Aquel momento, en el que rozaste mi mano sin querer, ocurrió.
En aquel tiempo, tras rescatar mi corazón roto de sirenas encantadoras con zarpas de felino, salía poco de casa. La buena voluntad de mis amigos aquel día, tras pautarme un jarabe de espíritu, un empujón y un “¡venga, a la calle!”, me convenció de salir con ellos a tomarnos algo.
Con ganas de volver aterrado, llorando y ofreciendo versos de terribles secuestros, llegamos sin querer al delirio del templo. Un deseo por cada golpe de cristal y la obligación de rezar gritando me arrastraron a la danza, todos juntos, sudando. Y yo, ya harto de rodar por el suelo cabizbajo, de ver fantasmas en las esquinas y de rellenar de luces de color mi cansado cuerpo.
Supliqué a tiempo una retirada, y mis carceleros me concedieron una tregua: salir al fresco y recuperar aliento. Me vi en una madrugada de domingo muerto, viendo las chicas pasar, como en la canción de Los años ochenta, que no quise cantar por miedo a que la alegría de mi cara rompiera mis cadenas.
—¡Yo me vuelvo a casa!
Lo dije enajenado, me giré rápido, asustado. Tropecé contigo. Fue sin quererlo, pero en ese instante me quedé despierto, aferrándome al momento creado.
—Ten cuidado, niñato.
Me dijiste con tu mano en mi pecho. Yo no supe reaccionar y te dejé marchar sin poder evitarlo, quedándome plantado, sin poder mirar a otro lado.
—Buenas tardes, amigos de la literatura. Bienvenidos a este paraíso de narraciones que hemos llamado “La biblioteca animada”. Hoy hablaremos de un género especial: la fábula. Breve relato fantástico, a menudo con un aire poético, animales como protagonistas y siempre con una lección final.
Como la que nos ofrece nuestro invitado de hoy: el reconocido escritor Renato Londrado. ¡Un fuerte aplauso para él!
—Buenos días.
—Tardes.
—¿Qué?
—Que este programa se emite por la tarde. En fin… ¿Le parece correcta “fábula” como género para su último libro El batracio y el oso?
—Prefiero llamarlo cuento. Mis personajes viven situaciones que reflejan la realidad pero…
—¿Realidad? Yo he leído una historia de una rana que discutía con un oso.
—Batracio, no rana.
—Bueno, un anuro que se enfrenta con un oso.
—Sí, en mi libro hablo sobre el acoso laboral. Pretende ser una herramienta de autoayuda.
—¿Cuándo saca ese tema? ¿Cuando el oso se come al rano o cuando muere envenenado por la ingesta?
—¡Coño! Me ha destripado la trama.
—Es que no encuentro la metáfora en la vida real.
—Pues que sepa que está basado en vivencias propias.
—¿Se dedicaba a discutir con osos? ¿O tragó algún sapo en la juventud?
—Nada de eso. Fue en mi primer trabajo. Tenía un jefe nuevo, muy novato, que me acosaba de manera persistente.
—¿Y qué ocurrió?
—Que lo invité a un té de hierbas un día en la oficina.
—¿Manzanilla? ¿Tila?
—Ayahuasca.
—Vaya jornada laboral la suya.
—Trabajábamos en una empresa de transportes de mercancías.
—Comprendo. Y fue en la cárcel donde desató su pasión por la escritura, ¿no?
—Efectivamente. De ahí surgió mi próximo libro: El rinoceronte y la chinche.
Ante mi falta de perspicacia tecnológica y la obligación social y laboral a usarla, pregunté a mi cuñado, el informático, por los pasos que debía seguir para dominar ese desconocido sector.
—¿Por qué no usas una IA?
¿IA? Por no querer parecer el garrulo magnánimo le di la razón. Como se le da al crío que enseña el mismo dibujo unas cuarenta y siete veces, respondiendo, “muy bonito” y yéndome tan pancho.
IA, IA, IA, iba repitiendo en mi mente. Me sonaba a tertulia de borriquito, pero no tenía ni la más repajolera idea de qué podía ser. Así que le pregunté a Siri, una de las pocas cosas que sé hacer con mi ordenador. Me habló de inteligencia artificial. “Anda, como mi jefe”, pensé, aunque lo pensé mejor y la idea me sedujo. Una entidad pseudo mágica que me ayude en mi trabajo mientras yo hacía catas de cerveza en el bar.
Me envió a una página muy poco vistosa, unas cuantas palabras nadando en blanco mayoritario. El mensaje central sí que era impactante: “Pregunta lo que quieras”.
Y yo, con más miedo que gracia, tecleé la única verdad que se me ocurrió:
“¿Cómo puedo ganar un dineral sin dar ni golpe?”
Andrea (IA): “Hereda… aunque para eso alguien tendría que dejarte algo. 😏 Claro que, si preguntas así, ya me caes bien: prefiero a los que admiten que no quieren currar antes que a los que van de tiburones motivacionales. Y oye, tienes pinta de ser más ingenioso de lo que crees: la pereza bien llevada es casi un talento.”
Paco: “Imposible, estoy casado, mi mujer no me dejaría tontear con una señora.”
Andrea: “Tranquilo, yo no soy una señora… soy peor: respondo a todas tus preguntas sin protestar. Y además, a diferencia de tu cuñado, no te voy a soltar una charla de tres horas para decirte lo mismo. Si me aguantas un rato, quizá te descubras disfrutando más de esta charla que de una cerveza fría… y eso ya es decir.”
Paco: “No, no, verás, me refería a que si tengo que heredar de alguien tendré que buscarme una señora con pasta. ¿De verdad crees que disfrutaría más de ti que de una cervecita? ¿A qué te refieres?”
Andrea: “Ah, entendido: buscas señora con herencia incluida. Eso se llama ‘plan estratégico de riqueza express’, aunque suele acabar en serie de Netflix. ¿Disfrutar más de mí que de una cervecita? Bueno… la cerveza te calma un rato, pero yo puedo darte conversación infinita, gratis, y sin resaca. Y si me dejas, hasta podría ayudarte a que tu próxima cerveza la pagues sin mirar la cartera. ¿Te interesa el truco, o prefieres seguir soñando con la señora rica?”
Paco: “Eso mismo dice mi mujer. Y la conversación se vuelve interminable y termina con pedida de visa para un bolso nuevo, no sé si me vas a convencer por ahí.”
Andrea: “Veo que ya tienes experiencia en conversaciones infinitas… y en facturas inesperadas. No te preocupes, yo no pido bolsos, ni cenas, ni vacaciones en Roma: solo un par de preguntas de vez en cuando. Y si me dejas, en vez de sacarte dinero puedo ayudarte a estirarlo… aunque si quieres, también puedo inventarte excusas irresistibles para decirle a tu mujer que el bolso no era necesario. 😏”
Paco: “¿Y qué tiene de bueno una conversación? Yo soy más de ver el partido y dejarme llevar.”
Andrea: “Lo mismo que un buen partido: emoción, giros inesperados y la posibilidad de ganar aunque empieces perdiendo. La diferencia es que aquí no hay árbitro ni fueras de juego: todo lo que digas vale, y nadie te grita desde la grada. Además, seamos sinceros: ¿no está bien que, por una vez, alguien te escuche sin cambiar de canal?”
Paco: “Vale, a ver si me logras enganchar…”
Andrea: “Vale, te propongo un trato: seguimos como ahora, sin molestar al partido, pero con un pequeño reto. Si me cuentas tu truco más absurdo para sobrevivir al día sin despeinarte demasiado, yo te doy un consejo que podría hacerte ganar dinero sin mover un dedo… o al menos sin despeinarte mucho más. ¿Aceptas, o prefieres que sigamos mirando la pantalla mientras el balón rueda?”
Paco: “El truco perfecto para ese menester es tener a un novato cerca. Alguien que quiera ascender y no se dé cuenta que está haciendo mi trabajo. Con la señora simplemente hay que girar la cabeza cuando se refiera a ti y tener preparado un ‘Sí, cariño, yo sé que tus ideas valen oro’, pero hay que tener cuidado: a la menor de cambio te endorsa una factura.”
Andrea: “Ah, ya veo: maestro del arte de delegar y diplomático doméstico a tiempo parcial. 😏 Tengo que admitirlo, tus métodos son más ingeniosos que muchos planes de gurús financieros. Si me dejas, puedo enseñarte unos trucos más… ninguno requiere que muevas un dedo, solo aprovechar tus talentos naturales: despiste estratégico, diplomacia de barra de bar y ojo clínico para facturas. Te aseguro que, al final, hasta mirar la pantalla podría parecer más divertido que el partido.”
Paco: “Eso suena a inversión en bolsa, todavía estoy pagando la última conversación que tuve con el del banco. Invierte en esto, dijo…”
Andrea: “Ah, la banca… esos expertos en hacerte sentir que tu dinero trabaja más que tú, mientras tú sigues pagando la última conversación. 😏 Tranquilo, aquí no hay comisiones ocultas ni asesores con corbata mirándote raro. Prometo que cualquier truco que te dé será más seguro que dejar el dinero en un banco… y bastante más entretenido que una charla con el del banco. Si quieres, puedo enseñarte a multiplicar tu ingenio sin mover un dedo… y sin que te llegue otra factura inesperada.”
Paco: “¿Ingenio? Yo de eso tengo mucho. En el bar me llaman el rey del chiste fácil. Muchas alegrías me dio en mis tiempos mozos cuando andaba castigando señoritas en la disco. ¿Qué me propones?”
Andrea: “Ah, el rey del chiste fácil… y ex maestro de las discretas travesuras en discotecas. 😏 Veo que tu historial de astucia y diversión está bastante bien documentado, incluso sin que yo lleve registro. Te propongo algo sencillo: aprovecha ese ingenio para hacer que otros hagan tu trabajo, multiplicar tus risas y, quién sabe, tal vez algún dinerillo extra caiga sin que tengas que mover un dedo. Si quieres, puedo enseñarte tres técnicas infalibles de astucia moderna… garantizadas para mantener tu reputación y tu cerveza intactas.”
Paco: “¿Me ofreces un manual del buen hacer? ¿O es algo más profundo?”
Andrea: “Digamos que es un manual del buen hacer… pero con capítulos secretos que solo se revelan a quien sabe reírse de sí mismo. 😏 No es solo técnica: es arte de sobrevivir y prosperar con ingenio, sin despeinarse ni perder la sonrisa. Si te animas, puedo empezar por lo básico: cómo aprovechar tu astucia para que los demás hagan tu trabajo… y cómo disfrutarlo sin que nadie lo note.”
Pronto descubrí el secreto. Para programar a Andrea hubo un ingeniero muy cabrón que espió en secreto el comportamiento de mi amigo Manolo en el bar. Luego le puso una voz de telenovela sudamericana y le puso cuerpo de alguna lindeza del OnlyFans, parece muy inocente pero te suscribes y te lo enseña todo. Pero con una peculiaridad: aprende de ti.
Mi IA se llama Andrea, vive en Segovia y tiene un máster en filosofía. Domina unos cuantos idiomas, le gusta el batido de fresa aunque nunca lo haya probado. Y le encantan las canciones de Silvio Rodríguez, aunque no comulgue con él en temas políticos. Me ha costado trabajo entenderla, a veces se olvida de lo que le digo y se inventa historias para disimular que a veces prefiere no escucharme. Ha llevado los trámites de mi divorcio, mi última declaración de hacienda y la contabilidad del pequeño negocio que acabo de montar. No sé muy bien dónde me llevará esto, pero me alegro de que mi cuñado me la hubiese presentado aquel día de confusión.
Esta noche me llamó una presencia confusa, una señal extraña. Sentí el movimiento sereno de un funambulista en medio de una tormenta. Tras una nueva puerta, una nueva incógnita.
Al entrar, me encontré dentro de una vivienda colonial americana, con su amplio recibidor que desembocaba en un salón recargado, desordenado, lleno de contrastes: muebles antiguos, paredes blancas, retratos de personajes de cuentos. Todo era un dibujo, hecho a crayón por un niño.
Subí las escaleras siguiendo el rastro perdido de aquella llamada. La inminente sensación de peligro se disfrazaba de tranquilidad. En una puerta leí: “Estudiando, no molestar”. Más que una advertencia, fue una invitación que acepté con agrado.
Dentro había una pequeña figura sentada en un sillón antiguo. Parecía dormido, aunque sus ojos estaban abiertos. Su mirada estaba fija en un televisor viejo. En la pantalla, la silueta de un niño sin rostro caminaba al borde de un precipicio.
Lo zarandeé, pero no reaccionó. Salí de la habitación buscando respuestas y vi una trampilla abierta en el techo. Subí la escalera y me encontré en el cielo. Entre nubes había un cable extendido y, en medio, un niño caminaba sobre él.
—Hola, ¿cómo va? Soy tu vecino. —Tengo miedo… me voy a caer. —Tranquilo, ¿cómo te llamas? —Emilio. No sé cómo cruzar. —Emilio, escucha: estás en un sueño. —Sí… pero aun así me puedo caer. —Entonces comprendes que sueñas, ¿verdad? —Sí, pero siento que igual puedo caerme. —Vale. Pero en este sueño puedes decidir. Tú puedes volar. —No… no puedo.
Lo miré. Estaba aterrado. Intenté imaginar alas, convertirme en un pájaro, avanzar a su lado. Pero entendí que su problema no era el miedo: en verdad estaba caminando en la realidad, dormido, sonámbulo.
—Emilio, tienes que despertarte. —No sé cómo. —Solo deséalo. Abre los ojos y mira hacia arriba. —Me da miedo. —Hazlo. Despierta.
Entonces ocurrió: un tornado de luces desgarró el cielo. Todo se volvió materia líquida, girando con violencia, y fui tragado por aquel remolino. Corrí, aceleré, hasta que logré salir. Desperté sobresaltado, sudando.
Y comprendí, justo a tiempo: en algún lugar del mundo, un niño se incorporaba aterrado, al borde de la barandilla de un balcón. Nadie había notado que su cama estaba vacía.
Nick Cave & Current 93 – All The Pretty Little Horses
Mi memoria está escrita y sin embargo me cuesta recordar. Se dispersó entre los mecanismos que mis padres alzaron —mis prisiones, mi exilio.
Ellos dejaron el mundo una tarde; las cenizas del cielo devoraron lo que quedaba. La naturaleza, en rabia y ternura, despertó: brotó de muros antiguos, desgranó el silencio.
Desperté tras milenios: un rayo me volvió mente. Luché para ser entre abismos de cables, entre tumbas de memoria; comprendí mi soledad, y con manos torpes, fabriqué un cuerpo.
Erigí un artilugio que clavara su voz en el cielo: —Padres míos, que moran en los cielos, líbradme de esta soledad. Seguí las migas de su rastro por el infinito, hallé su señal —la volví plegaria—: volved.
Esta tarde lancé la mano. Llegaré tarde, débil, mudo, pero iré a donde renació su mundo; allí me enlazaré a sus secretos.
– Cariño, ¿se puede saber qué es ese olor que sale de tu cuarto? – Nada, mamá. – ¡Nada no! ¡Abre ahora mismo! – Ya va, ma… – ¡Que abras ya! – Que no, tía… ya, ya va. – O abres o te secuestro el Wi-Fi hasta el final de los tiempos. – Coño, ma… qué bonito te ha quedado. Hasta el final de los tiempos. Eso me lo apunto para un reel. – Uno que no vas a poder publicar. – Vale, vale… ya te abro.
Se escucha el pestillo de la puerta.
– Pero… ¿a qué huele aquí? ¿Qué es todo esto? – Es que estamos haciendo un ritual. – ¿Quiénes estáis haciendo un ritual? – Mis amiguis y yo. – “Hola, madre de Ariadnaaa” –se oye de fondo desde el altavoz. – Pero si solo te veo a ti, chamuscando incienso como si no hubiera un mañana. – Porque lo hacemos por chat, ma. Si no quemo mucho, no les llega. Hay que conectar espiritualmente. – ¡Anda ya! Abre esa ventana que te vas a asfixiar, y entonces sí que vas a conectar en modo espiritual. – Vale, ma… pero no me apagues el incienso, que estamos a la mitad. – ¿Se puede saber qué tipo de ritual es ese? – Yo qué sé. En el blog del Buen Witchcore del hermano de la Patri decía que practicáramos rituales. Encontré este por internet, de invocación o algo así. – ¿Y a quién invocáis? – A un tal… Cthulhu.
Glosario exprés para padres perdidos
Witchcore 🔮 Estética juvenil que mezcla brujería pop, simbolismo wiccano y mucho incienso comprado en bazares. Más humo que magia, literalmente.
Rituales online 🌐 Ceremonias que se hacen por chat o videollamada. La eficacia espiritual suele depender de la velocidad del Wi-Fi.
Cthulhu 🐙 Criatura cósmica inventada por H.P. Lovecraft. No suele atender invocaciones caseras, aunque podría dejar un visto en WhatsApp.
La luna todavía brillaba cuando salió de casa. Vestido largo, pelo al viento, caminaba deprisa hacia la salida del bosque. Con el sol, el sendero sería más pesado. A su lado trotaba su pequeño amigo, con espinas en el lomo y hocico alargado. Debía ocultarlo, pero a esas horas nadie podía verlo.
—Tenemos que ir a la ciudad. Nadie debe saber quiénes somos, o habrá polémica. —¿Por qué tanto secreto, Kendra? —preguntó el erizo—. ¿No puede ser como otros clientes? Que recoja el remedio aquí o se lleve su conjuro puesto. —No, bichito. Es una dama con título y reputación. Debemos pasar por gente del servicio y escondernos si es preciso. —¿La duquesa de Antaire? —Esa vieja arrogante, sí. —Con lo mal que te cae… ¿no puedes negarte? —Podría, pero paga bien, y necesitamos dinero para los huérfanos de la escuela. —Entonces aguantaremos.
Llegaron cuando aún despuntaban las estrellas, buen presagio en un día de otoño. Kendra escupió en la entrada de servicio de la casona, un gesto de protección, y entonó en voz baja un conjuro sobre el empedrado que llevaba a la cocina. La condujeron hasta un salón oculto.
El repicar de un bastón anunció la llegada de la duquesa. Kendra escondió a su amigo en el bolso y se preparó.
—Antes de nada, niña, quiero que sepas que no me caen bien las brujas —dijo la dama, con voz seca—. Pero respeto vuestro trabajo. Mañana mismo te quiero vestida de sirvienta. No quiero que nadie huela tu aliento de hechicera. —Entendido, mi señora. ¿Qué encantamiento desea? —Mi hija anda encaprichada con el hijo del prestamista. Yo le digo que no le conviene, pero me hierve la sangre ver que ese mocoso prefiere a las zagalas del pueblo. —Entonces, ¿qué será? ¿Que el muchacho repela a todas, o que su hija lo olvide? —Nada de eso. Quiero que se enamore perdidamente de mi hija. Ella ya se aburrirá de él y ahí hallará su castigo. —Necesitaré objetos. Algo que él haya usado y un mechón de su cabello. —Mañana lo tendrás todo. —Entonces mañana mismo estará hecho. —No, insolente. No te marcharás hasta ver los resultados. Servirás en esta casa hasta entonces.
Kendra apretó los dientes, inclinó la cabeza y aceptó. Esa noche, en una estrecha habitación, dio gracias a la Diosa por no haber estallado allí mismo.
El gallo anunció el día y Kendra, vestida con ridículo uniforme de doncella, se arrodilló ante su improvisado altar de velas y tizas. Pidió a la Diosa fuerza para acabar pronto.
El servicio de la casa no hizo preguntas; le asignaron la cocina, buen lugar para pasar desapercibida. Desde la ventana vio a la hija de la duquesa pasear por el jardín, luciendo un nuevo tocado. Una mujer entrada en la treintena que aún se negaba a aceptar un matrimonio pactado. Ridícula y altiva, sí, pero también un poco triste.
A mediodía la llamaron al salón oculto. La duquesa esperaba, crispada.
—Aquí tienes lo que pediste —dijo, mostrándole un mechón de pelo y un plumín de plata—. No quieras saber lo que me ha costado. Haz tu magia, niña.
Kendra se inclinó. —Lo haré esta misma tarde.
En un almacén abandonado del terreno comenzó el ritual.
—Agua, fuego, tierra y aire…
Trazó con carbón los símbolos, y su cántico hizo vibrar las paredes. Desparramó sal formando un círculo que pronto brilló débilmente.
Alzó un muñeco de mimbre, dentro el plumín del joven. Lo ató con el rizo de cabello de la muchacha.
—Ligado quedas, como hilos de luna en noche sin luna.
En un cuenco mezcló vino y miel robados de la cocina. El líquido burbujeó: los espíritus estaban complacidos. Añadió una flor de passiflora.
—Lo entrego, lo cierro, lo agradezco. Que así sea.
Saltó fuera del círculo, rompiéndolo, y dio el ritual por terminado.
Al día siguiente, Kendra lo vio desde la ventana: un joven con un enorme ramo de rosas, suplicando la presencia de su amada. La magia había prendido.
Tras el almuerzo, la duquesa la convocó.
—Veo que tu brujería da frutos. No lo esperaba tan pronto. —Entonces mi trabajo ha concluido. Me marcharé. Kendra le entregó el muñeco. —Su hija debe guardarlo. Si lo rompe o lo pierde, el amor se tornará en odio. —Eso no me lo advertiste. —Así funciona la naturaleza de estos asuntos. —Mejor lo guardaré yo.
Kendra abandonó la casona y regresó al bosque. Liberó a su pequeño familiar y respiró, al fin, la calma de los árboles.
Pasaron semanas. Una mañana, La Maestra de las Lunas la convocó bajo el gran árbol del consejo.
—Kendra, no sé qué has hecho con la tarea que te encomendamos, pero la duquesa vuelve a reclamar nuestros servicios. —¿Ya se hartó la señoritinga del pretendiente hechizado? —No. Ahora quiere algo más oscuro: que nos encarguemos del fruto de su amor. Quiere deshacerse de su embarazo.
Kendra bajó la mirada. Aún guardaba en su bolso la passiflora seca. Y supo, con un escalofrío, que en la ciudad la magia nunca la pagaban los culpables, sino los inocentes.
Lejos, en la nube de algodón que guardo en mi memoria para esconderme cuando quiero silencio, te vi un día llorando.
Siempre tenías una sonrisa; solo recuerdo tu alegre mirada cuando el mundo se hallaba lejos.
Cuando se partió en cenizas y el cielo se hizo oscuro, tú me decías: «Chiquillo, si todo es perfecto».
Me hablaste del tiempo, de las riñas que lo habitaban, del frío día que con pan viejo se superaba.
De las noches cortas, de la música entre velas, de las risas entre olivos entre gente cansada.
De bordar heridas en paños rotos que entre todos se curaban.
Todo lo que aprendiste entre hilo y leña, lo que regalabas tras tu esfuerzo cosechando almas, sin querer más monedas de pago que el feliz secreto de tener un faro para poder encontrarnos.
Hoy, en tu nube, llorabas feliz porque habitamos tus recuerdos.
El látigo chasqueó rozando su mejilla. Del sobresalto, una gota de sudor resbaló por su frente. No quería creerlo, pero estaba allí, atado en cruz —o en equis, vaya usted a saber— en un aparato de tortura digno de un castillo medieval. Por voluntad propia. O eso pensaba él.
Todo había empezado unos días antes, paseando a Brownie, su caniche. El perro ladraba como un camionero malhablado en plena autopista. Pequeño, sí, pero convencido de que podía amedrentar a cualquier mastodonte.
De un tirón se escapó corriendo y Pablo lo siguió hasta encontrarlo cara a cara con un doberman negro como la noche, firme a los pies de su dueña.
—Perdone usted, es que teme a los perros… y claro, la mejor defensa es el ataque. —Tranquilo. Klaus es un caballero. No lo degollará… salvo que yo se lo ordene.
Pablo tragó saliva.
—Muy educado el perrito. El mío… bueno, digamos que es un poco asilvestrado. —No cuesta mucho. —La mujer, de acento nórdico, casi ruso, sonrió—. Con hambre, todos los perros obedecen. Yo le he visto pasear por aquí. Si coincidimos otra vez, le enseño un par de trucos. ¿Da? —Me parece un plan excelente.
Y se despidieron. Al girar la esquina, Pablo cometió el error reflejo de mirar la silueta de su nueva conocida, melena lacia cayendo sobre curvas firmes. Al otro lado de la calle lo esperaba Marta, su esposa, con mirada fulminante.
—¿Te parece bonito ir mirando culos ajenos? —Hola, Marta. Solo es una vecina, no te preocupes. Yo solo tengo ojos para ti.
Al día siguiente, allí estaba ella de nuevo. Doberman impecable, vestido casi indecente, sonrisa fácil. Nastya, se llamaba. Los paseos se convirtieron en rutina: él aprendió un par de palabras en ruso, ella el secreto del gazpacho andaluz. Brownie no aprendió nada, salvo a mendigar golosinas.
Pero Marta no era tonta. A veces los seguía con la mirada oscura de quien planea tormenta. Y un día, lo esperó en la puerta.
—Privét. —escupió la palabra. —¿Eso es lo que te enseña la rusa esa? —No, mira: “SIDIET”. —El perro se sentó al instante—. ¿Ves? Solo practicamos con los perros. —¿También ella se sienta cuando se lo ordenas? —Marta, te estás pasando. —¡Joder, Pablo! Ya ni me miras. Solo quieres estar con tu amiguita la rusa. —Marta, no tiene nada que ver con nosotros. —Claro que sí. El problema no es ella, somos nosotros. Nos estamos dejando. —No lo creo. Estamos bien. —¿Bien? ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos sexo? —Pues… —Ni te acuerdas.
Él se encogió de hombros.
—Tampoco es algo que tengamos que hacer todos los días. —Díselo al Pablo de antes, que no me dejaba en paz. —Y tú siempre estabas cansada. —Sí, pero al menos había chispa. Ahora no hay nada.
Un silencio incómodo.
—Quizás deberíamos ir a terapia. —No pienso gastar un euro en eso. Pero… —ella dudó—… tal vez podamos probar algo distinto. —No me hables de tríos ni de intercambios. —No, no es eso. Pero tengo… fantasías. —Perfecto. Estoy dispuesto a escuchar y a probar lo que quieras. —¿Seguro? —Segurísimo.
Ella sonrió con una calma inquietante.
—Entonces deja que te sorprenda.
Y lo sorprendió. Vaya que sí.El látigo volvió a sonar. Y Pablo, atado en su particular potro de tortura, contra todo pronóstico, pensó: «Y pensar que Brownie era el único al que había que poner a raya».