Diario de un soñador lúcido Carta 23: Diario de una búsqueda

Dentro de una oscura catedral gótica, un sacerdote manipulador intenta guiar a dos gemelos hacia el altar mientras un remolino de luz se abre en el suelo. Una chica-gato de negro se desliza entre sombras y el grupo rodea al sacerdote para detener el portal que está devorando los bancos.

La lluvia caía fina y obstinada. La catedral respiraba una oscuridad gris, gastada. La festividad tenía algo incómodo, un murmullo apagado, aroma de incienso rancio y el sabor antiguo de tradiciones manipuladas. En el centro de la plaza, entre el gentío, dos notas de color discordantes discutían sin descanso. 

—Venir hasta acá y no entrar es la cosa más absurda que podemos hacer. 
—Pues yo no entro ahí. Me da muy mala onda ese sitio. 
—Pero aquí no hay más que ver. ¿Para qué coño hemos venido entonces? 
—Para mirar los pajaritos. 
—No hay pajaritos. 
—Pues la gente pasar. 

A su alrededor, las personas grises, de caras mustias y miradas vacías, caminaban por inercia. 

—Yo no entro ahí —remató uno de los Wilson, cruzado de brazos. 

Del gentío salió una sotana blanca con estola púrpura. Su sonrisa era amable, pero su mirada mentía sin esfuerzo. Se plantó ante los gemelos-discutiendo-a-coros y preguntó: 

—A ver, ¿por qué discutís? Reñir en la puerta de la casa del Señor es pecado. 
—Él, que no quiere entrar en la catedral. 
—¿Y por qué no, hijo? Es la casa de nuestro salvador. 
—Será, pero es una casa muy siniestra. 
—Oh, no. Lo parece porque es muy antigua. Pero dentro todo es paz y quietud. 
—Me da mal rollo. 
—Tranquilos, hijos míos. Yo os acompañaré. 

La gente gris empezó a rodearlos, empujando con suavidad hacia la gran puerta del Perdón. 

—No sé si esto es buena idea —susurró el Wilson reacio, esta vez al unísono con su pareja, como si el miedo les ajustara el mismo tono. 

En lo alto del tejado, alguien vigilaba. Gabardina larga, sombrero tejano. Si aquello fuera un western, sería Clint Eastwood. Hizo un gesto breve con la mano. 

A la señal, algo cayó desde lo alto del campanario: Katty, la chica-gato. Vestía de negro mate. Se deslizó por la piedra como agua derramada, flexionó apenas al aterrizar y arqueó la espalda con un gesto felino antes de moverse. Entró por el pórtico lateral sin ser vista. 

Dentro, el templo era más pequeño que por fuera. Un pasillo de bancos hasta el altar y tres puertas: la principal y dos laterales. Katty cerró apresurada la puerta por la que había entrado. 

El clérigo entraba justo en ese instante con los gemelos. Notó algo extraño: la catedral vibraba como si estuviera conectada con él por un hilo invisible. Los Wilson aprovecharon para cerrar su puerta también. 

—¿Qué diablos…? —musitó el sacerdote, desconcertado. 

—Le cazamos —dijo Don mientras entrábamos por la única puerta abierta. Al cerrarse tras nosotros, el sonido pareció sellar el sueño. 

El sacerdote empezó a gesticular. Sus ojos se desenfocaron, como si otra mente se asomara por detrás de su cráneo. Un remolino se abrió en el centro de la sala: una espiral que tragaba los primeros bancos con hambre silenciosa. Katty saltó sobre él. Nosotros le rodeamos. Le agarramos de los brazos y el portal quedó congelado en un temblor de luz. 

—¿Qué hostias queréis de mí? 
—Necesitamos saber algo. 
—¿Y sabéis que yo os puedo ayudar? 
—Seguro, Ikelos —respondí—. Nadie sabe mejor cómo destruir un sueño. 

Le contamos lo que sabíamos de las sombras, de cómo estaban poseyendo a la gente a través del sueño. De cómo habían secuestrado a nuestra amiga. Queríamos saber dónde estaba y cómo rescatarla de su cautiverio. 

Ikelos sonrió con un filo torcido. 

—La respuesta es fácil. Si han de esconderla, será en su propio sueño. 

Y algo en su voz sonó demasiado seguro, como si ya hubiera estado allí. 

Ghost – Cirice

«“Tras despertar, sentí que el sueño se tensaba… como si aguardara el siguiente golpe.”

Diario de sueños

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