseguraron que era un procedimiento indoloro e inofensivo, pero ella sabía que no era así. Estaba segura del riesgo y temía al dolor.
    Ya le habían colocado sensores, algunos en la piel, otros inyectados. Le cubrieron la cabeza con lo que parecía un gorro de piscina, solo que lleno de cables de colores colgando.

    —¿Está preparada? —dijo el que parecía llevar el timón.
    —Sí —mintió.
    —Tranquila, va a salir todo bien.

    Ya no había vuelta atrás. Encomendó su alma a un dios desconocido, apretó los dientes y se detuvo a escuchar el sonido de las máquinas.
    Todo comenzó a girar a su alrededor. Había luces en movimiento que se convirtieron en un torbellino de colores. Penetraban en su mente como un instrumento quirúrgico… hasta que terminó, en seco.
    El silencio era absoluto. El terror que sentía también lo era.

    Entonces llegó ese olor extraño: aroma a canela y madera mojada, a algo que no recordaba haber percibido nunca. El olfato le anunciaba presencias y le indicaba dónde estaban.
    Eran tres. No podía definir ni el tamaño ni la forma. No sabía cómo, pero comprendía que estaba en una sala redonda, hecha íntegramente de madera, con las ventanas cerradas.

    —Bienvenida a nuestro mundo. Por favor, no se mueva todavía.

    Su idioma era extraño, mezcla de ronquidos y chasquidos, pero lo entendía. No sabía cómo.
    Dio un respingo, pero notó que estaba aprisionada. Estaba atada. Su rostro, cubierto.

    —Por favor, no se mueva. No queremos que se haga daño —insistió la voz ronca.

    —¿Qué ha pasado? ¿Qué ocurre?

    Su voz sonó como el chirriar de un tenedor en un plato. Su cabeza era una explosión de imágenes solapadas, que amenazaban con reventar.
    Intentó calmarse. Respiró hondo. Exhaló con un ruidoso borboteo.

    —No se preocupe. Todo ha ido bien. Se está adaptando a su nuevo cuerpo. Se sentirá diferente, pero en poco tiempo lo dominará.

    —Pero… es distinto. No sois parecidos a los humanos como se nos había dicho.

    —No. Nuestra fisonomía es distinta. Nuestras intenciones también. Lo sabrá en cuanto empiece a aprender a usar nuestro cerebro. No puedo ocultarlo.

    —¿Qué es lo que quieren? ¿Por qué estoy aquí entonces?

    —Nuestro mundo se muere. Nuestras aguas están envenenadas y no podemos seguir viviendo en él.
    Nuestro enviado nos preparará el camino.
    Estás aquí porque, si no, él no podría estar allá.

    —Pero… el enlace de cuerpos es temporal. Se han hecho estudios sobre ello. Volveré en unos días y…

    —No. No es temporal.
    Nuestro enviado será considerado un mártir.

    —¿Y a mí? ¿Qué me va a pasar?

    —Bueno…
    Ahora eres uno de nosotros.

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  • Carta 9: El  sueño de un alma perdida.

    Carta 9: El sueño de un alma perdida.

    Querido diario
    Hoy me incorporé en la cama y me dispuse a desayunar. Pero el despertador, que tenía alas, salió volando apresurado. Quise poner los pies en el suelo… pero mi cama también flotaba en el aire. Entonces empecé a comprender.

    No es fácil empezar a tomar las riendas, pero ya tengo a Morfeo calado. Así que, suspirando un conjuro, hice aterrizar mi lecho sobre una nube y salí de él. Frente a mí apareció una puerta. Sabía que no era la salida al mundo real: conducía a otro sitio.

    Mi deber era cruzarla. Me adentré en la oscuridad que se derramaba al abrirla. Era un camino amarillento en un paisaje sombrío. Las nubes se retorcían de rabia y los relámpagos señalaban la soledad.
    Había una joven perdida que se asustó al verme.

    —No temas, solo quiero ayudarte —le dije al ver el miedo en su mirada.
    —Tenemos que huir —me dijo, y al instante me agarró de la mano.

    El terreno se volvió árido, el camino se retorcía. Las sombras ocultaban alimañas que nos perseguían. El sendero terminó de golpe, un afilado precipicio nos dijo que no había más.

    Tocaba enfrentarse a quien venía detrás.

    De una bolsa que no sabía que llevaba saqué una linterna. La miré y le hice una promesa:

    —Si me das el poder de este sueño, te prometo que te sacaré de aquí.
    —Esto no es una pesadilla —respondió ella.
    —Sí lo es, solo tienes que entender qué hay de verdad en ella.

    La linterna se encendió. Su luz disolvió la oscuridad. El cielo se volvió azul. Las nubes, blancas. La sombra que nos perseguía ya no era más que un anciano. Él recorría la senda, confuso. Era como un alma errante.

    —¿Qué haces aquí? —preguntó ella, con el corazón en vilo.
    —No lo sé… Solo acudí a tu llamada.
    —¿Por qué me persigues entonces?
    —No soy yo. Eres tú quien me ata. Mi camino no está aquí. Solo necesito que liberes mi alma.

    El viejo y la joven se fundieron en un abrazo.
    Y yo, que sé cuándo sobro, me fui a buscar otra puerta abierta. Camino a mi despertar.

    La sombra lo cubrió todo de nuevo, pero ya no había miedo.
    Solo quedaba el duelo.

    Alva Noto & Ryuichi Sakamoto – Aurora

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  • Manual de estilo para un alma en tránsito

    Manual de estilo para un alma en tránsito

    Revolviendo el baúl de los recuerdos, en busca de los nombres que quise tener, encontré una fotografía en la que salía muy serio. Era mi yo de hace mucho tiempo. Me miró desafiante y, sin poder evitarlo, se nos escapó una sonrisa de Mona Lisa. Total, solo hacíamos pose.

    Él, de tipo duro, con el pelo del color del combate, cubierto por cuero negro, encadenado en plata y vida, con aires de eterno.
    Yo, de mechas blancas de salir de entuertos, con ojeras de cansancio y pijama de “hoy no salgo, que mejor me quedo en casa ordenando estos trastos”.

    Me quedé pensando: ¿y si fuera hoy? ¿Qué sería de mis tachuelas de filo romo si hubiera nacido más tarde?

    Mi yo más joven, el de la foto, salió de su marco de celuloide revelado, dispuesto a vivir el presente. Se desprendió del pasado.
    Se quitó las botas de montar a caballo, las cadenas de ferretería y su camiseta descolorida de bandera pirata destilada en bourbon americano.

    Tomó asiento así, sin la ropa puesta. Sabía que la búsqueda interior, tras el milenio, se hace sentado, golpeando letras en un teclado.
    Descartamos buscar en lo común, en lo que está en voz de todos. Apagamos la idea de lo que satura las redes y se ve en la calle, e investigamos desde la pasión.

    —Lo primero es la música. Es la que mueve el mundo —reflexionó mi yo pasado.

    Buscamos los sonidos de ayer reflejados en voces enlatadas, la electricidad vibrante en aparatos electrónicos y el golpe de ritmo bit a bit.
    Encontramos que todo se transforma, pero que no cambia nada. Seguía habiendo el ritmo arrítmico de un corazón roto por promesa,
    la rabia del “no sé quién soy” y melodías ocultas impresas en binario. Elegimos un himno y lo adoptamos.

    —Lo primero es la estética; la música fluye entre varios cauces —le expliqué, indagando.

    Encontramos nuevos colores brillando desde el pasado, filtrados por licra y carmín, filmados en sillas ergonómicas
    y convertidos en carne cosida a filtro, de piel más lisa y fragancia azul eléctrica. Pero que, a su vez, era auténtica.
    Era querer vivir un sueño y que todos lo vieran.

    Vestí de negro a mi yo pasado, sin cuero, más cercano. Cambié sus cadenas por un reloj de bolsillo
    y le di botas nuevas, que marcaran sus pasos.

    —¿Y la ideología? —me preguntó.

    —Se ha disuelto en los hilos del destino. Ya no la marca un estilo, ya no está en los acordes, ni hay rastro en el estribillo.
    Ahora la eliges tú, a merced de tu criterio.

    —¿Y si no sé qué pensar?

    —Estarás vacío.

    Devolví a mi yo confundido a la antigua foto, que ya harto de experimentos, quería volver a su mundo de cuero y cemento.
    Lo que encontré ahora no es nada nuevo, pero sí distinto de vivir.
    Así que, cada cual, que vuelva a su tiempo.

    South Arcade – DANGER

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  • Traje nuevo para un nombre roto.

    Traje nuevo para un nombre roto.

    ¿Cómo te describirías?

    Para alguien que está siempre en las nubes, es necesario recordar un nombre.

    Mis padres me pusieron uno, pero era tan común que quedó descolorido y viejo a poco de nacer. Yo era tan travieso, y el tiempo tan severo, que me fue otorgando canas cada vez que me llamaban. Y no eran pocos los gritos que proferían mi nombre; se escuchaba por todo:

    —¡Que no descabeces las muñecas a tu prima!
    —¡Que no te comas la esquina de la mesa!
    —¡Que no dispares elásticos a las viejas!

    Estaba en boca de todos, y al entrar en la adolescencia necesité un apodo, pues mi nombre ya estaba muy degradado y había que guardarlo.

    Habiendo conocido motes tan perfectos que quedaron como apellidos, no pude más que desear uno bonito. A Elvis le llamaron el Rey, a Felipe, el Hermoso… A mí me llamaron Bicho, y pienso que por horroroso.

    De pequeño era flaco como una lagartija, con cara de ratón y minúsculos ojitos de pollo. Por supuesto, no era feo… tan solo un poco difícil de ver.

    Ante el temor que sostenía el mote a la posibilidad de morder a alguien, intenté liberarme de él lo antes posible.

    El final de la adolescencia marcó la imposición del estilo, la inconformidad y las dudas. Con mucho trabajo fui cambiando de alias: Melenudo, Ferretero, Cólico Nefrítico, Pelopincho… según la evolución vital, salía una nueva forma de llamarme. Me costaba sudor y esfuerzo mantener el puesto o quitármelo, como el uniforme de turno.

    Crucé las puertas digitales, y el apodo que protegía mi nombre se convirtió en nickname, dándome la oportunidad de golpear fuerte el “Do” de Wasd(esp) sin caer en la inconsciencia, o de modelar aventuras en ropa interior desde mi escritorio. C4l4vr4X nació de unos y ceros, y envejeció en silencio.

    Se detuvo el tiempo en mi teatro de humo, de tanto vagar, creciendo. Y llegó tarde —pero a tiempo— el deseo de susurrar misterios.

    Soy el del nombre roto, que por imaginar momentos, me pongo en la piel de otros. Haciendo del sueño el campo donde plantar mis recuerdos, y exponerlos ante todos en un lienzo. Desde que descubrí que pintando palabras mantengo mi yo sereno, firmo sobre mis cimientos que pertenezco a un eterno.

    DeOniros.

    Faith no More – Arabian Disco

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