Etiqueta: metamorfosis

  • Cuarto creciente

(Cuarta fase de «Fases de una luna herida»)

    Cuarto creciente (Cuarta fase de «Fases de una luna herida»)

    La luna estaba llena, azul, radiante. La niebla me abrazaba. Sentía el viento en la cara y, con él, una presencia inquietante. Al principio parecía dulce, de aroma festivo, sabor a asado… pero pronto supe que había algo más. Mi estómago rugía, y mi instinto también. Una sombra desgarró mi sueño. Rugido, respiración entrecortada, dientes afilados en la oscuridad: no era yo quien corría, sino un monstruo que habitaba en mí. Con el cuarto creciente dibujado en la ventana, me incorporé en la cama, sudando mi pesadilla.

    Eran las tres y treinta y tres. Me levanté a preparar algo de comer. Mis padres se habían marchado, hartos de escuchar mis lamentos. —Niño, te veo muy bien, ya no hacemos falta aquí —me dijeron— y se fueron. Creo que con miedo. No sabía de qué. Yo estaba perfecto. Mejor que nunca.

    Un ruido intenso me obligó a mirar por la ventana. Alrededor del contenedor de basura algo se movía. Salí al callejón en pijama y distinguí la sombra de un gato callejero. Mi instinto se tensó: lo vi como amenaza y mi cuerpo reaccionó. Lo acerqué en silencio, lo agarré del cuello en un acto reflejo. Me bufó, me arañó, y logré soltarlo. No quería convertirme en un asesino, pero sabía que ya no podía ignorar lo que despertaba dentro de mí.

    Me quedé mirando la calle. La noche aún reinaba, los jóvenes regresaban de la fiesta del barrio. Recordé la cabaña, sus caricias, su aroma, su dulzura y su animalidad. Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda. Algo había cambiado en mi cuerpo. Algo que nacía sin que yo lo buscara, creciendo en cada latido, cada recuerdo, cada sombra.

    Un grupo de chicas pasó riéndose, lanzándome miradas curiosas y burlonas. Me di cuenta de lo que ya no podía ocultar, de lo que había nacido en mí aquella noche: un deseo imposible de disimular, que me hizo huir avergonzado.

    Corrí a casa, mientras el sol empezaba a iluminar mi rostro. Sabía que la noche me había dejado marcado: un cuerpo distinto, un instinto renovado… y un hambre que apenas comenzaba a comprender.

    Nekromantix – Howlin’ at the Moon

    El espejo no miente: el reflejo respira.
    La piel recuerda lo que la mente niega.

    Bajo el pulso azul de la luna, el alma se estira, se tensa, se desgarra.
    Y en ese silencio donde sólo aúlla la sangre,
    comienza la verdadera fiebre:
    la de ser otro.

    Completa el ciclo de la luna

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  • Luna negra

(Tercera fase de «Fases de una luna herida»)

    Luna negra (Tercera fase de «Fases de una luna herida»)

    Llegué a casa triste. Sin tener claro lo que había ocurrido.
    Todavía sentía dolor, pero los médicos, asombrados por mi rápida recuperación, insistieron en que en casa sanaría mejor.
    Tendría a mis padres y a mi hermana instalados por unos días, así que me preparé para un ambiente de lo más familiar: reproches por aquí, desconfianza por allá, todo ello regado con ese irónico miedo que tanto une.

    Desde la planta baja escuché llorar a mi madre.
    Mi padre, tan bruto como siempre, decía entre dientes:
    “…un día se nos mata…”
    Pensé que mi imaginación me jugaba una mala pasada, porque vivo en un octavo piso.
    Al entrar, me los encontré con lágrimas en los ojos, intentando guardar la compostura.

    —¿Qué te ha pasado, hijo mío?
    —Nada, mamá… que me he peleado con un oso.
    —Pero adentrarte en el bosque solo… —dijo mi padre con cierto aire de enfado—. Para haberte matado el animal aquel.
    —Pues no sabes tú cómo lo dejé —respondí, quitándole hierro—. Ahora me ve y echa a correr.
    —Anda, niño, vente a comer, que estás muy flaco. Te traemos chorizo del pueblo.

    Un rugido profundo me recordó que tenía hambre.
    Una vez sentado en la mesa, devoré un plato del potaje de mi madre en segundos. Luego, unas chuletas de cordero con su guarnición de verduras. Casi no dejé ni los huesos.

    —Pues sí que tenías hambre… —dijo mi madre, extrañada—. ¿Quieres más?

    Le quité de las manos un trozo de chorizo que traía y lo devoré a mordiscos, sin apartar la mirada de ella.

    —Niño… no me mires así, me estás asustando.

    Aún con hambre, me detuve.
    Había algo raro.

    Con la excusa de una ducha me encerré en el baño.
    Al desnudarme y quitarme las vendas, me quedé sin aliento: no había ni una sola cicatriz.
    Ni rastro del ataque.

    Esperaba verme más flaco, más débil.
    Pero, pese al dolor residual, mi cuerpo estaba distinto: más firme, más fuerte.
    Y ese aspecto feroz que empezaba a gustarme…
    estaba ahí, respirando conmigo frente al espejo.

    Austra – Home

    El espejo no mentía. La herida había desaparecido, pero no el recuerdo de la fiebre, ni la sombra del bosque. Algo había despertado en mí que no podía volver a dormir. La fuerza que brotaba de mi cuerpo parecía un río subterráneo, oscuro y constante, recordándome que las cicatrices no siempre se ven… pero siempre marcan.

    Completa el ciclo de la luna

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  • Melodía enraizada.

    Melodía enraizada.

    No hacía falta estar dormido.
    En la quietud, en el silencio, volvían a enturbiar su mente.
    Las pesadillas lo habitaban: manos ensangrentadas al compás de un cronómetro, el filo brillando sobre la piel del inocente. Una fuga imposible bajo un sendero retorcido.

    Caminaba sin descanso, hora tras hora, invocando a sus demonios sin quererlo.
    Ya se lo habían advertido: es largo el sendero cuando la mente enferma.
    Solo quedaba coronar la cima y hallar allí su descanso.

    —No será suicidio, será expiación —le había dicho la bruja—.
    Si dentro de ti hay fantasmas, tendrás que expulsarlos. Si no puedes, vivirán en ti.

    Ella solo quería ayudar, a su manera. Le ofreció el olvido; él se negó. Le pidió un milagro, y ella respondió: todo tiene un precio. Quería morir, y le dio lo más parecido.

    La colina se alzaba como frontera.
    Ella lo observaba desde la distancia, mientras él elegía el lugar del cambio.
    Sacó de su estuche de trapo una semilla —no mayor que una almendra— y se la tragó sin dudar.

    El cielo se cerró. Las nubes lloraron.

    La metamorfosis comenzó entre espasmos y crujidos. Huesos que se rearmaban, piel que se endurecía, ramas que brotaban de un cuerpo rendido.

    Los fantasmas regresaron con un último golpe de sangre y culpa, recordándole su error humano, su error mortal al filo del monitor cardiaco. Dudó un instante, pero la voz de la bruja volvió en su memoria:

    …te hará libre.

    Abrió los brazos y dejó de resistirse.
    En su último aliento, sus pulmones se transformaron en tronco, ramas y raíces que buscaron la tierra con avidez.

    Entonces comenzó su canto.

    Un himno de hojas, corteza y viento.

    La tierra le respondió al momento.

    Y de algún modo —oscuro, silencioso, secreto— lo perdonó.

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