
Capítulo II: El espejo del agua
El alba los expulsó a la orilla.
El verano los arropó de arena y sal, de sabor a mar y presagio. Soñaron con el llanto de la pardela y descansaron su indomable espíritu en honor a la festividad que, en ciernes, se abría paso por la senda de los herederos de la lluvia.
Había todavía un camino que recorrer y un presente que imponer.
La piedra vomitaba agua en la fuente de los siete caños.
Allí, donde las guardianas del ritual ofrecían sus ojos al manantial, los recién llegados aguardaban sin saber que el destino ya los había convocado.
La fuente, en su silencio de siglos, esperaba el comienzo de la ceremonia.
La prueba ardiente del reflejo decidiría si los visitantes eran dignos de permanecer o si debían regresar al abismo de donde vinieron.
Los rostros de quienes venían del fuego sorprendieron a todos: eran nítidos, sólidos como el azul de primavera en lo alto del cielo, como si el mar hubiese purificado sus almas en lugar de desgastarlas.Entonces, en un gesto de reciprocidad, los herederos de la lluvia quisieron mostrar también su voluntad de apertura.
El ritual del espejo sería compartido.
Y la corriente volvería a hablar.
Pumuky – Gara
Susurra al abismo. Alguien, en algún sueño, escuchará.