No podía dejar de mirarla. La nieve resbalaba por el cristal. Dejaba su húmeda estela al pasar. Ella seguía el rastro con la yema del dedo. Mientras, sus padres hablaban entre susurros.
Extraños susurros, de una preocupación ajena a los copos de nieve y a la luz de la mirada de ella.
—Esto es ya aberrante.
—Mujer, no te preocupes, dicen que es un fenómeno aislado.
—¿Aislado? Sequías en octubre. Cuarenta y ocho grados en noviembre. Pero que lleve tres días nevando en verano…
—Sí, vale, el clima está trastocado.
—Y las cosechas se están perdiendo… Nos estamos cargando los ecosistemas…
—Vale, sí, pero ¿qué podemos hacer nosotros?
—No sé. Algo tendríamos que hacer…
La conversación era un murmullo frente a la mirada atenta de la niña.
Los copos de nieve brillaban en bucle, en brazos del viento de verano.
Parecía triste. La mirada al suelo, sentado en silencio en aquel sillón que le venía grande. Parecía perderse en él, en sus sueños. En sus heridas infantiles: tan fáciles de curar y tan dolorosas al mismo tiempo.
¿Es que los adultos no se dan cuenta?
pensó el soldadito de plomo.
Vio caer una lágrima por su mejilla. Silenciosa como el mar en calma. Melancólica como el olvido.
Al acercarse un poco más, el juguete de metal rompió su silencio.
—¿Qué te pasa, niño?
—Mi mamá no quiere que hable con desconocidos.
—Pero yo no soy un desconocido. Soy un juguete.
—Mi mamá no quiere que juegue con juguetes armados.
—Pero soy de latón. No puedo disparar.
—Mi mamá no quiere que tenga juguetes violentos.
—¿Y qué quiere tu mamá?
—No lo sé. No quiere que haga nada.
—Claro… por eso estás triste, ¿no?
—Estoy triste porque no tengo con quién jugar. Mis padres no quieren. No tienen tiempo para mí.
—Pero estoy yo aquí. ¿Qué quieres hacer?
—No puedo jugar si llevas un arma.
—Entonces dibuja una flor en su lugar. Verás cómo lo cambia todo.
El niño empezó a pintar colores sobre su uniforme de cobre. Disimuló con pétalos pequeños la bayoneta que llevaba en el brazo.
Se entretuvo toda la tarde dibujando y hablando.
Descubrió que, al pasar las páginas de aquel libro, podía convertir en cuento las palabras que solo escuchaba en sus sueños. Que, aunque a veces fueran mentira, eran lo más cierto.
La pared era un tanto rugosa, pero a él no le importaba. La acarició dándole forma: curvas alargadas, una pasada larga para asegurar el contorno. Se alejó un poco y respiró complacido. Ya estaba adoptando una forma concreta. Cerró los ojos y lo vio: primero una lanza en movimiento; después, la urgencia de sus patas. Aspiró el aroma de paz y comprendió de inmediato lo que faltaba.
Miedo.
Faltaba miedo en la pared.
El miedo que mueve las figuras. La rabia de los brazos lanzando sus armas. El coraje de arriesgar vidas en el intento. Eso era lo que él deseaba, y no le dejaban hacerlo. Agarró cenizas y grasa con rabia, dispuesto a destruir su obra. Pero, al llegar a la pared, solo pudo acariciarla. Rellenó formas, construyó objetos.
Se apartó de nuevo.
Escuchó el murmullo del viento. El calor del fuego. El aroma de paz que da el alimento. Respiró hondo y comprendió que aún faltaba algo.
Sed, frío y cansancio.
El rugir de tripas que impulsa a correr. La agonía de la herida. El latido de un corazón descalzo, sintiendo el río helado hasta las rodillas. Agarró el carbón aún ardiendo y lo precipitó sobre su lienzo, con la calma que da la rabia en un lugar tan seguro.
Se alejó otra vez, y lo supo completo.
Tan completo como podía hacerlo.
No podía de otro modo.
El niño entonces se sentó en el suelo y se deshizo en llanto.
El padre gruñó a lo lejos.
La madre se acercó y dijo:
—¿Qué haces aquí, lamentando lo que no has vivido? Deberías correr, trepar árboles, hacerte fuerte para cazar con ellos. Deja de manchar las paredes con experiencias que no te pertenecen.
El abuelo llegó cojeando. Descansó las piernas junto al niño y observó la obra que lo había tenido tan ocupado.
Se quedó sorprendido.
En la pared había un bisonte siendo cazado. Había calculado sus heridas, su sufrimiento. El arrojo de los hombres hambrientos que esquivaban sus cuernos. El respeto a los pequeños bovinos que huían. El temor por las heridas de los suyos y las ganas de volver a verlos. Pronto.
—¿Hiciste esa ilustración sin haber cazado nunca? —preguntó el abuelo, mirando al muchacho que aún tenía los párpados húmedos.
—Ojalá hubiera ido.
—Mujer —dijo a la madre—. Tu hijo será buen cazador. Probablemente llegue a ser tan viejo como yo. Cuidará de los suyos y llevará alimento a esta comunidad. Déjale hacer. No solo está aprendiendo: está enseñando cómo se hace.
El niño, satisfecho con su obra, buscó refugio junto al fuego.
Se sentía sucio. Sus manos, sus ojos, su piel. Todo supuraba un hedor vil a verbos condenados, a lujuria o fornicio. En la autocomplacencia estaba el castigo, pero esto era aún peor.
Y sin embargo la tentación —¿qué iba a entender yo de instinto?— era más fuerte.
Ahí estaba: contemplando la delgada línea de sus curvas. El chasquido eléctrico de la ropa deslizándose, esa sonrisa etérea que más allá de sus sueños quería heredar a los míos. Resbalándome con ella: en el ruido del agua de la ducha, en su respiración reclamando caricias, en mis manos rompiendo en lágrimas.
Oscuro es el castigo por solo poder mirar. Aquel día frío en gimnasia. El ladrillo quebrado y su grieta en las duchas. La mano que me alzó por la oreja. El pecado, decían, se escarmenta en varas, en cruz de rodillas, con la pared por testigo. Esa misma pared que antes acariciaba mis mejillas en el ocaso de mi olvido.
Tras tanto tiempo sangrando, de conocer el “pecado”, de procesiones ocultas por temor al látigo, de esquivar el dedo firme de quien teme mis instintos, entendí algo:La mirada casual, inocente, de aquel niño no mereció jamás tal castigo.
Joaquin Sabina – Pongamos que Hablo de Madrid
¿Qué fue lo primero que te hicieron sentir “pecado” siendo inocente?