
Corría con todas sus fuerzas, cubierto por el maíz, apartando de manera violenta los tallos del cultivo se doblaban, delatando su paso a su perseguidor. Tras él, una silenciosa luz pintaba estelas en la oscuridad de la noche.
Pasando el maizal, entró en el bosque cercano, evitando a zancadas el haz lumínico que emitía el aparato, que con una maniobrabilidad imposible se mantenía rozando las copas de los árboles que él esquivaba con destreza.
Tras una encina vieja no quedaba nada, quedó parado, tras el precipicio de un acantilado y el extraño artefacto luminoso ahí parado, como colgado de un imaginario hilo invisible. Se sintió bañado de una exhalación iridiscente que le empezó a elevar lentamente hacia la astronave, adentrándose en ella sin remedio.
Fue depositado en una amplia zona desnuda, con un suelo esponjoso, de un blanco inmaculado, frente a él, observando, estaba ella, delicada, esbelta, con grandes ojos azules como el amanecer, del mismo color que su piel. Abrazo tiernamente al exhausto humano y fundieron sus labios con una suavidad que se iba a convertir en pasión al instante.
– De verdad, tenemos que dejar de vernos así, un día te vas a lastimar.
– ¿Y perdernos la emoción de la aventura?
– Eres idiota y lo sabes.