
Un ramo de peonias en mayo y una reserva en el Sublime sin previo aviso. Sabía perfectamente que funcionaba como detonante pasional. Ideal para reconciliaciones y festejos. O como hoy, para desenterrar la chispa.
Ahí estaba yo, flores en mano, llegando tarde a la cita. Como cuando éramos novios. Llegando a la calle del primer beso.
Y ahí estaba ella.
No estaba esperando. No.
Llevaba el mismo ramo que tanto me esforcé en conseguir. Y la compañía de un extraño. ¿Se lo puede creer?
Detuve las ganas de romperle el hocico a aquel energúmeno. Aguanté el estado de pánico. Pensé: no, esto tiene que ser una broma. Pero no lo era. Se abalanzó sobre ella, se estaban besando.
Ni siquiera repararon en que yo estaba al lado, a poco más de cien metros. Escandalizado por lo que estaba pasando.
No podía verle la cara, estaba de espaldas. Quise asegurarme de ver bien lo que sucedía. Así que lancé las flores lejos, salté el seto del parque y me acerqué lo que pude.
La besó de nuevo.
El muy sinvergüenza lo hizo otra vez. Y ella parecía aceptarlo sin reparo.
Salté del matorral en el que me ocultaba. Los atrapé en el tercer intento y supe enseguida quién era el cabrito con quién me estaban engañando.
Me quedé paralizado.
Era yo.
Yo mismo.
La misma cara de panoli. El mismo abrigo. El mismo ramo.
Les pregunté, confundido:
—¿Qué es lo que está pasando?
Ellos me miraron con la misma expresión de estar perdidos en el desierto y me dijeron:
—¿Qué te pasa, Javier?
—¿Javier? ¿Cómo que Javier? Yo me llamo Andrés.
—No, usted no se llama Andrés.
—¿Cómo dice, doctor?
—Andrés tenía cita a esta hora. Pero usted no es él.
—¿No? Claro que soy Andrés.
—No, no es la primera sesión que tengo con él. Usted no es el.
—¿No? Entonces… ¿quién coño soy?
—Ni idea. Pero su trastorno de personalidad es muy interesante. Por favor, coja cita para otro día.
Korn – Got the Life
Mientras salía, Andrés se dio cuenta de que había olvidado las flores sobre la mesa.

Susurra al abismo. Alguien, en algún sueño, escuchará.