Aquel museo después del sol

El sol resplandecía aquella mañana.
La alegría de un acto distinto a lo habitual los inundaba: los alumnos vestían sus uniformes nuevos y lucían sonrisas intensas, casi contagiosas. Salieron al exterior alborotados. La excursión prometía ser muy interesante.

Al llegar al destino, la sorpresa fue unánime.
Una señorita muy alta, vestida de azul y gris, se asomaba tras los desgastados cristales de una sala gigantesca.

—Bienvenidos, mentes curiosas —dijo—. Responderé a cualquier pregunta que queráis hacerme. Pero, por favor, mantengamos el orden.

—Señorita, ¿por qué les gustaba vivir entre tanto desorden? —preguntó la más pequeña, señalando el aspecto del lugar.

—No les gustaba —respondió ella con calma—. Esto antes estaba mucho más limpio y ordenado. ¿Sabéis cómo llamaban a este sitio?

—No, señorita —respondieron todos al unísono.

—Lo llamaban museo. ¿Sabéis qué es un museo?

—Es un sitio donde se coleccionan cosas para luego enseñarlas —afirmó el del flequillo arremolinado.

—Exacto. Pero además es un lugar donde se estudia y se investiga. ¿Y sabéis qué temas tratábamos aquí?

—La señorita nos dijo que la historia de la humanidad —añadió la más pequeña, mirando a la joven reflejada en el cristal.

—Cierto.

Entonces, la mujer comenzó a cambiar de aspecto.
Su vestimenta se transformaba para reflejar distintas épocas, mientras en el fondo del cristal surgían paisajes del pasado y artilugios extraños: algunos de madera, tirados por caballos; otros metálicos, expulsando vapor a presión y recorriendo veloces guías en el suelo.

Aparecieron inmensas batallas, la construcción de pirámides, expediciones a la Luna…
Una proyección tan realista que dejó a todos sin aliento. Increíble para aquellos pequeños ojos contemplar la magia de un pasado extinguido.

—Señorita… —dijo por fin la ratita más inquieta, la del lazo rojo atado a la cola—. Si los humanos se han extinguido… ¿qué hace usted aquí?

—¿Yo? —respondió la dama del museo, con una leve sonrisa—.
Yo solo soy la inteligencia que dejaron atrás. Artificial, claro.

The Books – A Cold Freezin’ Night

El museo permaneció en silencio cuando los niños se marcharon.

El sol siguió entrando por los cristales.

Y la inteligencia que quedaba, paciente y educada,
esperó la próxima pregunta.

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Susurra al abismo. Alguien, en algún sueño, escuchará.