Cantos de gorrión

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Sus ojos arañaban el suelo.
Llegó a la parada del bus diez minutos antes.
Sola.
Así era mejor.

Respiró hondo, sacó despacio unos auriculares más grandes que sus orejas. Miró hacia arriba sin levantar la cabeza y pulsó play.

Una gota.
Dos.

Una sombra vestida de melodía la atrapó en un llanto de lluvia. La empujó al fondo del mar y la golpeó con saña.
Gritó. Su mente gritó con rabia, la misma que coleccionaba entre tejidos, zurciéndola en cantos de gorrión bajo su manga. La rabia voló. Se elevó, atravesó la nube que la golpeaba con inquina, destrozándola en humos de vapor mientras perdía inercia.

Y caía.
Se dejaba caer hasta el asfalto, acariciada por el viento y el sonido de su mente en susurros. Apuntando al suelo firme, lista para caer de pie sobre las suelas de sus zapatos.

El sonido del bus rompió el azul del cielo.
Apagó el sueño y sacó el monedero.
Una sonrisa caminaba hasta el último asiento.
El sonido de un violín la esperaba inquieto, bajo la mirada atenta de un auricular compartido.

Björk – Hunter


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