El Fary y el gato gurú

Ilustración de un joven jadeando tras correr, con un gato travieso a su lado que parece su entrenador zen. Frente a ellos, una chica que hace deporte sonríe mientras el gato se acomoda sobre sus piernas. El sol del atardecer tiñe el parque de tonos anaranjados.

Capítulo 4: Dar cera, pulir cera

—Vamos.
—¿Pero qué hago?
—Avanza.
—Si no sé, dime algo.
—¡Camina!
—No puedo.

Las zarpas brillaron al son de la iluminación. Con un feroz movimiento, el gato le clavó las uñas en el trasero. Javier avanzó de golpe, dándose de bruces con la chica que hacía deporte cerca. La vio caer en cámara lenta. El gato puso la mirada en blanco y empezó a lamerse la pata.

—¡Uy! Perdón, no me di cuenta —le dijo mientras la ayudaba a levantarse.
—Ten más cuidado, imbécil —respondió ella, volviendo a su rutina.

Las sombras del atardecer caían en forma de fracaso sobre la mirada de Javier. Su gato sin nombre lo esperaba para animarlo. La cola levantada, el lomo arqueado, un bostezo infinito.

—Todavía te falta subir la montaña, Javi-san.
—Mira, gato-Miyagi, llevamos un mes en el parque. Corro todos los días, subo escaleras, hago flexiones… Pero todavía no sé cómo acercarme. No me digas “cómo”.
—No pretendas coger moscas con los palillos si todavía no puedes con el arroz.
—¿Qué me quieres decir con eso?
—Que es hora de comer, campeón. Mira, esa chica que se ha sentado enfrente. Mis instrucciones son claras: siéntate a su lado con cara de haber corrido la maratón de Nueva York y dile hola.

El joven simuló una carrera hasta el banco. Con cara de cansancio, dijo “hola”.
Ella arqueó la ceja y le escupió un “hola” seco. Pero su expresión cambió por completo cuando un lindo gatito saltó a sus piernas. Le guiñó un ojo y empezó a ronronear.

—Pero… ¡qué monada! ¡Qué cosita más bonita!
—Ahí donde lo ves, es mi compañero de fatigas.
—¿Te traes al gatito a hacer deporte?
—Él me anima.
—Ah, sí, he oído hablar de ti, el chico que corre con el gato encima. ¿Es tu gatito de apoyo emocional?
—Algo así.
—Qué encanto. Oye, me tengo que ir, pero si vienes por aquí a menudo, si quieres corremos juntos.
—Será un placer.
—Pues nos vemos estos días. Adiós, cosita rica.

Le dijo al felino acariciándole el lomo y salió corriendo.
Javier se quedó en estado catatónico.
Una sonrisa lejana se dibujó en su cara, y el resto de él se fue persiguiendo en sueños a la corredora.—¿Lo ves, Javier-chan? Acabas de comerte tu primer plato de arroz.
—¿Y ahora?
—Ahora aprende a pelar las gambas.
—¿Y eso cuándo será?
—Esta noche. Para mí.

Fresones Rebeldes – Al amanecer

Javier miró el horizonte. El gato, su plato. Cada uno con sus prioridades espirituales.

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