
A ritmo de beep, con ayuda del midazolan que recorría imparable mi torrente sanguíneo, entre sin pensarlo en la inconsciencia programada en un espectacular fundido al negro.
Pulsación de máquinas adhesivas, melodía alegre del no pasa nada, a pesar del filo de la espada y el crepitar abriéndose paso dentro, pintando rojo el verde y empañando transparente la frente del arquitecto de vida o muerte, preocupado por el cambio de tempo del vals monitorizado.
Canción del silencio que me ha expulsado de mi envoltorio, y allí arrojado al éter, observo manos nerviosas buscando elixires de vida y más artilugios reparadores de la soma, mientras yo flotando entre las luces blancas verdes y rojas, buscando reflejo de plata que me lleve lejos, de la pena de no volver a perderme en tu mirada, o en el acelerado transcurso del movimiento continuo que hace crecer su cabello.
Perséfone engalanada de verde estéril y una sonrisa eléctrica arqueando mi cuerpo me trae de vuelta a mi ser susurrando; “No es todavía tu momento”.
Entonces
despierto.