
Fue en ese momento cuando me volví a perder en su mirada, en ella había cansancio, de horas de pie, de la exigencia de quien está sentado, de los malos hábitos que se creen con derecho a exigir. Llegará a su casa tarde, sin ganas, con la necesidad de silencio de quien soporta el murmullo de gente riendo alto y gritando absurdas protestas de líquidos fríos y lágrimas dulces.
Escuchabas, mientras fregabas los vasos que otros vaciaron, el lamento de un extraño, que con voz de alma rota y mirada de hambre de carne y besos, le sonreía en su triste historia de desengaños y se relamía al contemplar la línea que se vuelve turgente bajo su cuello, en la que yo también me perdía, a escondidas y en silencio.
La miré en el intercambio de monedas por café cortado, ella me sonrió leve, casi por inercia, de muro erosionado por monólogos vacíos y tristes, de regaños injustos, antipatía alimentada por aroma de perfume fermentado en barril y alegría rancia derramada, fugada con un amante cualquiera.
Sonreí a cambio, llevándome conmigo la promesa de un «te quiero ver alegre», de «me gusta tu voz cuando se ilumina tu mirada», sabiendo que nadie lo ha conseguido aquí, porque sus palabras están cansadas y su mirada se esconde del hambre ajena y del tacto de lija del uniforme negro y blanco.
Una vez más le dije adiós, sin mi confesión de querer ser yo el que le abrace primero, con miedo a traspasar el círculo de su misterio, por no perturbar su pesar, queriendo ser remero de su huida, canción del vals del coraje sostenido en los versos de mis labios cosidos a tus besos. Una vez más me fui contigo en la mente y con el pecho lleno de vacío.
Maria Rodés – Oscuro Canto
Susurra al abismo. Alguien, en algún sueño, escuchará.