Etiqueta: historias

  • La granja azul

    La granja azul

    Aquí no había tardes. No había noches. Solo un resplandor de sol eterno y una esfera azul flotando entre miles de estrellas.
    Él se detenía a meditar unos instantes, en silencio, en su amanecer perpetuo, contemplando el firmamento.

    Pero hoy algo cambió.
    Una estrella fugaz se convirtió en un aparato. Cayó despacio desde el cielo oscuro y se posó cerca, como un insecto extraño.
    Él siguió sentado en su mecedora, esperando el encuentro.


    En Houston le habían hablado de la anomalía.
    La misión oficial: estudiar el terreno lunar.
    La real: averiguar qué demonios era aquella estructura que habían detectado. Una cúpula brillante del tamaño de un campo de fútbol.
    Las imágenes satelitales no lograban revelar nada más.

    Sospechaba encontrar algo extraordinario.
    Pero jamás habría imaginado esto.

    El astronauta se detuvo frente a la cúpula. Parecía cristal de copa fina, pero de cerca no era cristal en absoluto: era… nada. Aire sólido. Un borde sin borde.

    Dentro, árboles frutales, cultivos: lechugas, tomates, algo parecido a berenjenas, arbustos desconocidos. Dos ovejas. Un perro. Y un burro con cuernos que masticaba con dignidad lunar.
    Toda una granja protegida por un campo invisible.

    En el porche de una casa de troncos, un hombre con barba anaranjada y sombrero de paja viejo lo miraba. Le hizo señas.

    El astronauta dudó, pero entró. Caminó hasta la entrada.
    Allí lo esperaba aquel imposible habitante de la Luna.

    —Buenos días.
    —Buenos… días —respondió el astronauta, la luz de su casco iluminándole el rostro.
    —Lamento no poder ofrecerle nada; no esperaba visita. Pero por aquí hay oxígeno de sobra. No le cobraré el que use.

    El mensaje estaba claro.
    Se quitó el casco. Su rostro asiático, serio, casi temblando, quedó al descubierto.

    —Usted dirá —continuó el habitante lunar.
    —No sé por dónde empezar.
    —Por el principio, hijo, por el principio.

    —No esperaba encontrar a nadie viviendo aquí. ¿Qué hace en la Luna?
    —Ah, pues soy granjero y vivo aquí.
    —Ya… ya veo que tiene una granja. Lo que no entiendo es cómo puede… vivir aquí.
    —Pues sin muchas comodidades, hijo. Pero es el mejor sitio que encontré.
    —Le aseguro que abajo hay lugares mejores —dijo el astronauta señalando la Tierra.
    —¿Eso? No, no. Esa es solo mi casa. La granja está allí —respondió él, señalando el mismo punto.

    —¿Va todos los días a trabajar allí?
    —Rara vez. Lo controlo desde aquí.

    —No entiendo nada.
    El granjero se rascó la barba, pensó un instante.—Me advirtieron que esto podía pasar.
    —¿Quiénes?
    —Los que me contrataron. No creerá que puedo costearme un planeta.
    —¿Y qué le dijeron que hiciera si aparecíamos?
    —Que empezara el proceso de recolección de la cosecha.

    Oklou – unearth me

    Y tú… ¿qué harías si lo extraordinario te recibiera con un “buenos días”?

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  • Un hombre y un destino

    Un hombre y un destino

    Enrique es un buen tipo. 

    —¡Hola! 

    A Enrique le encantaba caminar por el paseo marítimo. 

    —Qué aroma, el del mar. 

    Le gustaba mirar gaviotas, sentir la brisa, contemplar el cielo rojizo sobre la marisma. 

    —Y sacar mil fotos con el móvil. 

    Y, claro, a Enrique le encantaba subir esas fotos a sus redes sociales. 

    —Y que me den likes

    Siempre terminaba en el bar de la esquina antes de volver a casa. 

    —Muchos, muchos likes

    Pedía bravas y una cervecita. 

    —Y corazoncitos rojos. 

    Pero hoy, el destino le tenía algo preparado. 

    —Muchos, muchos… 

    Esta noche Enrique iba a morir. 

    —¿Perdona? ¿Qué? 

    Sí, esta noche Enrique moriría, sin remedio, en su bar favorito. 

    —De coña. Ni muerto entro yo en ese bar. 

    Enrique entró en el bar como cada noche. 

    —QUE NO, que me voy a casa. 

    ¡Enrique entró en el bar! 

    —Que no quiero. 

    Enrique, tienes que entrar en el bar. 

    —Sí, claro, para morirme. 

    ¡Que entres! 

    —Oye, ¿y tú quién coño eres? 

    Soy tu destino. Y el destino está escrito. Hoy mueres en el bar. 

    —Ajá. ¿Y de qué, listillo? 

    De envenenamiento. 

    —Joder, qué feo. Que uno con veneno se queda con la lengua fuera, ¿no? 

    Una croqueta envenenada será la causa de tu muerte. 

    —¿Croquetas? ¿Y quién me quiere matar con croquetas? 

    Un hater de tus redes. Te odia tanto que ha decidido matarte con lo que más amas: atiborrarte de croquetas. 

    —Como decía el poeta: “Caminante no hay camino…” 

    A Enrique le gusta la poesía. 

    —Ahí te quedas, destino. 

    Oye, Enrique… te estás pasando el bar. ¿A dónde vas? 

    —¡A casa! 

    Pero que tienes que morirte, Enrique. ¡Vuelve al bar! 

    —Claro, claro… 

    Enrique subió las escaleras, abrió la puerta de casa. Allí lo esperaban. 

    —María, ¿qué hay para comer? 

    —Hombre, Enrique, llegas temprano y sobrio. 

    —Sí, es que el bar ha dejado de gustarme. 

    —Perfecto. Hoy toca croquetas. Te quiero ver comértelas todas. 

    The Divine Comedy – National Express

    ¿Y si lo inevitable solo necesita un “no hoy”?

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  • Liturgia de un deseo

    Liturgia de un deseo

    Se sentía sucio.
    Sus manos, sus ojos, su piel.
    Todo supuraba un hedor vil a verbos condenados, a lujuria o fornicio.
    En la autocomplacencia estaba el castigo, pero esto era aún peor.

    Y sin embargo la tentación —¿qué iba a entender yo de instinto?— era más fuerte.

    Ahí estaba: contemplando la delgada línea de sus curvas.
    El chasquido eléctrico de la ropa deslizándose,
    esa sonrisa etérea que más allá de sus sueños quería heredar a los míos.
    Resbalándome con ella:
    en el ruido del agua de la ducha,
    en su respiración reclamando caricias,
    en mis manos rompiendo en lágrimas.

    Oscuro es el castigo por solo poder mirar.
    Aquel día frío en gimnasia.
    El ladrillo quebrado y su grieta en las duchas.
    La mano que me alzó por la oreja.
    El pecado, decían, se escarmenta en varas,
    en cruz de rodillas,
    con la pared por testigo.
    Esa misma pared que antes acariciaba mis mejillas
    en el ocaso de mi olvido.

    Tras tanto tiempo sangrando,
    de conocer el “pecado”,
    de procesiones ocultas por temor al látigo,
    de esquivar el dedo firme de quien teme mis instintos,
    entendí algo:La mirada casual, inocente, de aquel niño
    no mereció jamás tal castigo.

    Joaquin Sabina – Pongamos que Hablo de Madrid

    ¿Qué fue lo primero que te hicieron sentir “pecado” siendo inocente?

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  • El señor Coelho y la Congregación de las Bestias

    El señor Coelho y la Congregación de las Bestias

    —El señor Coelho, supongo.
    —Está en lo cierto. Usted debe de ser Thomas Wolf.
    —Entre, le enseñaré las instalaciones.

    La mansión era más grande de lo que esperaba: un bosque de varias hectáreas rodeaba en secreto aquella edificación gigantesca. Misterioso lugar para insólitos huéspedes.

    —Tras la entrada, el recibidor y este salón, que usamos cuando organizamos algún evento.
    —Lo veo como un lugar tranquilo.
    —No se deje engañar por las apariencias. Si no hubiera distracciones, este sería un lugar con problemas. La armonía existe gracias a tener a todos bien ocupados.

    Tras enormes pasillos, miles de puertas. En hileras, como en un viejo hotel olvidado. En cada una, una respiración diferente.

    —Como ya sabrá, no estamos solos, señor Coelho. Somos muchos y muy diversos. En la congregación nos dedicamos a rescatar y guiar a este tipo de… personas. Gracias a su generosa donación podremos aumentar las cifras de rescates.
    —Me imagino que fue una sorpresa al solicitarles más implicación por mi parte.
    —No se crea. Tras la donación, me di cuenta de que no había otra posibilidad. Es usted uno de nosotros. Por lo tanto, también tiene derecho a ser rescatado. Le asignaremos una habitación. Pero, para eso, necesito saber…
    —¿Qué necesita saber?
    —Sus características. Necesitamos saber dónde ubicarlo.
    —No entiendo… ¿no somos todos iguales?
    —Solo en parte.
    —¿A qué se refiere?
    —A su metamorfosis, claro. Queremos saber a qué criatura nos enfrentamos. ¿Ve esa puerta?
    —Sí, claro.
    —Esa habitación pertenece a un ursu panaru, un hombre oso ruso. Es muy simpático; se llama Sergey. Pero, por supuesto, no se lleva bien con Tritón, el hombre reptil, ni con Elena, la mujer pantera.
    —Ah, ¿entonces hay más tipos de animales?
    —Por supuesto. Mire, yo soy de los clásicos: un hombre lobo de transformación en luna llena. Necesitamos saber qué es usted. No lo discriminaremos; solo lo pondremos con los más parecidos a su… especie.
    —Bueno, es que yo…
    —Necesitamos una transformación. Esa es la norma. ¿Qué necesita para hacerlo?
    —Pues… lo puedo hacer aquí, si quiere.
    —Adelante.
    —Me da un poco de vergüenza.
    —Piense que aquí somos todos como usted.

    El señor Coelho se desabrochó los botones de su camisa nueva, se desprendió de la americana beige y puso los ojos en blanco. Su cuerpo empezó a temblar, su rostro comenzó a burbujear y sus orejas se alargaron.

    —Dios mío… no —susurró Thomas Wolf, intentando contener sus instintos.


    Una liebre salió a toda velocidad, tropezando con dos caballeros que subían las escaleras. Se perdió en el bosque sin dejar rastro.
    Tras ella, raudo como el viento, un colosal lobo negro, que con mirada penetrante pasó de largo, adentrándose entre los árboles.

    —Pero… ¿ese que va con tanta prisa no es el señor Wolf?

    —Parece. Tenía ahora una cita con un tipo nuevo.

    —Pues parece que le ha salido conejo.

    Nick Cave & The Bad Seeds – Red Right Hand

    ¿Y tú… de qué animal te transformarías si te invitaran a esta mansión?

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  • El profeta del espinazo

    Desde la penumbra llegó y gritó:
    Hola… ejem… soy el terror fagocitador que viene del espacio exterior a exterminar, rasgar y segar la vida a quien me cruce…

    La circulación se detuvo un instante; los rostros mostraron preocupación. Algunos indignados, otros asustados. A muchos les pareció una broma de mal gusto, de esas que hacían en las radios.

    —…demonio de la sombra, acabaré con toda vida, arrastrando la corrupción de la carne y la aniquilación de la…

    —Oye, ¿quién es este tipo? —dijo ella, frenando de golpe.
    —No sé, algún pringao —contestó su compañera

    —. Pues parece que hay quien se asusta.

    La que caminaba delante, que había escuchado parte de la perorata, comentó:

    —Dicen que viene del estómago, que es un virus…
    —¿Un virus? Los virus no hablan; si viene de ahí debe ser una parietal desahuciada.
    —Que va. Dicen que viene de un pollo.
    —¿El individuo se ha comido un pollo?
    —Lo suele hacer y nunca ha pasado nada.

    —Y en la podredumbre resultante escupiré entre vuestros cadáveres, destruiré vuestros restos y cubriré de pústulas la…—

    —¿Por qué se paran todas? —preguntó la de atrás—. No dejan pasar, nos estamos coagulando.
    —Es que nadie quiere acercarse a ese chalao.
    —¿Dónde están los glóbulos blancos cuando se les necesita?
    —¡Vamos a morir, vamos a morir!
    —Que no, joder, solo es un pringao dando un discurso.

    —…arrancaré de las entrañas un maloliente fulgor que os llevará a perecer—

    —¡A ver, tú, documentación! —dijo una célula blanca, apareciendo severa.

    La circulación recuperó su latido habitual mientras se llevaban al extraño preso.

    —Oye, las de adelante, ¿os enterasteis de algo? ¿Quién era el chalao? ¿Un virus o una célula de pollo?
    —Que va. Era una neurona vieja con una sustancia pegada; se volvió loca.

    Nadie lo volvió a ver… aunque, curiosamente, desde aquel día, el gran organismo empezó a toser.

    Extremoduro – Me Estoy Quitando

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  • Noche sin rosas

    Noche sin rosas

    Él adoraba la noche y a sus habitantes. Se sentía muy cómodo inmerso en el flujo de tránsito, de ruidos y de excesos. Se creía estrella y brillaba por si hubiera que serlo. Esta noche salió a la calle y quiso que fuera cierto. Oro en la sonrisa, brillo en el pelo, tinta en el cuerpo. Ruido de motor quebrado en un coche nuevo. Sonido viejo filtrado en un destello y golpeado sin piedad por el timbal de lo obsceno. Así salió de casa, volvería acompañado de un deseo.

    El deseo se presentó en la barra, le sostuvo la mirada y le cogió de la mano. Él quiso invitarla, ella dijo que no necesitaba hacerlo. Él quiso bailarla, ella dijo que no perdiera el tiempo. Que para lo que quería no sobraba tiempo. Vamos, la suerte es tuya, abandonemos este infierno. Vamos a lo que queremos, sin artificios, solo sexo.

    El camino fue rápido, rugiendo. Se pararon en la puerta para exhibirse a los vecinos. Entraron, y no fingieron. No sonó una balada, no hubo rosas en la cama, ni última copa, ni siquiera hablaron. Simplemente se aparearon, hasta que las fuerzas fallaron y venció el sueño.

    En los primeros rayos de la mañana, ya no había glamour, brillantina, ni alarde de caza. Tan solo un hueco en su lado de la cama. Había una carta escrita deprisa manchada del carmín que nunca rozó su boca.

    Querido desconocido:

    Ayer no fui yo, solo mi sombra. Salí a cazar y tú eras mi presa. Y te portaste como lo que eras. Una liebre enseñando su pelaje nuevo, abatida de un disparo fuera de su agujero. Un pavo real, con cola abierta entre colores extraños. Músculos sobre piel con olor a rancio.

    No me malinterpretes, no lo pasé mal, aunque hubiera sido mejor si yo hubiera querido más. Pero no lo necesitaba. Ya estaba llena de lo que necesitaba de ti. Por eso me fui, lejos.

    No buscaba compañía, ni ternura, ni futuro a tu lado.
    Solo tu herencia, tu material genético.
    Tu semilla.
    Espero que haya prendido.
    Quizás en buenas manos hasta podría ser perfecta.Y aquí me despido.
    Hasta nunca, cretino.

    Portishead – Roads

    ¿Crees que hay encuentros que deben vivirse sin ataduras ni explicaciones?

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  • El príncipe de la eskupitola

    El príncipe de la eskupitola

    Digital gothic illustration of an exorcism scene: a young priest in a black cassock holding a crucifix, in a gloomy room where a girl is tied to a bed and levitating under a flickering light bulb. Cinematic horror atmosphere.

    El tintineo de la vieja bombilla de las escaleras hacía que la sombra del sacerdote pareciera extraña, macabra, perversa. La melodía del timbre anunciando su llegada la estremeció. La mujer no sabía exactamente qué iba a hacer aquel cura joven. Demasiado joven para su gusto, sospechaba que su visita iba a ser una terrible fuente de sufrimiento.

    Le ofreció café, con la cortesía nerviosa de quien se aferra a un gesto mínimo para espantar la angustia. Pero él, dándole urgencia al asunto que lo había traído, pidió pasar directamente a verla.

    La niña estaba tendida boca arriba en la cama, atada de pies y manos con correas. Su respiración era espesa, sus movimientos bruscos. Hablaba en sueños, enfadada, como si discutiera con alguien invisible.

    —Zerrrrarizzzait ggggerrrrtatzen, bada?! Zerrrrarizzzait ggggerrrrtatzen, bada?!

    La madre le retiró la pesada manta. El cuerpo arqueado de la muchacha parecía atraído por la gravedad del techo.

    —No para de moverse. No para de repetir ese extraño mantra —dijo ella, con la preocupación tatuada en cada línea de su rostro—. ¿Cree usted que es arameo?

    —Arameo no es —respondió el sacerdote—. Tampoco sánscrito ni ninguna lengua latina que yo reconozca. ¿Podemos despertarla?

    La madre asintió. El cura le palmeó suavemente la cara. Los ojos de la niña se abrieron de golpe, y un miedo inexplicable cubrió su expresión. Entonces comenzó a hablar:

    —Baina zer gertatzen da? Baina zer gertatzen da? Non nago? Zer ari da gertatzen?

    —No entiendo tu idioma —dijo el sacerdote—. ¿Entiendes el mío?

    —Sí —respondió ella, respirando con fuerza.

    —¿Qué es lo que quieres?

    —Quiero que me suelten. ¿Por qué estoy atado?

    La voz sonaba gruesa, pastosa. El cura frunció el ceño.

    —No queremos que le hagas daño a la niña.

    —¿Pero qué niña? ¡Ostias! ¿Qué coño pasa?

    El sacerdote apretó la cruz en alto.

    —¿Qué tipo de demonio eres?

    —Oiga, que yo a usted no le he faltado, ¿eh? ¿Me van a soltar ya, hostias?

    —Te lo repito: dime tu nombre.

    —¡Aiba la hostia! Que yo no sé nada de demonios ni de niñas ni de nada. ¿Me van a dejar marchar?

    —¿Eres Satanás, príncipe de las mentiras? ¿Balban, príncipe del engaño?

    —¡Que no! Soy Koldo, príncipe de la eskupilota, no más.

    El sacerdote parpadeó.

    —¿No eres Satanás?

    —¡No! Soy Koldo. Koldo Iruretagoyena. De Hondarribia.

    Un silencio incómodo se instaló en la habitación. La madre miraba al cura con desconcierto, como si la solemnidad del ritual se hubiera convertido en una farsa grotesca.

    —¿Y para qué quieres poseer el cuerpo de esta chica?

    —¿Poseer? ¡Pero qué hablan de poseer cuerpos! Yo no entiendo nada —contestó el supuesto intruso, mirando con ojos desorbitados el espejo de tocador que el cura le puso delante.

    —¡Hostias!

    —¿No lo sabías? —preguntó el sacerdote.

    —Mire, lo último que recuerdo es que estornudé tan fuerte, pero tan fuerte, que me quedé inconsciente. Y ahora, de repente, estoy aquí, atado, con usted gritándome. ¡Esto parece una broma pesada!

    Goblin – Suspiria

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  • El batracio y el oso

    El batracio y el oso

    —Buenas tardes, amigos de la literatura. Bienvenidos a este paraíso de narraciones que hemos llamado “La biblioteca animada”. Hoy hablaremos de un género especial: la fábula. Breve relato fantástico, a menudo con un aire poético, animales como protagonistas y siempre con una lección final.

    Como la que nos ofrece nuestro invitado de hoy: el reconocido escritor Renato Londrado. ¡Un fuerte aplauso para él!

    —Buenos días.

    —Tardes.

    —¿Qué?

    —Que este programa se emite por la tarde. En fin… ¿Le parece correcta “fábula” como género para su último libro El batracio y el oso?

    —Prefiero llamarlo cuento. Mis personajes viven situaciones que reflejan la realidad pero…

    —¿Realidad? Yo he leído una historia de una rana que discutía con un oso.

    Batracio, no rana.

    —Bueno, un anuro que se enfrenta con un oso.

    —Sí, en mi libro hablo sobre el acoso laboral. Pretende ser una herramienta de autoayuda.

    —¿Cuándo saca ese tema? ¿Cuando el oso se come al rano o cuando muere envenenado por la ingesta?

    —¡Coño! Me ha destripado la trama.

    —Es que no encuentro la metáfora en la vida real.

    —Pues que sepa que está basado en vivencias propias.

    —¿Se dedicaba a discutir con osos? ¿O tragó algún sapo en la juventud?

    —Nada de eso. Fue en mi primer trabajo. Tenía un jefe nuevo, muy novato, que me acosaba de manera persistente.

    —¿Y qué ocurrió?

    —Que lo invité a un té de hierbas un día en la oficina.

    —¿Manzanilla? ¿Tila?

    —Ayahuasca.

    —Vaya jornada laboral la suya.

    —Trabajábamos en una empresa de transportes de mercancías.

    —Comprendo. Y fue en la cárcel donde desató su pasión por la escritura, ¿no?

    —Efectivamente. De ahí surgió mi próximo libro: El rinoceronte y la chinche.

    —Promete ser un bombazo lleno de picores.

    Leroy Anderson – Typewriter

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  • Carta 15 : Pacto con el alambre

    Carta 15 : Pacto con el alambre

    Querido diario:

    Esta noche me llamó una presencia confusa, una señal extraña. Sentí el movimiento sereno de un funambulista en medio de una tormenta. Tras una nueva puerta, una nueva incógnita.

    Al entrar, me encontré dentro de una vivienda colonial americana, con su amplio recibidor que desembocaba en un salón recargado, desordenado, lleno de contrastes: muebles antiguos, paredes blancas, retratos de personajes de cuentos. Todo era un dibujo, hecho a crayón por un niño.

    Subí las escaleras siguiendo el rastro perdido de aquella llamada. La inminente sensación de peligro se disfrazaba de tranquilidad. En una puerta leí: “Estudiando, no molestar”. Más que una advertencia, fue una invitación que acepté con agrado.

    Dentro había una pequeña figura sentada en un sillón antiguo. Parecía dormido, aunque sus ojos estaban abiertos. Su mirada estaba fija en un televisor viejo. En la pantalla, la silueta de un niño sin rostro caminaba al borde de un precipicio.

    —Eh, jovencito, ¿ocurre algo? ¿Estás bien?

    Silencio. Ningún movimiento.
    —¡Eh, niño!, despierta.

    Lo zarandeé, pero no reaccionó. Salí de la habitación buscando respuestas y vi una trampilla abierta en el techo. Subí la escalera y me encontré en el cielo. Entre nubes había un cable extendido y, en medio, un niño caminaba sobre él.

    —Hola, ¿cómo va? Soy tu vecino.
    —Tengo miedo… me voy a caer.
    —Tranquilo, ¿cómo te llamas?
    —Emilio. No sé cómo cruzar.
    —Emilio, escucha: estás en un sueño.
    —Sí… pero aun así me puedo caer.
    —Entonces comprendes que sueñas, ¿verdad?
    —Sí, pero siento que igual puedo caerme.
    —Vale. Pero en este sueño puedes decidir. Tú puedes volar.
    —No… no puedo.

    Lo miré. Estaba aterrado. Intenté imaginar alas, convertirme en un pájaro, avanzar a su lado. Pero entendí que su problema no era el miedo: en verdad estaba caminando en la realidad, dormido, sonámbulo.

    —Emilio, tienes que despertarte.
    —No sé cómo.
    —Solo deséalo. Abre los ojos y mira hacia arriba.
    —Me da miedo.
    —Hazlo. Despierta.

    Entonces ocurrió: un tornado de luces desgarró el cielo. Todo se volvió materia líquida, girando con violencia, y fui tragado por aquel remolino. Corrí, aceleré, hasta que logré salir. Desperté sobresaltado, sudando.

    Y comprendí, justo a tiempo: en algún lugar del mundo, un niño se incorporaba aterrado, al borde de la barandilla de un balcón. Nadie había notado que su cama estaba vacía.

    Nick Cave & Current 93 – All The Pretty Little Horses

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  • Estudio preliminar sobre visitantes improbables

    Estudio preliminar sobre visitantes improbables

    —No lo entiendo, por más vueltas que le doy no lo entiendo.

    —¿De qué se trata? ¿Es por el trabajo de fin de estudios?

    —¿Qué va a ser si no?

    —Te dije que eran complicados.

    —Bueno, tanto como otras especies. Algunas son más complejas a nivel orgánico.

    —Sí, pero luego tienen una sociedad simple y ordenada.

    —En este caso, su sociedad es compleja, pero sigue patrones lógicos. Profundizando, se comprenden bastante bien la mayoría de aspectos de su civilización.

    —Bueno, entonces ¿dónde está el problema?

    —En sus conductas reproductivas.

    —No comprendo. Biológicamente está claro, ¿no?

    —Sí, sí, entiendo el funcionamiento hormonal, los receptores de estímulos, las funciones cognitivas. Hay otros aspectos…

    —No entiendo.

    —El ritual de apareamiento. No lo entiendo.

    —Explíquese.

    —Vamos a ver. Todas las especies conocidas, por muy diferentes que sean, tienen una forma de proceder. Siempre encaminada a que ambos elijan al mejor candidato para su reproducción.

    —Sí, entiendo.

    —Por ejemplo: los raelianos entonan sus salmos y conversan sobre sus progresos. Los reptilianos combaten entre ellos, machos y hembras, y sólo se aparean los más fuertes. Los arcturianos hacen una especie de reunión donde cada uno aporta sus dones y culminan con una orgía controlada. Los insectoides son seleccionados por la reina, la única hembra que se aparea.

    —Claro, cada especie tiene su manera de reproducción y sus aspectos sociales también influyen. ¿Qué pasa con los humanos?

    —Cuando empezamos a estudiarlos, su sociedad era más sencilla. En sus núcleos urbanos hacían eventos sociales llamados “fiestas”, y solían tener una deidad religiosa como anfitriona. Los machos bebían brebajes exóticos que les daban valor para interactuar con las hembras. Las hembras también bebían, pero para soportar el acoso de los machos. Ambos se ornamentaban para parecer más atractivos. Los machos peleaban físicamente con otros machos. Las hembras peleaban verbalmente con otras hembras. Al final de la noche, los menos afectados por la bebida y los enfrentamientos lograban realizar la cópula.

    —Sí, bueno, tiene su complicación, pero no es diferente al de otras especies.

    —Lo que me confunde es que ahora los humanos han creado una segunda sociedad en la que no están presentes físicamente. Eso les permite un mejor contacto a distancia, intercambio entre culturas y resolver cuestiones que de otro modo tardarían mucho tiempo.

    —Un claro ejemplo de evolución.

    —Sí, pero su ritual de apareamiento también ha migrado a esa vida paralela. Ahora se acicalan, se exhiben y se seducen a distancia.

    —¿Y el coito?

    —También.

    —¿Cómo que también?

    —Sí. Usan extensiones y aparatos para simular su sexo. Se exhiben usándolos. Incluso los comercian. El contacto real empieza a desaparecer.

    —Si esto persiste, pienso que se van a extinguir.

    —En unos cuarenta años, quizás.

    —Qué lástima, son muy monos.

    Kavinsky – Nightcall

    Apendice I: Guia rápida de alienígenas de confianza.

    1. Grises (Homo visitantibus cliché)

    • Procedencia supuesta: Zeta Reticuli (porque suena a serio).
    • Aspecto: Bajitos, cabezones, ojos enormes y negros como un lunes por la mañana.
    • Conducta típica: Abducciones, sondas sin pago previo.
    • Estado científico: Personajes secundarios recurrentes en toda ufología.

    2. Reptilianos (Saurius conspiratus)

    • Procedencia supuesta: Alfa Draconis o directamente el Senado.
    • Aspecto: Altos, escamosos, mirada fría y manos en tu cartera.
    • Conducta típica: Dominar gobiernos, disfrazarse de famosos y piratear el WiFi.
    • Estado científico: Comodín favorito de toda teoría conspirativa.

    3. Pleyadianos (Homo guapensis)

    • Procedencia supuesta: Constelación de las Pléyades.
    • Aspecto: Altos, rubios, guapos, modelos de instagram cósmico.
    • Conducta típica: Mandar mensajes de amor universal, la cena y las copas las pone el receptor.
    • Estado científico: Canalizados con entusiasmo en sesiones de incienso.

    4. Nórdicos (Vikingus galacticus)

    • Procedencia supuesta: Vega o algún Airbnb interestelar.
    • Aspecto: Idénticos a los pleyadianos, pero con cascos de pinchos, cuernos y chaquetas de cuero.
    • Conducta típica: Salvadores de la humanidad, aunque se pierden mucho en aeropuertos.
    • Estado científico: Variante estética de los pleyadianos.

    5. Arcturianos (Mentis azulensis)

    • Procedencia supuesta: Estrella Arcturus.
    • Aspecto: Azulados, sabios, con manuales de autoayuda interdimensional.
    • Conducta típica: Enseñar cómo ascender espiritualmente, cobrando un módico precio.
    • Estado científico: Estrella invitada en todo congreso new age.

    6. Annunaki (Deus capitalismus)

    • Procedencia supuesta: Nibiru, planeta perdido o inventado según la fuente.
    • Aspecto: Gigantes de estética sumeria, con joyas de oro falso muy llamativas.
    • Conducta típica: Crear humanos como esclavos, inventar las hipotecas y desaparecer misteriosamente.
    • Estado científico: Protagonistas de documentales de madrugada.

    7. Sirianos (Delfinus cósmicus)

    • Procedencia supuesta: Estrella Sirio.
    • Aspecto: Se representan como delfines, felinos o humanoides acuáticos.
    • Conducta típica: Mensajes sobre armonía, agua cristalina y a veces Atlantis.
    • Estado científico: Perfil bajo, pero con mucho simbolismo místico.

    8. Mantidianos (Insecta sapiens)

    • Procedencia supuesta: Nebulosas olvidadas.
    • Aspecto: Insectoides gigantes, como mantis religiosas con mal despertar.
    • Conducta típica: Supervisores de abducciones, observadores fríos y poco sociables. Adictos a las telenovelas.
    • Estado científico: El alien que no querrías encontrar en tu cocina.
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