Autor: DeOniros

  • Carta 17: La casa del árbol y los nombres prohibidos

    Carta 17: La casa del árbol y los nombres prohibidos

    Querido diario:

    En esta ocasión el sueño me llevó a una gran casa árbol. Colgaba de un sauce llorón como una campana inmensa. En una de sus terrazas tomaban té de recuerdos. Mi amiga del traje verde, cuyo nombre aún no sabía, había quedado en presentarme a sus amigos.

    En ese mismo instante llegó un hombre alto, vestido de azul marino y armado con una gran lanza perlada. Su sombrero de ala ancha le tapaba los ojos. Nosotros hablábamos con una pareja, él y ella, idénticos como dos gotas cayendo al océano. Se hacían llamar Wilson, y narraban juntos sus hazañas en el mundo onírico.

    —Este es Don, es el más viejo de nosotros. Aprendimos de él, aunque no sea mucho de contarlo.

    Se sentó en una de las sillas de mimbre, invocó una taza con un gesto de la mano y se sirvió de la tetera de la que todos habíamos bebido.

    —¿Y estos dos son gemelos? ¿O en verdad son una sola persona? Debe de ser complicado sincronizarse para dormir.
    —Más difícil todavía: son pareja.
    —Pero… se parecen tanto…
    —No deja de ser un disfraz.
    —Es un homenaje a unos personajes de dibujos coreanos —dijo la Wilson mujer.
    —¿Podéis transformaros? ¿Rostro y cuerpo?
    —¿Tú no lo haces? —preguntó la anfitriona.
    —¿Yo? No sé hacerlo. Bueno… no se me había ocurrido…
    —¿De verdad? Interesante —observó Wilson mujer—. Estás muy bueno.

    Enseguida noté el rubor en mis mejillas. Wilson hombre miró de reojo a su pareja y soltó una carcajada nerviosa.

    —Me parece que ha llegado la invitada que faltaba.

    De una rama se descolgó, se balanceó en una pirueta imposible y cayó de pie. Katty, la chica gato. Vestía poco, casi nada. Si lograbas apartar la vista de su cuerpo, descubrías sus orejas felinas y sus garras negras. Sonrió y me dijo:

    —Prrrrrrr.
    —¿Nos conocemos, no?
    —No sé… creo que coincidimos alguna vez… en tus sueños.
    —Bueno, ya estamos todos —dijo mi amiga—. Ahora haré la presentación oficial. Este es… Bueno, tienes que ponerte un nombre.
    —Me puedo llamar Oniros.

    Todos protestaron. Ella me dijo, sonriendo:

    —Esos nombres están vetados. Además, ya hay un DeOniros por ahí, aunque no se entere de mucho: anda escribiendo historias absurdas de sus sueños. Y Morfeo no es un nombre de persona, es un sitio. Anda, sé original.
    —Debería llamarme Olvido.
    —Eso es de chicas —dijo Wilson hombre.
    —A mí me parece sexy —dijo Katty, la gata.
    —¿Por qué Olvido?
    —Cuando empecé a caminar en sueños, lo hice para olvidar mis pesadillas.
    —Buen nombre, entonces —me dijo, acariciándome con sus ojos verdes.
    —Ahora faltas tú. No sé tu nombre.
    —Ya te lo dije una vez.

    Fever Ray – When I Grow Up

    Todos los pasos del viaje quedan grabados en estas páginas.
    Aquí encontrarás cada carta, cada encuentro y cada sombra de la saga “Diarios de un soñador lúcido”

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  • Crimson Deluxe tricromatico

    Crimson Deluxe tricromatico

    (Mostrador de papelería. El Cliente entra. El Dependiente sonríe con solemnidad exagerada.)

    Cliente:
    —Hola, buenos días, ¿tienen esto?

    Dependiente:
    —Hola, buenos días, señor. ¿A ver? Sí, nosotros tenemos el Crimson Deluxe tricromático.

    Cliente:
    —Ah, pues bien, deme uno.

    Dependiente:
    —¿Desea el modelo Rojo Pasión Suprema, Rojo Ejecutivo Fúnebre o Rojo Revolución de Bolsillo?

    Cliente:
    —Pues no sé, déjeme el último que dijo.

    Dependiente:
    —Excelente elección, señor. ¿Desea usted alguna otra cosa? Tenemos el paquete de 500 unidades de Aurora Inmaculata de oferta.

    Cliente:
    —No, con esto tengo, ¿cuánto es?

    Dependiente:
    —32,99 €. ¿En metálico o con tarjeta?

    Cliente (escandalizado):
    —¿Treinta y tres euros? ¿Qué tiene, oro?

    Dependiente (con solemnidad):
    —Caballero, la precisión, la duración y el diseño avalan el coste de nuestro Crimson Deluxe tricromático.

    Cliente:
    —Pero si compro uno de estos en el chino…

    Dependiente:
    —Señor, no existen Crimson Deluxe tricromáticos en el chino. De hecho, pocos son los sitios elegidos para vender semejante maravilla.

    Cliente:
    —Esta maravilla es un puto bolígrafo rojo, y me quieres cobrar 33 € por él.

    Dependiente:
    —No es solo un bolígrafo rojo, es el arte de escribir. Con él acariciará una lámina de Aurora Inmaculata acariciando la piel de las letras al nacer de su mano. Venga, sosténgalo, verá cómo se siente con él.

    Cliente (probándolo):
    —Sí, sí, muy suave, pero yo no pago…

    Dependiente (señalando discretamente):
    —Acérquese, ¿ve esa señora de allá?

    Cliente:
    —Sí.

    Dependiente:
    —Desde que le vio con el Crimson Deluxe tricromático en la mano, lo mira como si quisiera que le invitase a cenar… y la cena fuera usted.

    Cliente (decidido):
    —Deme cuatro.

    Dependiente:
    —Vale, no se olvide de suscribirse y comentar en nuestro Instagram. Por favor, comente bonito que tengo hijos.

    (Oscuro. Se oye un aplauso solitario que tarda demasiado en terminar.)

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  • Guardando un secreto

    Guardando un secreto

    No creía que fuera posible. Tanto andar por la calle fingiendo… para mí no era cierto. Al tercer desengaño, cambié mi mundo. Ya no habrá playas de manos al rumor de las olas, miradas fugaces, aleteos de mariposas. No serán importantes; siempre pincha la rosa. ¿Y la soledad? Tampoco está mal ser sueño que olvidas.

    Repetir mi mantra, agrietando latidos, humedad, huellas de mar cubiertas de frío. Con esa luna tan sola que exhala misterio. Y yo, mirando al vacío, encontré tus ojos. Te vi tan sucia y sedienta que mi reflejo clamó perdón por irse lejos.

    Pequeña, asustada, guardando un secreto: el de la llave de mi hogar, que te abrí sin quererlo; el de la mirada sin lágrimas, silencio sin engaños, rompiendo mi tiempo, mi melodía maldita, la libre manía de salir sin decirlo, que solo se vio preso cuando no era a tu lado.

    Ahora que son años, que tus pasos se agotan y los míos van cansados, pienso lo fácil que fue romper el hechizo. Pues, tras el nunca jamás de mis palabras, nunca imaginé que escucharía un ladrido.

    Florence & The Machine – Dog Days Are Over

    ¿Alguna vez alguien —o algo— apareció en tu vida y cambió tu manera de sentir sin que lo vieras venir?

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  • Noche sin rosas

    Noche sin rosas

    Él adoraba la noche y a sus habitantes. Se sentía muy cómodo inmerso en el flujo de tránsito, de ruidos y de excesos. Se creía estrella y brillaba por si hubiera que serlo. Esta noche salió a la calle y quiso que fuera cierto. Oro en la sonrisa, brillo en el pelo, tinta en el cuerpo. Ruido de motor quebrado en un coche nuevo. Sonido viejo filtrado en un destello y golpeado sin piedad por el timbal de lo obsceno. Así salió de casa, volvería acompañado de un deseo.

    El deseo se presentó en la barra, le sostuvo la mirada y le cogió de la mano. Él quiso invitarla, ella dijo que no necesitaba hacerlo. Él quiso bailarla, ella dijo que no perdiera el tiempo. Que para lo que quería no sobraba tiempo. Vamos, la suerte es tuya, abandonemos este infierno. Vamos a lo que queremos, sin artificios, solo sexo.

    El camino fue rápido, rugiendo. Se pararon en la puerta para exhibirse a los vecinos. Entraron, y no fingieron. No sonó una balada, no hubo rosas en la cama, ni última copa, ni siquiera hablaron. Simplemente se aparearon, hasta que las fuerzas fallaron y venció el sueño.

    En los primeros rayos de la mañana, ya no había glamour, brillantina, ni alarde de caza. Tan solo un hueco en su lado de la cama. Había una carta escrita deprisa manchada del carmín que nunca rozó su boca.

    Querido desconocido:

    Ayer no fui yo, solo mi sombra. Salí a cazar y tú eras mi presa. Y te portaste como lo que eras. Una liebre enseñando su pelaje nuevo, abatida de un disparo fuera de su agujero. Un pavo real, con cola abierta entre colores extraños. Músculos sobre piel con olor a rancio.

    No me malinterpretes, no lo pasé mal, aunque hubiera sido mejor si yo hubiera querido más. Pero no lo necesitaba. Ya estaba llena de lo que necesitaba de ti. Por eso me fui, lejos.

    No buscaba compañía, ni ternura, ni futuro a tu lado.
    Solo tu herencia, tu material genético.
    Tu semilla.
    Espero que haya prendido.
    Quizás en buenas manos hasta podría ser perfecta.Y aquí me despido.
    Hasta nunca, cretino.

    Portishead – Roads

    ¿Crees que hay encuentros que deben vivirse sin ataduras ni explicaciones?

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  • Lejos…muy lejos

    Lejos…muy lejos

    Querida Soledad:

    Me sigue resultando extraño que volvamos a depender de un medio de comunicación tan lento, casi arcaico, pero es lo único que tenemos. La promesa oficial es que todo cambiará pronto, que estamos viviendo el inicio de una nueva era y que vendrán sorpresas agradables para quienes no teman al trabajo duro y al sacrificio. Quizá sea cierto, pero a veces la vida aquí es tan distinta que parece que nos hubieran arrancado de la tierra para injertarnos en otro sueño. Y cuesta. Cuesta mucho adaptarse.

    Sin embargo, no todo es desolación. Esta soledad compartida nos une. La mayoría hemos dejado un mundo por perseguir una ilusión, y en ese abandono hemos encontrado una hermandad inesperada. Haces amigos que parecen familia, y los superiores nos tratan con una humanidad que sorprende en un contexto tan duro. Echo de menos a los míos, claro, pero siento que los vínculos que aquí se tejen no se rompen jamás.

    La comida es otra revelación. La naturaleza es exuberante, y nos obliga a reinventar el paladar. Algunos cazan, otros pescan criaturas que jamás soñamos. Yo aún no me atrevo a esas aventuras, pero recolecto frutos para la comunidad. Es un espectáculo ver la abundancia: árboles cargados de pulpas luminosas, semillas dulces que parecen hechas para ser compartidas. Nunca pensé que un lugar tan lejano pudiera alimentarnos con tanta generosidad.

    Hay mucho trabajo, eso sí. Los pequeños poblados se multiplican como semillas al viento, y cada cual intenta levantar su aldea y dotarla de comodidades mínimas: agua, refugio, calor, comunicación. Estamos inventando un mundo desde cero, ladrillo a ladrillo, palabra a palabra. Y entre todos nos sostenemos.

    Se buscan manos, siempre faltan manos. Pero en ese vacío está mi esperanza: dicen que pronto las familias de los colonos serán las primeras en llegar. Sueño con ese día en que pueda solicitar tu traslado, y entonces este paraíso dejará de ser un exilio para convertirse en hogar.

    Quiero que lo veas con tus propios ojos. Las puestas de sol aquí son un incendio líquido que tiñe las montañas de púrpura. Pero es en la noche, cuando las dos lunas levantan su resplandor gemelo y el cielo se abre como un océano profundo, cuando me siento más cerca de ti. Pienso en ese punto azul perdido en la distancia, donde sigues existiendo, respirando, esperándome.

    Hoy consigo enviarte un par de imágenes. Apenas nos dejan más: el flujo de datos es escaso y vigilado. Pero pronto, con la apertura del portal, nos dicen que todo cambiará. La distancia se volverá más corta. La espera, más leve.

    Te echo de menos en cada aurora y en cada silencio.
    Tuyo siempre,
    Abel

    Glasvegas – Please, Come Back Home

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  • El príncipe de la eskupitola

    El príncipe de la eskupitola

    Digital gothic illustration of an exorcism scene: a young priest in a black cassock holding a crucifix, in a gloomy room where a girl is tied to a bed and levitating under a flickering light bulb. Cinematic horror atmosphere.

    El tintineo de la vieja bombilla de las escaleras hacía que la sombra del sacerdote pareciera extraña, macabra, perversa. La melodía del timbre anunciando su llegada la estremeció. La mujer no sabía exactamente qué iba a hacer aquel cura joven. Demasiado joven para su gusto, sospechaba que su visita iba a ser una terrible fuente de sufrimiento.

    Le ofreció café, con la cortesía nerviosa de quien se aferra a un gesto mínimo para espantar la angustia. Pero él, dándole urgencia al asunto que lo había traído, pidió pasar directamente a verla.

    La niña estaba tendida boca arriba en la cama, atada de pies y manos con correas. Su respiración era espesa, sus movimientos bruscos. Hablaba en sueños, enfadada, como si discutiera con alguien invisible.

    —Zerrrrarizzzait ggggerrrrtatzen, bada?! Zerrrrarizzzait ggggerrrrtatzen, bada?!

    La madre le retiró la pesada manta. El cuerpo arqueado de la muchacha parecía atraído por la gravedad del techo.

    —No para de moverse. No para de repetir ese extraño mantra —dijo ella, con la preocupación tatuada en cada línea de su rostro—. ¿Cree usted que es arameo?

    —Arameo no es —respondió el sacerdote—. Tampoco sánscrito ni ninguna lengua latina que yo reconozca. ¿Podemos despertarla?

    La madre asintió. El cura le palmeó suavemente la cara. Los ojos de la niña se abrieron de golpe, y un miedo inexplicable cubrió su expresión. Entonces comenzó a hablar:

    —Baina zer gertatzen da? Baina zer gertatzen da? Non nago? Zer ari da gertatzen?

    —No entiendo tu idioma —dijo el sacerdote—. ¿Entiendes el mío?

    —Sí —respondió ella, respirando con fuerza.

    —¿Qué es lo que quieres?

    —Quiero que me suelten. ¿Por qué estoy atado?

    La voz sonaba gruesa, pastosa. El cura frunció el ceño.

    —No queremos que le hagas daño a la niña.

    —¿Pero qué niña? ¡Ostias! ¿Qué coño pasa?

    El sacerdote apretó la cruz en alto.

    —¿Qué tipo de demonio eres?

    —Oiga, que yo a usted no le he faltado, ¿eh? ¿Me van a soltar ya, hostias?

    —Te lo repito: dime tu nombre.

    —¡Aiba la hostia! Que yo no sé nada de demonios ni de niñas ni de nada. ¿Me van a dejar marchar?

    —¿Eres Satanás, príncipe de las mentiras? ¿Balban, príncipe del engaño?

    —¡Que no! Soy Koldo, príncipe de la eskupilota, no más.

    El sacerdote parpadeó.

    —¿No eres Satanás?

    —¡No! Soy Koldo. Koldo Iruretagoyena. De Hondarribia.

    Un silencio incómodo se instaló en la habitación. La madre miraba al cura con desconcierto, como si la solemnidad del ritual se hubiera convertido en una farsa grotesca.

    —¿Y para qué quieres poseer el cuerpo de esta chica?

    —¿Poseer? ¡Pero qué hablan de poseer cuerpos! Yo no entiendo nada —contestó el supuesto intruso, mirando con ojos desorbitados el espejo de tocador que el cura le puso delante.

    —¡Hostias!

    —¿No lo sabías? —preguntó el sacerdote.

    —Mire, lo último que recuerdo es que estornudé tan fuerte, pero tan fuerte, que me quedé inconsciente. Y ahora, de repente, estoy aquí, atado, con usted gritándome. ¡Esto parece una broma pesada!

    Goblin – Suspiria

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  • Carta 16: El hilo verde que borda la brecha oscura

    Carta 16: El hilo verde que borda la brecha oscura

    Sueños y batallas contra las sombras

    Querido diario.


    Armado con el recuerdo del mejor bizcocho que hubiera hecho mi abuela, me dispuse a hacer una visita. Su puerta estaba marcada de verde, resplandor de su mirada. Quise asegurarme de estar presentable, así que, antes de entrar, conjuré de mi vida aquel traje de marca que usé en una boda.

    Traspasé la puerta y caí en una selva salvaje, digna réplica del Amazonas. El rumor del río y el aullar del saraguato componían la samba de la naturaleza. Una grieta oscura amenazaba con partir el radiante paisaje en dos.

    Sospechaba lo que ocurría, me lancé a adentrarme en ella. Llegué hasta la zona rota, donde las plantas enfermaban con la presencia de un resplandor oscuro. Quise abastecerme con la energía del terreno, fabricar algún arma de luz con la esencia de este sueño. Pero no estaba su dueño para permitírmelo; solo logré un pequeño tirachinas de cuero que disparaba destellos.

    Aun así, me adentré en el territorio oscuro. Manchándome los zapatos de humo y de alquitrán, llegué a una fisura humeante de donde salían espectros negros. Disparé a dos de ellos, haciéndolos convertirse en polvo que manchaba el terreno. Los demás advirtieron mis disparos y avanzaron rápido hacia mí.

    Me rodeaban ya una docena de engendros oscuros cuando la luz, en forma de diosa con vestido verde, saltó a mi rescate. Llevaba en la mano una especie de espada luminosa, al más puro estilo Jedi. Con ella desintegraba a las horribles criaturas. En poco tiempo había despachado a todas y empezaba a cerrar la brecha oscura también a espadazos, como si bordara el cielo con una centella.

    —Quise rescatar tu mundo y al final mi heroína fuiste tú.
    —Todavía te quedan trucos que aprender. ¿Viniste a devolverme el pastel?
    —Sí, algo así.
    —Y totalmente desarmado.
    —Bueno, pero me cargué a dos con…
    —Tienes que crearte un equipo con la materia de tus sueños.
    —Eso hice, me vestí para ir a verte.
    —Estarías muy guapo, pero ahora estás todo manchado. ¿A que cada vez que me ves tengo un traje parecido?
    —Sí, siempre vas de verde.
    —En verdad no.

    Dijo ella pasándose la mano por el lateral del vestido. Tras su gesto, la prenda cambió de color: morado, rojo, amarillo, hasta volverse negro mate como las criaturas que combatimos.

    —¿Y dónde puedo comprar algo así?
    —Aprenderás a hacerlos.

    Coil – Ostia

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  • Hasta 500

    Hasta 500

    La oscuridad acechaba en el bosque. La luna llena iluminaba el sendero. El niño corría sin parar, sus huellas lo delataban sin remedio.

    Tras un árbol salió de las sombras, saludó con la mirada al reflejo de Selene y se acercó al río a beber. Su olfato le advirtió que no estaba solo.

    Cansado, buscó escondrijo. Encontró árboles huecos, pero no se sintió seguro. Trepó por caminos escarpados en busca de altura que lo mantuviese a salvo. Un feroz aullido le advirtió del peligro.

    Su instinto conocía los secretos de aquellos que huyen; aun así lo hizo lento, deslizándose bajo la penumbra de los robles más viejos, intentando ser silencio en los recovecos.

    En lo alto, encontró un escondite perfecto: una enorme piedra frente al acantilado.

    Su oído le dio una respuesta.
    Se tapó con la maleza como pudo.
    Saltó sobre los pasos encontrados.
    Se encogió en silencio.
    Sintió el calor de su cuerpo.
    Cerró los ojos.

    Arrancó la tapa de su escondrijo y…

    …allí estaba, con los colmillos afilados y las garras amenazantes. El niño lo miró un instante y le gritó:

    —¡José Miguel, eres un tramposo de mierda!
    —¡Coño, he contado hasta quinientos! ¡Nadie cuenta hasta quinientos! Te has escondido fatal, te toca a ti contar.
    —No se puede jugar contigo, ganas siempre, lo tienes todo.

    El silencio se hizo entre los dos.—¿Jugamos a otra cosa?
    —No. ¿Quieres un chicle?
    —¡Uy! Vale.
    —¿Vamos a asustar a las viejas?
    —Siiiiiii.

    The 69 Eyes – Gothic Girl

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  • 980 puntos

    980 puntos

    Mi cabeza, en constante deterioro, no retiene mucha información. Sé vagar por las calles, a duras penas caminando, arrastrando los pies mientras ando. Emito un sonido lastimero; es así como se sabe que he llegado. El olor es lo peor: la descomposición es lenta, pero avanza; lo veo. Es el mayor síntoma de estar muerto.

    Hace poco no lo estaba. Pero la mala fortuna me quitó ese don: resbalar en el instante preciso, hacer crujir el cráneo contra un asfalto lo suficientemente duro y, como resultado más fatídico, morir en un chiste. Ya está hecho; ahora mi cuerpo vaga en silencio.

    Tuve elección, lo sé. Hubo un túnel oscuro, una luz que guiaba, un juicio y la posibilidad de escoger un destino.

    —Recapitulemos.

    • Amor a una madre ausente: 50 puntos
    • Ansias de tenedor y cuchara: −15 puntos
    • Sacrificio por mantener la familia: 80 puntos
    • Mal genio al despertar: −30 puntos

    —En total tenemos 980 puntos. Es una cifra decente. Tenemos además el atenuante del sentido de la ética muy desarrollado y el agravante de no haber seguido ninguna religión mayoritaria.

    —Pero veo que todas son válidas; no existe una única religión.

    —Sí, pero tú te inventabas la tuya. ¿Qué es eso de que Dios perdona por acariciar perritos? ¿Cómo que robar está bien si a la víctima no le afecta?

    —Yo veo que aceptas religiones con mandamientos muy distintos.

    —En verdad son solo guías de conducta. Simplemente te ayudan a conseguir puntos para tu calificación final.

    —Vale, tengo 980 puntos. ¿Qué hago con ellos?

    —Pues al paraíso no puedes ir; para eso necesitas superar los 1.000. Pero te puedo ofrecer un limbo de 900 puntos, con posibilidad de revisión cada 500 años. Con 950 tienes la opción de hacer un curso puente para el paraíso de alguna religión menor. Hay uno en la que te encierran en una cueva con la copia de tus familiares; la emitimos en la televisión local y la gente apuesta.

    —¿No existe la reencarnación?

    —Sí, pero debes tener al menos 1.500 puntos (1.600 si te reencarnas en gatito). Puedes reencarnarte en bicho por 100, pero no te lo aconsejo: vuelves aquí al mes sin apenas puntos.

    —¿Y volver como fantasma?

    —Para eso hace falta una muerte traumática; se concede prórroga si justificas que dejaste algo importante por hacer.

    —Mi muerte ha sido traumática —dije yo.

    —No confundamos términos: tu muerte ha sido absurda.

    —¿No hay alguna forma de volver?

    —Bueno, sí hay una, pero no sé si te va a gustar. Aunque tienes un buen recuento luego, hay que esperar algo.

    —A mí me parece buena idea —respondí.

    —Tú sabrás. ¡Miguel! ¡Gabriel! Aquí tenéis un candidato para el Apocalipsis.

    “Vamos”.

    Laibach – Jesus Crhist Superstar

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  • Yo, tras mi espejo.

    Yo, tras mi espejo.

    Adoraba los sábados en que la mañana era para ella. Con el sabor del café todavía reciente saludaba a su imagen en el espejo como objetivo: elegir ropa —la que quería para salir esa misma noche, la de la visita de los domingos, algo formal para la reunión del lunes—. Seleccionaba estrategias de seducción, miradas de complicidad e inocentes gestos de apariencia improvisada para repartir en su día a día a lo largo de la semana.

    En esta ocasión había preparado un vestido largo como la noche, suave como el mar en calma. Giró sobre sí misma y se observó. Su reflejo le devolvió una sonrisa de Mona Lisa y ella dio un respingo; no creía haber sonreído. No le dio importancia, se calzó esos imponentes tacones perlados con los que tenía previsto combinar el vestido y frunció el ceño.

    Algo no estaba bien: ahora se daba cuenta. Los reflejos eran ligeramente distintos, las tonalidades se diferenciaban; incluso intuía que los gestos que hacía estaban descompasados. Por primera vez en muchos años sintió la necesidad de tapar su reflejo.

    Un recuerdo olvidado quiso aparecer en su cabeza, demasiado vago para reconstruir la escena. Aunque su madre le decía que su amigo invisible vivía tras el espejo, recordó que por las noches tapaba la imagen para poder dormir tranquila.

    —No te asustes, sabes que ya me conoces —dijo de repente la imagen del espejo.

    —¿Quién eres? —preguntó ella, con el temor evidente en la cara. En cambio, en el espejo la imagen parecía tranquila; sonreía discretamente.

    —Somos la misma persona, pero en otro sitio. No podemos hacernos daño; en verdad sería algo estúpido, ¿no? Lo que te pase a ti me pasará de alguna forma a mí. Y tú lo sabes: estoy muy a gusto conmigo misma para desearte el mal.

    —¿Tú me visitabas de pequeña? —musitó ella.

    —Nuestras almas están conectadas; no todo el mundo puede, pero algo nos ha elegido para poder interactuar.

    —¿Dónde estás? ¿Qué quieres de mí?

    —Conoces la teoría de dimensiones paralelas, ¿verdad?

    —Algo he oído.

    —Pues, cariño, es cierto. Yo vivo en una realidad distinta a la tuya.

    —Vale, pero ¿cómo es que podemos comunicarnos? ¿Qué quieres de mí?

    —¿A qué te dedicas? ¿En qué trabajas?

    —Dirijo un grupo de trabajo en una empresa relacionada con tecnología de consumo.

    —Bien, pues yo hago lo mismo, salvo que mi comunidad transforma hallazgos científicos en bienes comunes. Nuestra realidad es ligeramente distinta; la mía es tecnológicamente más avanzada: comprendemos conceptos que ustedes no manejan.

    —¿Y en qué te beneficia comunicarte conmigo?

    —Vamos al grano, ¿no? —sonrió la otra—. Yo te enseño y tú me enseñas. Tengo tecnología que puedo compartir: esquemas, fórmulas… imagínate avances patentados por ti.

    —¿Qué ganas tú con esto?

    —Avanzar en la investigación. Quiero demostrar la interacción entre mundos paralelos.

    —Pero eso es algo que ya estamos haciendo, ¿no?

    —Sí, podemos ver otros planos; lo que yo quiero demostrar es que podemos interactuar. Entrar en otros mundos.

    —¿Y es posible?

    —Sí.

    —¿Cómo?

    —Con una transferencia de consciencia entre cuerpos.

    —¿Y eso cómo se hace?

    —Fácil: solo tienes que pulsar donde tengo ahora mismo mi dedo.

    —¿Así?

    La sensación fue como tocar una toma de corriente. Su cuerpo se tensó por completo; un dolor lacerante la hizo precipitarse al suelo. Alrededor de ella ya no había nada: oscuridad. Solo la ventana del espejo permanecía. Se asomó con gran esfuerzo y ahí estaba ella, sonriendo.

    —¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? —tartamudeó.

    —En el otro lado del espejo: eres simplemente eso, un reflejo.

    —No —dijo ella, con voz apagada—. Yo soy quien está al otro lado.

    —Ahora ya no.

    Health – Stonefist

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