
Tras descansar en la luna, Zauoek el negro contempló la esfera azul. Se recreó en el blanco de sus nubes y en los reflejos dorados del sol y pensó:
“Es aquí”.
Eligió una isla cercana al continente de Papayumak, trotó tan fuerte que hizo girar al astro viejo.
Y saltó.
Bajó veloz hacia la capa donde la luz brillaba y ardió en ella. Su cuerpo se volvió carmesí, como fuego descendiendo desde el cielo. El mundo pareció contener la respiración ante la caída de Zouoek el rojo.
Con sus astas aún llameantes pisó la tierra. El suelo se agrietó y el continente de Papayumak se quebró en cinco partes. El mar empezó a hervir. Entonces Zauoek comenzó a soplar, cubriendo todo con un manto blanco.
Zauoek en blanco se sintió cansado y durmió.
Pasó mucho tiempo. Era una noche estrellada cuando despertó al fin. El tiempo lo había cubierto de musgo. En su lomo florecían encinas y castaños. Entonces Zauoek el verde pensó:
“Es ahora”.
Respiró fuerte dos veces, arqueó su cuerpo de toro anciano y vomitó. De su boca resbaló un mono de pelaje blanco, que despertó alegre en su nuevo hogar.
El mono corrió a los árboles más altos y se balanceó en ellos. Torpe, se cayó de las ramas y volvió hacia Zauoek, diciendo que no quería ser mono.
Él, con su gruesa lengua rosa, le lamió el cuerpo, ayudándole a caminar más erguido. Al poco tiempo, su pelaje blanco se cayó y sus ojos se volvieron verdes como el prado. Sintió frío y volvió con su creador.
—Ya no tengo pelo y el aire me congela los huesos.
Zauoek le enseñó a frotar las ramas de los árboles, y obtuvo fuego. Le enseñó a recolectar las plantas y a trenzarlas, y obtuvo abrigo. También a abatir árboles y construir un hogar, y obtuvo refugio.
Zauoek se dispuso a marchar, a seguir su camino, pero el mono blanco se interpuso:
—No me dejes solo.
Zauoek lo miró serio, pensativo.
—Te puedo dar un compañero.
—Eso me gustaría. No estar solo.
—Pero tiene un precio.
—Da igual el precio. Necesito alguien a mi lado.
Zauoek, de una cornada, partió a la criatura. De las dos mitades se crearon dos cuerpos distintos: uno masculino y otro femenino.
—Vosotros estáis hechos del mismo cuerpo, por lo que os necesitaréis para estar completos.
Entonces saltó a las estrellas. Dejó sobre su piel el reflejo de la esfera. Zauoek el azul se perdió para siempre en el infinito.
Pero ha
bía un trozo restante que las dos nuevas criaturas habían olvidado. Formó un solo cuerpo. No era varón. Tampoco era femenino. Fue, en su momento, simplemente lo que quiso ser.
Danheim – Kala
«Hasta los dioses necesitan irse para que algo nuevo aprenda a respirarse solo.«

Susurra al abismo. Alguien, en algún sueño, escuchará.