
Detrás de la antigua iglesia, como cada noche, la vi. Con su túnica azul ondulada por el viento, caminando descalza tras el frío suelo del convento, suplicando un verso lascivo, un juramento furtivo en el umbral de lo permitido mientras iba a mi encuentro.
Concupiscente dádiva divina en impacto de miradas, ardiente la mía, su piel helada, su rostro cristal perlado de lluvia salpicada, mis manos buscan tu cuerpo, las suyas sin hallar nada. La luz de la luna que se vuelve espejo en el charco de la entrada.
Y ya no estaba, como cada noche, atravesó mi cuerpo buscando un deseo, se transformó en humo en el abrazo, dejando el anhelo en mis manos, que ahora junto en reclinatorio y de rodillas le rezo.
Othala – Mardilaupäev
Susurra al abismo. Alguien, en algún sueño, escuchará.