
Un resplandor arañó el cielo nocturno del desierto.
Dejó una estela dorada que fue perdiendo intensidad hasta detenerse.
Quedó una estrella colgada en un lugar en el que nunca antes hubo nada.
Y allí esperó.
A los pocos días aparecieron.
Eran tres.
Cada uno montado en un camello. Avanzaban lentamente hacia el punto donde la estrella se había detenido. Iban buscando respuestas; bajo ella tan solo encontraron una pregunta.
La estrella estaba suspendida sobre una cueva, poco antes de la pequeña aldea que ponía fin a las penurias del desierto. Según se aproximaban, vieron que el astro no era tal. Era una esfera brillante que flotaba de manera imposible. De ella colgaban hilos dorados que iluminaban el refugio.
De los tres, el de túnica negra bajó de su montura y entró en la cueva.
Dentro había un anciano con gesto preocupado.
A su lado, una joven vestida con una bata verde descansaba en un sillón flotante. De su cuerpo salían varios de aquellos cables luminosos, que parecían alimentarla. El pecho subía y bajaba con una calma artificial, como si el tiempo no fuera exactamente el mismo a su alrededor.
—¿Pero qué pasa aquí? —dijo el hombre negro, asustado.
—No temas, caballero de Oriente —respondió el anciano—. Dios es el artífice.
—Vengo por respuestas para mi pueblo.
—Diles que ha nacido el Niño Dios.
Entonces lo vio.
Tras la penumbra, un niño dormía en una cuna. Alrededor de su cabeza flotaba un aro dorado, repleto de pequeñas luces parpadeantes. El forastero se acercó. El bebé abrió los ojos y le regaló una sonrisa sin dientes.
El hombre salió apresurado para avisar a sus compañeros. Les contó lo que había visto. Los otros dos desmontaron de inmediato; querían comprobarlo con sus propios ojos.
La esfera emitió un zumbido grave. Cambió ligeramente de tonalidad y dejó ver una abertura. De ella saltó un ser que quedó suspendido en el aire. De su espalda surgían alas metálicas que lo impulsaban con precisión. Descendió haciendo filigranas, dejando rastros de luz a su paso, hasta aterrizar frente a los tres viajeros.
Ellos retrocedieron. Decidieron que aquello debía de ser un ángel.
La criatura llevaba una armadura plateada cubierta de luces de distintos colores. Se quitó el casco y reveló su rostro: alto, de facciones suaves, con una espesa cabellera rubia. No supieron decir si era hombre o mujer. Tampoco por su voz.
—¿Sois los tres magos de Oriente?
Se miraron entre ellos.
El ser alado sonreía con una felicidad difícil de ocultar, como un niño a punto de estrenar un juguete.
El de la barba blanca rompió el silencio:
—Podemos decir que sí. Estudiamos la magia de las estrellas y venimos del Oriente.
—No temáis —dijo el ángel—. Es tiempo de dicha. Pero para que mi jef… esto… para que Mi Señor tenga constancia de vuestra presencia, necesito que os vea.
—¿Y cómo va a vernos? —preguntó el de barba castaña.
—Con este artilugio.
Sacó un objeto rectangular con varias lentes.
—¿Es como un catalejo?
—Algo así.
Lo dejó sobre una roca y, entusiasmado, corrió a abrazarlos.
—Ahora juntaos y sonreíd.
Tras el destello, desapareció en un vuelo acrobático.
Los tres viajeros, confundidos, comenzaron a aceptar el carácter divino de todo cuanto allí estaba ocurriendo.
Desde el interior de la esfera, todo parecía más pequeño. Más irreal.
El panel de control marcó negativo en patógenos y autorizó la entrada del individuo disfrazado de ángel. Tras inspeccionar el traje, uno de los técnicos le dio una palmada en el hombro a su compañero, puso los ojos en blanco y dijo:
—No te podías resistir a hacerte un selfie con ellos, ¿verdad?
El otro sonrió, todavía eufórico.
—Para ti no sé —respondió—, pero para mis hijos, que su padre tenga una foto con los tres Reyes Magos… eso vale oro.
Faith No More – Woodpecker From Mars

Susurra al abismo. Alguien, en algún sueño, escuchará.